Idealismo y materialismo como el rechazo de los axiomas básicos

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Idealista materialista(Sobre “Idealismo y Materialismo”, última sección del primer capítulo del libro Objetivismo: La Filosofía de Ayn Rand, por Leonard Peikoff).

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Apliquemos ahora los principios que hemos estado estudiando a dos destacadas falsedades en la historia de la metafísica: el idealismo y el materialismo.

Los idealistas — figuras como Platón, Plotino, San Agustín, Hegel – ven la realidad como una dimensión espiritual que trasciende y controla el mundo natural, el cual más adelante es considerado deficiente, efímero e imperfecto, y, en cualquier caso, sólo parcialmente real. Como el término “espiritual”, de hecho, no tiene ningún sentido más que “referente a la consciencia”, el contenido de la verdadera realidad según esta visión es invariablemente alguna función o forma de consciencia (por ejemplo, las abstracciones de Platón, el Dios de San Agustín, las Ideas de Hegel). Este enfoque equivale a la primacía de la consciencia, y por lo tanto, como describe Ayn Rand , a propugnar una consciencia sin existencia.

En lo que respecta a epistemología, Ayn Rand describe a los idealistas como místicos, “místicos del espíritu”. Son místicos porque afirman que el conocimiento (de la verdadera realidad) proviene, no de la percepción sensorial o del razonamiento basado en ella, sino de una fuente de otro mundo, tal como revelaciones o sus equivalentes.

Las versiones más sofisticadas del idealismo están basadas en análisis técnicos de la naturaleza de los perceptos (los objetos percibidos) o de los conceptos; estos análisis serán tratados en capítulos posteriores. La versión menos sofisticada pero más popular del idealismo, que típicamente afirma una dimensión personalizada de otra dimensión, es la religión. Esencial a todas las versiones de ese credo, sin embargo – y a innumerables movimientos semejantes – es la creencia en lo sobrenatural.

“Sobrenatural”, etimológicamente, significa lo que está por encima o más allá de la naturaleza. “Naturaleza”, a su vez, denota la existencia considerada desde una cierta perspectiva: es la existencia vista como un sistema de entidades interconectadas y gobernadas por una ley; es un universo de entidades que actúan e interactúan de acuerdo con sus identidades. ¿Qué es, entonces, una “sobre-naturaleza”? Tendría que ser una forma de existencia más allá de la existencia; una cosa más allá de las entidades; un algo más allá de la identidad.

El concepto de lo “sobrenatural” es un asalto a todo lo que el hombre conoce sobre la realidad. Es una contradicción de cada punto esencial a una metafísica racional. Representa un rechazo de los axiomas básicos de la filosofía (o, en el caso de los hombres primitivos, un fallo en captarlos).

Eso puede ser ilustrado por referencia a cualquier versión del idealismo, pero limitemos nuestra discusión aquí a la popular noción de Dios.

¿Es Dios el creador del universo? No, si la existencia tiene primacía sobre la consciencia.

¿Es Dios el diseñador del universo? No, si A es A. La alternativa a “diseño” no es “azar”, es causalidad.

¿Es Dios omnipotente? Nada ni nadie puede alterar lo metafísicamente dado.

¿Es Dios infinito? “Infinito” no significa grande; significa más grande que cualquier cantidad específica, o sea, algo que no tiene ninguna cantidad específica. Una cantidad infinita sería una cantidad sin identidad. Pero A es A. Cada entidad, de acuerdo con eso, es finita; es limitada en el número de sus cualidades y en su extensión, y eso se aplica al universo también. Como Aristóteles observó por primera vez, el concepto de “infinito” denota meramente una potencialidad de adición o subdivisión indefinida. Por ejemplo, uno puede continuamente subdividir una línea; pero sean cuantos sean los segmentos que uno haya alcanzado en un momento dado, hay sólo ese número de segmentos y no más. Lo real es siempre finito.

¿Puede Dios hacer milagros? Un “milagro” no significa simplemente lo extraordinario, lo poco común. Si una mujer da a luz a gemelos, eso es poco común; si diese a luz a elefantes, eso sería un milagro. Un milagro es una acción que no es posible para las entidades involucradas por su propia naturaleza; sería una violación de la identidad.

¿Es Dios puramente espiritual? “Espiritual” significa relativo a la consciencia, y la consciencia es una facultad que tienen ciertos organismos vivos, su facultad de percibir lo que existe. Una consciencia que trascendiese a la naturaleza sería una facultad que trascendiese tanto al organismo como al objeto. En cuanto a ser omnisciente, tal cosa no tendría ni los medios ni el contenido de la percepción; sería no-consciente.

Todos los argumentos comúnmente ofrecidos a favor de la noción de Dios conducen a una contradicción de los conceptos axiomáticos de la filosofía. En cada punto, esa noción choca con los hechos de la realidad y con las precondiciones del pensamiento. Eso es verdad tanto de los argumentos y las ideas de los teólogos profesionales como de las concepciones populares.

Este punto va más allá de la religión. Es inherente en abogar cualquier dimensión trascendente. Cualquier intento de defender o definir lo sobrenatural necesariamente ha de acabar en falacias. No hay ninguna lógica que le lleve a uno de los hechos de este mundo a un reino que los contradiga; no hay ningún concepto formado por la observación de la naturaleza que sirva para caracterizar su antítesis. Cualquier inferencia a partir de lo natural sólo puede llevar a más de lo natural, es decir, a entidades limitadas y finitas que actúan e interactúan de acuerdo con sus identidades. Tales entidades no cumplen los requisitos de “Dios” y ni siquiera de un “duende”. En cuanto a la razón y a la lógica se refiere, la existencia existe, y sólo la existencia existe.

Si uno ha de postular un reino sobrenatural, uno deberá apartarse de la razón, ignorar las pruebas, prescindir de las definiciones, y en vez de eso basarse en la fe. Tal enfoque traslada la discusión de la metafísica a la epistemología. Trataré el tema de la fe en el capítulo 5.

Por ahora, resumiré diciendo: Objetivismo aboga por la razón como el único medio de conocimiento del hombre, y por lo tanto no acepta a Dios ni a ninguna variante de lo sobrenatural. Somos a-teos, igual que somos a-diablos, a-demonios, a-duendes. Rechazamos toda dimensión “espiritual”, toda fuerza, Forma, Idea, entidad, poder, o cualquier cosa que supuestamente trascienda la existencia. Rechazamos el idealismo. Expresándolo de forma positiva: aceptamos la realidad, y eso es todo.

Eso no significa que los Objetivistas sean materialistas. Los materialistas – hombres como Demócrito, Hobbes, Marx, Skinner – defienden la naturaleza pero niegan la realidad o la eficacia de la consciencia. La consciencia, según esta visión, es un mito o un subproducto inútil del cerebro o de otras mociones. En términos Objetivistas, eso equivale a abogar por la existencia sin consciencia. Es negar la facultad de cognición del hombre y por lo tanto negar todo el conocimiento.

Ayn Rand describe a los materialistas como “místicos del músculo”: “místicos” porque, al igual que los idealistas, rechazan la facultad de la razón. El hombre, afirman, es esencialmente un cuerpo sin mente. Sus conclusiones, por lo tanto, reflejan no la metodología objetiva de la razón y la lógica, sino la ciega operación de factores físicos, tales como danzas atómicas dentro del cerebro, secreciones glandulares, un condicionamiento del tipo estímulo-respuesta, o herramientas de producción moviéndose en esas extrañas contorsiones con forma de vals que llaman el proceso dialéctico.

A pesar de su misticismo implícito, los materialistas normalmente declaran que su punto de vista constituye el único enfoque científico o naturalista a la filosofía. Creer en la consciencia, explican, implica sobrenaturalismo. Esa afirmación representa una capitulación frente al idealismo. Durante siglos, los idealistas han afirmado que el alma es un fragmento divino o un ingrediente místico deseando librarse de la “prisión de la carne”; los idealistas inventaron la falsa alternativa de consciencia contra ciencia. Los materialistas simplemente asumieron control de esa falsa alternativa para promover su lado opuesto. Eso equivale a rechazar arbitrariamente la posibilidad de una visión naturalista de la consciencia.

Los hechos, sin embargo, desmienten cualquier forma de equiparar consciencia con misticismo. La consciencia es un atributo que poseen unas entidades que percibimos aquí en la tierra. Es una facultad poseída bajo condiciones específicas por un cierto grupo de organismos vivos. Es directamente observable (por introspección). Tiene una naturaleza específica, incluyendo órganos físicos específicos, y actúa en consecuencia, es decir, de acuerdo con su naturaleza. Tiene una función que sustenta la vida: percibir los hechos de la naturaleza y de esa forma hacer posible que los organismos que la poseen actúen con éxito. En todo eso no hay nada anti-natural o sobre-natural. No hay ninguna razón para sugerir que la consciencia sea separable de la materia, y mucho menos opuesta a ella; no hay ningún indicio de inmortalidad, ni ninguna similitud con ningún presunto reino trascendente.

Al igual que la facultad de la visión (que es uno de sus aspectos), y al igual que el cuerpo, la facultad de la consciencia pertenece totalmente a este mundo. El alma, como Aristóteles fue el primero en entender (y hasta ahora uno de los pocos), no es el billete que le da al hombre acceso a otra realidad; es un desarrollo de la naturaleza y dentro de ella. Es un dato biológico abierto a observación, a conceptualización y a estudio científico.

Los materialistas a veces argumentan que la consciencia es antinatural, basándose en que no puede ser percibida por extrospección, no tiene forma, color ni olor, y no puede ser manipulada, pesada o colocada en un tubo de ensayo (todo lo cual se aplica igualmente a la facultad de la visión). Uno podría argumentar de la misma forma que el globo ocular es irreal porque no puede ser percibido por introspección, no tiene las cualidades de un proceso de consciencia (tal como intensidad o nivel de integración) y no puede teorizar sobre sí mismo, sufrir problemas neuróticos, o enamorarse. Esos dos argumentos son intercambiables. No tiene más sentido legislar arbitrariamente unas características para la materia como norma de los existentes y luego negar la consciencia, que hacer exactamente lo opuesto. El hecho es que la materia existe, y lo mismo ocurre con la consciencia, la facultad de percibir la consciencia.

Los materialistas a veces ven el concepto de “consciencia” como algo no científico, basándose en que no puede ser definido. Eso pasa por alto el hecho de que no puede haber una regresión infinita en definiciones. Todas las definiciones se reducen en última instancia a ciertos conceptos primarios, que sólo pueden ser especificados ostensivamente (señalando); los conceptos axiomáticos necesariamente pertenecen a esta categoría. El concepto “materia”, por el contrario, no es un concepto axiomático y sí requiere una definición, la cual todavía no tiene; requiere una definición analítica que integrará el hecho de la energía, de la teoría de partículas, y mucho más. Pero proporcionar tal definición, sin embargo, no es tarea de la filosofía, la cual no hace un estudio especializado de la materia; es tarea de la física. En cuanto a su uso filosófico se refiere, “materia” denota simplemente los objetos de extrospección o, más exactamente, aquello de lo que todos esos objetos están hechos. En esta acepción, el concepto de “materia”, como el de “consciencia”, sólo puede ser especificado ostensivamente.

No hay ninguna razón válida para rechazar la consciencia o para querer reducirla a materia; no la hay, si tal reducción implica el intento de definirla como estando fuera de la existencia. Aunque algún día la consciencia pudiese ser explicada científicamente como siendo el resultado de condiciones físicas, eso no alteraría ningún hecho observado. No alteraría el hecho de que, dadas esas condiciones, los atributos y las funciones de la consciencia son lo que son. Y tampoco alteraría el hecho de que en muchos aspectos esos atributos y funciones son únicos; son diferentes a cualquier cosa que observamos en entidades no conscientes. Ni alteraría el hecho de que uno puede descubrir las condiciones de la consciencia – así como de cualquier otra cosa que uno quiera conocer – sólo a través del uso de la consciencia.

La insistencia monista en que, a pesar de los hechos observados, la realidad (o el hombre) puede tener solamente un componente, es infundada; es un ejemplo de reescribir la realidad. El asemejar de forma materialista la física con la ciencia es algo igualmente sin fundamento. La ciencia es un conocimiento sistemático que se adquiere usando la razón y en base a la observación. Al usar la razón, sin embargo, uno debe estudiar cada materia específica con los métodos y las técnicas apropiadas a su naturaleza. Uno no puede estudiar historia con los métodos de la química; biología con los métodos de la economía; o psicología con los métodos de la física. En el amanecer de la filosofía, los antiguos pitagóricos, en un exceso de entusiasmo, intentaron, insensatamente, equiparar las matemáticas con la cognición, e interpretar el universo como “números”. Los conductistas modernos, con mucha menos justificación, cometen el mismo error con respecto a la física.

“Yo quiero”, dice el conductista, en efecto, “tratar con entidades que yo pueda pesar y medir, exactamente de la forma que hace el físico. Si la consciencia existe, mi sueño de hacer que la psicología sea una rama de la física se derrumba. La consciencia trastorna mi programa, mi objetivo, mi ideal. Por lo tanto, la consciencia es irreal”. En esta declaración, un deseo es usado para hacer desaparecer un hecho de la realidad. La primacía de la consciencia está siendo usada… ¡para negar la consciencia!

Una filosofía que rechaza el monismo de idealismo o materialismo no por eso se convierte en “dualista”. Ese término está asociado con una metafísica platónica o cartesiana; sugiere la creencia en dos realidades, en la oposición cuerpo-mente, y en la independencia que el alma tiene del cuerpo. Ayn Rand niega todo eso.

Ninguno de los términos normales se aplica a la metafísica Objetivista. Todas las posiciones convencionales son fundamentalmente defectuosas, y el término ideal – “existencialismo” – ha sido suplantado (por una escuela que aboga el Das Nichts, o sea, la nada, la no existencia). En esta situación, un nuevo término es necesario, uno que tenga al menos la virtud de no evocar asociaciones irrelevantes.

El mejor nombre para la posición Objetivista es “Objetivismo”.

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Fuente: Objetivismo: La Filosofía de Ayn Rand, por Leonard Peikoff.

Esta es la última sección del Capítulo 1 del libro, titulado “La Realidad”.

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Publicado por: junio 3, 2016 10:08 am

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