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Igualitarismo e inflación — por Ayn Rand

Del libro Filosofía: quién la necesita

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La justicia sí existe en el mundo, da igual que las personas decidan practicarla o no. Los hombres de talento están siendo vengados. El vengador es la realidad. Su arma es lenta, silenciosa e invisible, y los hombres sólo la perciben por sus consecuencias, por los escombros de ruinas y los gemidos de agonía que deja a su paso. El nombre del arma es: la inflación.

La inflación es una plaga creada por el hombre, una plaga hecha posible sólo porque la mayoría de las personas no la entiende. Es un delito cometido en una escala tan enorme, que su tamaño es su propia protección: la capacidad integradora de las mentes de sus víctimas fracasa ante la magnitud —y la aparente complejidad— del delito, lo cual permite que sea cometido abiertamente, a la vista de todos. Durante siglos, la inflación ha ido arruinando un país tras otro, y sin embargo los hombres no aprenden nada, no ofrecen resistencia; y perecen, no como animales que están siendo llevados al matadero, sino peor aún: como animales que salen en estampida en busca de un carnicero.

Si te dijese que la precondición de la inflación es psico-epistemológica, que la inflación está oculta bajo ilusiones perceptuales creadas por eslabones conceptuales rotos, no me entenderías. Eso es lo que me propongo explicar y demostrar.

Empecemos por el principio. Observa el hecho de que, como ser humano, estás obligado por naturaleza a comer por lo menos una vez al día. En una ciudad estadounidense moderna, eso no constituye mayor problema. Puedes llevar tu sustento en el bolsillo, en forma de unas cuantas monedas. No necesitas preocuparte de eso, puedes saltarte alguna comida y, cuando tengas hambre, puedes coger un bocadillo o abrir una lata de comida…, los cuales (tú crees) siempre estarán ahí.

Pero imagínate lo que la necesidad de comer te supondría en la naturaleza, o sea, si estuvieras solo en una selva primitiva. El hambre, el ultimátum de la naturaleza, te haría demandas todos los días, pero satisfacer esas demandas no estaría inmediatamente disponible: satisfacerlas requiere tiempo, y herramientas. Lleva tiempo cazar y fabricar tus armas. También tienes otras necesidades. Necesitas ropa, y lleva tiempo matar a un leopardo y conseguir su piel. Necesitas ponerte a cubierto, y lleva tiempo construir una choza, y hace falta comida para sustentarte mientras la construyes. La satisfacción de tus necesidades físicas diarias absorbería todo tu tiempo. Observa que “tiempo” es el precio de tu supervivencia, y que tiene que ser pagado por adelantado.

¿Habría alguna diferencia si fuéseis diez como tú, en vez de tú solo? ¿Y si fuéseis cien? ¿O mil? ¿O cien mil? No dejes que los números te confundan: en lo que atañe a la naturaleza, los hechos seguirán siendo inexorablemente los mismos. Socialmente, los grandes números pueden permitirles a algunos hombres esclavizar a otros y vivir sin esfuerzo, pero a menos que haya un número suficiente de hombres capaces de cazar, todos vosotros pereceréis, y también perecerán los que os esclavizan.

La inflación es una plaga creada por el hombre, una plaga hecha posible sólo porque la mayoría de las personas no la entiende.

El tema se torna mucho más claro cuando descubres la agricultura. Tú puedes sobrevivir de forma más segura y más cómoda plantando semillas y recolectando una cosecha meses después, siempre a condición de que cumplas dos requisitos absolutos de la naturaleza: debes ahorrar lo suficiente de tu cosecha para poder alimentarte hasta la próxima cosecha; y, sobre todo, debes guardar suficientes semillas para plantar en la siguiente siembra. Puede que se te acabe tu propia comida, tal vez tengas que escatimar y pasar hambre algún día; pero, bajo peligro de muerte, no puedes tocar tu existencia de semillas; si lo haces, estás acabado.

La agricultura es el primer paso hacia la civilización, porque requiere un avance significativo en el desarrollo conceptual de los hombres: requiere que ellos capten dos conceptos cardinales que la mentalidad perceptual, la mentalidad limitada a los concretos que tenían los cazadores no pudo captar del todo: tiempo y ahorro. Una vez que los captas, habrás captado las tres cosas esenciales para la supervivencia humana: tiempo, ahorro, producción. Habrás captado el hecho de que la producción no es un asunto limitado al momento inmediato, sino un proceso continuo, y que cualquier producción está impulsada por la producción anterior. El concepto de «stock de semillas» une las tres cosas esenciales, y se aplica no sólo a la agricultura, sino mucho, mucho más ampliamente: a todas las formas de trabajo productivo. Cualquier cosa que esté por encima del nivel de existencia precaria de un salvaje, subsistiendo día a día, requiere ahorros. Los ahorros compran tiempo.

Si vives en una granja autosuficiente, guardas tu grano: necesitas la cosecha guardada de tus años buenos para poder subsistir en los años malos; necesitas las semillas guardadas para expandir tu producción, para plantar un terreno más grande. Cuanto más seguro sea tu aprovisionamiento de alimento, más tiempo te comprará para conservar o mejorar las otras cosas que necesitas: tus ropas, tu vivienda, tu pozo de agua, tu ganado, y, sobre todo, tus herramientas, como por ejemplo tu arado. Tú das un gigantesco paso adelante cuando descubres que puedes comerciar con otros agricultores, lo cual te lleva a descubrir el camino hacia una civilización avanzada: la división del trabajo. Digamos que sois unas cien personas; cada una de ellas aprende a especializarse en la producción de algunos bienes necesitados por todas, y todos intercambiáis vuestros productos por medio de trueque directo. Todos vosotros os hacéis más expertos en vuestras tareas, y, por lo tanto, más productivos; y por lo tanto, vuestro tiempo os rinde mucho más.

En una granja autosuficiente, tus ahorros consistían principalmente en el grano almacenado y en los alimentos guardados; pero el grano y los alimentos son perecederos y no pueden conservarse durante mucho tiempo, así que te comías lo que no podías guardar; tu rango de tiempo era limitado. Ahora, tu horizonte ha sido ampliado muchísimo más allá. Ya no tienes que expandir el almacenamiento de tus alimentos: ahora puedes intercambiar tu grano por algún artículo que se mantendrá más tiempo, y que a su vez tú podrás intercambiar por alimentos cuando lo necesites. Pero, ¿qué artículo? Y es así como se llega al siguiente descubrimiento gigantesco: inventas un instrumento de cambio: el dinero.

El dinero es la herramienta de los hombres que han alcanzado un nivel elevado de productividad y un control a largo plazo sobre sus vidas. El dinero no es meramente un instrumento de cambio: mucho más importante, es un instrumento de ahorro, que permite posponer el consumo y comprar tiempo para una producción futura. Para cumplir ese requisito, el dinero tiene que ser algún artículo material que sea imperecedero, raro, homogéneo, fácil de almacenar, no sujeto a grandes fluctuaciones de valor, y siempre demandado por aquellos con quienes comercias. Eso te lleva a la decisión de usar el oro como dinero. El oro es un valor tangible en sí mismo, y es muestra de una riqueza que de hecho ha sido producida. Cuando aceptas una moneda de oro en pago por tus mercancías, de hecho le entregas la mercancía al comprador; la transacción es tan segura como si fuera un simple trueque. Cuando guardas tus ahorros en forma de monedas de oro, ellas representan la mercancía que tú realmente has producido, y que ahora está dedicada a comprar tiempo para otros productores, quienes mantendrán el proceso productivo funcionando, de tal forma que tú podrás seguir intercambiando tus monedas por mercancías en cualquier momento que lo desees.

Ahora imagina lo que le ocurriría a tu comunidad de cien personas prósperas, que trabajan duro y que van hacia adelante, si a un hombre se le permitiera comerciar en vuestro mercado, no con oro, sino con papel: o sea, si él te pagara, no con un bien material, no con mercancías que él hubiera realmente producido, sino simplemente con un pagaré sobre su producción futura. Ese hombre se lleva tus mercancías, pero no las usa para apoyar su propia producción; él no produce nada en absoluto: lo único que hace es consumir esas mercancías. Y luego va y te paga precios más altos por más mercancías —de nuevo, te paga con pagarés— asegurándote que él es tu mejor cliente y que está expandiendo tu mercado.

Entonces, un día, un joven y esforzado agricultor cuyos campos han sido dañados por una inundación quiere comprarte grano a ti, pero tu precio ha aumentado y no tienes mucho grano que venderle, así que él va a la quiebra. Luego, el granjero de las vacas, a quien ese joven debía dinero, sube el precio de la leche para compensar la pérdida; y el camionero de la granja, que necesita la leche, deja de comprar los huevos que siempre había comprado; y el avicultor mata algunas de sus gallinas porque no puede darles de comer; y el cultivador de alfalfa, que no puede permitirse el precio mayor de los huevos, vende una parte de las semillas que tiene guardadas y reduce su siembra; y el granjero de las vacas no puede pagar el mayor precio de la alfalfa, así que cancela su pedido con el herrero; y tú quieres comprar el arado nuevo para el que ha estado ahorrando, pero el herrero se ha ido a la quiebra. Y entonces todos vosotros presentáis vuestros pagarés a vuestro «mejor cliente», y descubrís que esos pagarés eran, no sobre la producción futura de él, sino sobre vuestra producción futura…; y el único problema es que a vosotros ya no os queda nada con lo que producir. Vuestros terrenos están ahí, vuestras estructuras están ahí, pero no hay alimentos para sustentaros durante el próximo invierno, y tampoco hay semillas almacenadas para poder plantar.

¿Habría alguna diferencia si esa comunidad consistiese en mil agricultores? ¿Cien mil? ¿Un millón? ¿Doscientos millones? ¿El planeta entero? Independientemente de hasta dónde extiendas el perjuicio, independientemente de la variedad de productos y de la incalculable complejidad de tratos que puedan hacerse, esa, queridos lectores, es la causa, es el patrón y el resultado de la inflación.

Sólo hay una institución que pueda atribuirse a sí misma el poder de comerciar legalmente con cheques sin fondos: el gobierno. Y es la única institución que puede hipotecar tu futuro sin tu conocimiento y sin tu consentimiento: los títulos públicos (y el papel moneda) son pagarés respaldados por ingresos fiscales futuros, o sea, por tu producción futura.

Ahora imagina la mentalidad de un salvaje, quien no puede comprender nada excepto los concretos del momento inmediato, y que se encuentra transportado en plena civilización industrial moderna. Si es un salvaje inteligente, adquirirá un cierto conocimiento superficial, pero hay dos conceptos que no será capaz de captar: «crédito» y «mercado».

Él observa que la gente consigue comida, ropa, y todo tipo de cosas simplemente presentando papelitos a los que llaman billetes, y observa que rascacielos y fábricas enormes brotan del suelo por orden de hombres muy ricos, cuyos contables se dedican a intercambiar números mágicos con muchos otros contables. Y parecen hacerlo más rápido de lo que él puede seguir, así que concluye que la velocidad es el secreto de ese poder mágico del papel, y que todo el mundo trabajará, producirá y prosperará siempre que esos billetes pasen de mano en mano con suficiente rapidez. Si ese salvaje corre a la imprenta con su descubrimiento, encontrará que se le ha adelantado John Maynard Keynes.

Entonces el salvaje observa que los grandes almacenes están llenos de mercancías maravillosas, pero aparentemente la gente no las compra. «¿A qué se debe eso?», le pregunta a un jefe de sección. «No tenemos suficiente mercado», dice el jefe de sección. «¿Qué es eso?», pregunta el salvaje. «Bueno», le contesta su nuevo maestro, «los bienes se producen para que la gente consuma, son los consumidores los que hacen girar el mundo, pero no tenemos suficientes consumidores». «¿Ah, sí?», dice el salvaje, sus ojos brillando con el fuego de una nueva idea. Al día siguiente, él consigue un cheque de una gran fundación educativa, fleta un avión, emprende vuelo, y vuelve, poco tiempo después, trayendo a todos los miembros de su tribu, desnudos y descalzos. «Usted no sabe lo buenos que ellos son consumiendo», le dice a su amigo, el jefe de sección, «y aún hay muchos más de donde ellos vienen. Pronto le darán a usted un aumento de sueldo». Pero la tienda, no mucho después, se va a la quiebra.

El pobre salvaje es incapaz de entenderlo, hasta hoy, porque se había asegurado de que muchas, muchas personas estuvieran de acuerdo con su idea, entre ellas muchos nobles jefes tribales, como el gobernador Romney, que hizo conjuros en pro del «consumismo», y el guerrero Nader, que luchó por los derechos de los consumidores, y los grandes caciques comerciales que recitaron fórmulas sobre servir a los consumidores, y los caciques que se sentaron en el Congreso, y los caciques en la Casa Blanca, y los caciques de todos los gobiernos en Europa, y muchos más profesores de los que él podría contar.

Quizá sea más difícil para nosotros comprender que la mentalidad de ese salvaje ha estado rigiendo la civilización occidental durante casi un siglo.

Sólo hay una institución que pueda atribuirse a sí misma el poder de comerciar legalmente con cheques sin fondos: el gobierno.

Entrenados en la universidad a creer que mirar más allá del momento inmediato —buscar causas o prever consecuencias— es imposible, los hombres modernos han desarrollado la técnica de evadir el contexto como su método normal de cognición. Observando a un pequeño tendero de pueblo, del tipo que está destinado a fracasar, ello creen (como también lo cree el tendero) que la falta de clientes es su único problema; y que la cuestión de las mercancías que él vende, o de dónde provienen esas mercancías, no es relevante en absoluto. Las mercancías, ellos creen, simplemente están ahí, y siempre estarán ahí. Por lo tanto, concluyen ellos, el consumidor —no el productor— es el motor de cualquier economía. Extendámoles crédito, o sea, nuestros ahorros, a los consumidores —recomiendan ellos— para poder expandir el mercado para nuestras mercancías.

Pero, de hecho, los consumidores como consumidores no son parte del mercado de nadie; como consumidores, ellos son irrelevantes para la economía. La naturaleza no le otorga a nadie el título innato de «consumidor»; es un título que hay que ganarse… por medio de la producción. Sólo los productores constituyen un mercado, sólo los hombres que intercambian productos o servicios por productos o servicios. En su papel de productores, ellos representan «la oferta» del mercado; en su papel de consumidores, ellos representan «la demanda» del mercado. La ley de la oferta y la demanda tiene una subcláusula implícita: que las personas son las mismas en ambos roles. Cuando esa subcláusula es olvidada, ignorada o evadida, entonces te encuentras con la situación económica de hoy.

Un productor exitoso puede mantener a muchas personas, por ejemplo, a sus hijos, delegando en ellos su poder de consumidor en el mercado. ¿Puede esa capacidad ser ilimitada? ¿A cuántos hombres podrías alimentar en una granja autosuficiente? En tiempos más primitivos, los agricultores solían tener familias numerosas para poder conseguir mano de obra agrícola, o sea, ayuda productiva. ¿A cuántas personas no productivas podrías mantener tú con tu propio esfuerzo? Si el número fuera ilimitado, si la demanda fuese mayor que la oferta, si la demanda se convirtiera en una orden, como lo es hoy, tú tendrías que usar y agotar tu almacén de semillas. Ese es el proceso que ahora está teniendo lugar en este país.

Hay sólo una institución que puede hacer que eso ocurra: el gobierno, con la ayuda de una doctrina malvada que le sirve de disfraz: el altruismo. Los que visiblemente se benefician con el altruismo —los receptores de subsidios públicos— son en parte las víctimas y en parte el escaparate para las políticas estatistas del gobierno. Pero ningún gobierno podría haberse salido con la suya si la gente hubiera captado el otro concepto que el salvaje fue incapaz de captar: el concepto de «crédito».

Si entiendes la función de las semillas de reserva (de los ahorros) en una comunidad agrícola primitiva, aplica el mismo principio a una economía industrial compleja.

La riqueza representa bienes que han sido producidos, pero no consumidos. ¿Qué haría un hombre con su riqueza en cuanto a trueques directos? Digamos que un exitoso fabricante de zapatos quiere ampliar su producción. Su riqueza consiste en zapatos; él intercambia algunos zapatos por las cosas que él necesita como consumidor, pero conserva una gran cantidad de zapatos y los intercambia por materiales de construcción, maquinaria y mano de obra para construir una fábrica nueva, y otra gran cantidad de zapatos para comprar materias primas y para pagar la mano de obra que utilizará para fabricar más zapatos. El dinero facilita ese comercio, pero no cambia su naturaleza. Todos los bienes físicos y los servicios que ese hombre necesita para su proyecto deben realmente existir y estar disponibles para el comercio, exactamente igual que su pago por ellos realmente debe existir en forma de bienes físicos (en ese caso, zapatos). Un intercambio de papel moneda (o incluso de monedas de oro) no le serviría de nada a ninguna de las partes involucradas, si las cosas físicas que ellas necesitaran no existieran, y no pudieran ser conseguidas a cambio de dinero.

Si un hombre no consume sus bienes de inmediato, sino que los ahorra para el futuro, sea porque quiere ampliar su producción o vivir de sus ahorros (que él guarda en forma de dinero), en cualquier caso él está contando con el hecho de que podrá intercambiar su dinero por las cosas que necesita, cuando y como las necesite. Eso significa que él confía en un proceso continuo de producción, el cual requiere un flujo ininterrumpido de bienes ahorrados para abastecer una producción cada vez mayor. Ese flujo es el «capital de inversión», son las «semillas de reserva» de la industria. Cuando un hombre rico les presta dinero a otros, lo que les presta son los bienes que él no ha consumido.

Ese es el significado del concepto «inversión». Si te has preguntado cómo uno puede empezar a producir dado que la naturaleza requiere que el tiempo se pague por adelantado, ese es el proceso benevolente que les permite a los hombres hacerlo: un hombre exitoso presta sus bienes a un principiante prometedor (o a cualquier productor de buena reputación) a cambio del pago de intereses. El pago es por el riesgo que él está asumiendo: la naturaleza no garantiza el éxito de un hombre, ni en una granja ni en una fábrica. Si el proyecto fracasa, eso significa que los bienes han sido consumidos sin un retorno productivo, así que el inversor pierde su dinero; si el proyecto tiene éxito, el productor paga el interés con los bienes nuevos, con los beneficios que la inversión le permitió producir.

Observa, y ten presente por encima de todo, que ese proceso es aplicable sólo a la financiación de las necesidades de la producción, no del consumo, y que su éxito estriba en el juicio del inversor sobre la capacidad productiva de los hombres, no en la compasión que pueda tener por los sentimientos, las esperanzas o los sueños de ellos.

Tal es el significado del término «crédito». En todas sus incontables variaciones y aplicaciones, «crédito» significa dinero, o sea, bienes no consumidos, prestados por una persona productiva (o por un grupo) a otra, que habrán de ser recompensados con una producción futura. Incluso el crédito otorgado para un objetivo de consumo, como la compra de un coche, está basado en el historial productivo y en las perspectivas de éxito del prestatario. El crédito no es —como el salvaje creía— una mágica hoja de papel que invierte causa y efecto, transformando el consumo en una fuente de producción.

El consumo es la causa final, no la causa eficiente, de la producción. La causa eficiente son los ahorros, los cuales puede decirse que representan lo contrario del consumo: representan bienes no consumidos. El consumo es la meta de la producción, el final del viaje en lo que respecta al proceso productivo. El trabajador que produce tan poco que llega a consumir todo lo que gana carga con su propio peso económicamente, pero no contribuye en nada a la producción futura. El trabajador que tiene una modesta cuenta de ahorros y el millonario que invierte una fortuna (y todos los hombres que hay en medio) son los que financian el futuro. El hombre que consume sin producir es un parásito, da igual que viva de subsidios o sea un rico playboy.

Una economía industrial es enormemente compleja: involucra cálculos de tiempo, de movimiento, de crédito, y largas secuencias de intrincados intercambios contractuales. Esa complejidad es la gran virtud del sistema, y la raíz de su vulnerabilidad. La vulnerabilidad es psico-epistemológica. Ninguna mente humana y ningún ordenador —y ningún planificador central— puede comprender esa complejidad en todos sus detalles. Incluso captar los principios que la rigen es una enorme proeza de abstracción. Aquí es donde fracasan los vínculos conceptuales de la capacidad de integración del hombre: la mayoría de las personas son incapaces de captar el funcionamiento de la economía de su ciudad natal, y mucho menos el del país o el del mundo. Bajo la influencia de la educación irracional y anticonceptual que tenemos hoy, la mayoría de las personas tienden a ver los problemas económicos en términos de cosas concretas inmediatas: los cheques de sus salarios, los propietarios de las casas que alquilan, y la tienda de la esquina. La pérdida más desastrosa —la que rompió su conexión con la realidad— fue perder el concepto de que el dinero es un sustituto de bienes que existen, pero que no han sido consumidos.

La complejidad del sistema sirve, ocasionalmente, como un refugio temporal para las operaciones de algunos tipos sospechosos. Todos habéis oído hablar de algún manipulador que no trabaja, pero lleva una vida de lujo obteniendo un préstamo, el cual luego reembolsa obteniendo otro préstamo en algún otro sitio, el cual luego reembolsa obteniendo otro préstamo, etc. Tú sabes que esa política no puede seguir así siempre, que eventualmente da alcance a su protagonista y hará que se estrelle. Pero ¿y si ese manipulador es el gobierno?

El gobierno no es una organización productiva. No produce nada. Con respecto a sus funciones legítimas —que son la policía, el ejército, y los tribunales de justicia— presta un servicio necesario para una economía productiva. Cuando un gobierno sobrepasa esas funciones, se convierte en el destructor de la economía.

El gobierno no tiene ninguna fuente de ingresos, excepto los impuestos pagados por los productores. Para librarse (temporalmente) de los límites establecidos por la realidad, el gobierno inicia un proceso de créditos fraudulentos a gran escala, con el que un manipulador privado ni siquiera podría soñar. Te pide a ti hoy dinero prestado, el cual ha de ser pagado con dinero que le prestes mañana, el cual ha de ser pagado con dinero que le prestes pasado mañana, y así sucesivamente. Eso es lo que llaman «financiación del déficit». Lo que lo hace posible es el hecho de que el gobierno corta totalmente la conexión entre bienes y dinero. Emite papel moneda, el cual es usado como un cheque-recibo sobre bienes que realmente existen, pero ese dinero no está respaldado por ningún bien, no está respaldado por oro, no está respaldado por nada. Es un pagaré que emiten a tu favor a cambio de tus bienes, que será pagado por ti (en forma de impuestos) como parte de tu producción futura.

¿Adónde va tu dinero? A todos sitios y a ninguno. Primero, va a establecer una excusa altruista y un escaparate para lo demás: va a establecer un sistema de consumo subsidiado, una especie de hombres «subsidiados», de hombres que consumen sin producir, un callejón sin salida que no deja de crecer, impuesto sobre una producción que no deja de menguar. Luego el dinero va a subsidiar a algún grupo de presión a expensas de otro grupo, para comprar sus votos, para financiar cualquier proyecto concebido por el capricho de algunos burócratas o de sus amigos, para pagar por el fracaso de ese proyecto, para iniciar otro, etc. Los receptores de los subsidios no son la peor parte de la carga que recae sobre los productores. La peor parte son los burócratas, los funcionarios del gobierno a quienes se les ha otorgado el poder de regular la producción. Ellos no son sólo consumidores improductivos: su trabajo consiste en hacer cada vez más difícil y, finalmente, en hacer imposible que los productores produzcan. (La mayoría de ellos son hombres cuyo objetivo final es colocar a todos los productores en la situación de receptores de subsidios).

Cuando el gobierno lucha por salvar a una empresa que se está derrumbando a costa de que se derrumbe otra, está acelerando el proceso de hacer malabarismos con sus deudas, está cambiando de sitio las pérdidas, amontonando préstamos sobre préstamos, hipotecando el futuro, y el futuro del futuro. A medida que las cosas empeoran, el gobierno se protege a sí mismo, no contrayendo ese proceso, sino expandiéndolo. El proceso se vuelve global: ahora añade ayuda exterior, y préstamos impagados a gobiernos extranjeros, y subsidios a otros Estados del bienestar, y subsidios a las Naciones Unidas, y subsidios al Banco Mundial, y subsidios a productores extranjeros, y créditos a consumidores extranjeros para que puedan consumir nuestros productos; mientras que, al mismo tiempo, los productores americanos (los productores locales, que son los que están pagando por todo eso) quedan sin protección, y sus propiedades son confiscadas por cualquier jeque de cualquier agujero pestilente del planeta, y la riqueza que han creado, así como su energía, se vuelve contra ellos, como, por ejemplo, en el caso del petróleo del Oriente Medio.

¿Crees que una orgía de gastar de ese tipo podría ser pagada con la producción actual? No, la situación es mucho peor que eso. El gobierno está consumiendo la existencia de semillas del país, la existencia de semillas de la producción industrial: el capital de inversión, es decir, los ahorros necesarios para mantener funcionando la producción. Esos ahorros no eran papel, sino bienes de verdad. Bajo todas las complejidades del crédito privado, la economía se mantenía funcionando debido a que, de una forma u otra, en un sitio o en otro, en algún lugar de la economía, los bienes materiales reales existían para respaldar las transacciones financieras. Eso continuó durante mucho tiempo después de que esa protección fuera interrumpida. Hoy, los bienes prácticamente han desaparecido.

Un trozo de papel no te alimentará cuando no haya pan que comer. No construirá una fábrica cuando no haya vigas de acero que comprar. No hará zapatos cuando no haya cuero ni máquinas ni combustible. Habéis oído decir que la economía hoy día sufre de carencias repentinas e impredecibles de varios productos. Esos son los síntomas anticipados de lo que nos espera.

Has oído a los economistas decir que están perplejos por la naturaleza del problema actual: ellos son incapaces de entender por qué la inflación viene acompañada de una recesión, lo cual se opone a sus doctrinas keynesianas, y han acuñado un término ridículo para denominar eso: «estagflación». Sus teorías ignoran el hecho de que el dinero puede funcionar sólo mientras represente bienes de verdad, y que cuando se llega a una cierta etapa al inflar la oferta monetaria, el gobierno empieza a consumir el capital de inversión de una nación, lo cual hace que la producción sea imposible.

El valor total de los activos tangibles de los Estados Unidos en el momento de redactar este escrito [1974] ha sido estimado —en términos de dólares de 1968— en 3.100 billones de dólares. Si el gasto del gobierno continúa, esa increíble riqueza no te salvará. Puedes quedarte con todos los magníficos rascacielos, con las gigantescas fábricas, con las ricas tierras de cultivo…, pero sin combustible, sin electricidad, sin transporte, sin acero, sin papel, sin semillas para plantar la siguiente cosecha.

Si ese momento llega, el gobierno declarará explícitamente la premisa sobre la cual ha estado actuando implícitamente: que su único «activo de capital» eres tú. Como tú ya no podrás trabajar más, el gobierno asumirá el control y te obligará a trabajar, cayendo en una pendiente que irá bajando hasta llegar a la producción pre-industrial. El único sustituto para la energía tecnológica es el trabajo muscular de esclavos. Esa es la forma en que un colapso económico lleva a la dictadura, como ocurrió en Alemania y en Rusia. Y si alguien cree que la planificación gubernamental es una solución para los problemas de la supervivencia humana, que observe que después de medio siglo de dictadura total, la Rusia soviética está mendigando trigo estadounidense y know-how industrial norteamericano.

A una dictadura le resultaría imposible regir este país en un futuro próximo. Lo que sí es posible es el caos ciego de una guerra civil.

En tiempos como estos, cuando estamos enfrentando el colapso económico que se aproxima, ahora es cuando los intelectuales predican las nociones igualitarias. Cuando la reducción de los gastos gubernamentales es imperativa, ellos exigen más proyectos de bienestar público. Cuando la necesidad de hombres capaces para la producción es gravísima, ellos exigen más igualdad para los incompetentes. Cuando el país necesita la acumulación de capital, ellos demandan que se expolie a los ricos. Cuando el país necesita acumulación de capital, ellos exigen una «redistribución del ingreso». Exigen más puestos de trabajo y menos beneficios, más puestos de trabajo y menos fábricas, más puestos de trabajo y ningún combustible, ni petróleo, ni carbón, ni ninguna «contaminación del medio ambiente»; pero, sobre todo, exigen más bienes gratis para más consumidores, independientemente de lo que ocurra con los puestos de trabajo, con las fábricas, o con los productores.

Los resultados de su economía keynesiana están arruinando a todos los países industriales, pero ellos se niegan a cuestionar sus premisas básicas. Los ejemplos de la Rusia soviética, de la Alemania nazi, de la China comunista, del Chile marxista, de la Inglaterra socialista, se multiplican a todo su alrededor, pero ellos se niegan a ver y a aprender. Hoy, la producción es la necesidad más urgente del mundo, y la amenaza de la inanición se está extendiendo por todo el globo; los intelectuales saben cuál es el único sistema económico que puede producir una abundancia ilimitada, y que lo ha hecho, pero ellos no lo toman en consideración y guardan silencio acerca de él, como si nunca hubiera existido. Es casi irrelevante culparlos por su inoperancia en la tarea de liderazgo intelectual: la pequeñez de su talla es contundente.

¿Hay esperanza para el futuro de este país? Sí, la hay. A este país le queda un activo: la inigualable capacidad productiva de su gente. Si esa capacidad es liberada, y en la medida en que lo sea, todavía podríamos tener la posibilidad de evitar un colapso. No podemos esperar alcanzar el ideal de la noche a la mañana, pero debemos como mínimo revelar su nombre. Debemos revelarle a este país el secreto que todos esos intelectuales presumidos (de cualquier denominación política, que claman por la franqueza y la verdad), hacen tanto esfuerzo por ocultar: debemos revelar que el nombre de ese sistema productivo milagroso es: el Capitalismo.

En cuanto a cosas tales como los impuestos y la reconstrucción de un país, diré que en sus objetivos, si no en sus métodos, el mejor economista en La rebelión de Atlas es Ragnar Danneskjöld.

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Selección del capítulo 12 del libro Filosofía: quién la necesita, por Ayn Rand

Traducción: Objetivismo.org

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