La máxima autoridad en Ética

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¿Quién es la máxima autoridad en Ética?” — por Ayn Rand

Ensayo escrito en respuesta a la pregunta de un lector, publicado en el “Departamento de Munición Intelectual”, “The Objectivist Newsletter”, febrero de 1965.

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Hay ciertas preguntas que deben ser cuestionadas – es decir, desafiadas en su raíz – porque consisten en introducir de contrabando una premisa falsa en la mente de un oyente descuidado. “¿Quién creó el Universo?” es una de esas preguntas. “¿Sigues golpeando a tu esposa?” es otra. Y también lo es la pregunta que es el título de este ensayo.

Surge en muchas formas distintas, directa e indirectamente. Se formula normalmente algo así como: “¿Quién decide qué es correcto y qué es errado?”.

No es nada probable que los estudiantes de Objetivismo hagan esa pregunta, pero pueden escucharla de otros y no conseguir entender su naturaleza. Me sorprendió, sin embargo, verla dirigida a este departamento, en la siguiente forma: “¿Es plagio intelectual aceptar o incluso usar principios filosóficos y valores descubiertos por otra persona?”

Puede no parecer la misma pregunta, pero lo es, en el sentido de que proviene del mismo error fundamental.

La naturaleza del error quedará clara si uno aplica esa pregunta a las ciencias físicas: “¿Quién decide lo que es correcto o errado en electrónica?. O: “¿Es plagio científico aceptar o incluso usar principios médicos y técnicas terapéuticas descubiertas por otra persona?

Ausencia del concepto “objetividad”

Es obvio que la raíz de tales preguntas es un cierto tipo de vacío conceptual: la ausencia del concepto de objetividad en la mente de quien las formula.

La objetividad es un concepto tanto metafísico como epistemológico. Se refiere a la relación entre consciencia y existencia. Metafísicamente, es el reconocimiento del hecho que la realidad existe independiente de la consciencia de quien percibe. Epistemológicamente, es el reconocimiento del hecho que la consciencia del perceptor (del hombre) tiene que adquirir conocimiento de la realidad por ciertos medios (la razón) de acuerdo con ciertas reglas (la lógica). Eso significa que aunque la realidad es inmutable y, en cualquier contexto dado, sólo una respuesta es verdadera, la verdad no está automáticamente al alcance de una consciencia humana, y sólo puede obtenerse mediante un cierto proceso mental requerido de cada hombre que busca conocimiento – que no hay sustituto para ese proceso, ni cómo eludir la responsabilidad de hacerlo, ni atajos, ni revelaciones especiales para observadores privilegiados – y que no puede haber tal cosa como una “autoridad” máxima en cuestiones relativas al conocimiento humano. Metafísicamente, la única autoridad es la realidad; epistemológicamente, la mente de cada uno. La primera es el árbitro final de la segunda.

El concepto de objetividad contiene la razón de por qué la pregunta “¿Quién decide lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto?” no es válida. Nadie “decide”. La naturaleza no decide; simplemente, es; el hombre no decide, en asuntos de conocimiento él simplemente observa aquello que es. Cuando se trata de aplicar su conocimiento, el hombre decide lo que quiere hacer, de acuerdo a lo que ha aprendido, recordando que el principio básico de acción racional en todos los aspectos de la existencia humana es: “La naturaleza, para ser comandada, ha de ser obedecida”. Eso significa que el hombre no crea la realidad, y que puede alcanzar sus valores sólo tomando decisiones en consonancia con los hechos de la realidad.

¿Quién “decide” la forma correcta de fabricar un automóvil, de curar una enfermedad, o de vivir la propia vida de uno? Cualquier hombre que se preocupe de adquirir el conocimiento necesario y de juzgar, por su propia cuenta y riesgo. ¿Cuál es su criterio de juicio? La razón. ¿Cuál es su marco final de referencia? La realidad. Si él erra o evade, ¿quién le castiga? La realidad.

Les llevó siglos (y la influencia de Aristóteles) a los hombres para que adquirieran una noción precaria del concepto de objetividad con relación a las ciencias físicas. Lo precaria que realmente es esa noción puede observarse en el hecho de que la mayoría de los hombres son incapaces de extrapolar ese concepto a todo el conocimiento humano, incluyendo a las así llamadas humanidades, las ciencias que tratan del hombre. Cuando se trata de las humanidades, la mayoría de la gente – consciente o subconscientemente, explícita o implícitamente – retrocede a la epistemología de salvajes prehistóricos, o sea, al subjetivismo.

Subjetivismo contra los axiomas filosóficos

Subjetivismo es la creencia que la realidad no es un firme absoluto, sino un reino fluído, plástico e indeterminado que puede ser alterado, en todo o en parte, por la consciencia de quien percibe, o sea: por sus sentimientos, deseos o caprichos. Es la doctrina que sostiene que el hombre – una entidad de una naturaleza específica, lidiando con un universo de una naturaleza específica – puede, de alguna manera, vivir, actuar y lograr sus objetivos fuera de y / o en contradicción a los hechos de la realidad, o sea, fuera de y / o en contradicción a su propia naturaleza y a la naturaleza del universo. (Esta es la versión de subjetivismo “mixta”, moderada, o “del camino de en medio”. El subjetivismo puro o “extremo” no reconoce el concepto de identidad, es decir, el hecho de que el hombre o el universo o cualquier cosa posea una naturaleza específica.)

La moralidad ha sido el monopolio de los místicos, es decir, de los subjetivistas, durante siglos, un monopolio reforzado y reafirmado por los neo-místicos de la filosofía moderna. El choque entre las dos escuelas dominantes de ética, la mística y la social, es sólo un choque entre el subjetivismo personal y el subjetivismo social: una sustituye lo objetivo por lo sobrenatural, la otra sustituye lo objetivo por lo colectivo. Ambas están radicalmente unidas contra la introducción de la objetividad en el reino de la ética.

La mayoría de los hombres, por tanto, encuentran particularmente difícil considerar a la ética como una ciencia, y entender el concepto de una ética objetiva y racional que no deja lugar para la “decisión” arbitraria de nadie.

El subjetivismo es la premisa contrabandeada que está en la base de ambas variantes de la pregunta en discusión. Superficialmente, las dos variantes pueden parecer que proceden de motivos opuestos. En realidad, son dos lados de la misma moneda subjetivista.

El hombre que pregunta: “¿Quién decide qué es correcto o incorrecto?” es obviamente un subjetivista que cree que la realidad se rige por caprichos humanos, y que busca escapar de la responsabilidad del juicio independiente por uno de dos medios: o por cinismo, o por fe ciega; o negando la validez de todos los estándares morales, o buscando una “autoridad” a la que obedecer.

Pero el hombre que pregunta: “¿Es plagio intelectual aceptar o incluso usar principios filosóficos y valores descubiertos por otra persona?” no es una consciencia soberana buscando independencia de otros, como quiere aparentar. Él no entiende lo que es objetividad mejor que el hombre anterior; él es un subjetivista que ve la realidad como una pugna de caprichos y quiere que sea gobernada por los caprichos suyos, lo cual él se propone conseguir descartando como falso todo lo que ha sido descubierto por otros. Su principal preocupación, en cuanto a principios filosóficos, no es: “¿Es verdadero o falso?”, sino: “¿Quién lo descubrió?”.

Bajo esa premisa, él tendría que encender un fuego frotando dos ramas (si es capaz de descubrir eso), puesto que él no es Edison y no puede aceptar la luz eléctrica. Él tendría que afirmar que la Tierra es plana, puesto que Colón se le adelantó a la hora de demostrar su forma. Tendría que defender el estatismo, puesto que él no es Adam Smith. Y tendría que descartar las leyes de la lógica, puesto que obviamente él no es Aristóteles.

La división del trabajo en la búsqueda de conocimiento – el hecho de que los hombres puedan transmitir conocimiento y aprender de los descubrimientos de otros – es una de las grandes ventajas del hombre sobre todas las demás especies vivas. Sólo un subjetivista, alguien que equipara hechos con afirmaciones arbitrarias podría imaginar que “aprender” significa “aceptar por fe”, como quien formula la pregunta parece implicar.

También es posible que el motivo de tal mentalidad sea el deseo, no de descartar las ideas de otros, sino de apropiárselas. “Plagio” es un concepto que se refiere, no a la aceptación, sino a la autoría de una idea. Huelga decir que aceptar la idea de alguien y luego hacerse pasar por su creador es plagio del más bajo nivel. Pero eso no tiene nada que ver con un proceso de aprendizaje racional y legítimo. La verdad de una idea y su autoría son dos asuntos diferentes, que no son difíciles de mantener separados.

Esa variante concreta de la pregunta valió la pena mencionarla sólo como un ejemplo extremo de subjetivismo, de hasta qué punto las ideas no son reales ni tienen conexión  con la realidad en la mente de un subjetivista. Es una ilustración de hasta qué punto el concepto de objetividad sigue siendo ajeno a muchos hombres, y hasta qué punto la humanidad necesita ese concepto.

Observa que la mayoría de los colectivistas modernos – los supuestos defensores de la fraternidad, la benevolencia y la cooperación humanas – están comprometidos con el subjetivismo en las humanidades. Y, sin embargo, la razón – y por lo tanto, la objetividad – es el único vínculo común entre los hombres, el único medio de comunicación, el único marco universal de referencia y el único criterio de justicia. Ningún entendimiento, ninguna comunicación ni cooperación son posibles entre los hombres si se basan en sentimientos ininteligibles y en “impulsos” subjetivos; nada es posible, excepto una pugna de caprichos que sólo puede ser resuelta por el imperio de la fuerza bruta.

Razón y realidad como únicos criterios válidos

En política, la pregunta subjetivista de “¿Quién decide?” surge de muchas formas. Lleva a muchos supuestos defensores de la libertad a la noción de que “la voluntad del pueblo” o de la mayoría es la sanción suprema de una sociedad libre, lo cual es una contradicción en términos, puesto que tal sanción representa la doctrina del gobierno ilimitado de la mayoría.

La respuesta, en este, igual que en todos los demás problemas intelectuales- morales, es que nadie “decide”. La razón y la realidad son los únicos criterios válidos de teorías políticas. ¿Quién determina qué teoría política es verdad? Cualquier hombre que pueda demostrarla.

Las teorías, las ideas y los descubrimientos no son creados colectivamente; son productos de hombres individuales. En política, como en cualquier otro campo del esfuerzo humano, un grupo puede sólo aceptar o rechazar un producto (o una teoría); no puede, como grupo, participar en su creación. Los participantes individuales son quienes eligen ese campo concreto de actividad, cada uno en la medida de su habilidad y su ambición. Y cuando los hombres son libres, las teorías irracionales pueden triunfar sólo temporalmente, y sólo aprovechándose de los errores o las omisiones de los pensadores, es decir, de quienes buscan la verdad.

En política, como en cualquier otro campo, los hombres que no se preocupan de pensar son mero lastre: ellos aceptan, por defecto, lo que los líderes intelectuales del momento tengan que ofrecer. En la medida en que los hombres piensan, siguen al hombre que ofrece la mejor idea (es decir, la más racional). Eso no ocurre instantánea ni automáticamente ni en cada caso o detalle específico, pero es así como el conocimiento se difunde entre los hombres, y ese ha sido el patrón del progreso de la humanidad. La mejor prueba del poder de las ideas – del poder de la razón para hombres de cualquier nivel de inteligencia – es el hecho de que ninguna dictadura ha sido jamás capaz de perpetuarse sin establecer la censura.

El número de sus seguidores es irrelevante para la verdad o falsedad de una idea. Una mayoría es tan falible como una minoría o como un individuo. El voto de una mayoría no es una validación epistemológica de una idea. Votar es simplemente un instrumento político adecuado – dentro de una esfera de acción estricta, y constitucionalmente delimitada – para decidir los medios prácticos de implementar los principios básicos de una sociedad. Pero esos principios no se determinan por voto. ¿Por quién, entonces, se determinan? Por los hechos de la realidad, como identificados por aquellos pensadores que eligieron el campo de filosofía política. Esos fueron los pasos del mayor logro político de la historia: La Revolución Americana.

A este respecto, es importante mencionar la importancia epistemológica de una sociedad libre. En una sociedad libre, la búsqueda de la verdad está protegida, pues cualquier individuo tiene libre acceso a cualquier campo de conocimiento al que decida entrar. (Libre acceso no significa garantía de éxito, ni de apoyo financiero, ni de la aceptación y la conformidad de nadie; significa ausencia de todas las restricciones forzadas o barreras legales.) Eso impide la formación de cualquier “élite” coercitiva en cualquier profesión; impide la imposición legalizada de un “monopolio de la verdad” por cualquier pandilla de buscadores de poder; protege el libre mercado de ideas; y le mantiene abiertas todas las puertas a la mente inquisitiva.

¿Quien “decide”? En política, en ética, en arte, en ciencia, en filosofía – en todo el reino del conocimiento humano – es la realidad la que establece los términos, a través del trabajo de aquellos hombres que son capaces de identificar sus términos y de traducirlos en principios objetivos.

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Traducción: Miguel Roldán y Objetivismo.org, con permiso del Estate of Ayn Rand. Derechos reservados.
[Los subtítulos en negrita a lo largo del texto no son parte del original; han sido añadidos para dividir el escrito en secciones lógicas y de esa forma facilitar la lectura].

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Fuente:

Intellectual Ammunition Department, The Objectivist Newsletter: Vol. 4 No. 2 – February, 1965

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Publicado por: enero 19, 2018 8:00 am

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