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El iniciar la fuerza física como malvado — OPAR [8-7]

Capítulo 8 – El hombre

El iniciar la fuerza física como malvado [8-7]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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Una vez cubiertas las principales virtudes, quiero completar el análisis que nos ocupa pasando a un vicio muy generalizado: la iniciación de fuerza física contra otros hombres. Este vicio representa la antítesis y la destrucción de la virtud de la racionalidad, y por lo tanto de cualquier otra virtud y también de cualquier valor (no automático). 66

El abstenerse de usar la fuerza no es necesariamente una señal de buen carácter. Uno puede ser totalmente malvado y a pesar de eso nunca levantar el puño o esgrimir una estaca él mismo (un ejemplo es el cobarde que intenta destruir a los demás por medios psicológicos o ideológicos, no físicos). Pero iniciar la fuerza es cometer una maldad mayor. A la larga, esta maldad es un resultado inevitable de la irracionalidad.

La fuerza física es coerción (o coacción) realizada a través de una acción física, tal como, entre muchos otros ejemplos, golpearle a un hombre en la cara, encarcelarlo, dispararle, o quitarle su propiedad. «Iniciar» significa comenzar a usar la fuerza contra una persona inocente, contra alguien que no haya empezado él mismo a usarla contra otros.

Puesto que los hombres no llegan de forma automática a las mismas conclusiones, ningún código de ética puede eludir esta cuestión. El moralista tiene que decirles a los hombres cómo actuar cuando no estén de acuerdo (asumiendo que no se limiten simplemente a seguir cada uno su camino). En esencia, hay sólo dos puntos de vista sobre el tema, porque hay sólo dos métodos básicos por los cuales se puede resolver una disputa. Los métodos son razón o fuerza; tratar de persuadir a otros para que compartan las ideas de uno voluntariamente, o coaccionarles para que hagan lo que uno quiere independientemente de las ideas que ellos tengan. Objetivismo admite solamente el método de la persuasión.

No todos los persuasores son hombres honestos; muchos son manipuladores, incluso destructores, que se saltan la lógica y tratan de conseguir lo que quieren de los demás manipulando sus emociones. Pero esas criaturas, si se abstienen de la fuerza, dejan que sus víctimas sean libres de no caer en sus trampas, libres para pensar lógicamente cuando están solos, de decidir la cuestión ellos mismos, y de actuar en consecuencia.

El hombre de la fuerza, sin embargo, al atacar el cuerpo de una persona (o quitarle sus bienes), de esa forma niega y paraliza la mente de su víctima.

La mente es una facultad cognitiva. Su función es percibir la realidad realizando un proceso de identificación, un proceso de juntar la evidencia e integrarla en un contexto de acuerdo con las reglas de una metodología objetiva. Como ya hemos visto varias veces, este proceso presupone una consciencia soberana y volitiva, y debe ser realizado egoístamente, de forma individualista e independiente. Es un proceso que no puede, por tanto, ser forzado.

«Una mente racional», escribe Ayn Rand

no funciona bajo compulsión; no subordina su comprensión de la realidad a las órdenes, edictos, o controles de nadie; no sacrifica su conocimiento, su visión de la verdad, a las opiniones de nadie, ni a sus amenazas, deseos, planes o su “bienestar”. Una mente así puede ser afectada por otros; puede ser silenciada, proscrita, aprisionada, o destruida, pero no puede ser forzada. Una pistola no es un argumento. (Un ejemplo y símbolo de esta actitud es Galileo). 67

Ordenarle a un hombre que acepte una conclusión contra su propio juicio es ordenarle que acepte como cierto algo que, de acuerdo con todo lo que él sabe, no es verdad (algo que es o arbitrario o falso). Eso equivale a ordenarle a aceptar una contradicción; es como exigir que esté de acuerdo con que rojo es verde, o que 2 y 2 son 5. Uno puede torturar a un individuo, forzarle a que repita cualquier palabra que uno diga, incluso volverlo loco, pero uno no puede hacerle creer esas cosas. La voluntad consiste en el acto de iniciar y sostener el proceso de pensar. Si un hombre decide pensar, sin embargo, no tiene opción en cuanto a qué conclusiones va a llegar. Da igual los sobornos que le pongan delante, o las amenazas; un pensador tiene que seguir la evidencia adonde le lleve. Aunque lo intente, no puede forzarse a sí mismo a aceptar como verdadero algo que él ve que no tiene fundamento o está equivocado.

Es imposible que un hombre inicie una misión cognitiva o llegue a un resultado cognitivo (como es una idea) mientras deja de lado la lógica y la realidad. Y sin embargo eso es lo que un criminal, al pretender forzar una mente, exige de su víctima. La víctima, por lo tanto, tiene solamente un recurso (si no puede escapar): dejar de funcionar como entidad cognitiva. Cuando la realidad es decretada, a punta de pistola, como estando fuera del alcance de uno, una mente racional no tiene ninguna forma de proceder.

Esa es la razón por la que las mejores épocas de la historia humana han sido siempre las más libres; es la razón por la que la ciencia, el arte, los inventos, y cualquier otra expresión del pensamiento humano siempre han dejado de surgir o se han desvanecido en una dictadura. Así como un hombre no puede abusar de su propia mente con impunidad, así como no puede – sin destrozar su cognición – empezar a evadir, aceptar lo arbitrario, dejar de integrar, o desafiar sus percepciones sensoriales, así tampoco puede él dejar de sufrir las consecuencias cuando otros tratan de forzar sobre su mente esos mismos abusos.

No es necesario que la víctima acepte en su fuero interno las malvadas exigencias de los forzadores; no es necesario que empiece a mentirse a sí misma. Pero hay un castigo mental que ella no puede evitar: si, y en la medida en que, la pistola de alguien se convierta en el tribunal epistemológico de última instancia para un hombre, sustituyendo la ley de identidad, en ese caso ese hombre no podrá pensar. No es cuestión de integridad moral por parte de la víctima, sino de necesidad filosófica. La cuestión no es que un esclavo deba enfrentarse y desafiar a sus captores (aunque debería hacerlo, si pudiese). La cuestión es que, al estar esclavizado, él no puede realizar los procesos que son esenciales para la cognición humana: no puede pensar. (Aunque tal vez pueda conseguir meter de contrabando en su vida algún elemento de pensamiento secreto, si sus captores le dejan en paz el tiempo suficiente, y si no intenta expresar su pensamiento en la realidad).

Un ejemplo elocuente de la relación entre fuerza y pensamiento lo vemos en el clímax de La Rebelión de Atlas. John Galt, el líder de las mentes que están en huelga, es incapaz de pensar en un plan que pueda salvar al país; no puede hacerlo, a pesar de que una banda de matones, aterrorizados porque su régimen estatista se está derrumbando, exige a gritos ese tipo de plan, y, para extraerlo de su cerebro por la fuerza, atan a Galt a una máquina de tortura. Por lo que Galt sabe, no hay forma de conseguir la prosperidad bajo una dictadura – y ni tortura ni amenazas de muerte pueden alterar ese hecho. Galt de acuerdo con eso no altera sus propias convicciones. No las reconsidera desde un nuevo ángulo, ni intenta pensar en alguna idea que satisfaga a sus torturadores, ni trata de encontrar un término medio. Él no puede rechazar sus propias convicciones, y los matones no le dejan aplicarlas. Él no tiene otra alternativa, por lo tanto, que dejar de usar su facultad conceptual en cuanto a ese asunto. No la usará porque no puede: nada hará que el objetivo político de esos brutos funcione, y él lo sabe.

Los brutos, por lo tanto, quedan indefensos. Podrán matarlo, pero no pueden lograr lo que desesperadamente quieren: iniciar y dirigir un proceso de pensamiento dentro de la mente de su víctima. No pueden convertir un proceso volitivo en una respuesta determinista, o una acción en una reacción. Lo único que logran a través de la coerción es lo opuesto a una nueva idea. Como los autócratas a lo largo de la historia, lo que tratan de inmovilizar es la mente de sus víctimas. Hacen que su esclavo, mientras está en la esclavitud, pare de pensar.

Un hombre irracional funciona de forma diferente bajo el imperio de la fuerza. A través de evasiones y la racionalizaciones él puede adaptarse mentalmente a prácticamente cualquier decreto que dicten los otros; puede inducirse a «creer» cualquier contradicción que él quiera. Pero ese tipo de estado interior nace de rechazar la razón. Por lo tanto, no se refiere al conocimiento humano o a las convicciones de una persona racional. En el sentido cognitivo de los términos, el contenido mental de un hombre irracional no son «creencias» o «ideas». Son más bien como el parloteo de un loro.

Puesto que el hombre es un ser integrado de mente y cuerpo, cualquier intento de forzar su mente necesariamente representa un intento de gobernar sus acciones, y viceversa. Para aclarar este punto, ahora voy a hablar del tipo de fuerza que trata de extraer de una víctima, no pensamientos o creencias, sino acción existencial. Un ejemplo simple sería un atracador que dice: «No me importa lo que piense mi presa; lo único que quiero es que me dé su billetera».

La fuerza en este sentido hace que un hombre actúe en contra de su propio juicio. La víctima sigue viendo lo que ve, valorando lo que valora, sabiendo lo que sabe. El forzador, sin embargo, ha saltado por encima de la cognición de la víctima, haciendo que esa cognición sea inútil en la práctica. Cuando el atracador amenaza con: «La bolsa o la vida», el dueño sigue sabiendo a quién le pertenece el dinero. Pero si él decide no arriesgarse a morir o a sufrir daños físicos, la amenaza es el factor que tiene que determinar su acción. Su propia conclusión – por clara, lógica y convincente que sea – se vuelve impotente.

Lo mismo se aplica a las conclusiones que tenga un adolescente sobre una guerra específica – o un editor que maneje material sexual, o un médico que trate con ancianos, o una persona en un país totalitario que trate con quien sea – que tiene que actuar bajo las amenazas emitidas por alguna agencia del gobierno. En todas sus formas y grados, desde crímenes privados, a incursiones en el estado del bienestar, a una dictadura total, el principio es el mismo: la fuerza física, en la medida en que se ejerce o se amenaza, le niega a su víctima el poder de actuar de acuerdo con su juicio. Ese tratamiento equivale, en palabras de Ayn Rand, a «forzar a un hombre a actuar contra su propia vista», y coloca al individuo en una posición metafísica imposible. 68 Si no actúa basado en las conclusiones de su mente, está condenado por la realidad. Si lo hace, está condenado por el forzador.

La virtud de la racionalidad requiere que uno piense, y luego que se deje guiar por sus conclusiones, en acción. La fuerza colisiona con ambos requerimientos. La fuerza usada para cambiar la mente de un hombre actúa para detener su mente (de esa forma haciendo a la mente inoperante como fuente de su acción). La fuerza usada para cambiar la acción de un hombre arroja a su mente (y por lo tanto a su proceso de cognición) al montón de lo inútil. En una de sus expresiones, el bruto trabaja para desvincular la consciencia de su víctima de la realidad y, por lo tanto, de la vida; en la otra, en desvincular su consciencia de la vida, y por lo tanto, de la realidad.

De ahí la conclusión formal de Ayn Rand: «Aquel que, sea cual sea su objetivo o intención, inicie el uso de la fuerza, es un asesino actuando en la premisa de la muerte de un modo que va más allá del asesinato: la premisa de destruir la capacidad del hombre para vivir». 69 O, como ella expresa el principio en su siguiente párrafo: «Fuerza y mente son opuestos…».

La fuerza es la antítesis no sólo de la virtud principal, sino de todas y cada una de las virtudes. El bruto ataca en sus víctimas todos los aspectos de la vida moral, mientras al mismo tiempo los rechaza en cuanto a su propia vida. Al desencadenar un proceso de fuerza, él actúa para anular la independencia de sus víctimas – mientras él mismo se convierte en un parásito, cuya preocupación no es la conquista de la naturaleza, sino de los hombres. Él trata de impedir que los hombres permanezcan leales a principios racionales – lo hace no en base a ningún principio, sino, como ocurre en todos los casos de maldad, sin motivo alguno; trata de hacerlo a través de la evasión y la adoración al capricho. Les ordena a sus víctimas, cuando le viene en gana, que acepten y pasen de unos a otros cualquier mentira que él mande. Descarta el concepto de «fallar»; su método de tratar con los hombres es extraer lo inmerecido en aras de beneficiar a quienes no se lo merecen, sea él mismo u otros. En cuanto a la virtud de ambición moral, cito a Ayn Rand: «La moralidad termina donde empieza una pistola». 70

Hay otra virtud derivada que debemos considerar. Dado que «fuerza y mente son opuestos», el bruto aborta en su raíz el proceso del cual su propia supervivencia depende, el proceso de los hombres que actúan para crear riqueza material. Al mismo tiempo, el imperio de la fuerza, una vez aceptado por una sociedad, genera sus propios adeptos. Sustituye a los creadores por el tipo de hombres que creen que lo importante en la vida no es potencia intelectual, sino potencia artillera. «Entonces el triunfo en la carrera es», en palabras de Ayn Rand, «no de los más capaces en producir, sino de los más despiadados en brutalidad. Cuando la fuerza es el estándar, el asesino es superior al carterista. Y entonces esa sociedad se desvanece en un montón de ruinas y masacres».71

Tal desenlace ilustra el hecho de que no hay dicotomía entre valor y virtud. Al ser la virtud el medio por el cual el hombre consigue valores, lo que destruye las virtudes necesariamente destruye los valores también. Al juzgar cualquier caso de esta maldad, por lo tanto – igual que al juzgar la deshonestidad o cualquier otro acto de maldad – no hay compensación que considerar. Nada bueno puede ser logrado bajo ningunas circunstancias ni por nadie, mediante el inicio de la fuerza.

Dado que «fuerza y mente son opuestos», fuerza y valor son opuestos, también.

Los valores, según la interpretación objetiva, son hechos: hechos evaluados por una mente guiada por un estándar racional. “Valor», por lo tanto, implica un evaluador que llega a la conclusión, a través de un proceso de cognición, de que un objeto determinado sustentará su vida. Uno no puede, por lo tanto, eliminar “valor» del proceso necesario para la cognición; uno no puede eliminarlo de la mente de quien quiere que sea el beneficiario: de la consideración, pensamiento, o juicio de éste. Forzar a un individuo, sin embargo, es despreciar y saltarse ese proceso de cognición. Ningún resultado del inicio de la fuerza, de acuerdo con esto, puede ser calificado como «bueno». No es «bueno» en relación con la víctima. (Como no hay conflictos de interés entre hombres racionales, tampoco es «bueno» con relación a nadie más).

Un valor, como ya he dicho antes, es un tipo de verdad. Igual que uno no puede forzar la verdad sobre un hombre, uno tampoco puede forzar valores o virtudes sobre él. Los sonidos emitidos a punta de pistola no son una «verdad». Un objeto aceptado a punta de pistola no es un «valor». Una acción realizada a punta de pistola no es una «virtud». Estos tres conceptos denotan no sólo lo físico, sino también el reconocimiento de la realidad por un individuo. Como tales, requieren un proceso de consciencia volitiva; requieren la elección y el acuerdo del individuo.

Este es el pasaje crucial de Ayn Rand:

. . . el intento de alcanzar el bien a través de fuerza física es una monstruosa contradicción que niega la moralidad en su raíz al destruir la capacidad del hombre para reconocer el bien, es decir, su capacidad de valorar. La fuerza invalida y paraliza el raciocinio de un hombre, exigiéndole que actúe contra él, convirtiéndole de esa forma en moralmente impotente. Un valor que uno es forzado a aceptar al precio de rendir su mente no es un valor para nadie; lo forzado y sin mente no puede juzgar ni elegir ni valorar. El intento de lograr el bien por la fuerza es como el intento de darle a un hombre una galería fotográfica al precio de sacarle los ojos. Los valores no pueden existir (no pueden ser valorados) fuera del contexto total de la vida de un hombre, de sus necesidades, sus metas, y su conocimiento. 72

Una dictadura nos ofrece la más obvia manifestación de lo anterior. La comprensión de la realidad por los propios ciudadanos, junto con sus juicios de valor, es irrelevante para sus vidas; la fuerza del estado, no la cognición individual, es el principio que rige sus acciones. En la medida en que un individuo es moral, por lo tanto — o sea, es racional, independiente, intransigente, determinado y orgulloso — su vida se vuelve insoportable. Tal individuo tiene sólo tres alternativas, que están plasmadas en el libro de Ayn Rand Los que Vivimos. Puede intentar huir del país, como hizo Kira. Puede matarse, como hizo Andrei. O puede tratar de hacer llevadero el conflicto entre fuerza y mente, como hizo Leo, anulando uno de los dos elementos que chocan, el único que está en su poder anular; lo que significa: ahogando su mente a través de promiscuidad, drogas, alcohol, o algo equivalente. En la medida en que una persona tiene éxito en este cometido, se convierte en el «demente forzado” citado por Ayn Rand; se convierte en un muerto viviente que acaba perdiendo la capacidad de saber lo que le están haciendo, o de importarle. Ningún curso de acción que tal persona tome puede ser “correcto», puesto que ha renunciado a la raíz de la virtud. Ni tampoco, por la misma razón, puede ningún objeto que intente conseguir como un robot ser lo «bueno».

La terminología de auto-preservación no es aplicable cuando el «yo» (el «auto-«) ha desaparecido.

Veamos ahora un ejemplo aún más instructivo (aunque puramente hipotético). Supongamos que quienes detentan la fuerza limitan su coacción a un único tema de importancia, como por ejemplo a la elección de carrera; y que llegan a su veredicto de que un muchacho concreto debería estudiar medicina, solamente después, digamos, de hacer pruebas psicológicas para determinar los intereses y aptitudes del muchacho. Supongamos además que el muchacho está equivocado en su elección: aunque cree que algún tipo de arte es el campo adecuado para él, sus juicios de valor básicos (subconscientes) en realidad apuntan a una carrera en medicina, sólo que él no ha descubierto ese hecho, no se lo cree, y no puede ser persuadido a aceptar la conclusión de los forzadores. Incluso concediendo todo eso, el punto en cuestión sigue siendo verdad. Aunque medicina fuese el campo correcto para este muchacho si él mismo lo eligiese, el acto de forzarle a elegirlo hace que sea incorrecto.

Si un muchacho estudia la carrera de medicina por elección, al hacerlo él trae un cierto contexto cognitivo y emocional a la evaluación de sus experiencias en ese campo. Al haber decidido perseguir objetos específicos, puede saborearlos cuando los consigue; puede disfrutar de los nuevos conocimientos que adquiere, de las nuevas habilidades, de los fascinantes casos nuevos que encuentre, de las curaciones espectaculares. Él puede también aceptar con ecuanimidad, como el precio de tales aspectos positivos, el aburrimiento y otras cosas negativas de las que cualquier carrera está repleta. (Si su elección de carrera está equivocada, la introspección le dará abundante evidencia de ese hecho).

Pero si un muchacho se ve forzado a hacer medicina bajo amenaza de cárcel o de daños físicos, el contexto que trae es el opuesto. Los «positivos» ya no son positivos; no son valores para él porque él no los ha evaluado como tales. En cuanto a los negativos – las emergencias constantes, digamos, los paranoides litigiosos entre sus pacientes, los turnos de cuarenta y ocho horas, la atmósfera implacable de accidentes, desastres, sangre, pus y muerte – para él pueden crear una única emoción: “¡Esta es la pesadilla que los hombres forzaron sobre mí cuando arrancaron de mi vida mi pasión por el arte!»

¿Puedes pensar en una mejor receta para generar odio por una carrera? ¿Hay una mejor forma de hacer que una mente renuncie a toda ambición? ¿Querrías ser atendido por ese tipo de médico?

¿Es esa la forma de alcanzar “valor» en la vida humana?

El valor, como la verdad, es contextual; ninguno de ellos puede estar divorciado del conocimiento y del juicio de la mente. Esa es la razón por la que, decreten lo que decreten los que enarbolan la fuerza, lo que hacen es malvado. Ningún valor puede ser logrado agrediendo al evaluador; ningún resultado creativo puede ser conseguido por las agencias de destrucción; ningún bien puede ser logrado por los métodos del mal. Lo que la iniciación de la fuerza puede lograr es sólo lo negativo: frustración, resentimiento, desesperación, pasividad, desmotivación, no-evaluación, no-pensamiento… junto con los sangrientos resultados existenciales que en última instancia fluyen de tales negativos. Este principio es universal. Se aplica, no sólo a la coerción gubernamental, sino también al delito privado; no sólo en relación a carreras profesionales, sino también a matrimonios, amigos, pasatiempos, incluso a películas; no sólo a un niño aislado, sino a cualquier beneficiario que pueda ser deseado, pasado o futuro, individual o social.

Lo anterior abarca la esencia de la argumentación Objetivista contra el inicio de la fuerza. El concepto de «fuerza», sin embargo, hoy día la gente por lo general lo usa mal; así que debo aclarar con cierto detalle lo que es – y lo que no es – un acto de fuerza en el contexto del presente análisis. Quiero empezar desarrollando el punto de que la maldad es el iniciar la fuerza física.

Hay sólo una forma de intentar forzar la mente de un hombre: dirigiendo la fuerza hacia su cuerpo (o su propiedad). Por medios meramente intelectuales, nadie – ni un individuo ni una sociedad ni ninguna parte de ella, tal como los que anuncian en televisión – puede coaccionar a un hombre. El decir “medios intelectuales” denota afirmaciones o argumentos, sean verdaderos o falsos, buenos o malos; esto constituiría persuasión, no coacción. Un hombre puede ser confundido por los reclamos de otros, pero la confusión no tiene por qué generar pasividad mental. Un ser volitivo, mientras lo dejen tranquilo, es libre de iniciar un proceso cognitivo. Puede esforzarse por desentrañar sus confusiones y sustituirlas, en última instancia, por la verdad.

El único tipo de «presión social» que no puede ser resistido por medios intelectuales es el tipo que no se basa en medios intelectuales. Si algún grupo, gubernamental o privado, le dice a un hombre: «O estás de acuerdo con nosotros o vaciaremos tu cuenta bancaria, te romperemos las piernas, te mataremos», entonces un proceso cognitivo por parte de él es inútil; ningún proceso así sirve para contrarrestar la amenaza. Esto, esta categoría de amenaza o daño – fuerza física y más nada – es lo que constituye coacción. Esto es lo que tira a la basura la mente de la víctima.

Igualmente, un hombre puede estar decepcionado por otros. Con razón o sin ella, él puede ser incapaz de persuadirlos a estar de acuerdo con las ideas que él tiene o a satisfacer sus deseos. Pero esa decepción no ataca su cuerpo o niega su mente; no es un indicio de que él haya sido coaccionado. Un hombre no puede válidamente decir: «Como nadie me pagará un salario mayor, mi jefe me fuerza a aceptar este trabajo por cinco mil dólares al año». Ningún empleador está obligado a concederle riqueza o trabajos a ese individuo; nadie le debe un medio de vida. Y, en una sociedad libre, nadie puede tampoco impedirle que siga buscando, que mejore sus habilidades, o que trabaje en crear su propia empresa. Si un empleador que ofrece un cierto salario le dice que lo tome o lo deje, y él lo toma, por cualquier motivo (incluyendo pobreza extrema), eso es lo opuesto a la fuerza. Es una instancia de una relación voluntaria entre los hombres, una instancia de intercambio comercial.

Coerción no es equiparable con frustración causada por otros. Se refiere sólo a aquellas frustraciones que los hombres causan al invocar métodos de brutalidad.

Pasando a otro punto, a menudo oímos denuncias no de fuerza, sino de violencia. “Violencia» supone una forma específica de fuerza, una fuerza que es rápida, intensa, brutal y/o está acompañada de furia. La cuestión moral que hemos estado identificando, sin embargo, no es cuestión de forma. La maldad es la coacción, y cualquiera que la inicie, sea un asesino a sueldo de mirada furiosa blandiendo una ametralladora o un minúsculo burócrata arrogante con sus armas listas aunque estén discretamente fuera de la vista. Denunciar la “violencia» pero no el inicio de la fuerza como tal, es implicar que sólo el primero de estos hombres es malo. Eso significaría que el imperio de la brutalidad es moral si se realiza con decoro, si respeta las sutilezas del proceso electoral, con los documentos correctos rellenados, y manteniendo la agonía de las víctimas lejos de la prensa. Eso es lo que los intelectuales de hoy creen y lo que están tratando de insinuar en la mente del público.

Así como «lo físico» en el asunto que nos ocupa no está limitado a lo violento, tampoco está limitado al uso directo de la fuerza. 73 Un ejemplo del uso indirecto de la fuerza sería obtener la propiedad de alguien mediante fraude. En tal caso, cualquier consentimiento que el dueño ha expresado queda anulado; el propietario no dio su consentimiento para la transferencia de bienes que de hecho ocurrió. Moralmente, el delito aquí es indistinguible de un simple robo; la diferencia es sólo una diferencia de forma. (La tarea de definir las diversas formas de fuerza física, directa e indirecta, incluyendo todas las variantes de incumplimiento de contrato, pertenece al campo del derecho).

Ayn Rand sostiene que iniciar la fuerza contra otros es malvado. Pero usar la fuerza como represalia, contra el individuo (o individuos) y la nación (o naciones) que inició (o iniciaron) su uso, es perfectamente válido. Usar la fuerza en represalia significa usarla no contra el inocente, sino para detener a criminales o agresores. La diferencia ética es la misma que hay entre asesinato y defensa propia. Al igual que con la mentira, así también ocurre con el uso de la fuerza: la regla moral no es un mandamiento radical, sino una prohibición absoluta dentro de un contexto.

Contrariamente a las afirmaciones de los pacifistas, la represalia por la fuerza no significa “rebajarse” a la visión de la moralidad que tiene el bruto. Uno no razona con una bestia de la selva; uno no puede; pero eso no significa «rebajarse» al punto de vista de un animal. Significa reconocer los hechos de la realidad y actuar en consecuencia. Lo mismo se aplica al tratar con un hombre que, por su propia conducta, muestra que ya no puede ser tratado como ser racional. Cuando los hombres utilizan la fuerza contra la bestia en la que él mismo se ha convertido, lo están tratando de la única forma que él permite ser tratado. Además, los que usan represalias tampoco están adquiriendo valores de esa forma; lo único que están haciendo es proteger lo que ya tienen. «Un asaltante», observa Galt, «busca obtener riqueza matándome; yo no me hago más rico matando a un asaltante. Yo no busco valores por medio de la maldad, ni rindo mis valores a la maldad».74

La censura que hace Objetivismo a la iniciación de la fuerza es una conclusión. Sus premisas son todos los principios básicos de la ética Objetivista y, por debajo de eso, de la metafísica y la epistemología Objetivistas. Del mismo modo, el inmemorial culto a la brutalidad que tienen los intelectuales de la humanidad es una conclusión, la cual se basa en una cadena de premisas. Más que en cualquier otra, obviamente se basa en la teoría del altruismo.

El altruismo exige el que se inicie la fuerza física. Cuando los representantes de los necesitados usan coerción, normalmente explican que ella es obligatoria: es su único medio de asegurar que cualquier individuo recalcitrante, cuyo deber es sacrificarse, obedezca su obligación moral: la de asegurar que le da a los pobres el dinero que ellos no ganaron pero que él nació debiéndoles, y que está injustamente tratando de retener. Al mismo tiempo y con coherencia total, el altruismo (en sus formas más comunes), rechaza el uso de la fuerza como represalia. Por ejemplo, la Biblia le conmina a uno a no resistir el mal, sino en ir con el agresor hasta donde él quiera; una política, dice la propia Biblia, que ya es en sí misma una forma de sacrificio.

Pero el altruismo no es la causa fundamental del culto a la brutalidad. Esa causa radica en la filosofía fundamental de la irracionalidad. Específicamente, radica en la epistemología del intrinsicismo y del subjetivismo, y en el concepto de «valor» a los que esos puntos de vista llevan a los hombres. 75

La epistemología de cada una de esas escuelas convierte a la coacción en una necesidad humana. El intrinsicismo reduce la cognición a revelación, en relación a la cual cualquier argumento racional es inútil. El único medio de resolver disputas entre los hombres es, según eso, la fuerza. Según esta visión, la fuerza es la prerrogativa de los reyes filósofos, del virrey de Dios, o de cualquier otro que posea esa visión inefable que le ha sido negada a las masas. El subjetivismo llega a una conclusión parecida a partir de la premisa de que el conocimiento es imposible. Según esta visión, no hay hechos externos ni reglas de lógica basadas en la realidad a las que los contendientes puedan recurrir; existe sólo el callejón sin salida de «quien tiene la fuerza tiene razón». Al negar la objetividad del conocimiento, ambas filosofías descartan por principio el camino de la persuasión, dejando sólo la coacción.

El concepto de «valor» inherente a estos dos puntos de vista supone una sanción moral al rechazo de la persuasión. Por la naturaleza de «lo bueno», creen ambas escuelas, el coaccionar a inocentes puede ser beneficioso; puede ser una forma de idealismo moral, un acto de nobleza, una virtud que conduce al logro de un valor.

Si un valor, como sostiene el intrinsicismo, es independiente de cualquier objetivo o evaluación humana, entonces es independiente del conocimiento humano. Si es así, entonces uno puede forzar «el bien» sobre un hombre y de esa forma beneficiarlo. Por decirlo de otra forma: si virtud es obediencia a mandamientos, entonces es correcto imponer tal obediencia; los procesos mentales de las víctimas son irrelevantes. «A ellos no les corresponde preguntarse por qué; sólo hacer y morir». El subjetivismo conduce a la misma conclusión por una vía diferente. Si valor es el producto de una evaluación humana arbitraria, entonces, de nuevo, valor es independiente de conocimiento. En esta versión, no existe el conocimiento, sea de hecho o de valor; así que cualquiera está justificado en hacerles tragar a la fuerza a otros cualquier objeto que él considere «bueno»; el objeto en ese caso es bueno, por cortesía no del deseo de Dios, sino del deseo del forzador.

En ambos casos, la esencia moral es la misma. Ya sea en nombre de la auto-abnegación y/o de la «auto-afirmación», el valor queda divorciado de la mente, y por lo tanto se considera que puede ser obtenido, no por medio de la razón, sino por medio de la brutalidad.

Como regla general, cuando los defensores de este credo ven sus consecuencias en la práctica, ni siquiera se inmutan. La aplicación práctica nunca había sido su motivo. Las consecuencias, dice el intrinsicista encogiéndose de hombros, son irrelevantes para la ética; las consecuencias, dice el subjetivista encogiéndose de hombros, son lo que yo quiera que sean. De ahí los defensores académicos del fascismo y el comunismo, que vieron los cadáveres amontonándose por todos los continentes, y aún así permanecieron impasibles. Las matanzas, dijeron, reflejan los impresionantes «imperativos de la historia»; y, de cualquier forma, dijeron, nosotros sentimos que el Partido tiene razón.

El argumento más popular a favor de la iniciación de la fuerza, el que es ofrecido rutinariamente tanto por intrinsicistas como por subjetivistas, declara que la fuerza es necesaria porque los hombres no hacen caso a la razón. Eso equivale a afirmar que la brutalidad es el antídoto de la irracionalidad. Equivale a decirle a una persona: «Voy a hundirte los sesos para ayudarte a usarlos”.

Si los hombres son irracionales (la mayoría son menos irracionales que los intelectuales que les atacan), la causa es las ideas que dominan al mundo; las ideas, y el estatismo destructor de mentes que ellas promueven. La solución no es la fuerza, sino su opuesto: una teoría, y luego un país, de la razón.

Si por arte de magia los hombres pudiesen abolir un único vicio y seleccionasen el iniciar la fuerza, eso no convertiría a todo el mundo en moral, o impediría todas las injusticias. Pero transformaría al mundo. Supondría el fin del crimen, de la esclavitud, la guerra, la dictadura. Significaría la Utopía sobre la que la gente tan a menudo fantasea o al menos sobre la que hace discursos: el reino de la paz y la dignidad humana.

El vicio, sin embargo, es un efecto, y ese efecto no puede ser acabado por arte de magia, sino sólo erradicando su causa. De la misma forma como la maldad (incluyendo la brutalidad) a escala mundial procede de un cierto tipo de filosofía, así también el bien en esa misma escala procederá sólo de la filosofía opuesta.

Para abolir el vicio, hay que establecer la virtud. Para establecer la virtud, hay que consagrar el pensamiento. Para consagrar al pensamiento, hay que identificar su relación con la realidad.

Nada menos que eso extirpará la podredumbre que ha estado extendiéndose durante décadas, desde el corazón de la civilización hasta sus extremos más lejanos.

Nada menos que eso impedirá la caída, no de Roma esta vez, sino de Nueva York.

Los principios de ética, como los de epistemología, son objetivos. Las virtudes y los valores, por lo tanto, así como los conceptos, incluyen un elemento de lo opcional. En el campo del pensamiento, uno debe escoger inglés, francés o algún otro idioma de entre un abanico de posibilidades, todos ellos respetando las reglas de conceptualización. De forma parecida, en el campo de la acción, uno debe elegir un curso de conducta entre un abanico de posibilidades que respeten las reglas de la moralidad.

Por ejemplo, la moralidad sostiene la virtud de la productividad. Pero ¿debe uno ser médico, artista, filósofo, o empresario? Cada individuo tiene que responder por sí mismo, teniendo en cuenta su propio contexto: sus intereses, necesidades, oportunidades. Eso no significa que la decisión sea arbitraria. Es malo hacerse ladrón de bancos (o incluso ascensorista, si uno tiene la mente y las posibilidades de hacer más que eso). Pero la decisión tampoco está grabada en alguna piedra moral («No matarás, no levantarás falso testimonio, Juan será electricista, etc.»). Un principio moral, como cualquier otro, es una abstracción, no un capricho o una orden. Debe ser comprendido por medio de la razón, y luego aplicado a una situación particular a través de un proceso que reconoce el hecho de que hay opciones para elegir.

La riqueza, por poner otro ejemplo, es un valor moral. Pero eso no implica ningún tipo de imperativo categórico, como: «Acumula tanto dinero como sea posible», o «Cuanto más rico seas, más virtuoso eres». Un individuo concreto puede decidir, y puede tener sus razones, buscar una línea de trabajo con la que gane poco dinero. Es una cuestión opcional, siempre y cuando el individuo tenga una buena razón para ello; la razón podría ser el hecho de que, dados sus intereses, ese trabajo le ofrece el máximo alcance para el uso creativo de su mente. Él no puede moralmente, sin embargo, renunciar a una carrera lucrativa porque es perezoso, o porque teme provocar los celos de sus amigos, o porque quiere alardear de su falta de opulencia ante Francisco de Asís o John Kenneth de Cambridge.

Lo anterior se aplica de alguna forma a todos los valores y virtudes morales, tengan que ver con carrera, amor o diversión. Una moral correcta no es ni un cheque en blanco ni una camisa de fuerza. Sigue quedando mucho espacio para que hagas lo que decidas hacer con tu vida.

Sigue quedando mucho espacio para que seas un individuo: si lo que quieres ser es un individuo racional.

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 8 [8-7]

66.See ibid., pp. 949-50; The Virtue of Selfishness,»The Objectivist Ethics,» pp. 32-33.
67.Capitalism: The Unknown Ideal,»What Is Capitalism?» p. 17.
68.Atlas Shrugged, p. 949.
69. Ibid.
70. Ibid.
71.Ibid., p. 390.
72.Capitalism: The Unknown Ideal,»What Is Capitalism?» p. 23.
73.See The Virtue of Selfishness,»The Nature of Government,» p. 111.
74.Atlas Shrugged, p. 950.
75.See Capitalism: The Unknown Ideal,»What Is Capitalism?» pp. 22-23.

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Mientras que los comunistas afirman que ellos son los representantes de la razón y de la ciencia, los “conservadores” lo admiten y se refugian en el reino del misticismo, de la fe, de lo sobrenatural, en otro mundo, entregándole este mundo al comunismo. Es el tipo de victoria que la ideología irracional de los comunistas nunca podría haber conseguido por sus propios méritos.

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