“Debemos cuestionar la premisa moral que la asistencia médica es un derecho. No lo es. No había “derecho” a tal servicio antes de que los médicos, hospitales y empresas farmacéuticas lo produjeran. No existe ningún “derecho” a nada que otros estén obligados a producir, porque nadie puede clamar un “derecho” a forzar a otros a proporcionarlo.
ver video de Peikoff (3 partes): “La Asistencia Sanitaria NO ES un Derecho”
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Después de cincuenta años de programas gubernamentales cada vez mayores, los costos de asistencia médica continúan subiendo. El gobierno de los EE.UU. controla actualmente casi la mitad de todos los dólares gastados en asistencia médica, y la crisis se está agravando seriamente. Los planes que vemos desde Washington no son innovaciones, sino extensiones de las intervenciones gubernamentales que hemos aceptado durante tres generaciones.
Pero en vez de asumir que más participación del gobierno es la respuesta, ¿no deberíamos al menos considerar que el origen del problema puede estar precisamente en esas intervenciones? Y, más a fondo, ¿no deberíamos de alguna forma considerar que el motivo de este modelo que ya dura décadas no es económico, sino moral: la noción que las personas tienen un “derecho” a la asistencia médica?
Históricamente, el enorme aumento de gastos en asistencia médica empezó en la década de 1960, cuando Medicare y otros programas volcaron miles de millones de dólares en la industria. Fiscalmente, Medicare se está aproximando a una insolvencia monumental, con deudas de unos veinte billones de dólares. C rear otro laberinto burocrático ahora – cuyos proponentes orgullosamente dirán que sólo costará otro billón de dólares en diez años – sólo garantizará precios más altos, y una crisis aún mayor en la próxima década.
Pero tales argumentos económicos no han impedido más intervenciones gubernamentales, y deberíamos preguntarnos por qué.
La razón es que los defensores de la medicina gubernamental mantienen que la asistencia médica es un derecho moral. El objetivo moral de un “derecho” a la asistencia médica es lo que está cegando a la gente a entender la relación de causa y efecto entre las acciones del gobierno y el aumento de los precios.
Pero la idea misma de que la asistencia médica – o de cualquier bien suministrado por otros – es un “derecho” es una contradicción. Los derechos consagrados por la Declaración de Independencia fueron la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Cada uno de estos es un derecho a actuar, no un derecho a cosas. ” Para garantizar estos derechos se instituyen los gobiernos”, es decir, para garantizar los derechos de cada persona a ejercer su libertad en la búsqueda de su propia felicidad.
Por esta forma de entender los derechos, nadie puede obligarte a actuar en contra de tus propios intereses, siempre y cuando tú no exijas que otros actúen en contra de sus propios intereses. No existe el derecho a un buen resultado – ni el derecho a comida, vestido, vivienda, o seguridad económica – sólo el derecho a perseguir ese resultado, con la cooperación voluntaria de los demás si quieren ofrecerla.
Pero observa lo que significaría el derecho a un resultado garantizado. Requeriría infringir en las vidas y la libertad de aquellos que están forzados a proporcionarlo. Si hay un derecho a la comida, debe haber agricultores que lo proporcionen – o contribuyentes obligados a pagar por ello. Los planes médicos del gobierno que tienen privilegios exclusivos, como Medicare, han institucionalizado la fuerza contra los que deben proporcionar el clamado “derecho”. Pero ni el principio ni las consecuencias cambian si la fuerza se reparte entre millones de personas en forma de impuestos.
Estos dos conceptos de derechos – derechos como el derecho a la libertad, versus derechos como derecho a las cosas – no pueden coexistir en el mismo sentido al mismo tiempo. Si yo invoco que mi derecho a la vida significa mi derecho a la medicina, estoy exigiendo el derecho a obligarles a otros a producir los valores que yo necesito. Esto acaba siendo una negación de la soberanía personal y de los derechos individuales.
Para reformar la industria de asistencia médica debemos cuestionar la premisa que hizo posible la intervención inicial del gobierno. La premisa moral es que la atención médica es un derecho. No lo es. No había “derecho” a tal servicio antes de que los médicos, hospitales y empresas farmacéuticas lo produjeran. No existe ningún “derecho” a nada que otros estén obligados a producir, porque nadie puede clamar un “derecho” a forzar a otros a proporcionarlo. La asistencia médica es un servicio, y para recibirlo todos nosotros dependemos de profesionales que piensan. Colocar a los médicos bajo las riendas de control burocrático es una invitación al desastre.
La premisa económica es que el gobierno puede crear prosperidad mediante la redistribución de la riqueza de sus ciudadanos. Este es el camino a la bancarrota, no a la prosperidad universal. Esta verdad se está materializando ante nuestros ojos, al dispararse los precios de la medicina con cada nueva intervención, mientras enfrentamos los mayores déficits en la historia de la humanidad.
Si el Congreso quiere resolver los temas de la asistencia médica, puede empezar con tres cosas: (1) la reforma de responsabilidad civil, liberando a los especialistas médicos de sus costos de seguro de cientos de miles de dólares; (2) la reforma de Medicare, enfrentando abiertamente la insolvencia de este programa; (3) la reforma regulatoria, eliminando las costosas reglas que obligan a los médicos, a los hospitales y a las compañías farmacéuticas (los que producen la asistencia que otros después claman como un “derecho”) a satisfacer exigencias burocráticas en vez de aportar valor a sus pacientes.
Increible. Gracias por el link Miguel
Me parece que aquí la gente se echa demasiados humos.
“¿El derecho a la sanidad no existía antes de que existira la sanidad?”. No le creo, ¿de verdad? Bueno, pues le daré mi punto de vista de los derechos de la sanidad pública: éste derecho, por encima de cualquier otra cosa, es democracia y justicia social.
Éstas consisten en que, si en una ciudad se decide democráticamente que debe haber un sistema de sanidad pública y, acto seguido, se vota que debe ser pagada públicamente y por todos, nadie tiene derecho a escaquearse.
¿Por qué? Pues porque usted no tiene derecho a habitar el hogar de una sociedad organizada (llamémoslo país, ciudad, hotel o lo que sea) sin cumplir las leyes democráticamente escritas por dicha sociedad. Ni tampoco tiene derecho a elegir qué leyes cumplir y qué leyes ignorar. Y eso no es esclavitud, es compromiso social. El que no quiera cumplirlo tiene la opción de marcharse y vivir en otro hogar de otro tipo de sociedad que le convenga más. Y un esclavo no tiene esa opción.
Y no, éstos derechos no nos los da la naturaleza: nos los da la democracia. Y la democracia, queramos que no, es mucho más que “un hombre, un voto”: es responsabilidad. Y por eso, en la sanida pública, un médico no debe elegir ignorar a un paciente que no le caiga bien, o que le parezca feo, o que no sea de su partido político. Un médico, incluso el más narcisista de todos los médicos, tiene una profesión y un compromiso con la misma: curar enfermedades y salvar vidas. Y por ello, un médico que tiene capacidad y opción para curar a un paciente pero se lava las manos está mejor en la calle y durmiendo entre cartones.
La sanidad pública no está orientada a esclavizar a nadie para que se convierta en médico: está dedicada a crear puestos de trabajo para médicos y a darles un hospital en el que trabajar. Y por supuesto, un sueldo. Pero para ello, que haga su trabajo y se lo gane.
La historia de este médico andaluz es un ejemplo de cómo este sistema es tan corruptible como cualquier otro. Es cierto: la burocracia es, por naturaleza histórica, un método lleno de hoyos. Allá este caballero con su vida y que le vaya muy bien: hay más médicos por ahí y sistemas mucho mejores de los que tomar ejemplo.
Pero la existencia de sanidad y medicinas únicamente privadas, en una democracia, ya no es una opción… a menor que tengamos la pésima suerte de vivir en una sociedad , moderna y civilizada, en la que triunfe esta corriente filosófica tan narcisista en la que matar a una persona es un crímen pero dejarla morir pudiendo salvarla es aceptado como moralmente lícito.
Havezethario, tengo una pregunta existencial.
Si la sanidad fuese privada en paletolandia, y los paletolandianos no pudiesen pagar los costes que esta generaria, ¿cómo es posible que el estado sí pueda pagar dichos costes enteramente por medio del dinero recaudado de los mismos paletolandianos a base de impuestos?
Además, nosotros no abogamos por forzar a nadie a no pagar a quien no pueda permitirselo. Si tu quieres dar dinero a quien no pueda permitirselo, perfecto.
Lo que tu propones, en cambio, es forzar a quien no quiera pagar. ¿Desde cuando la caridad se ejerce bajo la amenaza de un disparo en la frente? Pregunto.
1:09 pm
Quisiera facilitar en este comentario un enlace a una noticia sobre un médico que en Andalucía región de España ha tenido que sufrir todo tipo de amenazas mafiosas por querer mantener su integridad profesional como médico, es un caso verídico del mal que supone la medicinia socializada y estatizada:
http://www.libertaddigital.com/espana/2012-10-14/amenazas-a-un-cirujano-en-andalucia-el-sistema-acabara-con-usted-1276471251/
Llegó el Consejero de Sanidad a llamar a este médico ( Cirujano Cardiovascular) y decirle: ” usted ha atacado al sistema, el sistema acabará con usted.”
Esa es la esencia del mal que les espera todos los que se oponen al socialismo y ese hombre un médico con integridad moral y profesonal llevó a cabo una lucha titánica y heroica, un heróe al estilo de Thomas Hendricks, médico de la Rebelión de Atlas, aquí cito un pasje de Atlas que refleja perfectamente la maldad de la medicina socializada, pertenciente al Capítulo I: La Atlántida de la Tercera Parte A es A:
“Me retiré hace unos años cuando se estatizó la medicina -comenzó a explicar el Dr. Hendricks- ¿Sabe usted lo que se requiere para poder realizar una cirugía de cerebro? ¿Sabe la habilidad que exige y los años de apasionada, implacable, agotadora dedicación que son precisos para adquirirla? Pues bien: eso fue lo que no quise colocar a disposición de seres cuya única calificación para dirigirme consistía en su capacidad para lanzar las fraudulentas vulgaridades que los habían elevado al privilegio de hacer prevalecer sus deseos sobre los demás a punta de revólver. No quise permitir que dictaminaran el propósito de mi proyecto decidiendo cómo debía usar mis años de estudio, o las condiciones de mi trabajo, la elección de mis pacientes, o el monto de mis honorarios. Me di cuenta de que en las polémicas que precedieron a la esclavitud de la medicina, se hablaba de todo, salvo de los anhelos de los médicos. Se consideraba únicamente el bienestar de los pacientes y nunca el de quienes debían proporcionárselo. El hecho de que un médico pudiera poseer derechos, expresar deseos o manifestar preferencias era considerado como una actitud egoísta: no podíamos elegir, dictaminaron, sólo servir a otros. Nunca se les ocurrió que al proponerse ayudar al enfermo le estaban haciendo la vida imposible al sano, no se les ocurrió que un hombre que acepta trabajar por la fuerza se convierte en un bruto peligroso al que no se le puede confiar ni el cuidado de un corral de ganado. Me extrañaba, con frecuencia, ante la seguridad con que otros solían afirmar su derecho a esclavizarme, a controlar mi trabajo, a forzar mi voluntad, a violar mi conciencia y a sofocar mi mente. Sin embargo, ¿de quién dependen ellos cuando están tendidos sobre una mesa de operaciones, bajo mis manos? Su código moral les ha enseñado a creer que es seguro confiar en la virtud de sus víctimas; pues bien: ésa es la virtud que les quité. Dejemos que descubran la clase de médicos que su sistema producirá, dejemos que observen en sus quirófanos y en sus dudosas salas de hospital el resultado de poner sus vidas en manos de alguien cuya existencia están asfixiando. Es inseguro si se trata de un individuo lastimado por lo que le han hecho, y aún peor si se trata de la clase de hombres a los que tal cosa no afecta.”