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Amoralidad

El síntoma más claro por el cual uno puede reconocer a un amoralista es su incapacidad absoluta para juzgarse a sí mismo, a sus acciones o a su trabajo, con algún tipo de estándar. El patrón normal de autoevaluación requiere una referencia a alguna virtud o a algún valor abstracto; por ejemplo: «Soy bueno porque soy racional»; «soy bueno porque soy honesto» (incluso la noción del parásito mental: «soy bueno porque le caigo bien a la gente»). Independientemente de si los patrones de valor involucrados son verdaderos o falsos, esos ejemplos implican el reconocimiento de un principio moral esencial: que el propio valor de uno ha de ser ganado.

El patrón implícito de autovaloración del amoralista (que él rara vez identifica o admite) es: «Soy bueno porque soy yo».

Después de la edad de unos tres a cinco años (o sea, después del nivel perceptual de desarrollo mental), eso no es una expresión de orgullo o de autoestima, sino de lo contrario: de un vacío, de una mentalidad estancada y paralizada que confiesa su impotencia para lograr cualquier virtud o cualquier valor personal.

No confundas ese patrón con el subjetivismo psicológico. Un subjetivista psicológico es incapaz de identificar totalmente sus valores, o de demostrar su validez objetiva, pero él puede ser profundamente consistente y fiel a ellos en la práctica (aunque con una terrible dificultad psico-epistemológica). El amoralista no mantiene valores subjetivos; él no mantiene ningún valor. El patrón implícito de todas sus evaluaciones es: «Es bueno porque a mí me gusta»… «Es correcto porque yo lo he hecho»… «Es verdad porque yo quiero que sea verdad». ¿Qué es el «yo» en esas afirmaciones? Un cascarón vacío movido por una ansiedad crónica.

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El amoralista está dispuesto a pisar montones de cadáveres —¿para poder afirmarse?… no— para esconder (o llenar) el persistente vacío interior que ha dejado su abortado ego.

El chiste sin gracia para la humanidad es el hecho de que él es quien es considerado un símbolo del egoísmo.

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Fuentes:

“Egoísmo sin ego”, Filosofía: quién la necesita

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Ayn Rand

*Dios* ni siquiera tiene por qué ser un concepto: es “sui generis”, así que nada relevante para el hombre o para el resto de la naturaleza supuestamente se aplica a Dios, según los partidarios de ese punto de vista. Un concepto tiene que involucrar a dos o más concretos similares, y no hay nada semejante a Dios. Se supone que es único. Por lo tanto, en sus propios términos al plantear el problema, han sacado a Dios de la esfera conceptual. Y con toda la razón, porque está fuera de la realidad.

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