Libre albedrío

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Eso que tú llamas alma o espíritu es tu consciencia, y lo que llamas “libre albedrío” es la libertad de tu mente de pensar o no, la única voluntad que tienes, tu única libertad, la elección que controla todas las otras elecciones que hagas, y que determina tu vida y tu carácter.

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Pensar es un acto de elección. La clave de lo que tan frívolamente llamáis la “naturaleza humana”, el secreto a voces con el que vivís pero que teméis nombrar, es el hecho que el hombre es un ser de consciencia volitiva. La razón no funciona automáticamente; pensar no es un proceso mecánico; las conexiones de lógica no se hacen por instinto. La función de tu estómago, de tus pulmones o de tu corazón es automática, la función de tu mente no lo es. En cualquier hora y circunstancia de tu vida eres libre de pensar o de evadir ese esfuerzo. Pero no eres libre de escapar de tu naturaleza, del hecho que la razón es tu medio de supervivencia – así que para ti, que eres un ser humano, la cuestión “ser o no ser” es la cuestión “pensar o no pensar”.

Un ser de consciencia volitiva no posee un curso automático de conducta. Necesita un código de valores que guíe sus acciones.

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La consciencia del hombre comparte con los animales las dos primeras etapas de su desarrollo: las sensaciones y las percepciones; pero es el tercer estado, las concepciones, lo que le hacen hombre. Las sensaciones son integradas en percepciones de forma automática por el cerebro de un hombre o de un animal. Pero la integración de percepciones en concepciones es un proceso de abstracción, una hazaña que sólo el hombre tiene el poder de realizar – que tiene que realizar por decisión propia. El proceso de abstracción y de formación de conceptos es un proceso de la razón, del pensamiento; no es automático ni instintivo ni involuntario ni infalible. El hombre tiene que iniciarlo, mantenerlo, y asumir responsabilidad por sus resultados. El nivel pre-conceptual de la consciencia es no-volicional; la voluntad empieza con el primer silogismo. El hombre tiene la opción de pensar o de evadir – de mantener un estado de plena consciencia o dejarse ir a la deriva de un momento al siguiente, en un aturdimiento semi-consciente, a merced de las caprichosas asociaciones que produzca el desenfocado mecanismo de su consciencia.

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La razón es la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos del hombre. Es una facultad que el hombre debe ejercer por elección. Pensar no es una función automática. En cualquier hora y asunto de su vida, el hombre es libre de pensar o de evadir ese esfuerzo. Pensar requiere un estado de total y enfocada consciencia. El acto de centrar la consciencia de uno es volicional. El hombre puede enfocar su mente en una consciencia de la realidad total, activa y propositalmente dirigida, o puede desenfocarla y dejarse llevar hacia un estado de aturdimiento semiconsciente, simplemente reaccionando a cualquier estímulo casual del momento inmediato, a merced de su mecanismo sensorial-perceptual sin dirigir y de cualesquiera conexiones aleatorias que, por asociación, se les ocurra hacer.

Cuando el hombre desenfoca su mente, puede decirse que es consciente en un sentido subhumano de la palabra, puesto que experimenta sensaciones y percepciones. Pero en el sentido del término aplicable al hombre – en el sentido de una consciencia que se da cuenta de la realidad y es capaz de lidiar con ella, una consciencia capaz de direccionar las acciones y encargarse de la supervivencia de un ser humano – una mente desenfocada no es consciente.

Psicológicamente, la elección de “pensar o no” es la elección de “enfocar o no”. Existencialmente, la elección de “enfocar o no” es la elección de “ser consciente o no”. Metafísicamente, la elección de “ser consciente o no” es la elección entre la vida y la muerte. . .

Un proceso de pensamiento no es automático ni “instintivo” ni involuntario, ni infalible. El hombre tiene que iniciarlo, sostenerlo, y asumir responsabilidad por sus resultados. Él tiene que descubrir cómo decir qué es verdadero o falso, y cómo corregir sus propios errores; tiene que descubrir cómo validar sus conceptos, sus conclusiones, su conocimiento; tiene que descubrir las reglas del pensamiento, las leyes de la lógica, y cómo dirigir sus pensamientos. La naturaleza no le da una garantía automática de la eficacia de su esfuerzo mental.

Nada le es dado al hombre en la Tierra excepto un potencial y el material con el hacerlo realidad. El potencial es una máquina superlativa: su consciencia; pero es una máquina sin bujía de encendido: su propia voluntad debe ser la bujía, el motor de arranque y el conductor; él tiene que descubrir cómo usarla y cómo mantenerla en funcionamiento constante. El material es la totalidad del universo, sin límites en cuanto al conocimiento que puede adquirir y al disfrute de la vida que pueda alcanzar. Pero todo lo que necesita o desea tiene que ser aprendido, descubierto y producido por él: por su propia elección, por su propio esfuerzo, por su propia mente. . .

Lo que la supervivencia del hombre requiere está establecido por su naturaleza y no está sujeto a su elección. Lo que está sujeto a su elección es sólo si él lo descubrirá o no, si eligirá las metas y valores correctos o no. Él es libre de tomar la decisión errada, pero no es libre de tener éxito con ella. Es libre para evadir la realidad, es libre para desenfocar su mente y dar tumbos ciegamente por cualquier camino que le plazca, pero no es libre para evitar el abismo que se niega a ver. El conocimiento, para cualquier organismo consciente, es el medio de supervivencia; para una consciencia viva, todo “es” implica un “debe”. El hombre es libre de elegir no ser consciente, pero no es libre de escapar el castigo de la inconsciencia: la destrucción. El hombre es la única especie viviente que tiene el poder de actuar como su propio destructor – y esa es la forma como ha actuado la mayor parte de su historia.

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La facultad de la volición opera en los dos aspectos fundamentales de la vida del hombre: la consciencia y la existencia, o sea, en su acción psicológica y en su acción existencial, o sea, en la formación de su propio carácter y en el curso de acción que persiga en el mundo físico.

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Un entorno social no puede ni obligar a un hombre a pensar ni impedirle pensar. Pero un entorno social puede ofrecer incentivos o impedimentos; puede hacer el ejercicio de la facultad racional de uno más fácil o más difícil; puede estimular el pensamiento y penalizar la evasión, o viceversa.

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La voluntad de un hombre está fuera del poder de otros hombres. Lo que los constituyentes básicos inalterables son para la naturaleza, el atributo de una consciencia volitiva lo es para la entidad “hombre”. Nada puede obligar a un hombre a pensar. Otros pueden ofrecerle incentivos o impedimentos, recompensas o castigos, pueden destruir su cerebro usando drogas o golpeándole con un mazo, pero no pueden ordenarle a su mente que funcione: ese es su exclusivo y soberano poder. El hombre no ha de ser ni obedecido ni comandado.

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Por tener el hombre libre albedrío, ninguna opción humana – y ningún fenómeno que sea resultado de la elección humana – es metafísicamente necesario. En cuanto a cualquier hecho realizado por el hombre, es válido afirmar que el hombre ha decidido hacerlo, pero no era inherente a la naturaleza de la existencia el que él tuviese que haberlo hecho así: podría haber elegido otra cosa.

Elegir, sin embargo, no es azar. La volición no es una excepción a la Ley de Causalidad; es un tipo de causalidad.

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El hombre existe y su mente existe. Ambos son parte de la naturaleza, ambos poseen una identidad específica. El atributo de la volición no contradice el hecho de la identidad, igual que la existencia de organismos vivos no contradice la existencia de la materia inanimada. Los organismos vivos poseen el poder del movimiento autoiniciado, que la materia inanimada no posee; la consciencia del hombre posee el poder del movimiento autoiniciado en el reino de la cognición (del pensamiento), que la consciencia de otras especies vivientes no posee. Pero así como los animales son capaces de moverse sólo de acuerdo con la naturaleza de sus cuerpos, también el hombre es capaz de iniciar y dirigir su acción mental sólo de acuerdo con la naturaleza (la identidad) de su consciencia. Su voluntad está limitada a sus procesos cognitivos; él tiene el poder de identificar (y de concebir el reorganizar) los elementos de la realidad, pero no el poder de alterarlos. Tiene el poder de usar su facultad cognitiva como su naturaleza requiere, pero no el poder de alterarla ni de escapar a las consecuencias de su mal uso. Tiene el poder de suspender, eludir, corromper o subvertir su percepción de la realidad, pero no el poder de escapar de los desastres existenciales y psicológicos que le seguirán. (El uso bueno o malo de su facultad cognitiva determina la elección de valores por parte de un hombre, lo cual a su vez determina sus emociones y su carácter. En este sentido es en el que el hombre es un ser de alma hecha por él mismo).

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Fuentes:

Discurso de Galt, de La Rebelión de Atlas

Para el Nuevo Intelectual

La Virtud del Egoísmo, “La Ética Objetivista”

El Manifiesto Romántico, “¿Qué es Romanticismo?”

“Our Cultural Value-Deprivation”, The Objectivist, abril 1966

Filosofía: quién la necesita. “Lo metafísico y lo hecho por el hombre”

Introducción a la Epistemología Objetivista, Leonard Peikoff, “La dicotomía analítico-sintética”

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Publicado por: agosto 16, 2017 9:57 am

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