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Serenidad y valor — por Ayn Rand

«Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar, y sabiduría para entender la diferencia».

Esa extraordinaria declaración se le atribuye a un teólogo con cuyas ideas disiento en todos los aspectos fundamentales: Reinhold Niebuhr. Pero —ignorando la forma de plegaria, o sea, la implicación de que los estados mentales y emocionales de uno son un regalo de Dios— la declaración es profundamente cierta, como resumen y como guía: nombra la actitud mental que un hombre racional debe tratar de lograr. La declaración es muy bella en su elocuente simplicidad; pero lograr esa actitud tiene que ver con los temas morales y metafísicos más profundos de la filosofía.

La serenidad proviene de la capacidad para decir «sí» a la existencia.

Me sorprendí al enterarme de que esa declaración ha sido adoptada como una plegaria por Alcohólicos Anónimos, que no es exactamente una organización filosófica. En vista del hecho de que las teorías socio-psicológicas de hoy enfatizan las necesidades y frustraciones emocionales, no las intelectuales, como siendo la causa del sufrimiento humano (por ejemplo, la falta de «amor»), es impresionante que esa organización haya descubierto que tal plegaria es relevante para los problemas de los alcohólicos, que el sufrimiento que produce la confusión sobre esos temas tiene consecuencias devastadoras y es uno de los factores que impulsan a los hombres a beber, o sea, a buscar un escape de la realidad. Es simplemente un ejemplo más de la forma en que la filosofía rige las vidas de personas que nunca han oído hablar de ella ni les ha importado.

La mayoría de las personas pasan sus vidas rebelándose inútilmente contra cosas que no pueden cambiar, resignándose pasivamente ante cosas que sí pueden cambiar, y —sin tratar jamás de entender la diferencia— sintiendo una culpa crónica y una falta de confianza en sí mismas por ambas.

Observa qué premisas filosóficas están implícitas en ese consejo y son requeridas para intentar seguirlo. Si hay cosas que un hombre puede cambiar, eso significa que él posee la capacidad de decidir, o sea, la facultad de la volición. Si no la posee, entonces él no puede cambiar nada, incluyendo sus propias acciones y sus propios atributos, como el valor o la falta de valor. Si hay cosas que el hombre no puede cambiar, eso significa que hay cosas que no pueden ser afectadas por sus acciones y que no están abiertas a su decisión. Eso conduce al tema metafísico básico que se encuentra en la raíz de todos los sistemas de filosofía: la primacía de la existencia o la primacía de la consciencia.

La primacía de la existencia (de la realidad) es el axioma de que la existencia existe, o sea, de que el universo existe independientemente de la consciencia (de cualquier consciencia), de que las cosas son lo que son y poseen una naturaleza específica, una identidad. El corolario epistemológico es el axioma de que la consciencia es la facultad de percibir lo que existe, y que el hombre adquiere el conocimiento de la realidad mirando hacia fuera. Rechazar esos axiomas representa una inversión: la primacía de la consciencia, la noción de que el universo no tiene una existencia independiente, que es el producto de una consciencia (ya sea humana, divina, o las dos). El corolario epistemológico es la noción de que el hombre adquiere un conocimiento de la realidad mirando hacia dentro (o a su propia consciencia, o a las revelaciones que recibe de otra consciencia superior).

La fuente de esa inversión es no poder o no querer captar plenamente la diferencia entre el estado interior de uno y el mundo exterior, o sea, entre el percibidor y lo percibido (mezclando así consciencia y existencia en un indeterminado «paquete-gato-por-liebre»). [Usar un «paquete-gato-por-liebre» es la falacia de no distinguir diferencias cruciales. Consiste en considerar como una unidad, como partes de una única totalidad conceptual (un único «paquete»), elementos que difieren esencialmente en su naturaleza, validez, importancia o valor]. Esa crucial diferencia no le es dada al hombre automáticamente; tiene que ser aprendida. Está implícita en cualquier acto de darse cuenta, pero tiene que ser captada conceptualmente y mantenida como un absoluto. Hasta donde puede observarse, los niños y los salvajes no la captan (pueden, tal vez, vislumbrarla remotamente). Muy pocos hombres deciden jamás captar esa noción y aceptarla totalmente. La mayoría de ellos van oscilando de un lado a otro, implícitamente reconociendo la primacía de la existencia en algunos casos y negándola en otros, adoptando un tipo de agnosticismo epistemológico fortuito, práctico, sea por ignorancia o intencionadamente, el resultado del cual es la contracción del alcance intelectual de esos hombres, o sea, de su capacidad para lidiar con abstracciones. Y aunque pocas personas hoy en día creen que el canto de conjuros místicos traerá lluvia, la mayoría de la gente todavía considera válido un argumento como: «Si Dios no existe, ¿quién creó el universo?».

El valor proviene de la capacidad para decir «no» a las malas decisiones tomadas por otros.

Captar el axioma de que la existencia existe significa captar el hecho de que la naturaleza, o sea, el universo como un todo, no puede ser creado o aniquilado, que el universo no puede entrar en la existencia o salir de ella. Da igual que sus elementos constitutivos básicos sean átomos, o partículas subatómicas, o algunas formas de energía que aún no han sido descubiertas: el universo no está regulado por una consciencia o por una voluntad o por el azar, sino por la ley de identidad. Todos los movimientos, todas las innumerables formas, combinaciones y disoluciones de elementos dentro del universo —desde una mota de polvo flotando, hasta la formación de una galaxia, hasta el surgimiento de la vida— están causados y determinados por las identidades de los elementos involucrados. La naturaleza es lo metafísicamente dado: o sea, la naturaleza de la naturaleza está fuera del poder de cualquier voluntad.

La volición (es decir, la voluntad) del hombre es un atributo de su consciencia (de su facultad racional) y consiste en la decisión de percibir la existencia o de evadirla. Percibir la existencia, descubrir las características o las propiedades (las identidades) de las cosas que existen, significa descubrir y aceptar lo metafísicamente dado. Sólo en base a ese conocimiento es el hombre capaz de aprender cómo las cosas dadas en la naturaleza pueden ser reorganizadas para satisfacer sus necesidades (y reorganizarlas es su método de supervivencia).

El poder de reorganizar las combinaciones de elementos naturales es el único poder creativo que el hombre posee. Es un enorme y glorioso poder, y es el único significado del concepto «creativo». «Crear» no significa (y metafísicamente no puede significar) el poder de traer algo a la existencia a partir de la nada. «Crear» significa el poder de traer a la existencia una composición (o una combinación o una integración) de elementos naturales que no había existido antes. (Eso es cierto para cualquier producto humano, científico o estético: la imaginación del hombre no es más que la capacidad de reordenar las cosas que ha observado en la realidad). La mejor y la más breve identificación del poder del hombre con relación a la naturaleza es la que expresó así Francis Bacon: «La naturaleza, para ser comandada, ha de ser obedecida». En ese contexto, «ser comandada» significa hacer que sirva para los fines del hombre; «ser obedecida» significa que esos fines no pueden ser servidos a menos que el hombre descubra las propiedades de los elementos naturales y los use en consecuencia.

Por ejemplo, hace doscientos años los hombres habrían dicho que era imposible oír una voz humana a una distancia de 385.000 kilómetros. Es tan imposible hoy como lo era entonces. Pero si podemos oír la voz de un astronauta desde la Luna, es por medio de la ciencia de la electrónica, que descubrió ciertos fenómenos naturales y permitió que los hombres construyesen el tipo de equipo que recoge las vibraciones de esa voz, las transmite, y las reproduce en la Tierra. Sin ese conocimiento y sin esos instrumentos, siglos de desear, de rezar, de gritar y de patalear no harían que la voz de un hombre se pudiera oír a una distancia de diez kilómetros.

Hoy día, todo eso es (implícitamente) comprendido y más o menos aceptado en lo que respecta a las ciencias físicas (de ahí su progreso). Pero no es ni entendido ni aceptado —y es, de hecho, negado a voces— en lo que respecta a las humanidades, a las ciencias que tratan del hombre (y de ahí su estancado barbarismo). Casi de forma unánime, el hombre es considerado un fenómeno anormal: o bien como una entidad sobrenatural, cuyo atributo místico (divino), la mente («el alma»), está por encima de la naturaleza, o bien como una entidad infranatural, cuyo atributo místico (demoníaco), la mente, es un enemigo de la naturaleza («la ecología»). El objetivo de todas esas teorías es excluir al hombre de la ley de identidad.

Pero el hombre existe, y su mente existe. Ambos son parte de la naturaleza, ambos poseen una identidad específica. El atributo de la volición no contradice el hecho de la identidad, así como la existencia de organismos vivos tampoco contradice la existencia de la materia inanimada. Los organismos vivos poseen el poder del movimiento autoiniciado, el cual la materia inanimada no posee; la consciencia del hombre posee el poder del movimiento autoiniciado en el área de la cognición (del pensamiento), que las consciencias de otras especies vivas no poseen. Pero así como los animales pueden moverse sólo de acuerdo con la naturaleza de sus cuerpos, así también el hombre puede iniciar y dirigir su acción mental sólo de acuerdo con la naturaleza (la identidad) de su consciencia. Su volición está limitada a sus procesos cognitivos; él tiene el poder de identificar (y de concebir cómo reorganizar) los elementos de la realidad, pero no tiene el poder de alterarlos. Él tiene el poder de usar su facultad cognitiva como su naturaleza requiere, pero no el poder de alterarla o de librarse de las consecuencias de su mal uso. Él tiene el poder de suspender, de evadir, de corromper o de subvertir su percepción de la realidad, pero no el poder de librarse de los desastres existenciales y psicológicos subsiguientes. (El buen uso o el mal uso de su facultad cognitiva determina la elección de los valores de un hombre, y esos valores a su vez determinan las emociones y el carácter de ese hombre. Es en ese sentido en el que el hombre es un ser que crea su propia alma).

La facultad de volición del hombre, como tal, no es una contradicción de la naturaleza, sino que abre la puerta a una gran cantidad de contradicciones, cuando y si los hombres no captan la diferencia crucial entre lo metafísicamente dado y cualquier objeto, institución, método o regla de conducta hecha por el hombre.

Es lo metafísicamente dado lo que debe ser aceptado: no puede ser cambiado. Es lo hecho por el hombre lo que nunca debe ser aceptado acríticamente: eso debe ser juzgado, y luego aceptado, o rechazado y cambiado si es necesario. El hombre no es omnisciente ni infalible: él puede cometer errores inocentes por falta de conocimiento…, o puede mentir, engañar y falsear. Lo hecho por el hombre puede ser un producto del genio, de la capacidad de percepción, de la ingeniosidad…, o puede ser un producto de la estupidez, del engaño, de la malicia, de la maldad. Un hombre puede tener razón y todo el resto de la gente puede estar equivocada, o viceversa (o cualquier división numérica entre esos extremos). La naturaleza no le da al hombre ninguna garantía automática de que sus juicios sean verdaderos (y ese es un hecho metafísicamente dado, el cual debe ser aceptado). ¿Quién, entonces, ha de juzgar? Cada hombre, con toda la capacidad y la honradez de que sea capaz. ¿Cuál es su estándar para juzgar? Lo metafísicamente dado.

Lo metafísicamente dado no puede ser ni verdadero ni falso, simplemente es; y el hombre determina la verdad o la falsedad de sus juicios según se correspondan a los hechos de la realidad o la contradigan. Lo metafísicamente dado no puede ser correcto o incorrecto: es el estándar de lo correcto y lo incorrecto, un estándar por el cual un hombre juzga sus metas, sus valores, sus elecciones. Lo metafísicamente dado es, fue, será, y tuvo que ser. Nada hecho por el hombre tuvo que ser: fue hecho por elección.

La serenidad proviene de la capacidad para decir «sí» a la existencia. Rebelarse contra lo metafísicamente dado es embarcarse en un intento inútil por negar la existencia. Aceptar que lo hecho por el hombre no puede ser cuestionado es embarcarse en un intento exitoso por negar la propia consciencia de uno. El valor proviene de la capacidad para decir «no» a las malas decisiones tomadas por otros.

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Fuentes:

Filosofía: quién la necesita — capítulo 3

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Ayn Rand

*Dios* no es un concepto. A lo sumo podría decirse que es un concepto en el sentido en que un dramaturgo utiliza conceptos para crear personajes. Es un aislamiento [mental] de unas características reales del hombre, mezcladas con la proyección de características imposibles e irracionales que no existen en la realidad, tales como “omnipotencia” y “omnisciencia”.

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