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Más papista que el Papa

Cuando me enteré que el Papa había muerto, solté una carcajada.

Eso fue en 1978, y el Papa era Juan Pablo I. No, la muerte no es algo gracioso, y la de un desconocido no puede producir emoción alguna. Pero este no era un hombre cualquiera: era el infalible líder de millones de personas a quienes les dice qué tienen que pensar y cómo tienen que actuar. Había sido elegido por el Colegio cardenalicio, por los 120 hombres más santos e iluminados del planeta — iluminados por el mismísimo Espíritu Santo — con toda la pompa de la ocasión, con el encierro en la Capilla Sixtina, el voto secreto, el humo negro o blanco . . . y va y se nos muere 33 días después de ser elegido. Bueno, algo debe haber fallado en el proceso, tanto trabajo para nada . . . (y algunos sospechan que fue asesinado).

Cuando me enteré que el Papa se había retirado, solté una carcajada.

Eso fue hace unos días, y el Papa era Benedicto XVI. No, no es que retirarse tenga nada de gracioso; puede ser incluso algo muy serio cuando dictadores como Fidel Castro o Hugo Chávez se aferran al poder desde sus camas en el hospital. Pero quien ha decidido marcharse es nada menos que el Vicario de Cristo en la Tierra, el último de 265 santos hombres elegidos por Dios, el último sucesor de San Pedro, la piedra «sobre la cual edificaré mi Iglesia».

Y un buen día, de pronto, así, sin avisar, esa piedra anuncia que se larga, abandona, se convierte en polvo.

Para los creyentes de siempre esa decisión es, por definición, la única válida y la única posible: «¡Qué valentía…! ¡Qué gran espiritualidad ha demostrado el Santo Padre…!» Pero para quienes no evaden la realidad de forma tan burda suena más a un capricho de Forrest Gump: «Estoy cansado . . . Me voy a casa ahora.»

Es normal que llegue un momento en el que una persona mayor sienta que no puede más con su trabajo y su responsabilidad, pero Benedicto XVI no es una persona normal. Es el Papa, el principal punto de contacto entre el mundo terrenal y el espiritual, la única persona que tiene línea directa con Dios, el único ser humano que desayuna todos los días con el Espíritu Santo. Aunque de manera inconsciente, lo que a la gente le preocupa es de pronto darse cuenta que, bueno, supuestamente tienes un jefe que resucita a los muertos pero que no es capaz de darte un mínimo de energía para que hagas tu «trabajo». (Algunos piensan que hay otras razones para esta renuncia; si las hay, puede que un día las conozcamos o puede que no.)

¿Será esta la piedra de toque para que miles de personas se den cuenta que A es A, que no hay elegidos ni milagros, que la realidad es lo único que existe, y que nadie, ni siquiera quien alega tener contacto con un mundo sobrenatural, puede evadir ese hecho? No, pensamos que no. La inercia del misticismo es enorme, y esta renuncia no será lo que acabe con la religión. Pero otros imperios poderosos — como el Imperio Romano o la Unión Soviética — han caído por causa de sus propias contradicciones internas,  y un día le llegará la hora a la Iglesia Católica. Esta renuncia inédita es sólo un paso más en la dirección correcta, algo que puede abrirles los ojos a muchos fieles, por lo menos a los que de verdad quieren ver.

Juan Pablo II, el popular predecesor de este Papa, estaba acabado física y mentalmente pero nunca abandonó. Por lo menos fue consistente con los ideales católicos de altruismo y sacrificio: murió con las botas puestas. Benedicto XVI, el teólogo profesional, o sea, alguien que ha dedicado su vida a estudiar lo que no existe, el mismo que anunció hace un par de meses que ahora está en Twitter (!), se ha cansado de conducir el rebaño y se va a vivir a un convento de lujo; ahí os quedáis, arreglároslas como podáis, el que venga atrás que arree.

Vaya ejemplo. Para ser el representante de Dios en la Tierra, aquí algo huele mal. No nos imaginamos al fundador de la Iglesia — al héroe, al ejemplo, al modelo de conducta, al propio Jesús de Nazareth — parando a medio camino y diciendo: «¿Sabéis qué? He cambiado de opinión. He pensado que ya no tengo fuerzas para seguir con esto. Ahí tenéis la cruz, adiós.» Incluso, según los evangelios, una vez crucificado llegó a tener dudas y a querer abandonar («…aparta de mí este cáliz…»), y no le sirvió de nada. Su Padre le dijo que nanay, que tenía que ir hasta el fin. Pero por lo visto no le ha dicho nada parecido a Joseph Aloisius Ratzinger, o a éste no le llegó el mensaje.

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Por Terry Greenwood

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Alfonso
Alfonso

La religión si tiene influencia en España. véase las multitudes de jóvenes que atestaron Madrid con motivo de las Jornadas de la juventud. En la iglesia de mi barrio acuden muchos fieles a la misa dominical. Respecto a la abdicación… Leer más »

Marcos

Eso es lo que tiene la irracionalidad. Puedes encontrarle miles de ironías, algunas de ellas muy graciosas. Mejor reírse de la maldad, por otro lado.

Ayn Rand

Para decir “Yo te quiero”, primero uno tiene que saber cómo decir el “Yo”.

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