La televisión que es y no es de todos

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television de todosSi hay algo que caracteriza una sociedad de individuos libres es la constante alerta de aquellos desean seguir siéndolo; la alerta de quienes cuestionan de forma incesante incluso las ideas más arraigadas en la sociedad.

No parece ser el caso de la actual sociedad española, donde, además de marginar las voces que ponen en tela de juicio las ideas que disfrutan de una posición dogmática, las expulsan descaradamente de los medios de comunicación que, en teoría, son “de todos”, “para todos” y lo más importante: financiados por todos.

Tan sólo tres días ha tardado Televisión Española en revocar su decisión de conceder un pequeño espacio al economista de la Escuela Austríaca, Juan Ramón Rallo, aparentemente respondiendo a presiones que vienen “de arriba”, y que obviamente tratan de impedir que disidentes internos cuestionen la propia naturaleza de la enorme estructura burocrática en que se basa.

La importancia del asunto no radica en este caso concreto – que no deja de ser un claro ejemplo más del nivel moral de la verdadera casta – sino en un hecho innegable e inadmisible: la abrupta censura de JR Rallo en televisión demuestra que este medio de comunicación público va dirigido a todos, pero no es de todos… a pesar de ser mantenido por todos.

Este canal público de televisión, que justifica su propia existencia con la necesidad de dar voz a una pluralidad de opiniones, debería incluir también, por esa misma razón, las opiniones que cuestionan la existencia misma de dicho medio, no ya por una cuestión de coherencia intelectual, sino por una razón moral, ya que esas opiniones provienen de individuos que costean igualmente ese canal.
Sin embargo, parece que la existencia de Televisión Española descansa en otros intereses, y no precisamente en beneficio del público general. Esos intereses enmascarados parecen asemejarse a los que tiene un parásito en relación a su huésped; a la necesidad de mantenerlo vivo y anestesiado con el fin de no alarmarlo, para así poder prolongar la relación involuntaria entre ambos tanto como sea posible.

Teniendo en cuenta esta incoherencia existencial de TVE, cualquier copropietario – dado que es un servicio de todos – debería ser libre, ante tal decepción, de abandonar su parte correspondiente y con ella las obligaciones emanadas de ésta (como la responsabilidad de financiar el susodicho canal). Exactamente de la misma forma y por las mismas razones que legitiman perfectamente a un individuo libre el tomar la decisión de no participar, de ninguna forma, en el mantenimiento de una religión o ideología que no comparte ni profesa.

Pero en el sistema en que vivimos, el robo es una importante institución en la transferencia de riqueza, un método mediante el cual unos imponen sus planes privados – siempre a través del estado – en quienes no desean colaborar, y lo hacen denominándolos irónicamente “públicos”. ¿Públicos? ¿porque todos están forzados a participar en ellos?

Así, quienes desean un canal de TV, creen tener el derecho a iniciar la fuerza contra quienes no lo desean: Es una agresión justificada, según ellos, por la necesidad de una TV “de todos y para todos”.

Hemos llegado al punto donde esta justificación ha demostrado ser ignorada por completo, destapando, a raíz de esta humillante ofensa, las verdaderas intenciones de los agresores: arrebatar mediante la fuerza el dinero de quienes lo producen, para inocular en la sociedad su propaganda filtrada, censurando y vetando a quienes osen reflexionar sobre la legitimidad de ese método y denuncien la inclusión de ese medio de comunicación en el patrimonio personal de quienes lo administran, que nunca han sido, ni son, ni serán jamás, los ciudadanos que lo costeamos. Nos han expulsado de Televisión Española por querer su privatización. ¿Serán igual de coherentes y nos expulsarán de su lista de financiadores?

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Notas –

1 – Juan Ramón Rallo es un economista español de la Escuela Austríaca. Además de escritor, docente en varias universidades y colaborador en diversos espacios de análisis económico, es socio fundador del Instituto Juan de Mariana y su actual director. Es licenciado en Derecho y Economía por la Universidad de Valencia, y doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente es profesor y codirector del Máster en Economía del Centro de Estudios OMMA y en la Escuela Superior de Negocios ISEAD.

2 – Sin contar los daños y perjuicios producidos por la obstaculización y regulación del sector televisivo por parte del estado, los costes generados por TVE en el año 2014 fueron de 292,73 millones de euros, cantidad asignada mediante los presupuestos generales del estado.

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Por Guillermo Truchuelo R.

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Publicado por: septiembre 7, 2014 10:01 am

3 Comentarios

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3 respuesta a “La televisión que es y no es de todos”

  • JUAN ANTONIO says:

    Rallo es una de las mentes mas lúcidas, económicamente hablando, que existen hoy en España. Hay muchas más, pero él está presente en muchos medios, privados y públicos, defendiendo siempre la libertad y el capitalismo de libre mercado. Por eso se le veta en la televisión pública, que desde mi punto de vista, debería ser cerrada desde ya mismo, o privatizada totalmente. Soy un apasionado lector de sus libros y me solidarizo con él totalmente. En este país, idiotizado ideológicamente con el socialismo, hacen falta miles como él. Mucha falta.

  • Alberto says:

    Lo más gracioso es que si el señor Rallo dejara de pagar impuestos para financiar una cadena que le censura, no creo que tardara más de dos meses en estar en la cárcel.

  • Juan Manuel Muñoz Hernández says:

    A una escala más encontramos a la izquierda haciendo lo único que puede hacer para oponerse a la derecha: esconderla y no dejar que todos la escuchen. Saben de sobra que no tienen argumentos, ni morales ni prácticos (ellos sí creen en esta dicotomía), y no les queda otra que dejar a la oposición fuera del margen de duda y del debate público. Esta censura mezclada con indignación a mí me huele a un miedo muy especial: después de dedicarse con propaganda todos estos años a asegurarse de que a nadie se le ocurra pensar en la palabra ‘capitalismo’ sin sentir desprecio, les entra pánico al ver que, por mucho que se esfuercen, no pueden romper a personas íntegras y comprometidas con la razón. Es fácil educar a la gente que no cree en la filosofía, pero olvidan que no todos somos así, y cuando se encuentran a uno, les asusta. Me recuerdan al decano de la facultad de arquitectura donde estudiaba Howard Roark.

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