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Salud mental vs. misticismo y autosacrificio — por Ayn Rand

Ensayo publicado en
La virtud del egoísmo
— por Ayn Rand

*  *  *

El estándar de salud mental —del funcionamiento mental biológicamente adecuado— es el mismo que el de salud física: la supervivencia del hombre y su bienestar. Una mente es sana en la medida en que su método de funcionamiento es capaz de proporcionarle al hombre el control sobre la realidad que la sustentación y el fomento de su vida requieren.

El rasgo distintivo de ese control es la autoestima. La autoestima es la consecuencia, la expresión y la recompensa de una mente totalmente comprometida con la razón. La razón, la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos, es la herramienta básica de supervivencia del hombre. El compromiso con la razón es el compromiso de mantener una atención intelectual total, de la constante expansión de la comprensión y el conocimiento de uno, de adhesión al principio que las acciones de uno deben ser coherentes con sus convicciones, de que uno nunca debe intentar falsear la realidad ni poner ninguna consideración por encima de la realidad, de que uno nunca debe permitirse contradicciones; de que uno nunca debe intentar subvertir o sabotear la función apropiada de la consciencia.

La función apropiada de la consciencia es: percepción, cognición, y el control de la acción.

Una consciencia no obstruida, una consciencia integrada, una consciencia pensante, es una consciencia sana. Una consciencia bloqueada, una consciencia que evade, una consciencia desgarrada por conflictos y dividida contra ella misma, una consciencia desintegrada por el miedo o inmovilizada por la depresión, una consciencia disociada de la realidad, es una consciencia enferma.

Para poder lidiar exitosamente con la realidad —para perseguir y lograr los valores que su vida requiere— el hombre necesita autoestima: necesita sentirse seguro de su propia eficacia y de su valor.

La ansiedad y la culpa, las antípodas de la autoestima y las insignias de la enfermedad mental, esas son las cosas que desintegran el pensamiento, distorsionan los valores y paralizan la acción.

Cuando un hombre de autoestima elige sus valores y fija sus metas, cuando él proyecta los objetivos que a largo plazo unificarán y guiarán sus acciones, es como si estuviera extendiendo un puente hacia el futuro, a través del cual su vida pasará, un puente sustentado por la convicción de que su mente es competente para pensar, para juzgar, para valorar, y que él se merece disfrutar de esos valores.

Esa sensación de control sobre la realidad no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales. No depende de éxitos o fracasos específicos. Esa sensación refleja la relación fundamental de uno con la realidad, la convicción que uno tiene de su eficacia y de su valor fundamentales. Refleja la certeza de que, en esencia y en principio, uno es apto para la realidad. La autoestima es una estimación metafísica.

Ese es el estado psicológico que la moralidad tradicional torna imposible, en la medida en que un hombre la acepte.

Ni el misticismo ni el credo del autosacrificio son compatibles con la salud mental de la autoestima. Esas doctrinas son existencial y psicológicamente destructivas.

  • El mantenimiento de su vida y el logro de su autoestimarequieren del hombre el ejercicio pleno de su razón; pero la moralidad, le han enseñado a los hombres, se basa en la fe y necesita de ella.

Fe es el compromiso de la consciencia de uno con creencias para las que uno no tiene ni evidencia sensorial ni prueba racional.

Cuando el hombre rechaza la razón como su estándar de juicio, sólo le queda un estándar alternativo al que recurrir: sus emociones. Un místico es un hombre que trata a sus emociones como herramientas de conocimiento. Fe es equiparar emociones con conocimiento.

Para practicar la «virtud» de la fe, uno debe estar dispuesto a suspender su visión y su juicio; uno debe estar dispuesto a vivir con lo ininteligible, con lo que no puede ser conceptualizado ni integrado con el resto del conocimiento de uno, a inducir una ilusión de entendimiento como si fuera un trance. Uno debe estar dispuesto a reprimir su facultad de crítica, considerándola como la culpa de uno; uno debe estar dispuesto a ahogar cualquier pregunta que surja como protesta, a sofocar cualquier pizca de razón que busque convulsivamente afirmar la función apropiada que tiene como protectora de la vida de uno y de su integridad cognitiva.

Recuerda que la totalidad del conocimiento del hombre y todos sus conceptos tienen una estructura jerárquica. El fundamento y el punto de partida del pensamiento de un hombre son sus percepciones sensoriales; en base a eso, el hombre forma sus primeros conceptos, para luego seguir construyendo el edificio de su conocimiento al ir identificando e integrando nuevos conceptos en una escala cada vez más amplia. Para que el pensamiento de un hombre sea válido, ese proceso debe estar guiado por la lógica, «el arte de la identificación no-contradictoria», y cualquier nuevo concepto que el hombre forme debe ser integrado sin contradicción en la estructura jerárquica de su conocimiento. Introducir en la consciencia de uno cualquier idea que no pueda ser integrada de esa forma, una idea que no esté derivada de la realidad ni haya sido validada por un proceso de razón, que no esté sujeta a examen o a juicio racional y, peor aún: una idea que choque con el resto de los conceptos de uno y con su comprensión de la realidad es sabotear la función integradora de la consciencia, socavar el resto de las convicciones de uno, y eliminar su capacidad para poder tener certeza de cualquier cosa. Ese es el sentido de la afirmación de John Galt en La rebelión de Atlas: «Ese supuesto atajo al conocimiento que es la fe es sólo un cortocircuito destruyendo la mente».

No hay mayor autoengaño que imaginar que uno pueda darle a la razón lo que es de la razón, y darle a la fe lo que es de la fe. La fe no puede ser restringida ni delimitada; ceder la consciencia de uno un solo milímetro es ceder la consciencia de uno en su totalidad. O la razón es un absoluto para la mente o no lo es; y, si no lo es, no hay dónde trazar la línea divisoria, no hay ningún principio con el que trazarla, ninguna barrera que la fe no pueda atravesar, ninguna parte de la vida de uno que la fe no pueda invadir: uno sigue siendo racional hasta que, y a menos que, sus emociones decreten otra cosa.

La fe es una enfermedad maligna que ningún sistema puede tolerar impunemente; y el hombre que sucumbe a ella tratará de contar con ella precisamente para los temas en los que más necesita su razón. Cuando uno cambia la razón por la fe, cuando uno rechaza el absolutismo de la realidad, uno destruye el absolutismo de su propia consciencia, y la mente de uno se convierte en un órgano en el que uno ya no puede confiar. Se convierte en lo que los místicos dicen que es: una herramienta de distorsión.

(2) La necesidad de autoestima del hombre supone la necesidad de tener una sensación de control sobre la realidad; pero ningún control es posible en un universo que, según uno mismo ha reconocido, contiene lo sobrenatural, lo milagroso y lo carente de causa, un universo en el que uno está a merced de fantasmas y de demonios, en el que uno tiene que lidiar, no con lo desconocido, sino con lo incognoscible; ningún control es posible si el hombre propone pero un fantasma dispone; no hay control posible si el universo es una casa embrujada.

(3) La vida del hombre y su autoestima requieren que el objeto y la preocupación de su consciencia sean la realidad y esta Tierra; pero la moralidad, le han enseñado al hombre, consiste en despreciar esta Tierra y el mundo que está abierto a la percepción sensorial, y en contemplar, en vez de eso, una realidad «diferente» y «superior», un reino inaccesible a la razón e incomunicable con el lenguaje, pero accesible por revelación, por procesos dialécticos especiales, por ese estado superior de lucidez intelectual que los budistas Zen llaman «sin-mente», o por la muerte.

Hay sólo una realidad: la realidad conocible por la razón. Y si un hombre decide no percibirla, no hay nada más que él pueda percibir; si no es de este mundo de lo que él es consciente, entonces no es consciente en absoluto.

El único resultado de la proyección mística de «otra» realidad es que incapacita psicológicamente al hombre para esta. No fue contemplando lo trascendental, lo inefable, lo indefinible —no fue contemplando lo inexistente— como el hombre salió de las cavernas y transformó el mundo material para hacer que la existencia humana fuese posible sobre la Tierra.

Si es una virtud renunciar a la mente de uno, pero un pecado usarla; si es una virtud aproximarse al estado mental de un esquizofrénico, pero un pecado estar intelectualmente enfocado; si es una virtud despreciar esta Tierra, pero un pecado hacerla habitable; si es una virtud mortificar la carne, pero un pecado trabajar y actuar; si es una virtud despreciar la vida, pero un pecado sustentarla y disfrutarla…, entonces ninguna autoestima, ningún control y ninguna eficacia son posibles para el hombre; nada es posible para él, excepto la culpa y el terror de un desgraciado atrapado en un universo de pesadilla, en un universo creado por algún sádico metafísico que ha lanzado al hombre a un laberinto donde la puerta denominada «virtud» conduce a la autodestrucción y la puerta denominada «eficacia» conduce a la autocondena.

(4) Su vida y su autoestima requieren que el hombre se enorgullezca de su poder de pensar, se enorgullezca de su poder de vivir; pero la moralidad (les enseñan a los hombres) dice que el orgullo, y concretamente el orgullo intelectual, es el más grave de los pecados. La virtud comienza (les enseñan a los hombres) con la humildad, con el reconocimiento de la incapacidad, de la pequeñez, de la impotencia de la mente de uno.

¿Es el hombre omnisciente?, demandan los místicos. ¿Es infalible? Entonces, ¿cómo se atreve a desafiar la palabra de Dios, o de los representantes de Dios, y erigirse él mismo en juez de… cualquier cosa?

El orgullo intelectual no es —como los místicos absurdamente implican que sea— una pretensión de omnisciencia o de infalibilidad. Al contrario, precisamente porque el hombre debe luchar por el conocimiento, precisamente porque la búsqueda de conocimiento exige un esfuerzo, los hombres que asumen esa responsabilidad se sienten válidamente orgullosos por ello.

A veces, coloquialmente, se entiende que orgullo significa presumir de logros que en realidad uno no ha conseguido. Pero el fanfarrón, el jactancioso, el hombre que pretende tener virtudes que no posee, él no es orgulloso; él meramente ha escogido la forma más humillante de revelar su humildad.

El orgullo es la respuesta de uno a su poder de conseguir valores, el placer que uno deriva de su propia eficacia. Y es eso lo que los místicos consideran malvado.

Pero si la duda, no la confianza, es el estado moral apropiado para el hombre; si la inseguridad, no el contar con uno mismo, es la prueba de su virtud; si el miedo, no la autoestima, es la marca de su perfección; si la culpa, no el orgullo, es su objetivo…, entonces la enfermedad mental es un ideal moral, y los neuróticos y los psicópatas son los máximos exponentes de la moralidad, mientras que los pensadores y los triunfadores son los pecadores, los que son demasiado corruptos y demasiado arrogantes para buscar la virtud y el bienestar psicológico en la creencia de que son inadecuados para existir.

La humildad es, por necesidad, la virtud básica de la moralidad mística; es la única virtud posible para los hombres que han renunciado a la mente.

El orgullo tiene que ser ganado, es la recompensa del esfuerzo y del logro; pero para ganar la virtud de la humildad, lo único que uno tiene que hacer es abstenerse de pensar —no se requiere nada más— y uno no tardará en sentirse humilde.

(5) Su vida y su autoestima requieren del hombre lealtad a sus valores, lealtad a su mente y a su juicio, lealtad a su vida. Pero la esencia de la moralidad (les han enseñado a los hombres) consiste en el autosacrificio: el sacrificio de la mente de uno a alguna autoridad superior, y el sacrificio de los valores de uno a quienquiera que pueda clamar que los necesita.

No es necesario, en este contexto, analizar las innumerables maldades implícitas en el precepto del autosacrificio. Su irracionalidad y su destructividad han sido detalladamente expuestas en La rebelión de Atlas. Pero hay dos aspectos de la cuestión que son especialmente relevantes al tema de la salud mental.

El primero es el hecho de que el autosacrificio significa —y sólo puede significar— el sacrificio de la mente.

Un sacrificio, es necesario recordar, significa la renuncia a un valor superior a cambio de un valor inferior, o de algo sin valor. Si uno entrega lo que no valora para poder conseguir lo que sí valora —si uno cede un valor menor para poder conseguir un valor mayor— eso no es un sacrificio, sino una ganancia.

Recuerda también que todos los valores del hombre existen dentro de una jerarquía; él valora algunas cosas más que otras; y, en la medida en que él es racional, el orden jerárquico de sus valores es racional: es decir, él valora las cosas en proporción a su importancia para contribuir a su vida y a su bienestar. Lo que es dañino para su vida y su bienestar, lo que es dañino para su naturaleza y sus necesidades como ser vivo, él lo desvaloriza.

Al contrario, una de las características de la enfermedad mental es una estructura distorsionada de valores; el neurótico no valora las cosas de acuerdo con su mérito objetivo en relación a su naturaleza y a sus necesidades; él a menudo valora precisamente las cosas que lo conducirán a la autodestrucción. Juzgado de acuerdo con estándares objetivos, él está metido en un proceso crónico de autosacrificio.

Pero si el sacrificio es una virtud, entonces no es el neurótico, sino el hombre racional, el que debe ser «curado». Él debe aprender a violentar su propio juicio racional, a revertir el orden de su jerarquía de valores, a renunciar a lo que su mente considera lo bueno, a volverse en contra de su propia consciencia e invalidarla.

¿Declaran los místicos que lo único que exigen del hombre es que sacrifique su felicidad? Sacrificar la felicidad de uno es sacrificar sus deseos; sacrificar los deseos de uno es sacrificar sus valores; sacrificar los valores de uno es sacrificar su juicio; sacrificar el juicio de uno es sacrificar su mente…, y nada menos que eso es lo que el credo del autosacrificio pretende y exige.

La raíz del egoísmo es el derecho —y la necesidad— del hombre de actuar según su propio juicio. Si su juicio ha de ser objeto de sacrificio, ¿qué tipo de eficacia, de control, de estar libre de conflictos, de serenidad de espíritu le será posible al hombre?

El segundo aspecto que es relevante aquí tiene que ver no sólo con el credo del autosacrificio, sino con todas las premisas de la moralidad tradicional que hemos mencionado.

Una moralidad irracional, una moralidad colocada en oposición a la naturaleza humana, a los hechos de la realidad y a los requerimientos de la supervivencia del hombre, necesariamente obliga a los hombres a aceptar la creencia de que hay un enfrentamiento inevitable entre lo moral y lo práctico, que ellos deben elegir entre ser virtuosos o ser felices, ser idealistas o triunfar, pero que no pueden ser las dos cosas a la vez. Esa visión establece un conflicto desastroso al nivel más profundo de la esencia humana del hombre, una dicotomía letal que corta al hombre en dos: lo obliga a elegir entre hacerse a sí mismo capaz de vivir o hacerse a sí mismo digno de vivir. Y sin embargo, su autoestima y su salud mental exigen que él logre ambas cosas.

Si el hombre considera que la vida en la Tierra es lo bueno, si juzga sus valores de acuerdo con el estándar de lo que es apropiado para la existencia de un ser racional, entonces no hay conflicto entre los requerimientos de su supervivencia y los de la moralidad, no hay ningún conflicto entre hacerse a sí mismo capaz de vivir y hacerse a sí mismo digno de vivir; él logra lo segundo al conseguir lo primero. Pero sí que hay un conflicto si el hombre considera que lo bueno es renunciar a esta Tierra, renunciar a la vida, a la mente, a la felicidad, a su ego. Bajo una moralidad antivida, el hombre se hace a sí mismo digno para vivir en la medida en que se hace a sí mismo incapaz de vivir; y en la medida en que se hace a sí mismo capaz de vivir, se hace a sí mismo indigno para vivir.

La respuesta que dan muchos defensores de la moralidad tradicional es: «Muy bien, pero la gente no tiene que llegar a extremos», lo que significa: «No esperamos que la gente sea totalmente moral. Aceptamos que ellos inyecten clandestinamente algún interés propio en sus vidas. Reconocemos que la gente tiene que vivir, a fin de cuentas».

La defensa, entonces, de ese código moral es que poca gente será tan suicida como para intentar aplicarla consistentemente. Hipocresía ha de ser lo que proteja al hombre contra las convicciones morales que dice profesar. ¿Qué efecto tiene eso en su autoestima?

¿Y qué pasa con las víctimas que no son lo suficientemente hipócritas?

¿Qué pasa con el niño que se refugia, aterrorizado, en un universo autista, porque no consigue lidiar con los disparates de unos padres que le dicen que él es culpable por naturaleza, que su cuerpo es malvado, que pensar es pecaminoso, que hacer preguntas es blasfemo, que dudar es depravado, y que él debe obedecer las órdenes de un fantasma sobrenatural porque, si no lo hace, arderá eternamente en el infierno?

¿Qué le pasará a la hija que se ahoga en la culpa producida por el pecado de no querer dedicar su vida a cuidar de un padre enfermo que lo único que ha hecho es darle motivos para sentir odio hacia él?

¿O al adolescente que se refugia en la homosexualidad porque le han enseñado que el sexo es malvado y que las mujeres deben ser adoradas, pero no deseadas?

¿O al empresario que sufre un ataque de ansiedad porque, tras años de sentirse obligado a ser frugal y trabajador, comete finalmente el pecado de triunfar, y ahora le dicen que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que que un rico entre en el reino de los cielos?

¿O al neurótico que, irremediablemente desesperado, abandona el intento de resolver sus problemas porque siempre ha oído predicar que esta Tierra es un reino de miseria, futilidad y destrucción, donde ni la felicidad ni el logro son posibles para el hombre?

Si quienes defienden esas doctrinas tienen una grave responsabilidad moral, hay un grupo cuya responsabilidad es quizás aún mayor: los psicólogos y los psiquiatras, que ven la destrucción humana causada por esas doctrinas y siguen callados y sin protestar, que declaran que las cuestiones filosóficas y morales no les atañen, y que la ciencia no puede emitir juicios de valor; son los que se desentienden de sus obligaciones profesionales afirmando que un código racional de moralidad es imposible; ellos son quienes, con su silencio, le dan su aprobación a ese asesinato espiritual.

*  *  *

P.S. Nathaniel Branden ya no está asociado conmigo, con Objetivismo, o con The Objectivist (antes llamado The Objectivist Newsletter).

Nueva York, noviembre de 1970

—A. R.

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<< Traducción: Objetivismo.org  >>

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