La Fuente de la Riqueza (Economía en Atlas – 1)

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«Economía en La Rebelión de Atlas»

 por Richard Salsman

[Nota del autor: Este ensayo asume que el lector ha leído La Rebelión de Atlas, pues revela parte de la trama.]

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[Nota del traductor: Publicamos la traducción al castellano en seis partes: 1) la fuente de la riqueza; 2) el papel del empresario; 3) la naturaleza del beneficio; 4) la esencia de la competencia; 5) el resultado de la producción; 6) el propósito del dinero.]

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La Economía es considerada hoy en día como algo seco, inanimado, aburrido; sin embargo, teniendo en cuenta lo que la Economía estudia, eso no debería ser así. La Economía estudia la producción y el intercambio de bienes materiales en una sociedad en la que existe la división del trabajo. Vivimos en un mundo material, producimos valores materiales para poder vivir y prosperar, e intercambiamos esos valores por valores producidos por otras personas,  con el fin de mejorar nuestras vidas. En otras palabras, la Economía estudia uno de los principales medios por los cuales la gente vive y alcanza la felicidad. ¿Por qué, entonces, hay tanta gente que piensa que esta ciencia es aburrida? Y ¿qué podría remediar la situación?

Las respuestas pueden ser vislumbradas comparando dos libros, cada uno de los cuales ha vendido millones de copias durante las últimas cinco décadas: «Atlas Shrugged» (La Rebelión de Atlas) de Ayn Rand (1957) y «Economics» (Economía) de Paul Samuelson (1948). El primero es una historia sobre el papel de la razón en la vida del hombre, y sobre qué pasa en una economía cuando los hombres de la mente hacen huelga; el segundo es el libro de texto de economía «por excelencia» de los siglos XX y XXI, y generalmente es de lectura obligatoria para estudiantes que se inician en esa materia (1). Aunque Atlas es una obra de ficción, y aunque Rand no era economista, su novela está repleta de verdades económicas. Por el contrario, aunque «Economics» es un libro de texto, y aunque Samuelson era economista (y además premio Nobel), su libro está lleno de falsedades económicas; y mientras que las verdades en Atlas están dramatizadas con pasión y con emoción, las falsedades en “Economics” son comunicadas con prosa inerte y aburrida (2).

Para que nadie piense que Atlas es más interesante que “Economics” simplemente porque los medios utilizados son diferentes – uno es ficción y el otro no – observemos que los trabajos de no ficción de Rand (y muchos otros ensayos de otros autores) son, con diferencia, mucho más interesantes que muchas obras de ficción. Por otro lado, está claro que el aburrimiento de la gente con la economía tampoco se debe exclusivamente al libro de Samuelson; pero su texto y los textos que han sido influenciados por él – que constituyen el enfoque moderno a esta materia — han contribuido muchísimo a la forma en que la economía es enseñada, y a cómo es considerada hoy.

Para ver la diferencia entre el enfoque moderno a la economía y el enfoque dramatizado en Atlas, analizaremos la esencia de cada uno de ellos con relación a seis áreas clave: la fuente de la riqueza, el papel del empresario, la naturaleza del beneficio, la esencia de la competencia, el resultado de la producción, y el propósito del dinero.

La fuente de la riqueza

Samuelson y sus colegas sostienen que la riqueza resulta esencialmente de aplicar el trabajo (el trabajo físico, manual, no el trabajo mental) a ciertas materias primas (o «recursos naturales»). Es la noción de que el valor económico de un bien o un servicio refleja el trabajo físico que fue empleado al fabricarlo o producirlo. Es lo que se conoce como la «teoría del valor-trabajo», y fue inicialmente expuesta por economistas clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx (3).

Esa es la teoría generalmente aceptada hoy día, sobre todo por los grupos izquierdistas. A finales del siglo XIX, sin embargo, tratando de contrarrestar la creciente acusación marxista de que los trabajadores estaban siendo robados por los capitalistas codiciosos, algunos economistas de libre mercado modificaron esa teoría para alegar que «los deseos del consumidor» también determinan el valor, junto con el trabajo. Ese enfoque – conocido como la «economía neoclásica» – es ahora ampliamente aceptado, y es la opinión que generalmente presentan los libros de texto actuales.

Ayn Rand, en cambio, sostiene que la mente – el pensamiento humano y la inteligencia derivada de él – es la principal fuente de la riqueza. La mente, dice ella, determina no sólo el trabajo físico, sino también la organización de la producción; los «recursos naturales» no son más que riqueza potencial, no riqueza real, y los deseos del consumidor no son la causa de la riqueza, sino su resultado.

Cada uno de los grandes productores en Atlas – Hank Rearden, Dagny Taggart, Francisco D’Anconia, Ellis Wyatt, Ken Danagger, Midas Mulligan o John Galt – se dedica sobre todo y ante todo a usar su propia mente. Cada uno piensa, hace planes a largo plazo, y produce bienes o servicios como resultado. Atlas dramatiza este principio de muchas formas, pero quizás más vívidamente a través del trabajo de Rearden. En una escena, él está en su fábrica de acero contemplando el primer vertido del primer pedido de su nuevo y revolucionario metal. Dedica unos momentos a recordar y a reflexionar sobre los diez largos años de pensamiento y esfuerzo que necesitó para llegar a ese punto. Había comprado una fábrica en quiebra a pesar de que los expertos habían descartado tanto a la empresa como a la industria por carecer de futuro. Rearden le había insuflado nueva vida a ambas.

Rand escribe que «la suya era una vida vivida bajo el axioma de que el más constante, claro e implacable funcionamiento de su facultad racional era su principal deber» (p. 122). Y esta es una indicación del proceso de producción en su fábrica de acero: «Doscientas toneladas de un metal destinado a tener una dureza mayor que la del acero, un líquido fluyendo a una temperatura de cuatro mil grados, tenían el poder de destruir a todas y cada una de las paredes de la estructura y a aniquilar a cada uno de los hombres que trabajaban cerca de ese río. Pero cada centímetro de su recorrido, cada kilo de su presión, y el contenido de cada molécula en su interior estaban controlados y realizados por una intención consciente que había trabajado en ello durante diez años» (p. 34). Rand muestra que la mente de Rearden es la fuente de esta riqueza, y que el trabajo y los materiales había estado inactivos hasta que su mente entró en escena para trabajar.

Otros en Atlas expresan la misma opinión sobre el empresario. La esposa de Rearden desdeña sus logros: «Las actividades intelectuales no se aprenden en el mercado», le reprocha, «es más fácil verter una tonelada de acero que hacer amigos» (p. 138).

Un vagabundo en un restaurante acosa a Dagny Taggart con una actitud parecida: «El hombre es sólo un animal de bajo nivel, sin intelecto», gruñe, «su único talento es una astucia innoble para satisfacer las necesidades de su cuerpo. No se requiere inteligencia para eso. . . . Mira nuestras industrias – los únicos logros de nuestra supuesta civilización – construidas por vulgares materialistas con objetivos, intereses y sentido moral de cerdos» (p. 168).

¿Tal vez un economista sería capaz de reconocer la naturaleza de los logros de Rearden? Mientras el metal está siendo vertido, en un tren que pasa cerca de la fábrica un profesor de economía le pregunta a su compañero: «¿Qué importancia tiene un individuo comparado con los titánicos logros colectivos de nuestra era industrial?» (p. 33). Esa «importancia» está ocurriendo precisamente al otro lado de la ventana, pero él no la ve, conceptualmente hablando. Y los demás tampoco: «Los pasajeros no prestaron atención; una tanda más de acero que estaba siendo vertido no era un acontecimiento que les habían enseñado a apreciar» (p. 33). Profesores como ese les habían enseñado a no darle importancia ni prestarle atención.

Estas escenas muestran cómo la inteligencia crea la riqueza, cómo el éxito en los negocios implica un proceso de pensamiento y de planificación a largo plazo, ejecutados por un individuo enfocado… y lo poco que eso se entiende.

Pero Dagny sí lo entiende, como muestra la escena de su primer recorrido en la Línea John Galt. Viajando a velocidades sin precedentes sobre unas vías y un puente hechos del todavía no probado Metal Rearden, en la cabina de la locomotora donde también están Rearden y el maquinista Pat Logan, Dagny piensa: «¿Quién ha hecho posible que cuatro diales y tres palancas delante de Pat Logan puedan trasladar el increíble poder de los dieciséis motores detrás de ellos y ponerlo bajo el control sin esfuerzo de la mano de un solo hombre?» (p. 226). «Transmitir la violencia golpeadora de dieciséis motores, pensó, la potencia de siete mil toneladas de acero y de mercancías, soportarla, agarrarla y catapultarla alrededor de una curva, esa era la imposible hazaña realizada por dos tiras de metal no más anchas que su brazo. ¿Qué hacía eso posible? ¿Qué poder le había dado a una combinación de moléculas invisibles el poder del cual sus vidas y las vidas de todos los hombres que esperaban los ochenta vagones dependían? Vio el rostro y las manos de un hombre en el resplandor de un horno de laboratorio, inclinado sobre el blanco líquido de una muestra de metal» (p. 230). El hombre, por supuesto, es Rearden; su mente racional, no su trabajo manual, era el factor fundamental para formar y controlar la naturaleza, y para satisfacer las necesidades humanas.

A diferencia del profesor de economía, Dagny sí es consciente de ello y lo comprende. Ella se pregunta y responde a cuestiones que nunca se le habían ocurrido al académico. “¿Por qué había tenido siempre ese alegre sentido de seguridad cuando miraba a las máquinas? . . . Están vivas, pensó, porque son la forma física de acción de un poder viviente: de la mente que había sido capaz de captar la totalidad de esa complejidad, de establecer su propósito, de darle forma. . . . Le parecía que los motores eran transparentes y que estaba viendo la red de su sistema nervioso. Era una red de conexiones más intrincadas y más cruciales que todos sus cables y circuitos: las conexiones racionales hechas por la mente humana que había creado cualquier parte de ellos por primera vez. Están vivos, pensó, pero su alma opera por control remoto» (pp. 230-31).

Las máquinas funcionan, en última instancia, por las mentes de sus creadores, no por los músculos de sus operadores. La mente poderosa crea máquinas para extender y amplificar la potencia de músculos que sin ellas serían frágiles. Como John Galt expresa este punto: las máquinas son «la forma congelada de una inteligencia viva» (p. 979) (4).

Atlas ilustra este principio en varias ocasiones, tanto en la trama como en el diálogo. «¿Habéis indagado alguna vez el origen de la producción?”, les pregunta Francisco a espectadores indiferentes en una fiesta. «Mirad un generador eléctrico y atreveos a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intentad hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que os dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Tratad de obtener vuestro alimento sólo a base de movimientos físicos – y aprenderéis que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.»(p. 383).

El filósofo Hugh Akston le dice a Dagny, «Todo trabajo es un acto de filosofía. . . . ¿La raíz del trabajo? La mente del hombre, señorita Taggart, la mente razonadora del hombre» (p. 681). El compositor Richard Halley le dice: «Se trate de una sinfonía o de una mina de carbón, todo trabajo es un acto de creación y proviene de la misma fuente: de una capacidad inviolable de ver a través de los propios ojos, lo que significa: la capacidad de realizar una identificación racional; lo que significa: la capacidad de ver, de conectar y de hacer lo que no había sido visto, conectado y hecho antes» (p. 722).

Cuando Dagny, en el valle, ve el edificio del generador de Galt, tenemos de nuevo la metáfora del cableado eléctrico y de las conexiones conceptuales: Dagny piensa en «la energía de una sola mente que había sabido cómo hacer que las conexiones eléctricas siguieran las conexiones de su pensamiento» (p. 674). Más tarde, Galt le da un significado más profundo a esa conexión: «Así como no puedes tener efectos sin causas, tampoco puedes tener riqueza sin su fuente: sin inteligencia». (p. 977).

El mito del libro de texto de que la riqueza puede obtenerse sin inteligencia queda dramatizado cuando el Estado se apodera del Metal Rearden para el supuesto “bien común”. El metal es rebautizado con el nombre de «Metal Milagro» y en lo sucesivo podrá ser legalmente fabricado por quien quiera hacerlo (p.519).

Rearden imagina a los parásitos esforzándose por manejar su creación. «Estaba viéndolos a través de los bruscos movimientos de un simio haciendo una rutina que había aprendido a copiar por hábito muscular, realizándola para fabricar el Metal Rearden, sin conocimiento y sin capacidad para saber qué había ocurrido en el laboratorio experimental a lo largo de diez años de dedicación apasionada a un penosísimo esfuerzo. Era apropiado que ahora lo llamaran «Metal Milagro” – “milagro” era el único nombre que podían darle a esos diez años y a la facultad de la cual el Metal Rearden había nacido – el producto de una causa desconocida, incomprensible. . .» (P. 519).

Recordemos al banquero en Atlas, nacido Michael Mulligan, que también es el hombre más rico del país. Un periódico dice que su sagacidad para invertir es comparable a la del mítico rey Midas, puesto que todo lo que toca se convierte en oro. «Es porque sé lo que tocar», dice Mulligan. Al gustarle el nombre de Midas, lo adopta. Un economista lo ridiculiza llamándolo un mero apostador. Mulligan responde: «La razón por la que nunca te harás rico es que crees que lo que hago es apostar». (p. 295).

Rand muestra que lo que Mulligan y los otros productores hacen no es apostar, sino observar la realidad, integrar y calcular; en una palabra: pensar.

Muchos manuales de economía insisten en que la riqueza puede ser obtenida por la fuerza, a través de un «poder de monopolio», de mandatos, o de políticas públicas «de estímulo». Pero Atlas muestra que la fuerza, al negar la mente, niega la creación de riqueza.

Como recordáis, un arsenal de controles estatistas le es impuesto a la producción, de los cuales el control más invasivo es la Directiva 10-289, que tiene como objetivo congelar todas las opciones y actividades de mercado para que la economía pueda «recuperarse». Francisco llama a la Directiva «una moratoria de cerebros», y cuando es aprobada, Dagny abandona su trabajo, negándose a trabajar como esclava o como capataz de esclavos. Del mismo modo, al enterarse que Ley de Igualdad de Oportunidades ha sido aprobada, Rearden introspecciona: «El pensamiento – se dijo suavemente a sí mismo – es un arma que uno usa para poder actuar. Ninguna acción era posible. El pensamiento es la herramienta a través de la cual uno elige una opción. No le quedaban más opciones válidas. El pensamiento establece el objetivo de uno y la forma de alcanzarlo. En una cuestión en la que veía su vida siendo desgarrada pedazo a pedazo, él no tendría ninguna voz, ningún propósito, ninguna opción, ninguna defensa» (p. 202). También él desaparece.

Más adelante, Galt explica: «No puedes forzar a la inteligencia a trabajar: los que son capaces de pensar no trabajarán bajo compulsión; los que lo hagan no producirán mucho más que el precio del látigo necesario para mantenerlos esclavizados» (p. 977). Poco después, unos matones capturan a Galt y tratan de reclutarlo para que se convierta en el dictador económico. Ellos lo consideran a él «el mejor organizador económico, el administrador de más talento, el planificador más brillante», y tratan de forzarle a usar sus habilidades para salvar al país de la ruina (p. 1033). Cuando es finalmente obligado a hablar, Galt les pregunta cuáles son los planes que ellos creen que debería presentar. Ellos se quedan sin palabras.

La premisa de los libros de texto de que una economía sin hombres pensantes funcionaría normalmente queda expresada por Ben Nealy, un contratista de la construcción que grita: «Músculos, señorita Taggart. . . músculos: eso es lo único que se necesita para construir cualquier cosa en el mundo» (p. 154). Dagny mira hacia un cañón entre las montañas y un lecho de río seco, lleno de piedras y troncos de árboles: «Se preguntó si rocas, troncos de árboles y músculos podrían alguna vez hacer un puente sobre ese cañón. Se preguntó por qué de repente se había puesto a pensar que cavernícolas habían vivido desnudos en el fondo de ese barranco durante siglos” (p. 155). Más tarde, durante su viaje en la Línea John Galt, Dagny reflexiona que si la inteligencia desapareciera de la tierra, “los motores se detendrían, porque ese es el poder que los mantiene funcionando: no el petróleo bajo el suelo bajo sus pies, el petróleo que se volvería a convertir en lodo primigenio; no los cilindros de acero que se convertirían en manchas oxidadas en las paredes de las cuevas de salvajes temblorosos, sino el poder de una mente viviente: el poder de pensar y decidir y actuar» (p. 231).

¿Qué apariencia presenta el trabajo sin mente? Más adelante en la historia, cuando fallan los interruptores de señales en la vía, Dagny visita la sala de mando y ve a trabajadores manuales en pie frente a estantes de cables complicados y de palancas que les rodean, «una enorme complejidad de pensamiento» que permitía que «el movimiento de una mano humana estableciera y garantizara el curso de un tren”. Pero ahora el sistema está inoperativo, y ningún tren puede entrar o salir de la terminal Taggart. «Los trabajadores pensaban que la contracción muscular de una mano era lo único necesario para mover el tráfico, y ahora los hombres de la torre estaban inactivos; y en los grandes paneles frente al director de la torre, luces rojas y verdes que se habían encendido y apagado anunciando el progreso de trenes a kilómetros de distancia eran ahora unas cuentas de vidrio, como las cuentas de vidrio por las que otro grupo de salvajes había vendido tiempo atrás la isla de Manhattan”. «Llame a todos sus trabajadores no cualificados», dice Dagny. «Vamos a mover los trenes, y vamos a hacerlo manualmente”. ¿Manualmente?» dice el ingeniero de señales. «¡Sí, hermano! Y ¿por qué debería sorprenderte? . . . El hombre es sólo músculos, ¿no? Estamos volviendo al pasado, al pasado en el que no había sistemas de interconexión, ni semáforos, ni electricidad; volviendo a la época en que las señales del tren no estaban hechas de acero y cables, sino de hombres empuñando faroles. Hombres físicos, sirviendo como faroles. Lo habéis proclamado durante mucho tiempo… habéis conseguido lo que queríais» (pp. 875-76).

Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de Ken Danagger. Los saqueadores no consiguen hacer que las propiedades produzcan como lo hacían antes.

Nos damos cuenta que el pensamiento es necesario tanto para mantener sistemas complejos de riqueza como para crearlos.

En su discurso, Galt se dirige a los escritores de libros de texto: «… que al caníbal que gruñe que la libertad de la mente del hombre fue necesaria para crear una civilización industrial pero no es necesaria para mantenerla, se le dé una lanza y una piel de oso, no una cátedra en la facultad de Economía” (pág. 957).

Cuando la maquinaria de los productores se separa de la inteligencia de éstos y es abandonada a la ignorancia y los caprichos de la gente irreflexiva, el resultado es decadencia y destrucción.

Cuando la empresa Taggart Transcontinental le es dejada al incompetente y evasivo James Taggart – quien, en medio de emergencias acostumbra a gritar que los hombres no pueden permitirse «el lujo de pensar», y que no tiene tiempo para «teorizar sobre causas» o sobre el futuro – la compañía empieza a hundirse. Un relato altamente dramático de ese principio es el desastre del Túnel Winston, en el que una locomotora de carbón lanzando humo es enviada a través del túnel para satisfacer dictados burocráticos, y todos a bordo mueren. Cada uno de los implicados en esa estúpida decisión abdica de su responsabilidad. Cuando James Taggart oye la noticia, él evade su significado: «Era como si él estuviera sumergido en un mar de niebla, luchando para impedir que el desastre adquiriera forma final. Lo que existe posee identidad; él podía mantenerlo fuera de la existencia rehusándose a identificarlo. No examinó los eventos de Colorado; no intentó averiguar su causa, no consideró sus consecuencias. No pensó» (pág. 576-577).

Una de las víctimas perpetradora del desastre era «el hombre de la salita 2, coche número 9, un profesor de economía que abogaba por la abolición de la propiedad privada, explicando que la inteligencia no tiene ningún papel en la producción industrial, que la mente del hombre está condicionada por herramientas materiales, que cualquiera puede administrar una fábrica o un ferrocarril, y que es sólo cuestión de apoderarse de la maquinaria» (pág. 561).

Mientras los economistas modernos consideran que la causa de la riqueza es el trabajo manual o los deseos del consumidor o la coerción del gobierno, Ayn Rand dramatiza el hecho de que la riqueza es un producto de la mente, y que ésta no puede funcionar bajo coerción.

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Notas

1. Por supuesto que no todos los economistas están de acuerdo con todo lo expuesto en el libro de Samuelson (ni siquiera el propio Samuelson, autor de diecinueve ediciones del mismo), pero su texto es tan representativo de la opinión general de los economistas modernos como cualquier otro.

2. No era el objetivo de Rand el dar lecciones de economía en Atlas; sin embargo, como veremos, ella ingeniosamente concreta y dramatiza los principios económicos correctos.

3. Una primera versión de la teoría del valor-trabajo parece surgir en el capítulo 5 («Sobre la propiedad») del Segundo Tratado del Gobierno (1690) de John Locke (1632-1704), pero lo que escribe no especifica el trabajo manual exclusivamente, ni tampoco excluye el trabajo de la mente al determinar el valor.

4. Para una explicación técnica de esta idea de un economista profesional, véase Howard Baetjer, «El capital como Conocimiento Incorporado: algunas implicaciones para la teoría del crecimiento económico». Revista de la Economía Austriaca, vol. 13 (2000), pp 147-74.

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Richard Salsman es presidente de InterMarket Forecasting, Inc. una firma de consultoría en inversiones, con sede en Durham, Carolina del Norte, USA. Es autor de dos libros, seis capítulos y numerosos artículos sobre diversos aspectos de banca, economía y políticas públicas.

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Traducción: Objetivismo.org, con permiso del autor y de Craig Biddle, presidente de The Objective Standard

[Nota personal del traductor: Habiendo estudiado el libro «Economía» de Samuelson durante la carrera (y a pesar de haber sacado nota máxima en esa asignatura), confirmo que aprendí más economía en mi primera lectura de Atlas (en 1978) que en cinco años de facultad.]

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Publicado por: enero 15, 2015 12:33 am

15 Comentarios

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15 respuesta a “La Fuente de la Riqueza (Economía en Atlas – 1)”

  • Andalegrameldia says:

    Me interesaría mucho leer el ensayo completo. He leido La Rebelión de Atlas de forma completa en dos ocasiones y he de corroborar lo que dice el propio autor: se aprende mucha más economía en una lectura de este libro que en cinco años de facultad.

  • Erick says:

    Una pregunta, que paso con las demás partes de este ensayo, no las encuentro. Si alguien pudiera ayudarme, agradecería que me respondieran citando el enlace que contengan dichas partes.

  • Miguel says:

    Bueno habría que definir el término «explotar». Explotar significa extraer una utilidad económica de alguien o algo, o sea un beneficio material, y en ese sentido toda riqueza es producto de la explotación. Ahora bien, la justicia implica la obtención de un valor en base a unas virtudes objetivamente adecuadas al fin preciso para obtener dicho valor. La virtud básica para obtener un valor material es la productividad, es decir, el trabajo productivo que se opone al saqueo (que implica la incapacidad de obtener por uno mismo los valores, es decir, se es incapaz de actuar frente a la naturaleza para conseguir un valor material y por ello se le arrebata aquellos capaces de producirlo). Como la justicia es la obtención de un valor de acuerdo con las virtudes que objetivamente permiten obtenerlo, entonces solo es justa la riqueza obtenida en base a producción, no a robo. Entonces, si la riqueza se obtiene digamos forzando a la gente a trabajar por la violencia, tal y como se hacía en la antigüedad con los esclavos, o bien se produce apelando indirectamente a la fuerza, por ejemplo abogando por recibir dinero gubernamental y se recibe, entonces uno no está produciendo un valor justamente sino que lo está arrebatando a aquellos que sí lo han hecho.

    La forma más sencilla de ver por qué en la realidad el saqueo no es virtuoso ni justo para obtener valores materiales es pensar que un saqueador necesita de personas a quienes saquear, en cambio un productor sólo se basta a sí mismo para obtener dicho valor, aunque sea obteniéndolo por comercio con otra persona, ya que en este caso seguiría valiéndose por sí mismo, pues recibe un valor por otro valor que él ha producido y ambos demuestran con esa transacción que son capaces de crear dicho valor material de forma objetiva, es decir, de forma justa.

    Entonces el caso de Nike: bueno, ellos son capaces de producir y producen, no están saqueando a nadie, puesto que si bien los sueldos son bajos, es una transacción racional la que hacen y lo hacen sin usar la fuerza; en cambio si uno hace un trato con el Gobierno que en esencia es un agente que usa la fuerza, hay que ver qué tipo de trato hace, si es un trato que uno como víctima tiene que hacer para que le permitan seguir produciendo, o sea comprar protección al rufián que en caso contrario te saquearía es moral, uno es víctima de un agente extorsionador y simplemente se protege, así sobornando a los funcionarios gubernamentales para evitar que promulguen leyes que te perjudiquen, ahora bien, si lo que uno hace es hacer tratos con el Gobierno para que violente a terceros a favor tuyo, por ejemplo, negociar con el Gobierno la concesión de un privilegio económico que te salvaguarde de tus competidores entonces ello es ciertamente injusto.

    Hay que saber distinguir si hay o no directa o indirectamente uso de la fuerza, el caso de empresas como Nike o Inditex que se deslocalizan en países donde los salarios que pueden ofrecer son más bajos, no es uso de la fuerza y no es injusto ni inmoral. Un ejemplo seguramente aclarará esto mejor: si, digamos yo tengo un inmueble que puedo vender y existe un comprador español que está dispuesto a comprármelo por 1 millón de euros, y otro comprador digamos alemán que está dispuesto a ofrecerme 5 millones y yo sé que ese comprador me ofrece dicho precio porque sus circunstancias le urgen desesperadamente a comprarme el inmueble, porque necesita vacaciones, o por lo que sea, el hecho de que yo decida vendérselo al alemán (porque me es más beneficioso aún sabiendo las circunstancias en que me lo va a comprar) no es inmoral, yo no soy responsable de que el alemán necesite desesperadamente el inmueble y esté dispuesto a pagar más de lo que vale en el mercado, digamos que vale 2 millones y medio.

    Lo mismo ocurre aqui, Inditex o Nike no son responsables moralmente por la pobreza de los habitantes de Asia que les hacen competir desesperadamente por un puesto de trabajo, ellos lo ofrecen y los asiáticos aceptan la oferta, podrá decirse que esas personas se mueren de hambre, pero el hambre no es consecuencia de Inditex o de Nike, pues antes de ellos ir allí seguramente habría más pobreza, en cambio las empresas afincadas en Asia vienen a traerles riqueza en lugares donde sólo había pobreza. Entonces censurar moralmente a empresas que vienen a traer riqueza en lugares donde antes había absoluta miseria es injusto, porque la pobreza, el hambre, etc. no son responsabilidad moral de los extranjeros, es responsabilidad de aquellos que durante siglos usaron la fuerza de forma irracional para evitar que el capitalismo crease la riqueza suficiente para apartarlos de la pobreza.

    Hacer responsable de la pobreza a alguien que la va a mitigar en parte es injusto. Un ejemplo más sencillo sería el de aquella persona que no teniendo nada que comer vende alguno de sus inmuebles que había adquirido en la época en que tenía trabajo y podía pagarlos, y entonces como está desesperado lo pone a un precio inferior al de mercado, y digamos que otras personas ofrecen inmuebles a un precio superior porque no están desesperadas, ¿Sería inmoral que yo comprase a ese precio inferior sabiendo las circunstancias desesperadas de esa persona, en vez de sacrificarme y comprarlo a un precio más alto en otro sitio, (tal y como Nike podría sacrificarse y pagar costes más altos en España o Francia), o le estaría haciendo un favor al comprarle el inmueble?

    Lo cierto es que ni estoy siendo inmoral por comprar el inmueble de la persona que lo vende desesperadamente ni le estoy haciendo un favor o caridad, lo cierto es que ambos estamos haciendo una transacción de igual a igual, cada uno obrando en su propio beneficio egoísta para obtener las condiciones más favorables que en la realidad puedan darse.

    En cambio estos altruistas querrían que Inditex a pesar de que los costes fuesen más altos en España o Francia tuviera todas sus factorías aqui, obviando el hecho de que a esos costes les sería imposible producir o tendrían que producir más caro porque estarían dedicando recursos a satisfacer otras necesidades, digamos las laborales de dichos países. Entonces la gente aquí, que también vela por sus intereses como consumidores, no comprarían nada, así que ocurre que los humanitarios que defienden el «comercio justo», lo que pretenden es que tengamos un nivel de vida inferior para con nuestro sacrificio que ellos tengan un nivel de vida más elevado, porque según ellos la riqueza sólo se puede obtener a costa de explotar a otros.

    Estos humanitarios no conciben nada más que un mundo en el que la prosperidad es obtenida siempre a costa de otros, o sea el dogma de Montaigne, pero ese dogma contiene una falacia de premisa omitida o caída de contexto, y es que si la riqueza se obtiene siempre porque se la arrebatamos a otro, ¿Ese otro cómo la obtiene?, y otra premisa sería la respuesta a la pregunta, ¿Cómo se obtiene la riqueza?

    Aparte de cometer algunas de las falacias típicas como premisa tribal, o sea que la riqueza se obtiene de los árboles, que es una cantidad física estática que sólo puede repartirse, o sea se ignora que la riqueza sólo existe cuando es creada por el ingenio y el talento de la mente de un ser creativo, o la falacia del acuerdo global en la que confunden la responsabilidad moral por hechos de los que los hombres son responsables y en consecuencia de los que se les puede hacer responder moralmente y aquellos otros que son metafísicamente dados y que están presentes en la realidad. Así la pobreza, el hambre etc. (que son hechos metafísicos) son objeto de condena moral por los humanitarios contra los empresarios capitalistas que precisamente gracias a su esfuerzo creativo los mitigan, y así se les condena por ofrecer salarios bajos ignorando que sin la intervención de dichos empresarios ni siquiera habría salarios.

    Además estas falacias son cometidas por ellos en multitud de ocasiones cuando afirman por ejemplo, que occidente explota a los países pobres porque compran materias primas a bajo precio que son necesarias para producir digamos la tecnología y productos informáticos que consumen los occidentales, ignorando aqui que la fuente de la riqueza no es esas materias primas improductivas, que allí estaban en la naturaleza sin que ningún autóctono de África por ejemplo, advirtiera su potencial productivo, e ignorando deliberadamente, igualmente, que la riqueza es producto de aplicar el conocimiento sobre la materia para moldearla con un fin productivo; que los móviles, ordenadores etc. no son transformados automáticamente por los músculos de brutos salvajes incapaces de pensar, y que la materia prima es sólo eso: materia que ha de ser descubierta creativamente por el hombre.

    Fruto de estas falacias son las declaraciones de líderes tribales como la presidenta de Argentina o el presidente de Venezuela cuando afirman que el petróleo que había en Argentina y que era explotado por Repsol era un recurso natural y que como tal es propiedad de Argentina. Incluso dejando de lado el hecho de que la propiedad es individual y no existe algo como la propiedad nacional, lo cierto es que sin las inversiones de Repsol, sin los técnicos y sin los conocimientos aportados por la empresa española, dicho petróleo jamás podría haberse sacado de allí por nadie porque fue Repsol quien lo descubrió y hace miles de años ese petróleo no se conocía.

    Sin embargo esos líderes tribales creen que por el hecho físico de estar ellos allí todo lo que hay les pertenece y que pueden servirse de una maza o un garrote ignorando que Repsol fue parte necesaria para la extracción del oro negro.

    Otra cuestión que resulta cuanto menos curiosa es el hecho de que los ecologistas clamaran al cielo por la posibilidad de que se redujera la dependencia energética que tenemos en favor de esos ladrones optando por buscar en el fondo del mar nuevos yacimientos, y es que los ecologistas no quieren que los países occidentales reduzcan su dependencia energética puesto que ello privaria de fuentes de riqueza a esos dictadores sudamericanos o a los jeques de oriente medio, asi que actúan como una suerte de quinta columna o enemigos internos dentro de nuestros países, favoreciendo a los enemigos externos de la civilización occidental.

  • godmino says:

    Pregunta recibida via el Newsletter SoyJohnGalt de GoogleGroups: «¿Sería justo lograr una riqueza explotando a la gente o haciendo negocios con personas que explotan a otras personas como Nike por ejemplo o los Gobiernos?»

  • Prosanatos says:

    «Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de Ken Danagger. Los saqueadores no consiguen hacer que las propiedades produzcan como lo hacían antes.»

    Esto me hace pensar en el gobierno argentino y la expropiacion de la petrolera YPF, y que por cierto no quiere indemnizar como es debido.

  • Miguel says:

    Yo no llegaría al punto de leer antes a Reisman que a Mises, pienso que lo mejor es leer a Mises a la luz de Objetivismo. Pero fijaros una cosa, Mises con sentido común dice que los hombres pueden prescindir de observar las leyes económicas, pero que ello no destruirá la ciencia económica, sino que significará la pobreza, inanición y destrucción del género humano. Sin embargo, admitiendo Mises tal verdad fue incapaz de darse cuenta de que los valores son objetivos y no arbitrarios, y fue incapaz de darse cuenta de ello, porque como casi todos los pensadores y filósofos morales de la historia, creían que el hecho de que los valores se justificasen no en el principio de causalidad eficiente propio de las relaciones y fenómenos de las entidades físicas naturales, sino en el principio de causalidad final, invalidaba la necesidad objetiva de los valores, ellos razonan diciendo como la causalidad final significa el proceso por el cual un fin determina los medios, y en consecuencia, al estar los medios suboordinados al fin, y siendo la elección del fin una cuestión volitiva, de ahí entendieron que al poder el hombre elegir una causa final distinta y no una que necesaria acontezca como tal, como ocurre con los fenómenos de la naturaleza, entonces no existe la objetividad. Pero no cayeron en la cuenta de que los valores son necesarios para que un hombre viva su vida, y que sin vida no pueden existir valores, y por tanto valores que destruyan la fuente de los valores, es una contradicción.

    Un ejemplo concreto, es muy claro, la mayoría de los hombres admitirían que si uno quiere beber agua de un manantial, no pueden provocar deliberadamente la sequedad del manantial, so pena de morir de sed, sin embargo, no son tan cuidadosos a la hora de elegir valores que secan el manantial de la vida. Porque no hay diferencia entre que un hombre por ejemplo arroje la última cantimplora de agua que tiene para sobrevivir en el desierto, hecho natural, que dedicarse en vez de a producir, a robar a otros hombres e incluso a mantarlos si es necesario, socialdemocracia o comunismo, pero claro, ellos no han pensando que si todo el mundo se dedicara a robar y no a producir, tarde o temprano no quedaría nada para robar y todos morirían de hambre.

    Entonces ¿ Cómo siguen pensando que la ética y los valores son puro capricho?. La mayoría de los hombres retrocederían horrorizados si alguien votase democráticamente que todo el mundo se amputase las piernas, se sacase el hígado y el estómago, pero sin embargo, nadie se escandaliza cuando se propone mantener como filosofía de vida, la no producción o robo, es decir, el secar el manantial de los valores, que todos los hombres honrados, productivos, creativos, y pacíficos, (que no pacifistas).

  • Miguel says:

    Cierto, sin embargo, el gran problema de la obra de Mises es que estaba contaminada de Kantismo, y eso se nota al hablar de que los fines de los hombres y los juicios de valor de éstos son puramente arbitrarios y no científicos, postura puramente positivista que impregna también toda la obra jurídica de Hans Kelsen, y es que Mises es cierto que estuvo influido por Aristóteles pero también estaba contaminado por la influencia del idealismo crítico alemán. El mérito de Ayn Rand es que ella pudo desembarazar a la cultura occidental de la influencia de Kant y proporcionarnos un sistema filosófico verdaderamente racional, mejor que el de Aristóteles incluso, ya que éste estaba contaminado de Platonismo, y lo bueno es que la obra de Ayn Rand no rezuma ninguna dosis de misticismo. Sus obras han hecho que me interese verdaderamente por la Filosofía. Por otro lado, lo bueno es que la Escuela Austríaca a partir de Rothbard y otros economistas como Antal Fekete son ya puramente Aristotélicos y libres del miasma Kantiano.

  • René says:

    Miguel, al parecer Ayn Rand bebió de las fuentes de Mises ya que ella conocia su obra y llegaron a conocerse. y en el libro la acción humana aparecen muchos de los postulado de ayn rand.

  • Miguel says:

    Cierto, el teorema lo formuló Mises, pero sólo referido al aspecto económico, pero Rand y posteriormente Hayek y Huerta de Soto lo expandieron hasta abarcar todos los aspectos, digamos que Mises lo formuló en 1920 en su obra, El Cálculo Económico en la Comunidad Socialista y en 1922 elaboró una teoría sobre el Socialismo, pero Rand si es verdad que digamos que se dió cuenta de que el Socialismo pretendía captar información muy concreta que sólo está disponible perceptualmente para aquellos que inmediatamente están implicados en el contexto de dicha información, y pretendía captar la información relativa a las vidas de millones de personas, que es la información que se necesita para gobernar un mercado, algo que una sola mente o la mente de un grupo de hombres no puede captar, sino que únicamente pueden captarse los principios esenciales que vienen imbricados en las millones de relaciones que se generan en el mercado, diciendo Rand que dicha captación ya en sí misma es una proeza de abstracción, en ese sentido digo que Ayn Rand ya captó dicha problemática. Por cierto, que yo no he dicho que ella fuese la primera que advirtiere el problema, ni mucho menos, y no me estaba refiriendo al problema del socialismo en sentido económico, dicho problema ya incluso el Empresario y Filósofo Friedrich Engels lo había captado, y alguna alusión a ello hace Murray Rothbard en su monumental historia del pensamiento económico, lástima que Engels no se diera cuenta de que el marxismo era una filosofía inviable, cosa que según comenta Hayek en su libro sobre la Fatal Arrogancia y los Errores del Socialismo, sí había hecho Karl Marx al leer a los autores austríacos antes de morir, de hecho Marx en los últimos años de su vida leyó el gran tratado de economía de Carl Menger, Principios de Economía Política, y abandonó toda actividad intelectual ante la evidencia del fracaso de sus teorías, lo cual explicaría que Marx retrasase la publicación del Tomo III del Capital, publicación que póstumamente realizaría Engels.

  • Miguel says:

    Es curioso como ya en 1957, Ayn Rand había esbozado principios económicos que la Escuela Austríaca de Economía, desarrollaría años más tarde, el concepto de descubrimiento en Isrrael Kizner, profesor de Economía de la Universidad de Nueva York, o en su Libro Filosofía, ¿ Quién la necesita?, había manifestado el principio de orden espontáneo en el mercado, de cómo ninguna mente puede captar todas las complejidades del mercado, sino sólo los principios que la hacen posible, o sea ella ya había captado el Teorema de la Imposibilidad del socialismo que desarrollaría el economista español Jesús Huerta de Soto. Es también increible cómo ella desarrolla conforme va transcurriendo la trama de Atlas, el camino inexorable al que conduce el socialismo, primero, escaseces repentinas en algunos bienes, luego abandono de determinadas materias primas como el petróleo y vuelta al carbón, luego vuelta a las locomotoras de vapor, luego vuelta al trabajo manual en los trenes, y por último abandono de los trenes y vuelta a las carretas de caballos del siglo XIX. Estamos observando ese proceso en Grecia, la gente está pasando hambre en un país de la Union Europea, esa organización que por arte de magia y democracia se supone que iba a garantizar una riqueza sin límites, y ahora están al paso de desencadenar la violencia callejera.

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