La ética Objetivista – por Ayn Rand

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Ensayo publicado en
La virtud del egoísmo
— por Ayn Rand

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Puesto que voy a hablar sobre la ética Objetivista, comenzaré por citar a su mejor representante: John Galt, en mi obra La rebelión de Atlas.

«Durante siglos de plagas y calamidades provocadas por vuestro código de moralidad, habéis clamado que vuestro código había sido quebrantado, que las plagas eran el castigo por quebrantarlo, que los hombres eran demasiado débiles y demasiado egoístas para derramar toda la sangre necesaria. Maldijisteis al hombre, maldijisteis la existencia, maldijisteis esta Tierra, pero nunca os atrevisteis a cuestionar vuestro código. Vuestras víctimas asumieron la culpa y continuaron luchando, con vuestras injurias como recompensa de su martirio —mientras seguíais clamando que vuestro código era noble pero la naturaleza humana no era lo suficientemente buena para practicarlo. Y nadie se alzó para hacer la pregunta: ¿Buena…? ¿De acuerdo con qué estándar?

»Queríais saber la identidad de John Galt. Yo soy el hombre que ha hecho esa pregunta.

»Sí, esta es una época de crisis moral. Sí, estáis siendo castigados por vuestra maldad. Pero no es el hombre quien ahora está siendo juzgado, y no será la naturaleza humana la responsable. Es vuestro código moral el que está acabado de una vez por todas. Vuestro código moral ha alcanzado su clímax, el callejón sin salida al final de su curso. Y si deseáis continuar viviendo, lo que ahora necesitáis no es volver a la moralidad —vosotros, que nunca la habéis conocido—, sino descubrirla.»

¿Qué es la moralidad, o la ética? Es un código de valores para guiar las elecciones y acciones del hombre: las elecciones y acciones que determinan el objetivo y el curso de su vida. La ética, como ciencia, se ocupa de descubrir y definir tal código.

La primera pregunta que tiene que ser respondida, como condición previa a cualquier intento de definir, juzgar o aceptar un sistema específico de ética es: ¿Por qué necesita el hombre un código de valores?

Quiero resaltar esto. La primera pregunta no es: ¿Qué código concreto de valores debe aceptar el hombre? La primera pregunta es: ¿Necesita el hombre tener valores, y por qué?

El concepto de valor, de «bueno o malo», ¿es una invención humana arbitraria, irrelevante en relación a los hechos de la realidad, no derivada de, ni sustentada por, los hechos de la realidad?, ¿o está basado en un hecho metafísico, en una condición inalterable de la existencia del hombre? (Uso la palabra «metafísico» para referirme a: aquello que pertenece a la realidad, a la naturaleza de las cosas, a la existencia). ¿Hay alguna convención humana arbitraria, alguna mera costumbre, que exija que el hombre deba guiar sus acciones de acuerdo a un conjunto de principios…, o hay un hecho de la realidad que lo exige? ¿Recae la ética en el ámbito de los caprichos: de emociones personales, edictos sociales y revelaciones místicas…, o recae en el ámbito de la razón? ¿Es la ética un lujo subjetivo…, o una necesidad objetiva?

En los lamentables anales de la historia de la ética de la humanidad —con unas pocas y fallidas excepciones— los moralistas siempre han considerado a la ética como algo que pertenece al ámbito de los caprichos, es decir, de lo irracional. Algunos de ellos lo han declarado de forma explícita, intencionadamente; otros, de forma implícita, por omisión. Un «capricho» es un deseo sentido por una persona que ni conoce su causa ni se preocupa por descubrirla.

Ningún filósofo ha dado hasta ahora una respuesta científica, racional y objetivamente demostrable, a la pregunta de por qué el hombre necesita un código de valores. Mientras esa pregunta permaneció sin responder, ningún código de ética racional, científico y objetivo pudo ser descubierto o definido. El mayor de todos los filósofos, Aristóteles, no consideraba a la ética una ciencia exacta; basó su sistema de ética en observaciones hechas sobre lo que los hombres nobles y sabios de su tiempo decidían hacer, dejando sin responder a las preguntas de por qué decidían hacer lo que hacían, y por qué él los consideraba nobles y sabios.

La mayoría de los filósofos asumieron y dieron por hecha la existencia de la ética, como siendo lo dado, como un hecho histórico, y no se preocuparon por descubrir su causa metafísica o su validez objetiva. Muchos de ellos intentaron quebrar el monopolio tradicional del misticismo en el campo de la ética, y supuestamente lo hicieron para definir una moralidad racional, científica, no-religiosa. Pero sus intentos consistieron en tratar de justificarla con fundamentos sociales, simplemente sustituyendo a Dios por la sociedad.

Los místicos declarados adoptaron la arbitraria e impredecible «voluntad de Dios» como la norma del bien y como validación de su ética. Los neo-místicos la sustituyeron por el «bien de la sociedad», cayendo en la circularidad de una definición como: «el estándar de lo bueno es lo que es bueno para la sociedad». Eso significó, lógicamente —y hoy día es algo que sigue siendo practicado en todo el mundo—, que la «sociedad» está por encima de todo principio ético, puesto que ella misma es la fuente, el estándar y el criterio de la ética, ya que lo «bueno» es cualquier cosa que ella quiera, lo que ella decida que es por su propio bienestar y placer. Eso significó que la «sociedad» puede hacer lo que le venga en gana, puesto que el «bien» es lo que ella decide hacer, simplemente porque decide hacerlo. Y —puesto que no existe una entidad tal como la «sociedad», ya que una sociedad es sólo un grupo de hombres individuales— eso significó que algunos hombres (la mayoría de ellos, o cualquier pandilla que declare ser su portavoz) están éticamente justificados para satisfacer cualquier capricho (o cualquier atrocidad) que deseen perseguir, mientras que los demás hombres están éticamente obligados a dedicar sus vidas a los deseos de esa pandilla.

Esto difícilmente puede considerarse racional; y, sin embargo, la mayoría de los filósofos han decidido ahora que la razón ha fracasado, que la ética está fuera del poder de la razón, que ninguna ética racional puede jamás ser definida, y que —en el campo de la ética, en la elección de sus valores, de sus acciones, de sus objetivos, de las metas de su vida— el hombre debe guiarse por algo que no sea la razón. ¿Y qué es ese algo? Pues es fe, instinto, intuición, revelación, emociones, gusto, necesidad, deseo, capricho. Hoy, como en el pasado, la mayoría de los filósofos están de acuerdo en que la norma final de la ética es el capricho (ellos lo llaman «postulado arbitrario», o «elección subjetiva» o «compromiso emocional»), y la pelea es sólo para decidir de quién es el capricho, si de uno mismo, de la sociedad, del dictador, o de Dios. No importan las otras discordancias que tengan, los moralistas actuales están todos de acuerdo en que la ética es una cuestión subjetiva, y que las tres cosas excluidas de su terreno son: la razón, la mente y la realidad.

Si te preguntas por qué el mundo se está hundiendo en un infierno cada vez más abismal, esa es la razón.

Si quieres salvar a la civilización, es esa premisa de la ética moderna —y de toda la historia de la ética— la que debes desafiar.

Para desafiar la premisa básica de cualquier disciplina, uno debe empezar por el principio. En ética uno debe empezar preguntando: ¿Qué son valores? ¿Por qué los necesita el hombre?

«Valor» es lo que uno actúa para obtener y/o mantener. El concepto de «valor» no es primario; presupone una respuesta a la pregunta: ¿Valor para quién o para qué? Presupone una entidad capaz de actuar para alcanzar un objetivo, frente a una alternativa. Donde no existe ninguna alternativa, no son posibles ni objetivos ni valores.

Cito del discurso de Galt: «Sólo hay una alternativa fundamental en el universo: la existencia o la no-existencia, y tiene que ver con una única clase de entidades: con organismos vivos. La existencia de la materia inanimada es incondicional, la existencia de la vida no lo es: depende de un curso específico de acción. La materia es indestructible, cambia sus formas pero no puede cesar de existir. Sólo un organismo vivo enfrenta una constante alternativa: la cuestión de vida o muerte. La vida es un proceso de acción autosustentada y autogenerada. Si un organismo fracasa en esa acción, muere; sus elementos químicos perduran, pero su vida abandona la existencia. Sólo el concepto de “vida” hace posible el concepto de “valor”. Sólo para una entidad viva pueden las cosas ser buenas o malas».

Para dejar ese punto totalmente claro, intenta imaginar un robot inmortal e indestructible, una entidad que se mueve y actúa pero que no puede ser afectada por nada, que no puede ser cambiada en ningún sentido, que no puede ser dañada, lesionada o destruida. Tal entidad no sería capaz de tener valores; no tendría nada que ganar o que perder; no podría considerar que nada estuviese en su favor o en su contra, nada que pudiese favorecer o amenazar su bienestar, que realizase o frustrase sus intereses. No podría tener intereses ni objetivos.

Sólo una entidad viva puede tener objetivos o puede generarlos. Y es sólo un organismo vivo el que tiene capacidad de acción autogenerada y dirigida a una meta. A nivel físico, las funciones de todos los organismos vivos, desde el más simple al más complejo —desde la función nutritiva de la única célula de una ameba hasta la circulación sanguínea en el cuerpo de un hombre— son acciones generadas por el propio organismo y dirigidas hacia una única meta: mantener la vida del organismo.

La vida de un organismo depende de dos factores: del material o combustible que necesita del exterior, de su entorno físico, y de la acción de su propio cuerpo, la acción de usar ese combustible adecuadamente. ¿Qué estándar determina lo que es adecuado en este contexto? El estándar es la vida del organismo, o: aquello que es requerido para la supervivencia de ese organismo.

Ninguna opción le es ofrecida a un organismo en este asunto: lo que se requiere para su supervivencia está determinado por su naturaleza, por el tipo de entidad que es. Muchas variaciones, muchas formas de adaptarse a su entorno son posibles para un organismo, incluso la posibilidad de existir, durante un tiempo, en condición de lisiado, incapacitado o enfermo, pero la alternativa fundamental de su existencia sigue siendo la misma; si un organismo fracasa en las funciones básicas requeridas por su naturaleza —si el protoplasma de una ameba deja de asimilar alimento, o si el corazón de un hombre deja de latir— el organismo muere. En un sentido fundamental, la inacción es la antítesis de la vida. La vida sólo puede mantenerse en existencia a través de un constante proceso de acción autosustentadora. El objetivo de esa acción, el valor supremo que, para ser conservado, debe ser ganado en todo momento, es la vida del organismo.

Un valor supremo es ese último objetivo o fin para el cual todos los objetivos menores son los medios, y establece el estándar por el cual todos los objetivos menores son evaluados. La vida de un organismo es su estándar de valor; lo que mejora su vida es lo bueno, lo que la amenaza es lo malo.

Sin un objetivo o un fin supremo no puede haber objetivos o medios secundarios; una serie de medios secundarios yendo en progresión infinita hacia un fin inexistente es una imposibilidad metafísica y epistemológica. Sólo un objetivo supremo, un fin en sí mismo, es lo que hace posible la existencia de valores. Metafísicamente, la vida es el único fenómeno que es un fin en sí mismo: es un valor ganado y conservado a través de un constante proceso de acción. Epistemológicamente, el concepto de «valor» es genéticamente dependiente y derivado del concepto precedente de «vida». Hablar de «valor» como de algo aparte de «vida» es peor que una contradicción en términos. «Es sólo el concepto de “vida” lo que hace posible el concepto de “valor”».

En respuesta a esos filósofos que afirman que no puede establecerse una relación entre objetivos o valores supremos y los hechos de la realidad, quiero enfatizar que el hecho de que las entidades vivas existan y funcionen necesita que existan los valores y que exista un valor supremo, que para cada entidad viva específica es su propia vida. Por lo tanto, la validación de los juicios de valor debe lograrse por referencia a los hechos de la realidad. El hecho de que una entidad viva es determina lo que esa entidad debe hacer. Resuelta queda la cuestión de la relación entre «ser» y «deber».

Ahora bien, ¿de qué forma descubre un ser humano el concepto de «valor»? ¿A través de qué medios empieza él a darse cuenta de la cuestión de lo que es «bueno o malo» en su forma más básica? A través de las sensaciones físicas de placer y dolor. Así como las sensaciones son el primer paso en el desarrollo de una consciencia humana en el terreno de la cognición, también lo son en el terreno de la evaluación.

La capacidad de experimentar placer o dolor es innata en el cuerpo de un hombre: es parte de su naturaleza, parte del tipo de entidad que es. Él no tiene opción sobre ello, como tampoco la tiene en cuanto al estándar que determina qué le hará tener la sensación física de placer o de dolor. ¿Cuál es ese estándar? Su vida.

El mecanismo de placer-dolor en el cuerpo del hombre —y en el cuerpo de todos los organismos vivos que poseen la facultad de la consciencia— sirve de guardián automático de la vida del organismo. La sensación física de placer es una señal que indica que el organismo está siguiendo un curso de acción correcto. La sensación física de dolor es una señal de peligro que indica que el organismo está siguiendo un curso de acción errado, que algo está afectando la función correcta de su cuerpo, algo que requiere acción para corregirlo. El mejor ejemplo de esto podemos verlo en los raros y anormales casos de niños que nacen sin la capacidad de experimentar dolor físico; esos niños no sobreviven mucho tiempo; no tienen ninguna forma de descubrir qué puede dañarles, no tienen señales de aviso; y así, un pequeño corte puede transformarse en una infección mortal, o una enfermedad grave puede permanecer indetectada hasta que ya es demasiado tarde para combatirla.

La consciencia —para aquellos organismos vivos que la poseen— es el medio básico de supervivencia.

Los organismos más simples, como las plantas, pueden sobrevivir por medio de sus funciones físicas automáticas. Los organismos superiores, como los animales y el hombre, no pueden hacerlo; sus necesidades son más complejas, y la gama de sus acciones es más amplia. Las funciones físicas de sus cuerpos pueden realizar automáticamente sólo la tarea de usar combustible, pero no pueden obtener ese combustible. Para obtenerlo, los organismos superiores necesitan la facultad de la consciencia. Una planta puede obtener su alimento del suelo donde crece. Un animal tiene que cazarlo. El hombre tiene que producirlo.

Una planta no tiene opción en cuanto a su acción; las metas que persigue son automáticas e innatas, determinadas por su naturaleza. Alimento, agua, luz solar, esos son los valores que su naturaleza ha establecido para que la planta busque. Su vida es el estándar de valor que dirige sus acciones. Hay alternativas en las condiciones que encuentra en su entorno físico —tales como calor o heladas, sequías o inundaciones—, y hay ciertas acciones que es capaz de realizar para combatir esas condiciones adversas, como la capacidad de ciertas plantas de crecer serpenteando desde debajo de una piedra para alcanzar la luz del sol. Pero sean cuales sean las condiciones, no hay alternativa en la función de una planta; ella actúa automáticamente para sustentar su vida, no puede actuar en su propia destrucción.

La gama de acciones requeridas para la supervivencia de los organismos superiores es más amplia: es proporcional a la gama de su consciencia. Las más inferiores de las especies conscientes poseen solamente la facultad de sensación, la cual es suficiente para dirigir sus acciones y satisfacer sus necesidades. Una sensación se produce por la reacción automática de un órgano sensorial a un estímulo del mundo exterior; dura lo que dure el momento inmediato, sólo mientras persiste el estímulo, y no más. Las sensaciones son una respuesta automática, una forma automática de conocimiento que una consciencia no tiene ni cómo buscar ni cómo evadir.

Un organismo que posee sólo la facultad de tener sensaciones está guiado por el mecanismo de placer-dolor de su cuerpo, o sea: por un conocimiento automático y un código de valores automático. Su vida es el estándar de valor que dirige sus acciones. Dentro de la gama de acciones que le son posibles, actúa automáticamente para sustentar su vida, y no puede actuar para su propia destrucción.

Los organismos superiores poseen una forma mucho más potente de consciencia: poseen la facultad de retener sensaciones, que es la facultad de percibir. Una «percepción» es un grupo de sensaciones automáticamente retenidas e integradas por el cerebro de un organismo vivo, dándole la capacidad de ser consciente, no de estímulos aislados, sino de entidades, de cosas. Un animal es guiado no sólo por sensaciones inmediatas, sino por percepciones. Sus acciones no son respuestas aisladas y discretas a estímulos aislados o separados; están dirigidas por una consciencia integrada de la realidad perceptual a la que enfrenta. Es capaz de captar las percepciones concretas del presente inmediato, y es capaz de formar asociaciones perceptuales automáticas, pero no puede ir más allá. Es capaz de aprender ciertas habilidades para lidiar con situaciones específicas, como cazar o esconderse, que los progenitores de los animales superiores les enseñan a sus crías. Pero un animal no tiene opción en cuanto al conocimiento o a las habilidades que adquiere; puede sólo repetirlas de generación en generación. Y un animal no tiene opción en cuanto al estándar de valor que rige sus acciones; sus sentidos le proporcionan un código de valores automático, un conocimiento automático de lo que es bueno o es malo para él, de lo que beneficia su vida y de lo que la pone en peligro. Un animal no tiene el poder de ampliar su conocimiento o de evadirlo. En situaciones en las que su conocimiento es insuficiente, perece; como, por ejemplo, un animal que se queda paralizado en la vía con un tren acercándose a toda velocidad. Pero mientras esté vivo, un animal actúa en base a su conocimiento, con seguridad automática y sin ningún poder de elección: no puede suspender su propia consciencia, no puede decidir no percibir, no puede evadir sus propias percepciones, no puede ignorar su propio bien, no puede decidir elegir el mal y actuar como su propio destructor.

El hombre no tiene un código automático de supervivencia. No tiene un curso de acción automático, ni un conjunto de valores automáticos. Sus sentidos no le dicen automáticamente qué es bueno para él o qué es malo, qué beneficiará su vida o qué la perjudicará, qué objetivos debe perseguir y con qué medios alcanzarlos, de qué valores su vida depende, qué curso de acción requiere. Su propia consciencia tiene que descubrir las respuestas a todas esas preguntas, pero su consciencia no funciona automáticamente. El hombre, la especie viviente más prominente en esta Tierra —el ser cuya consciencia tiene una capacidad ilimitada para adquirir conocimiento— el hombre es la única entidad viva que nace sin ninguna garantía de siquiera mantenerse consciente. Lo que distingue al hombre de todas las demás especies vivas es el hecho de que su consciencia es volitiva.

Así como los valores automáticos que rigen las funciones del cuerpo de una planta son suficientes para su supervivencia, pero no lo son para la de un animal, así también los valores automáticos proporcionados por el mecanismo sensorial de su consciencia son suficientes para guiar a un animal, pero no son suficientes para el hombre. Las acciones y la supervivencia del hombre requieren una guía de valores conceptuales derivados de un conocimiento conceptual. Pero el conocimiento conceptual no puede ser adquirido automáticamente.

Un «concepto» es una integración mental de dos o más concretos [cosas, entidades] percibibles, dos concretos que han sido separados mediante un proceso de abstracción y unidos por medio de una definición específica. Cada palabra en el lenguaje del hombre, a excepción de los nombres propios, denota un concepto, una abstracción que representa un número ilimitado de concretos de un tipo específico. Es organizando su material perceptual en conceptos, y esos conceptos en otros conceptos aún más amplios, es así como el hombre es capaz de captar y de retener, de identificar y de integrar, una cantidad ilimitada de conocimiento, un conocimiento que va más allá de las percepciones inmediatas en cualquier momento dado. Los órganos sensoriales del hombre funcionan de forma automática; el cerebro del hombre integra automáticamente los datos de sus sentidos en perceptos; pero el proceso de integrar perceptos en conceptos —el proceso de abstracción y de formación de conceptos— no es automático.

El proceso de formación de conceptos no consiste simplemente en captar unas cuantas simples abstracciones, como «silla», «mesa», «caliente», «frío», y aprender a hablar. Consiste en un método de usar la consciencia de uno, un método mejor designado con el término «conceptualizar». No es un estado pasivo de registrar impresiones al azar. Es un proceso sostenido activamente, el proceso de identificar las impresiones de uno en términos conceptuales, de integrar cada evento y cada observación en un contexto conceptual, de captar relaciones, diferencias y similitudes en el material perceptual de uno, y de abstraerlas formando conceptos nuevos, de extraer inferencias, de hacer deducciones, de alcanzar conclusiones, de hacer nuevas preguntas y descubrir nuevas respuestas, de expandir el conocimiento de uno en una totalidad cada vez mayor. La facultad que dirige ese proceso, la facultad que opera por medio de conceptos, es la razón. El proceso es pensar.

La razón es la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos del hombre. Es una facultad que el hombre debe ejercer por elección. Pensar no es una función automática. En cualquier hora y asunto de su vida, el hombre es libre de pensar o de evadir ese esfuerzo. Pensar requiere un estado de total y enfocada consciencia. El acto de centrar la consciencia de uno es volitivo. El hombre puede enfocar su mente en una consciencia de la realidad total, activa y dirigida a un objetivo, o puede desenfocarla y dejarse llevar hacia un estado de aturdimiento semiconsciente, simplemente reaccionando a cualquier estímulo casual del momento inmediato, a merced de su mecanismo sensorial-perceptual sin dirigir y de cualquier conexión aleatoria que, por asociación, a ese mecanismo se le ocurra hacer.

Cuando el hombre desenfoca su mente, podemos decir que él es consciente en el sentido subhumano de la palabra, puesto que sigue experimentando sensaciones y percepciones. Pero en el sentido del término aplicable al hombre —en el sentido de una consciencia que se da cuenta de la realidad y es capaz de lidiar con ella, una consciencia capaz de direccionar las acciones y asegurar la supervivencia de un ser humano— una mente desenfocada no es consciente.

Psicológicamente, la elección de «pensar o no» es la elección de «enfocar o no». Existencialmente, la elección de «enfocar o no» es la elección de «ser consciente o no». Metafísicamente, la elección de «ser consciente o no» es la elección entre la vida y la muerte.

La consciencia —para aquellos organismos vivos que la poseen— es el medio básico de supervivencia. Para el hombre, el medio básico de supervivencia es la razón. El hombre no puede sobrevivir, como hacen los animales, guiándose por meras percepciones. Una sensación de hambre le indicará que necesita alimento (si ha aprendido a identificar esa sensación como «hambre»), pero no le dirá cómo obtener su alimento y no le dirá qué alimento es bueno para él, o si es venenoso. Él no puede satisfacer sus necesidades físicas más básicas sin un proceso de pensamiento. Necesita un proceso de pensamiento para descubrir cómo plantar y cultivar su alimento, o cómo fabricar armas para cazar. Sus perceptos podrían conducirlo a una cueva, si hay una por allí cerca, pero, para construir el refugio más simple, el hombre necesita un proceso de pensamiento. Ningún percepto y ningún «instinto» le dirán cómo encender un fuego, cómo tejer una tela, cómo forjar herramientas, cómo hacer una rueda, cómo fabricar un avión, cómo realizar una apendectomía, cómo producir una bombilla eléctrica o una válvula electrónica o un ciclotrón o una caja de fósforos. Y, sin embargo, su vida depende de tales conocimientos, y sólo un acto volitivo de su consciencia, un proceso de pensamiento, puede proporcionarlo.

Pero la responsabilidad del hombre va aún más allá: un proceso de pensamiento no es automático, ni «instintivo», ni involuntario, ni infalible. El hombre tiene que iniciarlo, sostenerlo, y asumir responsabilidad por sus resultados. Él tiene que descubrir cómo saber qué es verdadero o falso, y cómo corregir sus propios errores; tiene que descubrir cómo validar sus conceptos, sus conclusiones, su conocimiento; tiene que descubrir las reglas del pensamiento, las leyes de la lógica, para poder dirigir su pensamiento. La naturaleza no le da ninguna garantía automática de la eficacia de su esfuerzo mental.

Nada le es dado al hombre en la Tierra excepto un potencial, y el material con el que hacerlo realidad. El potencial es una máquina superlativa: su consciencia; pero es una máquina sin bujía de encendido: su propia voluntad debe ser la bujía, el motor de arranque y el conductor; él tiene que descubrir cómo usarla, y es él quien tiene que mantenerla en constante funcionamiento. El material es la totalidad del universo, sin límites en cuanto al conocimiento que puede adquirir y al disfrute de la vida que pueda alcanzar. Pero todo lo que necesita o desea tiene que ser aprendido, descubierto y producido por él: por su propia elección, por su propio esfuerzo, por su propia mente.

Un ser que no sabe automáticamente lo que es verdadero o falso tampoco puede saber automáticamente lo que es correcto o incorrecto, lo que es bueno o malo para él. Sin embargo, ese ser necesita ese conocimiento para poder vivir. No está exento de las leyes de la realidad; es un organismo específico, de una naturaleza específica, que requiere acciones específicas para mantener su vida. Él no puede lograr su supervivencia por medios arbitrarios, ni por movimientos aleatorios, ni por necesidades ciegas, ni por casualidad, ni por capricho. Lo que su supervivencia requiere está establecido por su naturaleza, y no está abierto a su elección. Lo único que sí está abierto a su elección es si él lo descubrirá o no, si eligirá los objetivos y los valores correctos, o no. Él es libre de tomar la decisión errada, pero no es libre de tener éxito con ella. Es libre para evadir la realidad, es libre para desenfocar su mente y dar tumbos ciegamente por cualquier camino que le plazca, pero no es libre para evitar el abismo que se niega a ver. El conocimiento, para cualquier organismo consciente, es su medio de supervivencia; para una consciencia viva, todo «es» implica un «debe». El hombre es libre de decidir no ser consciente, pero no es libre de escapar al castigo de la inconsciencia: la destrucción. El hombre es la única especie viviente que tiene el poder de actuar como su propio destructor…, y esa es la forma como ha actuado durante la mayor parte de su historia.

¿Cuáles son, entonces, los objetivos correctos que el hombre debe perseguir? ¿Cuáles son los valores que su supervivencia requiere? Esa es la pregunta que debe ser contestada por la ciencia de la ética. Y esa, damas y caballeros, es la razón por la cual el hombre necesita un código de ética.

Ahora podéis evaluar el significado de las doctrinas que os dicen que la ética es el reino de lo irracional, que la razón no puede guiar la vida del hombre, que sus metas y sus valores deben ser elegidos por voto o por capricho; que la ética no tiene nada que ver con la realidad, con la existencia, con las acciones y las preocupaciones prácticas de uno; o que el objetivo de la ética está más allá de la tumba, que los muertos necesitan ética, pero los vivos no.

La ética no es una fantasía mística, ni una convención social, ni un lujo opcional y subjetivo que puede ser cambiado o descartado en una emergencia. La ética es una necesidad objetiva, metafísica, para la supervivencia del hombre, no por gracia de lo sobrenatural ni de tus vecinos ni de tus caprichos, sino por la gracia de la realidad y la naturaleza de la vida.

Cito del discurso de Galt: «El hombre ha sido llamado un ser racional, pero la racionalidad es cuestión de elección, y la alternativa que su naturaleza le ofrece es: ser racional o ser un animal suicida. El hombre tiene que ser hombre…, por elección; tiene que mantener su vida como un valor…, por elección; tiene que aprender a sustentar-la…, por elección; tiene que descubrir los valores que ella requiere y practicar sus virtudes…, por elección. Un código de valores aceptado por elección es un código de moralidad».

El estándar de valor de la ética Objetivista —el estándar por el cual uno juzga lo que es bueno y lo que es malo— es la vida del hombre, o: lo que es requerido por la supervivencia del hombre como hombre.

Dado que la razón es el medio básico de supervivencia del hombre, lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; lo que la niega, la opone o la destruye, es lo malo.

Dado que todo lo que el hombre necesita ha de ser descubierto por su propia mente y producido por su propio esfuerzo, los dos factores esenciales del método de supervivencia propios de un ser racional son: el pensamiento y el trabajo productivo.

Si algunos hombres deciden no pensar —si deciden sobrevivir imitando y repitiendo, como si fueran animales amaestrados, las rutinas de los sonidos y los movimientos que aprendieron de otros, sin jamás hacer un esfuerzo para entender su propio trabajo— sigue siendo cierto que su supervivencia la hacen posible sólo aquellos que sí han elegido pensar y descubrir los procedimientos que están repitiendo. La supervivencia de tales parásitos mentales depende de la suerte ciega; sus mentes desenfocadas son incapaces de saber a quién imitar, y las acciones de quiénes son seguras de seguir. Ellos son los hombres que marchan hacia el abismo, corriendo detrás de cualquier destructor que les promete asumir la responsabilidad que ellos evaden: la responsabilidad de ser conscientes.

Si algunos hombres intentan sobrevivir por medio de la fuerza bruta o del fraude —saqueando, robando, estafando o esclavizando a los hombres que producen— sigue siendo cierto que su supervivencia la hacen posible sólo sus víctimas, que esa supervivencia la hacen posible sólo los hombres que deciden pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, están confiscando. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen un curso de acción apropiado para el hombre.

Los hombres que intentan sobrevivir, no por medio de la razón, sino por medio de la fuerza, están tratando de sobrevivir por el método de los animales. Pero así como los animales no serían capaces de sobrevivir intentando usar el método de las plantas, rechazando la locomoción y esperando que el suelo les alimente, así los hombres tampoco pueden sobrevivir por el método de los animales: rechazando la razón y contando con hombres productivos que les sirvan de presa. Tales saqueadores pueden conseguir sus objetivos a corto plazo, al precio de la destrucción: la destrucción de sus víctimas y la suya propia. Como evidencia, os invito a observar a cualquier criminal o a cualquier dictadura.

El hombre no puede sobrevivir, como hace un animal, actuando según la necesidad del momento. La vida de un animal consiste en una serie de ciclos separados, repetidos una y otra vez, como el ciclo de cuidar a sus crías, o el de guardar alimentos para el invierno; la consciencia de un animal no puede integrar su vida entera; puede llegar sólo hasta cierto punto, y entonces el animal tiene que empezar el ciclo completo de nuevo, sin conexión al pasado. La vida del hombre es un todo continuo; para bien o para mal, cada día, cada año y cada década de su vida contiene la suma de todos los días anteriores. Él puede modificar sus elecciones, es libre de cambiar la dirección de su curso, incluso es libre, en muchos casos, de reparar las consecuencias de su pasado; pero no es libre de escapar de ellas, ni de vivir su vida con impunidad de momento en momento, como un animal, un playboy, o un delincuente. Si ha de triunfar en la tarea de la supervivencia, si sus acciones no van a ir dirigidas a su propia destrucción, el hombre tiene que elegir su curso, sus objetivos y sus valores, en el contexto y en los términos de una vida entera. No hay sensaciones, ni percepciones, ni impulsos, ni «instintos» que puedan hacer eso; sólo su mente puede hacerlo.

Tal es el significado de la definición: lo que es requerido para que el hombre sobreviva como hombre. No estamos hablando de una supervivencia momentánea o meramente física. No estamos hablando de la supervivencia física de un bruto descerebrado, esperando a otro bruto para destrozarle el cráneo. No estamos hablando de la supervivencia física momentánea de un amasijo de músculos arrastrándose, de algo dispuesto a aceptar cualquier condición, a obedecer a cualquier criminal, y a renunciar a cualquier valor, con tal de conseguir lo que llaman «la supervivencia a cualquier precio», que puede durar o no durar una semana o un año. «La supervivencia del hombre como hombre» significa los términos, los métodos, las condiciones y los objetivos necesarios para la supervivencia de un ser racional a lo largo de toda su vida, en todos aquellos aspectos de la existencia que están abiertos a su elección.

El hombre no puede sobrevivir más que como hombre. Él puede abandonar su medio de supervivencia, su mente, puede transformarse en una criatura subhumana y puede convertir su vida en un breve lapso de agonía, igual que su cuerpo puede existir durante algún tiempo en un proceso de desintegración por enfermedad. Pero él no puede tener éxito, como subhumano, para alcanzar otra cosa que no sea lo subhumano, como los atroces horrores de los períodos antirracionales de la historia pueden demostrar. El hombre debe ser hombre por elección, y es la tarea de la ética enseñarle a vivir como hombre.

La ética Objetivista considera a la vida del hombre el estándar de valor: y su propia vida es el objetivo ético de cada hombre individual.

La diferencia entre «estándar» y «objetivo» en este contexto es la siguiente: un «estándar» es un principio abstracto que sirve como medida o regla para guiar las elecciones de un hombre que trata de conseguir un objetivo concreto, específico. «Lo que se requiere para la supervivencia del hombre como hombre» es un principio abstracto que se aplica a cada hombre individual. La tarea de aplicar este principio a un objetivo concreto y específico —el objetivo de vivir una vida apropiada para un ser racional— pertenece a cada hombre individual, y la vida que ha de vivir es la suya propia.

El hombre debe elegir sus acciones, sus valores y sus objetivos según el estándar de lo que es apropiado para el hombre: para poder conseguir, mantener, realizar y sustentar, cumplir y disfrutar de ese valor supremo, de ese fin en sí mismo que es su propia vida.

Valor es lo que uno actúa para obtener y/o mantener; virtud es el acto por el cual uno lo obtiene y/o lo mantiene. Los tres valores cardinales de la ética Objetivista —los tres valores que, juntos, son los medios para conseguir el valor supremo de uno, su propia vida— son: Razón, Objetivo, Autoestima, con sus tres virtudes correspondientes: Racionalidad, Productividad, Orgullo.

El trabajo productivo es el objetivo central de la vida de un hombre racional, el valor central que integra y determina la jerarquía de todos sus otros valores. La razón es la fuente, la precondición de su trabajo productivo; el orgullo es el resultado del mismo.

La racionalidad es la virtud básica del hombre, la fuente de todas sus otras virtudes. El vicio básico del hombre, la fuente de todos sus males, es el acto de desenfocar su mente, la suspensión de su consciencia, que no es ceguera, sino negarse a ver, que no es ignorancia, sino negarse a conocer. La irracionalidad es rechazar la herramienta de supervivencia del hombre, y, por lo tanto, es adentrarse en un curso de destrucción ciega; lo que es antimente es antivida.

La virtud de la racionalidad significa reconocer y aceptar que la razón es la única fuente de conocimiento de uno, el único juez de los valores de uno, y la única guía a las acciones de uno. Significa el compromiso total de uno con un estado de atención consciente y plena, el compromiso de mantener un enfoque mental total en todos los asuntos, en todas las decisiones, en cada minuto que uno esté despierto. Significa un compromiso con la más completa percepción de la realidad que esté al alcance del poder de uno, y con la expansión constante y activa de la percepción de uno, o sea, del conocimiento de uno. Significa comprometerse a aceptar la realidad de la propia existencia, o sea, el principio de que todas las metas, los valores y las acciones de uno tienen lugar en la realidad, y de que, por lo tanto, uno nunca debe poner ningún valor ni consideración alguna por encima de la percepción que uno tiene de la realidad. Significa un compromiso con el principio de que todas las convicciones, los valores, los objetivos, los deseos y las acciones de uno deben estar basados en, derivados de, y escogidos y validados por, un proceso de pensamiento: un proceso de pensamiento tan preciso y escrupuloso, dirigido por una aplicación de la lógica tan absolutamente estricta, como la plena capacidad de uno permita. Significa que uno acepta la responsabilidad de formar sus propios juicios y de vivir de acuerdo con el trabajo de su propia mente (que es la virtud de la independencia). Significa que uno nunca debe sacrificar las convicciones de uno a las opiniones o a los deseos de otros (que es la virtud de la integridad); que uno nunca debe intentar falsear la realidad de ninguna manera (que es la virtud de la honestidad); que uno nunca debe buscar o conceder lo no ganado y lo inmerecido, ni en materia ni en espíritu (que es la virtud de la justicia). Significa que uno nunca debe desear efectos sin causas, y que uno nunca debe originar una causa sin asumir total responsabilidad por sus efectos; que uno nunca debe actuar como un «zombi», o sea, sin conocer los propios objetivos y motivos; que uno nunca debe tomar decisiones, llegar a conclusiones o perseguir valores fuera de contexto, es decir, fuera de, o en oposición a, la suma integrada del conocimiento de uno; y, sobre todo, que uno nunca debe tratar de salirse con la suya con contradicciones. Significa rechazar cualquier tipo de misticismo, o sea, cualquier alegación de tener una fuente de conocimiento sobrenatural, no-sensorial, no-natural, no-definible, no-racional. Significa estar comprometido con la razón, no en ataques emocionales esporádicos o en asuntos específicos o en emergencias especiales, sino como una forma permanente de vivir.

La virtud de la productividad es el reconocimiento de un hecho: el trabajo productivo es el proceso mediante el cual la mente del hombre sustenta su vida, es el proceso que libera al hombre de la necesidad de adaptarse a su entorno (como hacen todos los animales), y que le da el poder para adaptar su entorno a sí mismo. El trabajo productivo es el camino para el logro ilimitado del hombre, y exige los más elevados atributos de su carácter: su habilidad creativa, su ambición, su autoafirmación, su negativa a aceptar responsabilidad por desastres que no provocó, su dedicación al objetivo de rediseñar la Tierra en la imagen de sus valores. «Trabajo productivo» no significa realizar de forma desenfocada los movimientos rutinarios de cualquier trabajo. Significa perseguir conscientemente una carrera productiva elegida, en cualquier línea de actividad racional, grande o modesta, en cualquier nivel de habilidad. No es el grado de habilidad de un hombre ni el nivel de su trabajo lo que es éticamente relevante aquí, sino el máximo y más determinado uso de su mente.

La virtud del orgullo es el reconocimiento de este hecho: «que igual que el hombre debe producir los valores físicos que necesita para sustentar su vida, así también tiene que adquirir los valores de carácter que hacen que su vida valga la pena ser sustentada; que igual que el hombre es un ser de riqueza hecha por él mismo, así también él es un ser de alma hecha por él mismo» (La rebelión de Atlas). La mejor forma de describir la virtud del orgullo es usando el término «ambición moral». Significa que uno debe ganarse el derecho a considerarse a sí mismo como su propio valor supremo, al lograr la propia perfección moral, la cual uno consigue no aceptando nunca ningún código de virtudes irracionales imposibles de practicar, y no dejando nunca de practicar las virtudes que uno sabe que son racionales; nunca aceptando una culpa inmerecida y nunca mereciendo ninguna, o, si uno la ha merecido, no dejando nunca que quede sin corregir; no resignándose nunca a aceptar pasivamente fallos en el propio carácter; no poner nunca ningún interés, deseo, miedo o humor pasajero por encima de la realidad de la autoestima de uno. Y, sobre todo, significa que uno rechaza el papel de animal sacrificable, rechaza cualquier doctrina que predica la autoinmolación como una virtud o un deber moral.

El principio social básico de la ética Objetivista es que, igual que la vida es un fin en sí misma, así también todo ser humano vivo es un fin en sí mismo, no un medio para los fines o para el bienestar de otros: y que, por lo tanto, el hombre debe vivir para su propio provecho, ni sacrificándose a otros ni sacrificando a otros a él. Vivir para su propio provecho significa que el logro de su propia felicidad es el objetivo moral más alto del hombre.

En términos psicológicos, la cuestión de la supervivencia del hombre no confronta a su consciencia como una cuestión de «vida o muerte», sino como una cuestión de «felicidad o sufrimiento». La felicidad es el estado exitoso de la vida, el sufrimiento es la señal de alarma del fracaso o de la muerte. Así como el mecanismo de placer-dolor en el cuerpo del hombre es un indicador automático del bienestar o del daño de su organismo, un barómetro de su alternativa básica, la vida o la muerte, así también el mecanismo emocional de la consciencia del hombre está orientado a realizar la misma función, como un barómetro que registra la misma alternativa por medio de dos emociones básicas: alegría o sufrimiento. Las emociones son resultados automáticos de los juicios de valor del hombre, integrados por su subconsciente; las emociones son estimaciones de lo que ayuda a conseguir los valores del hombre o los amenaza, de lo que está en su favor o en su contra; son calculadoras ultrarrápidas que le dan el neto de su estado de pérdidas y ganancias.

Pero mientras que el estándar de valor que dirige el mecanismo físico de placer-dolor del cuerpo de un hombre es automático e innato —al estar determinado por la naturaleza de su cuerpo— el estándar de valor que dirige su mecanismo emocional no lo es. Dado que el hombre no tiene conocimiento automático, no puede tener valores automáticos; dado que no tiene ideas innatas, no puede tener juicios de valor innatos.

El hombre nace con un mecanismo emocional, igual que también nace con un mecanismo cognitivo; pero, al nacer, ambos son «tabula rasa», páginas en blanco. Es la facultad cognitiva del hombre, su mente, la que determina el contenido de ambos. El mecanismo emocional del hombre es como un ordenador, el cual su mente tiene que programar, y la programación depende de los valores que su mente elija.

Pero aunque el trabajo de la mente del hombre no es automático, sus valores, al igual que todas sus premisas, son el producto o de sus pensamientos o de sus evasiones: el hombre elige sus valores a través de un proceso consciente de pensamiento… o los acepta por omisión, por asociaciones subconscientes, por fe, por la autoridad de alguien, por algún tipo de ósmosis social, o por imitación ciega. Las emociones son producidas por las premisas del hombre, sean mantenidas de forma consciente o inconsciente, explícita o implícita.

El hombre no tiene opción en cuanto a su capacidad para sentir que algo es bueno o malo para él; pero lo que él considere bueno o malo, lo que le dé alegría o pena, lo que él ame u odie, desee o tema, dependerá de su estándar de valores. Si elige valores irracionales, estará cambiando su mecanismo emocional del papel de su guardián al papel de su destructor. Lo irracional es lo imposible; es lo que contradice los hechos de la realidad; los hechos no pueden ser alterados por un deseo, pero pueden destruir al que los desea. Si un hombre desea y anhela contradicciones —si quiere tener su pastel y comérselo al mismo tiempo— él desintegrará su consciencia: convertirá su vida interior en una guerra civil de fuerzas ciegas, involucradas en conflictos oscuros, inútiles, incoherentes y absurdos (lo cual, por cierto, es el estado interno de la mayoría de la gente hoy).

La felicidad es ese estado de consciencia que procede del logro de los valores de uno. Si un hombre valora el trabajo productivo, su felicidad es la medida de su éxito al servicio de su vida. Pero si un hombre valora la destrucción, como un sádico —o la autotortura, como un masoquista; o la vida de ultratumba, como el místico; o la «loca excitación» del momento, como el conductor de un coche acelerado— su supuesta felicidad es la medida de su éxito al servicio de su propia destrucción. Hay que añadir que el estado emocional de todos esos irracionalistas no puede ser propiamente designado como felicidad, ni siquiera como placer: es meramente un alivio momentáneo de su crónico estado de terror.

Ni la vida ni la felicidad pueden lograrse persiguiendo caprichos irracionales. Así como el hombre es libre de intentar sobrevivir por cualquier medio al azar, como un parásito, un mendigo o un saqueador, pero no es libre de triunfar en ello más allá del momento inmediato, así también es libre de buscar la felicidad a través de cualquier fraude irracional, de cualquier capricho, de cualquier quimera, de cualquier burda evasión de la realidad, pero no es libre de triunfar en ello más allá del momento inmediato, ni de evitar las consecuencias.

Cito del discurso de Galt: «La felicidad es un estado de alegría no-contradictoria, una alegría sin pena ni culpa, una alegría que no choca con ninguno de tus otros valores y no actúa para tu propia destrucción; no es la alegría de escapar de tu propia mente, sino de usar el máximo poder de tu mente; no es la alegría de falsear la realidad, sino de conseguir valores que son reales; no la alegría de un borracho, sino la de un productor. La felicidad es posible solamente para un hombre racional, para el hombre que sólo quiere objetivos racionales, busca sólo valores racionales y encuentra su alegría solamente en acciones racionales».

Conservar la vida y buscar la felicidad no son dos asuntos separados. Considerar la propia vida como el valor supremo de uno, y la propia felicidad como el supremo objetivo de uno, son dos aspectos del mismo logro. Existencialmente, la actividad de perseguir objetivos racionales es la actividad de mantener la propia vida de uno; psicológicamente, su resultado, su recompensa y su concomitancia es un estado emocional de felicidad. Es sintiendo felicidad como cada uno vive su vida, en cada hora, cada año, o en su totalidad. Y cuando uno tiene la experiencia del tipo de felicidad pura que es un fin en sí misma —el tipo de felicidad que le hace pensar «vale la pena vivir por esto»—, lo que uno está aceptando y afirmando en términos emocionales es el hecho metafísico de que la vida es un fin en sí misma.

Pero la relación de causa y efecto no puede ser revertida. Sólo aceptando «la vida del hombre» como lo primario para uno, y persiguiendo los valores racionales fundamentales que ella requiere, es como uno puede alcanzar la felicidad; no es tomando la «felicidad» como algo primario, indefinido e irreducible, y luego tratando de vivir guiado por ello. Si consigues aquello que es bueno por medio de un estándar de valor racional, ello necesariamente te hará feliz; pero lo que te hace feliz por medio de algún estándar emocional indefinido no es necesariamente lo bueno. Aceptar «lo que le haga a uno feliz» como guía de acción significa: dejarse guiar exclusivamente por caprichos emocionales. Las emociones no son herramientas de conocimiento; dejarse guiar por caprichos —por deseos cuyo origen, naturaleza y significado uno no conoce— es convertirse en un robot ciego, operado por demonios incognoscibles (por las vanas evasiones de uno), un robot que estrella su anquilosado cerebro contra las paredes de la realidad que se niega a ver.

Esa es la falacia inherente al hedonismo, en cualquier variante del hedonismo ético, sea personal o social, individual o colectivo. La «felicidad» puede propiamente ser el objetivo de la ética, pero no el estándar. La tarea de la ética es definir el código de valores correcto del hombre, dándole de esa forma los medios para alcanzar la felicidad. Declarar, como hacen los hedonistas éticos, que «el valor apropiado es cualquier cosa que te dé placer» es declarar que «el valor correcto es lo que se te ocurra valorar», lo cual es un acto de abdicación intelectual y filosófica, un acto que meramente proclama la futilidad de la ética, e invita a todos los hombres a actuar como les dé la gana.

Los filósofos que intentaron diseñar un código de ética supuestamente racional acabaron dándole a la humanidad nada más que una elección entre caprichos: perseguir de forma «egoísta» los propios caprichos de uno (como la ética de Nietzsche), o servir «desinteresamente» los caprichos de los demás (como la ética de Bentham, Mill, Comte y todos los demás hedonistas sociales, le permitan o no al hombre incluir sus propios caprichos entre los millones de otros, o le aconsejen convertirse en un totalmente desinteresado «don Nadie» que va por ahí buscando ser devorado por otros).

Cuando un «deseo», independientemente de su naturaleza o de su causa, es considerado una premisa ética, y la satisfacción de uno o de todos los deseos es considerada un objetivo ético (como, por ejemplo, «la mayor felicidad para el mayor número»), entonces los hombres no tienen más opción que odiarse, temerse, y luchar unos contra otros, porque sus deseos y sus intereses necesariamente chocarán entre ellos. Si «deseo» es el estándar ético, entonces el deseo de un hombre de producir y el deseo de otro hombre de robarle tienen igual validez ética; el deseo de un hombre de ser libre y el deseo de otro de esclavizarle tienen igual validez ética; el deseo de un hombre de ser amado y admirado por sus virtudes y el deseo de otro hombre de recibir amor inmerecido y admiración que no se ha ganado tienen igual validez ética. Y si la frustración de cualquier deseo constituye un sacrificio, entonces el hombre que posee un automóvil y se lo roban está siendo sacrificado, pero también lo está el hombre que quiere o «aspira a tener» un automóvil que el dueño se niega a darle: y esos dos «sacrificios» tienen un idéntico nivel ético. Si es así, entonces la única opción posible del hombre es robar o ser robado, destruir o ser destruido, sacrificar a otros a sus propios deseos o sacrificarse uno mismo a los deseos de otros; entonces la única alternativa ética es ser o un sádico o un masoquista.

El canibalismo moral de todas las doctrinas hedonistas y altruistas radica en la premisa de que la felicidad de un hombre necesariamente requiere el perjuicio de otro.

Hoy día la mayoría de la gente mantiene esa premisa como un absoluto incuestionable. Y cuando uno habla del derecho del hombre a existir por su propio beneficio, por su propio interés racional, la mayoría de la gente asume automáticamente que eso significa su derecho a sacrificar a otros. Tal suposición es una confesión de su propia creencia: que perjudicar, esclavizar, robar o asesinar a otros es en el propio interés del hombre, a lo cual él desprendidamente debe renunciar. La idea de que el interés propio del hombre puede ser realizada sólo a través de una relación sin sacrificios con otros nunca les ha pasado por la cabeza a esos humanitarios apóstoles del altruismo, quienes proclaman su deseo de lograr la hermandad entre los hombres. Y nunca se les ocurrirá, ni a ellos ni a nadie, mientras el concepto «racional» sea omitido del contexto de «valores», «deseos», «interés propio» y «ética».

La ética Objetivista orgullosamente defiende y apoya el egoísmo racional, lo que significa: los valores requeridos para la supervivencia del hombre como hombre; lo que significa: los valores requeridos por la supervivencia humana, no los valores producidos por los deseos, las emociones, las «aspiraciones», los sentimientos, los caprichos, o las necesidades de brutos irracionales que jamás superaron la práctica primitiva de sacrificios humanos, que jamás descubrieron una sociedad industrial, y que son incapaces de concebir un interés personal que no sea el de agarrar el botín del momento.

La ética Objetivista sostiene que el bien humano no requiere sacrificios humanos y que no puede ser logrado por el sacrificio de nadie a nadie. Sostiene que los intereses racionales de los hombres no chocan, que no hay conflicto de intereses entre hombres que no desean lo inmerecido, que no hacen sacrificios ni los aceptan, que tratan entre sí como comerciantes, intercambiando valor por valor.

El principio de intercambio comercial es el único principio ético racional para todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales. Es el principio de la justicia.

Un comerciante es un hombre que gana lo que obtiene, y ni da ni toma lo inmerecido. No trata a los hombres como amos o esclavos, sino como sus iguales, como independientes. Se relaciona con ellos por medio de un intercambio libre, voluntario, no forzado ni coaccionado: un intercambio que beneficia a ambos de acuerdo con el propio juicio independiente de cada una de las partes. Un comerciante no espera ser compensado por sus fallos, sólo por sus logros. No les transfiere a otros la carga de sus fracasos, y no hipoteca su vida en esclavitud por los fracasos de los demás.

En cuestiones espirituales (y por «espiritual» quiero decir: «perteneciente a la consciencia del hombre») la moneda o el medio de cambio es diferente, pero el principio es el mismo. Amor, amistad, respeto, admiración… son la respuesta emocional de un hombre a las virtudes de otro, el pago espiritual que se da a cambio del placer personal, egoísta que un hombre recibe de las virtudes del carácter de otro hombre. Sólo un salvaje o un altruista alegaría que apreciar las virtudes de otra persona es un acto de generosidad, y que en lo que concierne a su propio interés y placer egoístas, no hay ninguna diferencia si uno trata con un genio o con un estúpido, si se encuentra con un héroe o con un bandido, si se casa con la mujer ideal o con una fulana. En cuestiones espirituales, un comerciante es un hombre que no busca ser amado por sus flaquezas o sus defectos, sólo por sus virtudes, y quien no concede su amor a las flaquezas o defectos de los demás, sólo a sus virtudes.

Amar es valorar. Sólo un egoísta racional, un hombre de autoestima, es capaz de amar, porque él es el único hombre capaz de mantener valores firmes, consistentes, sin concesiones, sin traiciones. El hombre que no se valora a sí mismo no puede valorar nada o a nadie.

Sólo en base al principio del egoísmo racional —en base a la justicia— pueden los hombres ser aptos para convivir en una sociedad libre, pacífica, próspera, benévola y racional.

¿Puede el hombre obtener algún beneficio personal por vivir en una sociedad humana? Sí: si es una sociedad humana. Los dos grandes valores que se obtienen viviendo en sociedad son: el conocimiento y el comercio. El hombre es la única especie que puede transmitir y ampliar su acervo de conocimiento de generación en generación; el conocimiento potencial disponible para el hombre es mucho mayor que el que cualquier individuo concreto podría empezar a acumular en toda su vida; cada hombre obtiene un beneficio incalculable con el conocimiento descubierto por otros. El segundo gran beneficio es la división del trabajo: le permite al hombre dedicar sus esfuerzos a un área específica de trabajo, y comerciar con otros que se especializan en otras áreas. Esa forma de cooperación les permite a todos los hombres que participan de ella conseguir un conocimiento, una destreza y unos beneficios por sus esfuerzos que son mucho mayores de lo que podrían conseguir si cada uno tuviese que producir todo lo que necesita, como en una isla desierta o en una granja aislada.

Pero esos mismos beneficios indican, delimitan y definen qué tipo de hombres pueden ser valiosos mutuamente, y en qué tipo de sociedad: sólo hombres racionales, productivos e independientes, en una sociedad racional, productiva y libre. Los parásitos, los pedigüeños, los saqueadores, los brutos y los criminales no pueden tener valor alguno para un ser humano, ni éste puede obtener ningún beneficio viviendo en una sociedad basada en las necesidades de ellos, en sus demandas y su protección, en una sociedad que lo trata a él como un animal sacrificable y que lo penaliza por sus virtudes para recompensarles a ellos por sus vicios, lo que significa: una sociedad basada en la ética del altruismo. Ninguna sociedad puede tener ningún valor para la vida del hombre si el precio es ceder el derecho a su vida.

El principio político básico de la ética Objetivista es: ningún hombre puede iniciar el uso de la fuerza física contra otros. Ningún hombre —o grupo, o sociedad, o gobierno— tiene el derecho de asumir el papel de un criminal e iniciar el uso de la compulsión física contra cualquier hombre. Los hombres tienen el derecho a usar la fuerza física sólo en represalia y sólo contra quienes inician su uso. El principio ético relevante aquí es simple y claramente definido: es la diferencia entre el asesinato y la autodefensa. Un atracador busca obtener un valor, la riqueza, matando a su víctima; la víctima no se enriquece matando al atracador. El principio es: ningún hombre puede obtener valores de otros recurriendo a la fuerza física.

El único objetivo apropiado y moral de un gobierno es proteger los derechos del hombre, lo que significa: protegerle de la violencia física; proteger su derecho a su propia vida, a su propia libertad, a su propia propiedad, y a la búsqueda de su propia felicidad. Sin derechos de propiedad, ningún otro derecho es posible.

No voy a intentar, en una breve presentación, profundizar en la teoría política de Objetivismo. Quienes estén interesados la encontrarán descrita en todo detalle en La rebelión de Atlas. Diré solamente que cualquier sistema político está basado en, y se deriva de, una teoría de ética, y que la ética Objetivista es la base moral requerida por ese sistema económico político que hoy está siendo destruido en todo el mundo, destruido precisamente por falta de una defensa y una validación moral y filosófica: el sistema original norteamericano, el Capitalismo. Si perece, perecerá por omisión, no habiendo sido descubierto ni identificado; ningún otro tema ha sido jamás ocultado detrás de tantas distorsiones, desfiguraciones y tergiversaciones. Hoy, poca gente sabe lo que el capitalismo es, cómo funciona, y cuál es su verdadera historia.

Cuando digo «capitalismo», hablo de un capitalismo total, puro, incontrolado, no regulado, de un capitalismo laissez-faire, con una completa separación de Estado y Economía del mismo modo y por las mismas razones por las que existe separación entre Estado e Iglesia. Un sistema puro de capitalismo aún no ha existido jamás, ni siquiera en los Estados Unidos; varios grados de control gubernamental lo limitaron y lo distorsionaron desde su inicio. El capitalismo no es el sistema del pasado; es el sistema del futuro… si es que la humanidad ha de tener un futuro.

Para quienes están interesados en la historia y las causas psicológicas de la traición de los filósofos contra el capitalismo, mencionaré que he tratado el tema en un ensayo del mismo título en mi libro Para el nuevo intelectual.

Esta presentación debe limitarse al tema de la ética. He presentado los puntos más esenciales de mi sistema, pero son suficientes para indicar de qué forma la ética Objetivista es la moralidad de la vida, en oposición a las tres principales escuelas de teoría ética: la mística, la social, y la subjetiva, que son las que han llevado al mundo a su estado actual, y que representan la moralidad de la muerte.

Esas tres escuelas difieren entre sí únicamente en su método de abordar el tema, no en su contenido. En su contenido, ellas son puramente variantes del altruismo, la teoría ética que considera al hombre un animal sacrificable, que sostiene que el hombre no tiene derecho a existir para sí mismo, que servir a otros es la única justificación de su existencia, y que el auto-sacrificio es su mayor deber moral, su máxima virtud, y su valor supremo. Las únicas diferencias surgen sólo sobre la cuestión de quién ha de ser sacrificado a quién. El altruismo considera la muerte su objetivo final y su estándar de valor, y es lógico que la renuncia, la resignación, la auto-negación, y cualquier otra forma de sufrimiento, incluyendo la auto-destrucción, sean las virtudes que defiende. Y, lógicamente, esas son las únicas cosas que los practicantes del altruismo han conseguido y están consiguiendo hoy día.

Observa que esas tres escuelas de teoría ética son antivida, no sólo en su contenido, sino también en su método de abordaje.

La teoría mística de la ética está explícitamente basada en la premisa de que el estándar de valor de la ética del hombre se encuentra más allá de la tumba, con leyes o requerimientos de otra dimensión, la sobrenatural; que la ética es algo imposible que el hombre practique, que es inadecuada para la vida del hombre en la Tierra y opuesta a ella, y que el hombre debe aceptar la culpa por eso y sufrir durante toda su existencia terrenal, para expiar la culpa de ser incapaz de practicar lo impracticable. Las Épocas Oscuras y la Edad Media son los monumentos existenciales de esa teoría de ética.

La teoría social de la ética sustituye a Dios por la «sociedad», y aunque alega que su principal preocupación es la vida en este mundo, no es la vida del hombre, ni la vida de un individuo, sino la vida de una entidad incorpórea, del colectivo, el cual, en relación a cada individuo, está compuesto por «todos los demás excepto él». En lo que concierne al individuo, su deber ético es ser el esclavo —desprendido, sin voz y sin derechos— de cada necesidad, reclamo o demanda que hagan los demás. El lema «es una pelea de perros» —que no es aplicable ni al capitalismo ni a los perros— sí es aplicable a la teoría social de la ética. Los monumentos existenciales de esa teoría son la Alemania nazi y la Rusia soviética.

La teoría subjetivista de la ética es, estrictamente hablando, no una teoría, sino una negación de la ética. Es más: es una negación de la realidad, una negación no sólo de la existencia del hombre, sino de toda la existencia. Sólo el concepto de un universo fluido, plástico, indeterminado, «heracliteano», podría permitirle a alguien pensar o predicar que el hombre no necesita principios de acción objetivos; que la realidad le da un cheque en blanco sobre los valores; que cualquier cosa que se le ocurra decidir en cuanto a lo que es bueno o malo será la correcta; que el capricho de un hombre es un estándar moral válido, y que la única cuestión es cómo salirse uno con la suya. El monumento existencial de esta teoría es el estado actual de nuestra cultura.

No es la inmoralidad de los hombres la que es responsable del colapso que ahora amenaza destruir al mundo civilizado, sino el tipo de moralidades que se les ha pedido a los hombres que practiquen. La responsabilidad recae en los filósofos del altruismo. Ellos no tienen motivo para escandalizarse por el espectáculo de su propio éxito, ni tienen derecho a maldecir la naturaleza humana; los hombres les han obedecido, y han plasmado sus ideales morales en una plena realidad.

Es la filosofía la que establece los objetivos de los hombres y determina su curso; es sólo la filosofía la que puede salvarlos ahora. Hoy día, el mundo enfrenta una alternativa: si la civilización ha de sobrevivir, es la moralidad altruista lo que los hombres tienen que rechazar.

Terminaré con las palabras de John Galt, que dirijo, como él hizo, a todos los moralistas del altruismo, pasados o presentes:

«Vosotros habéis usado el miedo como vuestra arma y le habéis acarreado la muerte al hombre como su castigo por rechazar vuestra moralidad. Nosotros le ofrecemos la vida como su recompensa por aceptar la nuestra».

—Ayn Rand

Nueva York, septiembre de 1964

P.S. Nathaniel Branden ya no está asociado conmigo, con Objetivismo, o con The Objectivist (antes llamado The Objectivist Newsletter).

Nueva York, noviembre de 1970

—A. R.

*  *  *

 

Publicado por: julio 12, 2019 8:00 am

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