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Integridad como lealtad a principios racionales — OPAR [8-2]

Capítulo 8 – El hombre

Integridad como lealtad a principios racionales [8-2]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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“Integridad» es lealtad en acción a las convicciones y valores de uno. 10

Como su nombre sugiere, esta virtud es el reconocimiento que uno hace del hecho que el hombre es un ser integrado, una unión hecha de materia y consciencia. Como tal, él no puede, en palabras de Ayn Rand, «permitir fisura alguna entre cuerpo y mente, entre acción y pensamiento, entre su vida y sus convicciones…”

Pocos hombres se burlan de su conocimiento perceptual. Aparte de los casos más extremos — como los que están drogados con LSD o los seguidores del Reverendo Jim Jones — un hombre no se tira delante de un camión «porque me da la gana» o «porque el jefe espera que lo haga”. Las consecuencias de tal acción son demasiado claras. A nivel conceptual, sin embargo, las consecuencias de menospreciar el conocimiento de uno no son tan ineludibles. Al contrario, como vimos en el capítulo 2, mantener operativos los juicios de valor de uno en medio de las vicisitudes de la vida es una tarea volitiva. Requiere que uno actúe enfocado, manteniendo su contexto completo de conocimiento y reteniendo la perspectiva de un objetivo a largo plazo. Un contexto de ese tipo puede ser mantenido, y el objetivo a largo plazo conseguido — nos dice la filosofía — sólo si el hombre funciona guiado por principios.

Para evitar cualquier fisura entre acción y pensamiento, un hombre debe aprender los principios correctos y luego seguirlos metódicamente, sean cuales sean las súplicas o exigencias injustificadas de cualquier fuente, interna o externa. La integridad aísla este aspecto de la vida moral; es la virtud de actuar como un absoluto por principio (racional). Es el principio de tener principios.

Una persona puede sentir un deseo o un temor que le tiente a contradecir los juicios de valor a los que él ha llegado. O, por simple inercia, puede ser reacio a iniciar las acciones requeridas por lo que él piensa. O — este es con diferencia el caso más común — otros hombres pueden no estar de acuerdo con él y pedirle que acepte las ideas de ellos y no las que él mismo tiene. En todos esos casos, la integridad sigue siendo la misma; es la política de practicar lo que uno predica, independientemente de la presión emocional o social. Es la política de no permitir que absolutamente ninguna consideración restrinja las conclusiones de la mente de uno, ni los propios sentimientos ni los de los demás.

No es una trasgresión de integridad, sino una obligación moral, el cambiar las ideas de uno si uno descubre que alguna idea suya está equivocada. Sí es una trasgresión de integridad el saber que uno está correcto y luego proceder (normalmente con la ayuda de algún tipo racionalización) a desafiar lo que es correcto en la práctica. Para hacer eso, una persona debe voluntariamente apartar a un lado su conocimiento; debe cegar su visión de lo que está viendo y fingir que no piensa lo que sabe que piensa. Esto es lo que Ayn Rand llama «falsear la propia consciencia”. 12

El hombre de integridad reconoce que sabe lo que sabe, que lo que es correcto es correcto, y que ese conocimiento no puede ser cabalmente evadido cuando llegue el momento de actuar. No puede ser evadido en aras de lograr «espontaneidad”, “seguridad”, “armonía social» o cualquier otro fin. La alternativa es rechazar la moralidad, prescindir de la cognición, y suspender la facultad conceptual de uno mismo. Sobre esa persona, la facultad conceptual desata su propia venganza, como veremos en breve.

En cuanto a la consciencia, la integridad exige que un hombre tenga convicciones. Si un individuo evade la responsabilidad de considerar las ideas, si es movido no por su intelecto sino por sus sentimientos, por sus vecinos o por su rutina prescrita, entonces no puede ser cuestión de si actúa o no de acuerdo con sus ideas. Al fallar en la tarea de pensar, un hombre así hace que cualquier virtud le sea imposible de practicar.

Pero mantener ideas explícitas no es suficiente. Al igual que la independencia, la integridad se deriva de la racionalidad y excluye cualquier forma de emocionalismo. No significa lealtad a nociones arbitrarias, por mucho que uno sienta que son verdaderas. Adolf Hitler actuando fielmente para llevar a cabo su odio contra los judíos no es un ejemplo de virtud. Integridad significa lealtad, no a un capricho o ilusión, sino al propio conocimiento de uno, a conclusiones que uno puede demostrar lógicamente. Como cualquier otra virtud, por lo tanto, la integridad presupone una mente que busca el conocimiento, una mente que acepta y sigue la razón. 13

Pasando ahora a la acción, cualquier individuo, por muy racional que sea, puede sentir tentaciones de vez en cuando. Puede estar tentado a tomar la acción errada por una emoción fuera de contexto. Esto no es de ninguna manera inmoral, siempre y cuando el individuo no actúe en base a la emoción, sino que mire la realidad y traiga el contexto completo a su consciencia, de esa forma reivindicando su conocimiento de las consecuencias nocivas de la acción. Cuando un hombre racional reafirma así los hechos, la tentación se desvanece (asumiendo que no esté manteniendo contradicciones subconscientes sobre el asunto). En los casos puramente físicos, el patrón es obvio para todos. Una persona puede estar deseando comer un suculento pastel; pero dejará de estarlo si descubre que contiene veneno. Para Objetivismo, el mal moral es lo equivalente espiritual al veneno. No hay ningún elemento del espíritu o del cuerpo que le pida a los hombres que sucumban a algo así; no hay atractivo alguno que lleven dentro el engaño, la insensatez o el suicidio.

El reto de la vida de un hombre no es luchar contra pasiones inmorales, sino ver los hechos de la realidad claramente, estando totalmente enfocado. Una vez que un hombre ha hecho esto en una situación dada, no hay ninguna dificultad adicional para que él actúe basado en lo que ve. Cuando la integridad es reconocida como siendo cuestión de auto-conservación, su práctica llega a parecer irresistible. De ahí la elocuente respuesta de Ayn Rand, cuando fue alabada por su coraje al combatir el régimen cultural. «No soy lo suficientemente valiente para ser cobarde», dijo. «Veo las consecuencias demasiado claras».

Si los principios morales de uno son irracionales, sin embargo, ese individuo llegará a la conclusión opuesta; considerará a la integridad como siendo quimérica, un punto que ha sido ilustrado a lo largo de los siglos por filósofos religiosos. Según ellos, una persona puede saber perfectamente lo que es correcto y lo que es bueno, pero a pesar de todo será seducida por el mal. Será seducida no sólo ocasionalmente, debido a algún error temporal, sino incesante e inevitablemente, en virtud de los elementos “bajos” en su naturaleza, que es «sólo humana». La formulación clásica aquí es el lamento de San Pablo: «No entiendo lo que estoy haciendo… Puedo desear, pero no puedo hacer lo que es correcto. No hago las cosas buenas que quiero hacer, hago las cosas malas que no quiero hacer. . . ¡Qué hombre tan miserable soy!»

Si uno exige del hombre obediencia al deber, el rechazo del placer, y la práctica del sacrificio, entonces por supuesto que los hombres se verán asaltados por la tentación, la tentación — inherente no en ninguna naturaleza “baja”, sino en los requerimientos vitales de un ser racional – de buscar valores, perseguir la felicidad, lograr su propio bienestar. Si la gente cree que ocuparse de esas cosas es un vicio, entonces practicar la integridad no sólo es imposible para ellos, sino una amenaza; en la medida en que practiquen lo que ellos predican, su supervivencia está amenazada. De ahí la constante queja de los místicos de que, debido a consideraciones «prácticas», «terrenales» o «corporales», la perfección moral es inalcanzable. Así es, si la “perfección» es definida por dogmas intrinsicistas. A los principios irracionales uno no puede serles leal. Las ideas que no están derivadas de la realidad no pueden ser practicadas constantemente en la realidad.

Al tratar con otros hombres, al igual que al tratar con sus propias emociones, el hombre de integridad es un absolutista. En casos de desacuerdo o conflicto, está dispuesto a escuchar a otros, a algunos otros, y — hasta cierto punto — a modificar su conducta para poder obtener su cooperación; pero no está dispuesto a negociar sobre la moralidad. Siendo «extremista», rechaza el ataque más popular de hoy día a la integridad: el credo que dice que la esencia de la virtud es hacer concesiones.

Una “concesión” es «un ajuste entre posiciones contrarias tratando de llegar a un acuerdo». 14 Para que sea razonable, la validez de tal procedimiento depende del tipo de concesión que un hombre haga.

Si un hombre hace concesiones en aspectos concretos dentro del marco de unos principios morales racionales que ambas partes aceptan, entonces su acción puede ser totalmente apropiada; pero no lo es si está cediendo en los principios morales en sí. Como ejemplo del primer caso, Ayn Rand cita a dos comerciantes que están de acuerdo en que el comprador de un artículo está obligado a pagarle al vendedor, pero no lo están en cuanto al valor de un artículo específico; ellos resuelven el conflicto llegando a un precio intermedio satisfactorio para ambos. En contraposición a: un hombre lidiando con un ladrón que quiere llevarse sus bienes sin pagar; el «ajuste» entonces consiste en que el hombre esté de acuerdo — sin coacción, como siendo su idea de una resolución moral — en darle al ladrón gratis sólo una parte de los bienes que vino a robar. Esto sería una concesión en cuanto al principio, y, como observa Ayn Rand, supondría «un sometimiento total, el reconocimiento del derecho del ladrón a la propiedad de uno”. Una vez que un hombre hace ese tipo de concesión, se torna indefenso: entrega no sólo parte de su propiedad, sino también el principio de propiedad. El ladrón de esa forma gana la partida en la relación, y el poder para determinar su futuro. El ladrón gana la insuperable ventaja de ser reconocido como virtuoso. Lo que él concede en este acuerdo es meramente algo concreto (una parte del botín) durante un tiempo. Es sólo «durante un tiempo», porque ya no hay forma posible de detenerle cuando vuelva mañana a por más botín. 15

Una obvia similitud existe entre este caso y el de un país capaz de defenderse a sí mismo pero que decide «negociar» con un agresor, accediendo a algunas de las demandas arbitrarias de este último en nombre de ser “flexible” y preservar «la paz». Un país así invita a más demandas, que deben ser satisfechas con más «flexibilidad»; está condenado desde el principio (suponiendo que no cambie su política). Al aceptar la validez de “alguna” agresión, ha abandonado el principio de la defensa propia y de su propia soberanía; lo cual lo deja sin fundamentos morales para oponerse a la próxima depredación. (La alternativa a tal capitulación no es necesariamente la guerra; al contrario, la fuerza de una nación libre, moral y militarmente, es la principal fuerza disuasiva para la guerra).

Ahora supongamos, cambiando por completo de ejemplo, que un hombre no quiere ser ni un Roark ni un Keating, sino un «término medio» en lo que respecta a la virtud de la independencia. Decide que va a mirar a la realidad de primera mano, excepto cuando un tema sea muy controvertido, en cuyo caso se adaptará a la sociedad. Tal individuo ha subordinado el pensamiento a la seguridad, la seguridad de no ofender a otros, por muy irracionales que sus creencias resulten ser. Ese hombre puede que use su juicio en muchas ocasiones (como el propio Keating hace), pero lo hace sólo con permiso de los demás. A pesar de su intención, por lo tanto, se ha convertido en un «extremista». Al igual que un esclavo, aunque por elección propia, su principio rector es la obediencia. A un esclavo sus amos le permiten pensar por sí mismo parte del tiempo.

En el propio acto de un hombre admitir una concesión entre formas de vivir contradictorias, la esencia de una de ellas, la independencia, ha sido descartada; mientras que la posición opuesta se ha convertido en el rector absoluto. Esta es parte de la razón por la cual un hombre se vuelve cada vez más insensato con el paso del tiempo.

Como último ejemplo, consideremos un juez en el tribunal que, ansioso por ser reelegido, acepta manipular sus veredictos «de vez en cuando» a requerimiento de sus jefes políticos, en los casos en los que ellos tienen un interés urgente en el resultado. Tal hombre ha desechado el principio de justicia. La justicia no puede tolerar ni un solo acto de injusticia. Lo que establece los términos de la concesión de este juez, por lo tanto, y lo que inspira sus veredictos, es el principio del favoritismo, el cual permite todo lo que los jefes autoricen, incluyendo muchos veredictos que no han sido manipulados, cuando eso es aceptable para ellos. En un tribunal así, la justicia es posible, pero sólo por casualidad. La esencia del sistema es sustituir justicia por enchufe.

En el capítulo 5 vimos que tratar de hacer concesiones entre razón y emocionalismo supone rechazar la razón y consagrar el emocionalismo. El mismo argumento se aplica, como por lógica debe ser, a toda concesión moral (incluya o no el rendirse a otros). Uno acepta un principio racional o como un absoluto, o no lo acepta en absoluto.

No existe «tierra de nadie» entre principios contradictorios, no hay «término medio» que no esté afectado por uno de ellos o moldeado igualmente por ambos. Incluso la mentalidad de más corto plazo no puede eludir la influencia de principios; como ser conceptual, ella no puede actuar sin la guía de algunas integraciones fundamentales, explícitas o implícitas. Y así como en economía el dinero malo desplaza al bueno, así también, en moralidad, los malos principios desplazan a los buenos. Si un hombre intenta combinar un principio racional con su antítesis, con ello elimina el primero como guía y adopta el segundo. Este es el mecanismo a través del cual la facultad conceptual se venga del hombre sin principios.

Si, como Fausto, intentas hacer un trato con el diablo, pues ya has perdido totalmente. Ayn Rand escribe: » En cualquier concesión entre comida y veneno», escribe Ayn Rand, «es sólo la muerte la que puede ganar. En cualquier concesión entre el bien y el mal, es sólo el mal el que puede beneficiarse». 16

La razón no es que el mal sea más poderoso que el bien. Al contrario, la razón es que el mal es impotente y, por lo tanto, sólo puede existir como parásito del bien.

El bien es lo racional; es lo que se ajusta a los hechos de la realidad y de esa forma favorece la vida del hombre. Tal principio debe ser mantenido como un absoluto y practicado sin contradicción; no obtiene ninguna ventaja de su antítesis. «Lo racional (el bien) no tiene nada que ganar de lo irracional (el mal)», observa Ayn Rand, «excepto parte de sus fracasos y crímenes . . .». 17 Para continuar con nuestros ejemplos: un propietario no necesita la ayuda de un ladrón que intenta robarle. Un país libre tampoco necesita el ataque de un agresor. Ni Roark necesita la aprobación o la cooperación de Keating. Y la administración de justicia tampoco se beneficia con la subversión de jefes corruptos. (Y un juez tampoco obtiene ningún valor, no en el sentido del largo plazo, al convertirse en un peón de tales jefes). Por su propia naturaleza, el bien puede perder sólo cuando trafica con el mal.

El mal está exactamente en la posición opuesta. El mal es lo irracional; es lo que colisiona con los hechos de la realidad y amenaza así la vida del hombre. Tal principio no puede ser mantenido como un absoluto o ser practicado sin contradicción, no si uno desea evitar la destrucción inmediata. El mal tiene que contar con algún elemento del bien; puede existir sólo como una excepción a la virtud, sobre la cual se apoya. “Lo irracional», observa Ayn Rand, «tiene todo que ganar de lo racional: una parte de sus logros y valores». 18 Un productor no necesita a un ladrón, pero un ladrón sí necesita a un productor como presa a la que robar. Y lo mismo ocurre con naciones bandidas que necesitan países más libres a los que tratan, no de aniquilar, sino de dominar y saquear. Y tampoco quiere un tipo como Keating ahogar todo acto de juicio independiente; la tribu colectivista más primitiva sabe de alguna forma que alguien tiene que pensar hasta cierto punto o todos morirán de hambre. Y tampoco busca un jefe político revertir todos los veredictos correctos; al contrario, la mentalidad del jefe cuenta con la apariencia de justicia para que los hombres respeten a los tribunales, y de esa forma, cuando el superior lo desee, poder intervenir entre bastidores y sacar tajada de eso.

El mal no es coherente y no quiere ser coherente. Lo que quiere es inyectarse en el proceso que mantiene la vida, de vez en cuando, a corto plazo, fuera de contexto, a su capricho. Para lograr ese objetivo, sólo necesita una única concesión del bien: una concesión del principio involucrado, una concesión de que el mal es correcto «a veces». Tal compromiso es la declaración de libertad del mal. A partir de ese momento, lo irracional es libre de fijar los términos y difundirlos con caprichos adicionales, hasta que el bien — y el hombre — sea destruido.

El poder del bien es enorme, pero depende de su constancia. Eso es por lo que el bien debe ser una cuestión de «todo o nada”, “negro o blanco», y por lo que el mal debe ser parcial, ocasional, «gris». Observad que un «mentiroso», en lenguaje corriente, no es un hombre que siempre, concienzudamente, dice falsedades; no existe tal criatura; para que el término se le aplique a una persona son suficientes unos cuantos embustes gordos. Igual que un «hipócrita» no es un hombre que escrupulosamente traiciona todas y cada una de las ideas que sostiene. Igual que un «ladrón» no es un hombre que roba cada objeto de propiedad que ve. Igual que una persona es un «asesino» si respeta la vida humana un 99,9% del tiempo y se deja contratar por la Mafia como verdugo sólo una vez u otra.

Ser malo «sólo a veces» es ser malo. Ser bueno es ser bueno todo el tiempo, es decir, por cuestión de constante e inquebrantable principio.

Lo anterior es la razón completa por la cual Objetivismo condena como malvado el culto actual a hacer concesiones. Esos sectarios lograrían el mismo resultado final de forma más honesta si fueran explícitamente inmorales, diciéndoles abiertamente a los hombres que rechacen el bien y practiquen el mal. El mal está encantado con llegar a un acuerdo; para él, ese acuerdo es una victoria completa, el único tipo de victoria que puede lograr jamás: la victoria de saquear, subvertir y, en última instancia, destruir el bien.

Políticamente, el origen del culto actual a la concesión es la economía mixta (ver capítulo 11). Intelectualmente, la fuente directa son los escépticos de la filosofía. Si un hombre pregunta «¿Quién soy yo para saber?” difícilmente puede estar siendo leal al conocimiento que niega tener. Ni tampoco puede un pragmático ser fiel a su mente, proclamando como hace que “la verdad» es un nombre para cualquier cosa que satisfaga los deseos de los hombres. Ni tampoco puede serlo un agnóstico, jactándose de que su mente permanece «abierta» sin importar cuál sea el estado de la evidencia. Ni tampoco puede serlo un relativista, que declara que no hay absolutos. Todos esos individuos, cualquiera que sea su actitud, prescinden de las convicciones por cuestión de convicción y son, por lo tanto, maleables. Según ellos, lealtad a principios — sea el principio de interés propio, de independencia, de justicia, o cualquier otro — es dogmatismo; es «rigidez», y un trastorno para la estructura social.

Como los escépticos no están a favor de nada en teoría, no pueden estar a favor de nada en la práctica.

Detrás de los escépticos en este asunto, haciendo que sean posibles, están los religiosos, con su monopolio de muchos siglos sobre la moralidad. Durante el Renacimiento, los absolutos sobrenaturales fueron rechazados como un fracaso, pero ningún gigante surgió para definir una alternativa racional. Los intelectuales tenían sólo un recurso: abandonar todos los absolutos y repudiar la idea misma de acción basada en principios. El resultado fue la sustitución del medievalismo por el «modernismo». Fue la permuta de un punto de vista anti-vida por otro.

La alternativa de intrinsicismo contra subjetivismo siempre conduce a tragedia. En el presente caso, la víctima es la virtud de la integridad, es decir, la virtud de la lealtad a la facultad conceptual.

Ese es precisamente el resultado que puede esperarse de las dos falsas teorías de conceptos.

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 8 [8-2]

10.  See The Virtue of Selfishness,»The Ethics of Emergencies,» p. 46
11. Atlas Shrugged, p. 945.
12.  Ibid.
13.  See The Virtue of Selfishness,»Doesn’t Life Require Compromise?» p. 69.
14.  Ibid., p. 68.
15.  Ibid.
16.  Atlas Shrugged, p. 979.
17.  Capitalism: The Unknown Ideal,»The Anatomy of Compromise,» p. 147.
18.  Ibid. The moral fact that evil has to count on some element of good is what makes plausible Kant’s «universalizability» principle. The fact, however, is incompatible with any intrinsicist dogma; it rests on an ethics of life, rationality, and egoism.

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Me temo que la mitología religiosa ha congelado la lógica y la capacidad de razonar en la mayoría de la gente.

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