La virtud del egoísmo. Introducción – por Ayn Rand

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Ensayo publicado en
La virtud del egoísmo
— por Ayn Rand

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«La ética no es una fantasía mística, ni una convención social, ni un lujo subjetivo y superfluo. La ética es una necesidad objetiva de la supervivencia del hombre, no por la gracia de lo sobrenatural, ni de tus vecinos ni de tus caprichos, sino por la gracia de la realidad y de la naturaleza de la vida».

«La ética Objetivista orgullosamente proclama y defiende el egoísmo racional, lo que significa: los valores requeridos para la supervivencia del hombre como hombre, lo que significa: los valores requeridos para la supervivencia humana, no los valores producidos por los deseos, las emociones, los caprichos o las necesidades de brutos irracionales que nunca han superado la práctica primitiva de sacrificios humanos».

Desde su publicación inicial, las obras de Ayn Rand han tenido un gran impacto en la escena intelectual. Su nueva moralidad —la ética del propio interés racional— desafía las modas altruistas y colectivistas de nuestros días. Conocida como Objetivismo, su excepcional filosofía es el tema subyacente de sus famosas novelas. [Nota del editor]

*  *  *

El título de este libro puede suscitar el tipo de pregunta que me llega de vez en cuando: «¿Por qué usa usted la palabra “egoísmo” para denotar cualidades virtuosas de carácter, cuando esa palabra antagoniza a tantas personas para quienes no significa las cosas que usted le atribuye?».

A quienes lo preguntan, mi respuesta es: «Por la misma razón que hace que tengáis miedo de ella».

Hay otras personas que no harían esa pregunta, presintiendo la cobardía moral que implica, pero que, sin embargo, son incapaces de formular mi verdadera razón para hacerlo, o de identificar la profunda cuestión moral que implica. Es a ellas a quienes les daré una respuesta más explícita.

No es una mera cuestión semántica, ni es cuestión de una decisión arbitraria. El significado atribuido en el uso popular a la palabra «egoísmo» no es simplemente erróneo: representa un devastador «paquete-oferta» intelectual que es responsable, más que cualquier otro factor, por la paralización del desarrollo moral de la humanidad.

En su uso popular, la palabra «egoísmo» es sinónimo de maldad; la imagen que evoca es la de un bruto sanguinario pisoteando a montones de cadáveres para lograr sus propios fines, alguien que no se preocupa por ningún ser viviente y que sólo persigue la satisfacción de sus caprichos insensatos en cualquier momento presente.

Sin embargo, el significado exacto y la definición del diccionario de la palabra «egoísmo» es: preocupación por los propios intereses de uno.

Ese concepto no incluye una evaluación moral; no nos dice si la preocupación por los propios intereses de uno es buena o mala; ni tampoco nos dice en qué consisten los intereses reales de un hombre. Es la tarea de la ética responder a esas preguntas.

La ética del altruismo ha creado la imagen del bruto, como su respuesta, para poder hacer que los hombres acepten dos premisas inhumanas: a) que cualquier preocupación por los propios intereses de uno es malvada, independientemente de cuáles puedan ser esos intereses; y b) que las actividades del bruto son, de hecho, en su propio interés (al que el altruismo le ordena al hombre renunciar, en beneficio de sus prójimos).

Para tener una visión de la naturaleza del altruismo, de sus consecuencias, y de la enormidad de la corrupción moral que representa, referiré al lector a La rebelión de Atlas (Atlas Shrugged), o a cualquiera de los titulares de los periódicos actuales. De lo que estamos hablando aquí es de lo que omite el altruismo en el terreno de la teoría ética.

Hay dos cuestiones morales que el altruismo agrupa en un solo «paquete-oferta»: (1) ¿Qué son valores? (2) ¿Quién debe ser el beneficiario de los valores? El altruismo hace que la segunda cuestión sustituya a la primera: evade la tarea de definir un código de valores morales, dejando así al hombre, de hecho, sin ninguna guía moral.

El altruismo declara que cualquier acción realizada en beneficio de otros es buena, y que cualquier acción realizada en beneficio de uno mismo es mala. Así que el beneficiario de una acción es el único criterio de valor moral…, y, mientras el beneficiario sea cualquiera excepto uno mismo, todo vale.

De ahí la inmoralidad espantosa, la injusticia crónica, los grotescos estándares dobles, los conflictos y las contradicciones insolubles que han caracterizado a las relaciones humanas y a las sociedades humanas a lo largo de la historia, bajo todas las variantes de la ética altruista.

Observa la absurda indecencia de lo que se consideran juicios morales hoy día. Un empresario que produce una fortuna y un gángster que roba un banco son considerados igualmente inmorales, puesto que ambos están buscando enriquecerse para su propio beneficio «egoísta». Un joven que abandona su carrera para poder mantener a sus padres y nunca pasa del nivel de un empleado en una tienda es considerado moralmente superior al joven que aguanta terribles dificultades y logra su ambición personal. Un dictador es considerado moral, puesto que las abominables atrocidades que cometió tenían por objeto beneficiar al «pueblo», no a él mismo.

Observa lo que este criterio de moralidad basado en el beneficiario hace con la vida de un hombre. La primera cosa que él aprende es que la moralidad es su enemigo: él no tiene nada que ganar de ella, sólo puede perder; lo único que puede esperar de ella es un perjuicio autoinfligido, un daño autoinfligido, y el palio gris y debilitador de un deber incomprensible. Él puede esperar que otros, ocasionalmente, lleguen a sacrificarse por él, igual que él se sacrifica de mala gana por ellos, pero sabe que esa relación no producirá nada más que resentimiento mutuo, no placer; y que, moralmente, la búsqueda de valores que ellos realicen será como un intercambio de regalos navideños, ni elegidos ni deseados, que ninguno de ellos está moralmente autorizado a comprar para él mismo. Aparte de los momentos en los que consigue realizar algún acto de autosacrificio, él no tiene ningún significado moral: la moralidad no lo tiene en cuenta a él, y no tiene nada que decirle en cuanto a guiarlo en los asuntos cruciales de su vida; porque es sólo su propia vida, su vida personal, privada, «egoísta», y, como tal, es considerada o malvada o, en el mejor de los casos, amoral.

Dado que la naturaleza no le proporciona al hombre una forma automática de supervivencia, dado que él tiene que mantener su vida por su propio esfuerzo, la doctrina que dice que preocuparse por el propio interés de uno es malvado significa que el deseo del hombre de vivir es malvado: que la vida humana, como tal, es malvada. Ninguna doctrina podría ser más malvada que esa.

Sin embargo, ése es el significado del altruismo, implícito en ejemplos tales como equiparar a un empresario con un ladrón. Hay una diferencia moral fundamental entre el hombre que encuentra su interés personal en producir, y un hombre que lo encuentra en robar. La maldad de un ladrón no está en el hecho de que él esté persiguiendo su interés personal, sino en qué es lo que él considera su interés personaSl; no en el hecho de que él esté persiguiendo sus valores, sino en qué es lo que él ha decidido valorar; no en el hecho de que él quiera vivir, sino en el hecho de que quiere vivir a un nivel subhumano (ver «La ética Objetivista»).

Si es verdad que lo que yo quiero decir con «egoísmo» no es lo que se entiende convencionalmente, entonces esa es una de las peores críticas contra el altruismo: significa que el altruismo no permite ningún concepto de un hombre que se respete a sí mismo, que se sustente a sí mismo, de un hombre que mantenga su vida por su propio esfuerzo, y que ni se sacrifique por otros ni sacrifique a otros por él. Significa que el altruismo no permite ninguna concepción de los hombres excepto la de animales sacrificables o la de acaparadores de sacrificios ajenos, la de víctimas y parásitos; que no permite ningún concepto de una coexistencia benevolente entre los hombres, que no permite el concepto de justicia.

Si te preguntas por las razones que hay detrás de la fea mezcla de cinismo y de culpa en la que la mayoría de los hombres pasan sus vidas, estas son las razones: cinismo, porque ellos ni practican ni aceptan la moralidad altruista; culpa, porque no se atreven a rechazarla.

Para rebelarse contra una maldad tan devastadora, uno tiene que rebelarse contra su premisa básica. Para rescatar tanto al hombre como a la moralidad, es el concepto de «egoísmo» lo que uno tiene que rescatar.

El primer paso es afirmar el derecho del hombre a una existencia moral; o sea: reconocer su necesidad de un código moral que guíe el curso y la realización de su propia vida.

Para ver un breve esquema de la naturaleza y la validación de una moralidad racional, podéis ver el ensayo «La ética Objetivista», que sigue en este libro. Las razones por las cuales el hombre necesita un código moral te enseñarán que el objetivo de la moralidad es definir los valores y los intereses apropiados para el hombre, que la preocupación por sus propios intereses es la esencia de una existencia moral, y que el hombre debe ser el beneficiario de sus propias acciones morales.

Dado que todos los valores han de ser obtenidos y/o mantenidos por las acciones de los hombres, cualquier brecha entre el que actúa (el actor) y el beneficiario requiere una injusticia: el sacrificio de algunos hombres a otros, de los actores a los no-actores, de los morales a los inmorales. Nada puede jamás justificar tal brecha, y nadie la ha justificado jamás.

Decidir quién es el beneficiario de los valores morales es meramente una cuestión preliminar o introductoria en el campo de la moralidad. No es un sustituto de la moralidad, ni un criterio para juzgar el valor moral de la acción, que es en lo que el altruismo la ha convertido. Tampoco es una premisa moral: tiene que ser derivada de las premisas fundamentales de un sistema moral, y validada por ellas.

La ética Objetivista afirma que el actor debe ser siempre el beneficiario de su acción, y que el hombre debe actuar por su propio interés racional. Pero su derecho a hacerlo deriva de su naturaleza como hombre, y de la función de los valores morales en la vida humana; y, por lo tanto, es aplicable solamente en el contexto de un código racional de principios morales, un código demostrado y validado objetivamente, con principios que definan y determinen su verdadero interés personal. No es una licencia a «hacer lo que a uno le dé la gana», y no se aplica a la imagen altruista del bruto «egoísta», ni a ningún hombre motivado por emociones, sentimientos, impulsos, deseos o caprichos irracionales.

Eso queda dicho como advertencia contra los «egoístas nietzscheanos», quienes, de hecho, son un producto de la moralidad altruista y representan la otra cara de la moneda altruista: los hombres que creen que cualquier acción, independientemente de su naturaleza, es buena si su intención es el propio beneficio de uno. Así como la satisfacción de los deseos irracionales de los demás no es un criterio de valor moral, tampoco lo es la satisfacción de los propios deseos irracionales de uno. La moralidad no es una contienda de caprichos (ver los ensayos «Individualismo falsificado» y «¿No es todo el mundo egoísta?» en este libro).

Un tipo parecido de error es el que comete el hombre que declara que, ya que el hombre debe ser guiado por su propio juicio independiente, cualquier acción que él decida realizar es moral si él la decide. El propio juicio independiente de uno es el medio por el cual uno debe decidir sus propias acciones, pero no es un criterio moral ni tampoco una validación moral: sólo la referencia a un principio demostrable puede validar las decisiones de uno.

Así como el hombre no puede sobrevivir por cualquier medio al azar, sino que debe descubrir y practicar los principios que su supervivencia requiere, así tampoco puede el interés personal del ser humano estar determinado por deseos ciegos o caprichos arbitrarios, sino que debe ser descubierto y logrado mediante la guía de principios racionales. Esa es la razón por la cual la ética Objetivista es una moralidad de interés propio racional…, o de egoísmo racional.

Puesto que egoísmo es «preocupación por el propio interés de uno», la ética Objetivista usa ese concepto en su sentido más puro y exacto. No es un concepto que uno pueda cederles a los enemigos del hombre, ni a los equívocos irreflexivos, a las distorsiones, a los prejuicios y a los miedos de los ignorantes y los irracionales. El ataque contra el «egoísmo» es un ataque contra la autoestima del hombre; capitular a uno es capitular a la otra.

Ahora añado unas palabras sobre el material contenido en este libro. Con la excepción del escrito sobre ética, es una colección de ensayos que han aparecido en The Objectivist Newsletter, una revista mensual de ideas editada y publicada por Nathaniel Branden y por mí. El Newsletter trata de la aplicación de la filosofía de Objetivismo a las cuestiones y a los problemas de la cultura actual; más concretamente, al nivel intermedio de preocupación intelectual que se encuentra entre las abstracciones filosóficas y los hechos concretos, periodísticos, de la existencia diaria. Su objetivo es proporcionar a los lectores un marco de referencia filosófico coherente.

Esta colección no es un tratado sistemático de ética, sino una serie de ensayos sobre algunos temas éticos que necesitaban ser aclarados, en el contexto actual, o que han sido especialmente enmarañados por la influencia del altruismo. Puedes observar que los títulos de algunos ensayos están en forma de pregunta. Son los que vienen de nuestro «Departamento de munición intelectual», que responde a preguntas formuladas por nuestros lectores.

—Ayn Rand

Nueva York, septiembre de 1964

P.S. Nathaniel Branden ya no está asociado conmigo, con Objetivismo, o con The Objectivist (antes llamado The Objectivist Newsletter).

Nueva York, noviembre de 1970

—A. R.

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Publicado por: julio 5, 2019 8:00 am

1 Comentario

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One Reply to “La virtud del egoísmo. Introducción – por Ayn Rand”

  • Manfred F. Schieder says:

    Oh, oh! Qué sorpresa: Usan la imagen de la tapa de la internacionalmente primera traducción de un libro que no es de ficción de Ayn Rand y que traduje yo mismo y publiqué, con un grupo de amigos objetivistas, en la Argentina en 1985. Otras traducciones siguieron luego por otras personas y editoriales, pero esta fue la primera que se hizo mundialmente de un libro de no-ficción de Ayn Rand. Qué alegría ver esta tapa.

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