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No al antisemitismo en España

El sábado pasado, unos quinientos miembros de diversos grupos de extrema derecha se congregaron en el madrileño cementerio de la Almudena para conmemorar a la División Azul, la fuerza militar con la que Franco ayudó a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. La presentadora del evento, vestida con la consabida camisa azul, afirmó que “el enemigo va a ser siempre el mismo aunque con distintas máscaras: el judío” y repitió varias veces que “el judío es el culpable”, con la típica mueca de asco al pronunciar “judío”. La Federación de Comunidades Judías de España ha pedido la actuación de la Fiscalía de Delitos de Odio.

Dos días después, el lunes, las organizaciones de la comunidad judía española tuvieron que denunciar los comentarios antisemitas de Jordi de la Fuente, un dirigente de Vox en Barcelona que procede de formaciones como el Movimiento Social Republicano, que aúna fascistas y nacionalsocialistas. De la Fuente, admirador de Hezbollah, también pasó por el partido xenófobo Plataforma per Catalunya. No es el primer cargo de Vox vinculado con el nacionalsocialismo. El partido de Abascal ya tuvo que deshacerse de su candidato por Albacete, Fernando Paz, revisionista del Holocausto además de homófobo.

Los cincuenta mil judíos españoles tienen derecho a la misma seguridad y libertad religiosa y personal que cualquier otro ciudadano.

La judeofobia no es nada nuevo en España, uno de los países que expropiaron y desterraron a sus judíos, a finales del siglo XV. Tampoco es un fenómeno exclusivo de la extrema derecha. Los judíos siempre han despertado simpatías y antipatías transversales a lo largo de todo el espectro ideológico. Nuestra extrema izquierda también alberga mucho antisemitismo. Hay que recordar las reiteradas bromas crueles y comentarios de odio del concejal podemita madrileño Guillermo Zapata. Mientras la izquierda europea suele tener una posición más moderada sobre Oriente Medio, la española es ferozmente antiisraelí y abraza de forma acrítica la posición palestina. Lo justifica como antisionismo y se esfuerza por diferenciarlo del antisemitismo, pero siempre rezuma una evidente etnofobia contra los judíos. Ese odio entronca con la percepción, ciertamente exagerada y distorsionada, de los judíos como empresarios prósperos y buenos financieros. La extrema izquierda culpa a los judíos del capitalismo igual que la extrema derecha les culpa del comunismo.

Es necesario recordar que el antisemitismo es un fenómeno europeo muy enraizado en una España que, cuando el cristianismo se reformaba y modernizaba, optó por convertirse en el gran brazo armado de la contrarreforma. En el ideario colectivo imperante en nuestro país durante siglos, todo aquello que no fuera estrictamente católico, apostólico y romano, y políticamente leal al absolutismo, era automáticamente herético y “judaizante”. Se metió en el mismo saco a los cristianos protestantes, a los judíos, a organizaciones como la masonería y al liberalismo político. No cabe duda del efecto que toda esa sinrazón tuvo para España, que perdió el tren de la historia y cayó en el aislamiento y el atraso. El último episodio de esa visión atávica fue el franquismo. Si bien hay que reconocer que el régimen salvó a algunos miles de judíos durante la guerra, sobre todo por la intervención de diplomáticos heroicos como Ángel Sanz Briz en Budapest, en general el franquismo cultivó un antisemitismo feroz. Todos recordamos el delirio de un Franco moribundo al denunciar con un hilo de voz la “conspiración judeomasónica”. Pero murió Franco y la UCD nunca estableció relaciones con Israel, y el PSOE tardó cuatro años en hacerlo, hasta 1986.

Vox tiene que ser tajante respecto a los casos internos de antisemitismo. La izquierda también debe serlo. Y la sociedad debe reflexionar sobre un problema que no puede seguir ignorando.

Y pese a todo esto, se nos vende constantemente que en España no hay antisemitismo. Sí lo hay, es ideológicamente transversal y está arraigado, aunque agazapado y generalmente silente. La novedad nos viene de fuera. El auge de la Alt-Right en Norteamérica y del nacionalpopulismo europeo de fuerte extracción confesional, sobre todo en Polonia o Hungría, ejerce una influencia creciente sobre el entorno social de Vox. Si bien esta formación política ha expresado hasta ahora su apoyo a la comunidad judía y a Israel, no cabe duda de que está fuertemente infiltrada por la extrema derecha convencional, plagada de antisemitas. Los mensajes de la Alt-Right, por ejemplo los del movimiento Q-Anon, parecen calcados de los Protocolos de los Sabios de Sion, el libelo judeófobo que hace ciento veinte años preparó el terreno para el Holocausto. Se acusa a los judíos, generalmente sin mencionarlos directamente, de sacrificios infantiles, de controlar toda la prensa mundial o de ser los dueños secretos de Wall Street. Se emplea la figura de George Soros como el villano judío de nuestra época, obviando que este señor, aunque nació en una familia judía, se ha declarado reiteradamente ateo. Se le culpa de lo que estos grupos llaman la “agenda globalista” conducente a un gobierno único mundial en el que los judíos someterán a los gentiles. Todas estas chifladuras no tendrían mayor importancia si no fuera porque ya hubo en este continente una noche de los cristales rotos y después un exterminio sistemático de millones de personas.

Los cincuenta mil judíos españoles tienen derecho a la misma seguridad y libertad religiosa y personal que cualquier otro ciudadano. Vox tiene que ser tajante respecto a los casos internos de antisemitismo. La izquierda también debe serlo. Y la sociedad debe reflexionar sobre un problema que no puede seguir ignorando.

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Por Juan Pina, Secretario del Patronato, Fundación para el Avance de la Libertad

Publicado el 17 de febrero del 2021 en La Región, de España, y republicado en Objetivismo.org con permiso del autor.


 

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