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El Papa anti-vida

Ahhhh. El Papa. Su “histórico” viaje a Cuba y a los Estados Unidos. Su mensaje global de paz y de misericordia. Su crítica al capitalismo. Sus exhortaciones sobre el perdón, el amor fraternal, y el calentamiento global. ¿Qué se puede decir de todo esto que no se haya dicho ya?

Para quien crea firmemente que el Papa desayuna todos los días con el Espíritu Santo y que Dios habla por su boca, está todo dicho. Este argentino de 78 años es el líder espiritual del mundo y hay que acatar sus mandatos. Pero si eres una de las muchas personas que aún mantienen un mínimo de racionalidad, debes estar preguntándote realmente cómo entender todo esto.

En primer lugar, el viaje del Papa no tiene nada de histórico (a menos que queramos decir simplemente que ese viaje “ocurrió” unos días atrás, o sea, que ya pasó a la historia); varios Papas anteriores han estado en América, y si su viaje es considerado histórico debe ser porque este Papa en su larga vida nunca tuvo la oportunidad o el interés de visitar los Estados Unidos (ni de aprender inglés).

En segundo lugar, el propio Papa tampoco tiene nada de histórico… ni de líder. Era alguien totalmente desconocido antes de ser elegido, como lo siguen siendo el que quedó segundo (o tercero, o décimo) entre los cardenales candidatos al puesto. Cuando llegó la hora, alguien tenía que ser nombrado Papa, y le tocó a él como le podía haber tocado a cualquier otro. De repente, se dio cuenta de que todo el mundo le miraba, le escuchaba, le admiraba, le aplaudía, y no tuvo más remedio que seguirles la corriente a todos haciendo lo que se espera que haga el Papa de turno: dejar que lo vistan de blanco, empezar a dar bendiciones, besar a bebés desconocidos en la calle, y decir lo que la gente espera que diga, de preferencia con algún toque especial que muestre su “personalidad”.

Así que este Papa no tiene nada de revolucionario, es uno más, alguien que predica lo que todos sus predecesores han predicado. Su sello personal no es nada nuevo o esencial, sino sólo una cuestión de grado; su estandarte tiende a ser más bien económico: hacer hincapié en la “pobreza” (escogiendo el nombre de Francisco, patrón de los pobres) y en el “bien común” (hablándoles a los políticos modernos como si a ellos nunca se les hubiese ocurrido pensar en eso antes). Por sus ideas socialistas y su obsesión por la lucha de clases, muchos le llaman el Papa marxista.

Pero sus millones de seguidores no ven nada debajo de esa fachada. Para ellos, el Papa Francisco es un héroe, un líder moral que esperan que les diga cómo deben comportarse. Y ¿qué dice este líder? Si analizamos sus ideas nos damos cuenta de que no son las ideas que el hombre necesita para vivir – para vivir, progresar y ser feliz en este mundo – sino todo lo contrario: son las ideas que conducen a la destrucción.

Antes de llegar a los Estados Unidos, el Papa había pasado por Cuba, donde se reunió con los hermanos Castro. Varias veces durante su viaje habló de la pobreza, por supuesto, pero en ningún momento captó las diferencias entre los dos países. O no vio o no quiso hablar de la terrible situación económica que han sufrido los cubanos en las últimas décadas, y del enorme progreso que han hecho los Estados Unidos en el mismo período. No ha criticado el sistema colectivista cubano y la miseria que ha generado, ni ha reconocido la superioridad económica y moral del sistema individualista norteamericano, y menos aún ha relacionado esa superioridad con su grado de libertad. La pobreza es mala, dice, sin importarle ni por lo visto entender sus causas, y ahí queda todo.

Uno de sus temas favoritos es la desigualdad. Al hablar de una “justa redistribución de la riqueza” lo que de hecho está haciendo es promover la injusticia social: pide a los gobiernos que les quiten sus bienes a quienes los han producido, por la fuerza, para dárselos a quienes no los han producido; exige que quienes merecen lo que se han ganado sean sacrificados a quienes no se lo han ganado, a quienes no se lo merecen. La justicia es necesaria para vivir en sociedad (sin matarse los unos a los otros), pero a este Papa no le importa; él se salta alegremente la realidad. Sólo que evadir la realidad es buscar la destrucción y la muerte.

El Papa pide la abolición general de la pena de muerte. Parece hacerlo porque es bondadoso y porque eso significa “perdonar”. Pero de hecho está afirmando que un hombre tiene derecho a su vida haga lo que haga, aunque cometa los crímenes más horrendos. El Papa se posiciona como defensor del derecho a la vida cuando en realidad es incapaz de entender el concepto de “derechos” y, una vez más, el concepto de “justicia”.

Como era de esperar, el Papa trató varias veces el tema del Calentamiento Global (más recientemente conocido con la expresión menos comprometedora de “Cambio Climático”). Instó a los gobiernos a imponer regulaciones para proteger la naturaleza, para obligarnos a respetar “la creación divina”, a cuidar del medio ambiente; en otras palabras, instó a los gobiernos a forzarnos a todos a reducir el uso de aire acondicionado, de petróleo, de energía, en otras palabras, a frenar el desarrollo económico, aunque no haya evidencia de que el cambio climático sea un peligro y menos aún que esté causado por el hombre. Muy bien, un Papa no tiene por qué entender de ciencia (sólo faltaría eso) pero está claro que su agenda es darles fuerza a los ecologistas de izquierdas que pretenden llevarnos de vuelta a la Edad Media. Y ser anti-progreso es ser anti-vida.

El Papa les dice a los miembros del Congreso en Washington, D.C. que la autoridad de éstos nace de la necesidad de perseguir el “bien común”, y que “la actividad legislativa está siempre basada en cuidar al pueblo”. Por lo visto este Papa (o quien escribiera su discurso) no ha leído la Constitución estadounidense, porque si la leyera, se enteraría de que eso es simplemente falso: en los Estados Unidos, la autoridad legislativa no proviene de “cuidar” al pueblo, sino del consentimiento del pueblo, y de asegurar que los derechos individuales no son violados. El Papa claramente aboga por la fusión de Estado y economía, lo cual lleva al colectivismo, al caos social y eventualmente a la destrucción de la sociedad. A todos los niveles, el mensaje anti-vida es evidente y consistente.

Estos son sólo algunos de los puntos del mensaje del Papa. La religión eventualmente lleva a la destrucción del hombre a través de sus principios filosóficos: el eje misticismo-altruismo-colectivismo. Bajo su sonrisa y su actitud de bonachón, este Papa está transmitiendo un mensaje que si se analiza lo más mínimo es totalmente anti-vida. Quienes aceptan a este Papa y sus principios ideológicos están aceptando la moralidad de la muerte. Concederle a un místico el monopolio sobre la moralidad lleva a estas monstruosas contradicciones.

Y para no terminar hablando de muerte, citemos a quien, más que ningún otra persona en la historia, demostró que existe una moralidad basada en la realidad, una moralidad que podemos y debemos conocer y aplicar: la moralidad de la vida. Démosle la palabra a Ayn Rand.

Aunque Ayn Rand no tuvo el «placer» de conocer al Papa Francisco, parece estar respondiéndole a él directamente. De hecho lo estaba haciendo, al demoler las ideas de todo aquel que, como él, es anti-vida. Leamos estas citas despacio, como antídoto a la histeria colectiva que ha generado la visita del líder católico:

“El objetivo de la moralidad es enseñarte, no a sufrir y a morir, sino a disfrutar y a vivir”.

«Todo lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; todo lo que la destruye es lo malo».

“Por la gracia de la realidad y la naturaleza de la vida, el hombre – cada hombre – es un fin en sí mismo, existe por su propio beneficio, y alcanzar su felicidad es su más alto objetivo moral”.

“Del mismo modo que yo soporto mi vida, no a través de robos o limosnas, sino a través de mi propio esfuerzo, tampoco busco derivar mi felicidad a través del perjuicio o el favor de otros, sino ganarla a través de mis propios logros. Del mismo modo que yo no considero el placer de otros como el objetivo de mi vida, tampoco considero mi placer como el objetivo de las vidas de otros. Del mismo modo que no hay contradicciones en mis valores ni conflictos entre mis deseos, tampoco hay víctimas ni conflictos de intereses entre hombres racionales, hombres que no desean lo inmerecido y no se miran unos a otros con una lujuria de caníbal, hombres que ni hacen sacrificios ni los aceptan”.

“La pobreza no es una hipoteca sobre el trabajo de los demás; la desventura no es una hipoteca sobre la felicidad; el fracaso no es una hipoteca sobre el éxito; el sufrimiento no es un cheque en blanco, y su alivio no es el fin de la existencia; el hombre no es un animal a ser sacrificado en el altar de otros; la vida no es un inmenso hospital”.

“Hay una frase, una única pregunta, que puede aniquilar completamente la moralidad del altruismo y que ésta no puede soportar: la pregunta es: “¿Por qué?” ¿Por qué debe el hombre vivir por el bien de los demás? ¿Por qué debe ser un animal a ser sacrificado? ¿Por qué es eso el bien? No hay ninguna razón terrenal para eso – y, señoras y señores, en toda la historia de la filosofía jamás ninguna razón terrenal ha sido ofrecida”.

“Si la preocupación por la pobreza y el sufrimiento humano fuese el motivo principal de una persona, esa persona trataría de descubrir su causa; no dejaría de preguntar: ¿Por qué algunas naciones se han desarrollado y otras no? ¿Por qué algunas naciones han alcanzado una abundancia material, mientras que otras siguen estancadas en una miseria infrahumana? La historia, y concretamente la explosión de prosperidad sin precedentes durante el siglo XIX, le daría una respuesta inmediata: el capitalismo es el único sistema que le permite a los hombres producir abundancia, y la clave del capitalismo es la libertad individual”.

“El conflicto actual en el mundo es el conflicto entre individuo y Estado, el mismo conflicto que se ha pugnado a lo largo de la historia de la humanidad. Los nombres cambian, pero la esencia – y los resultados – siguen siendo los mismos, sea el individuo contra el feudalismo, o contra una monarquía absoluta, o contra el comunismo o el fascismo o el nazismo o el socialismo o el estado del bienestar”.

«La justificación moral del capitalismo no radica en la reclamación altruista de que representa la mejor manera de alcanzar “el bien común”. Es cierto que el capitalismo hace eso – si esa frase hecha tuviera algún sentido – pero eso es solamente una consecuencia secundaria. La justificación moral del capitalismo radica en el hecho de que es el único sistema consonante con la naturaleza racional del hombre, que protege la supervivencia del hombre como hombre, y que su principio rector es: la justicia».

“Defendemos el capitalismo porque es el único sistema orientado hacia la vida de un ser racional”.

Ante esas citas sólo nos resta decir: Amén.

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Por Domingo García, Presidente de Objetivismo Internacional

Las citas de Ayn Rand están tomadas de varias de sus obras, tanto de sus novelas como de sus ensayos.

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god minojavierAnónimoPedro Nicolinohugopencil Autores de comentarios recientes
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javier
javier

Y aquí es donde el marxismo y el objetivismo hacen causa común.

Anónimo
Anónimo

Bueno, si entendemos como histórico a un acontecimiento que jamás pasó, Francisco es el primer papa nacido en el continente americano que viajó a EE.UU. Por otro lado, si no me equivoco, fue el primer papa en hablar en el… Leer más »

Pedro Nicolino
Pedro Nicolino

Muy pobre su nota que nada aporta. Se ve que no conoce a la persona de Jorge Bergoglio. Hace lo que piensa y dice. Que el Vaticano, la Iglesia Cristiana, esta llena de mugre, es verdad, limpiarla no es fácil,… Leer más »

Ayn Rand

El hombre existe y debe sobrevivir como hombre.

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