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¿No es todo el mundo egoísta?

Ensayo publicado en
La virtud del egoísmo
— por Ayn Rand

*  *  *

Alguna variante de esa pregunta es formulada a menudo como objeción a los que defienden una ética de interés personal racional. Por ejemplo, a veces se dice: «Cada uno hace lo que realmente quiere hacer; si no, no lo haría». O: «Nadie realmente se sacrifica jamás. Puesto que cada acción que uno hace queriendo está motivada por algún valor o algún objetivo deseado por el que la hace, uno siempre actúa egoístamente, lo sepa o no».

Para desenredar la confusión intelectual contenida en ese punto de vista, consideremos qué hechos de la realidad dan lugar a la cuestión de egoísmo contra sacrificio, o de egoísmo contra altruismo, y qué es lo que el concepto de «egoísmo» significa e implica.

La cuestión de egoísmo contra sacrificio surge en un contexto ético. La ética es un código de valores para guiar las elecciones y las acciones del hombre, las elecciones y las acciones que determinan el objetivo y el curso de su vida. Al elegir sus acciones y sus objetivos, el hombre enfrenta constantemente alternativas. Para poder elegir (o decidir), él necesita un estándar de valor, un objetivo al que sus acciones deben servir, o al que ellas han de apuntar. «“Valor” presupone una respuesta a la pregunta: ¿Valor para quién y para qué?» (La rebelión de Atlas). ¿Cuál ha de ser la meta o el objetivo de las acciones de un hombre? ¿Quién ha de ser el beneficiario al que van dirigidas sus acciones? ¿Debe un hombre considerar, como su principal objetivo moral, el logro de su propia vida y su felicidad, o debe su principal objetivo moral ser el servir los deseos y las necesidades de otros?

El conflicto entre egoísmo y altruismo está en las respuestas conflictivas a esas preguntas. El egoísmo afirma que el hombre es un fin en sí mismo; el altruismo afirma que el hombre es un medio para los fines de otros. El egoísmo afirma que, moralmente, el beneficiario de una acción debe ser la persona que actúa; el altruismo afirma que, moralmente, el beneficiario de una acción debe ser algún otro, una persona diferente a la que actúa.

Ser egoísta es estar motivado por la preocupación de lo que le interesa a uno mismo. Eso requiere que uno considere qué constituye el interés de uno, y cómo conseguirlo: qué valores y qué objetivos perseguir, qué principios y qué políticas adoptar. Si un hombre no estuviera preocupado por esa cuestión, no podría decirse objetivamente que está preocupado por (o que desea) su propio interés; uno no puede estar preocupado por, ni desear, algo de lo cual no tiene conocimiento.

El egoísmo implica: (a) una jerarquía de valores establecida por el estándar del interés personal de uno, y (b) negarse a sacrificar un valor mayor por un valor menor o por algo sin valor.

Un hombre que es realmente egoísta sabe que sólo la razón puede determinar qué es lo que de hecho favorece su interés personal; sabe que perseguir contradicciones o tratar de actuar desafiando los hechos de la realidad es autodestructivo, y que la autodestrucción no favorece su interés personal. «Pensar favorece el interés personal del hombre; suspender su consciencia, no. Elegir sus objetivos en el contexto total de su conocimiento, de sus valores y de su vida, favorece el interés personal del hombre; actuar por el impulso del momento, sin preocuparse por su contexto a largo plazo, no. Existir como un ser productivo favorece el interés personal del hombre; tratar de existir como un parásito, no. Buscar una vida consonante con su naturaleza favorece el interés personal del hombre; buscar vivir como un animal, no». (Nathaniel Branden, “¿Quién es Ayn Rand?”, Random House, 1962). 

Puesto que un hombre realmente egoísta elige sus objetivos guiándose por la razón —y puesto que los intereses de hombres racionales no chocan entre sí— otros hombres pueden beneficiarse a menudo de sus acciones. Pero el beneficio de esos otros hombres no es ni su objetivo ni su meta principal; su propio beneficio es su principal objetivo, esa es la meta consciente que determina sus acciones.

Para dejar este principio totalmente claro, consideremos un ejemplo extremo de una acción que, de hecho, es egoísta pero que típicamente podría ser llamada un sacrificio: el que un hombre esté dispuesto a morir para salvar la vida de la mujer que ama. ¿En qué sentido sería un hombre así el beneficiario de su acción?

La respuesta se da en La rebelión de Atlas, en la escena en la que [uno de los héroes], sabiendo que está a punto de ser arrestado, le dice a [una heroína]: «Si se huelen remotamente lo que tú y yo somos el uno para el otro, te tendrán en un potro de tortura…, y quiero decir de tortura física, delante de mis ojos y en menos de una semana. No voy a esperar a que eso ocurra. A la primera mención de una amenaza hacia ti, me suicidaré y los detendré allí mismo. . . No tengo que decirte que, si lo hago, no será un acto de autosacrificio. No estoy dispuesto a vivir bajo sus reglas, no estoy dispuesto a obedecerles, y no estoy dispuesto a verte soportar un asesinato interminable. No habrá valores que yo pueda buscar después de eso…, y no estoy dispuesto a existir sin valores». Si un hombre ama a una mujer tanto que no desea sobrevivir a su muerte, si la vida ya no puede ofrecerle nada más a ese precio, entonces su muerte para salvarla no es un sacrificio.

El mismo principio se aplica a un hombre atrapado en una dictadura, quien conscientemente arriesga su vida para alcanzar la libertad. Para llamar a su acto un «sacrificio», uno tendría que asumir que él preferiría vivir como un esclavo. El egoísmo de un hombre que está dispuesto a morir, si es necesario, luchando por su libertad, reside en el hecho de que él no está dispuesto a seguir viviendo en un mundo en el que ya no tiene la capacidad de decidir de acuerdo con su propio juicio, es decir, un mundo en el que unas condiciones humanas de existencia ya no son posibles para él.

El egoísmo o el no-egoísmo de una acción tiene que ser determinado objetivamente: no tiene que ser determinado por las emociones de la persona que actúa. Así como las emociones no son herramientas de conocimiento, tampoco son un estándar en ética.

Obviamente, para poder actuar, uno debe estar llevado por algún motivo personal; uno tiene que «querer», en algún sentido, realizar la acción. La cuestión de si una acción es egoísmo o no es egoísmo depende, no de si uno quiere realizarla o no, sino de por qué uno quiere realizarla. ¿Bajo qué estándar fue elegida esa acción? ¿Qué objetivo quiso alcanzar?

Si un hombre afirmase que él siente que la mejor forma de beneficiar a otros es robándoles y asesinándoles, los hombres no estarían dispuestos a reconocer que sus acciones son altruistas. En base a la misma lógica, y por las mismas razones, si un hombre sigue un curso de ciega auto-destrucción, su emoción de que tiene algo que ganar con eso no hace que sus acciones sean egoístas.

Si, motivada exclusivamente por un sentido de caridad, de compasión, de deber o de altruismo, una persona renuncia a un valor, a un deseo o a un objetivo a cambio del placer, de los deseos o de las necesidades de otra persona a la que ella valora menos que aquello a lo que renuncia…, eso es un acto de autosacrificio. El hecho de que una persona pueda sentir que «quiere» hacer algo no convierte a esa acción en egoísta, ni establece objetivamente que esa persona sea la beneficiaria de su acción.

Supongamos, por ejemplo, que un hijo elige la carrera que él quiere, en base a estándares racionales, pero que luego renuncia a ella para satisfacer a su madre, que prefiere que él haga una carrera diferente, una carrera que tendrá más prestigio ante los ojos de los vecinos. El joven accede al deseo de su madre porque ha aceptado que ese es su deber moral: él cree que su deber de hijo consiste en poner la felicidad de su madre por encima de la suya, aun sabiendo que la demanda de su madre es irracional, y sabiendo que se está condenando a sí mismo a una vida de miseria y frustración. Es absurdo que los defensores de la doctrina que dice que «todo el mundo es egoísta» afirmen que, puesto que el joven está motivado por el deseo de ser «virtuoso» o de evitar la culpa, aquí no hay autosacrificio alguno, y que por lo tanto su acción es realmente egoísta. Lo que se evade aquí es la pregunta de por qué el joven siente y desea como lo hace. Las emociones y los deseos no son primarias irreducibles y sin causa: son el producto de las premisas que uno ha aceptado. El joven «quiere» renunciar a su carrera sólo porque ha aceptado la ética del altruismo; él cree que es inmoral actuar en su propio interés. Ese es el principio que dirige sus acciones.

Los defensores de la doctrina de que «todo el mundo es egoísta» no niegan que, bajo la presión de la ética altruista, los hombres puedan conscientemente actuar contra su felicidad a largo plazo. Ellos meramente afirman que, en un sentido superior e indefinible, esos hombres siguen actuando «egoístamente». Una definición de «egoísmo» que incluye o permite la posibilidad de actuar conscientemente contra la propia felicidad de uno a largo plazo es una contradicción en sí misma.

Sólo el legado del misticismo les permite a los hombres imaginar que sigue teniendo sentido afirmar que uno puede buscar su propia felicidad renunciando a ella.

La falacia básica en el argumento de que «todo el mundo es egoísta» consiste en un equívoco extraordinariamente burdo. Es una trivialidad psicológica —una tautología— decir que toda conducta con un objetivo tiene un motivo. Pero equiparar «conducta motivada» con «conducta egoísta» es ignorar la diferencia que hay entre un hecho de la psicología humana y el fenómeno de la elección ética. Es evadir el problema central de la ética, a saber: ¿qué es lo que motiva al hombre?

Un verdadero egoísmo —es decir, una seria preocupación por descubrir qué está a favor del interés personal de uno, una aceptación de la responsabilidad de lograrlo, el negarse a traicionarlo jamás actuando en base a ciegos caprichos, a estados de ánimo, impulsos o emociones momentáneas, el tener una lealtad intransigente a los juicios, a las convicciones y a los valores de uno— representa un profundo logro moral. Los que afirman que «todo el mundo es egoísta» normalmente quieren que esa afirmación se convierta en una expresión de cinismo y de desprecio. Pero la verdad es que esa afirmación es hacerle a la humanidad un cumplido que no se merece.

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— Ensayo escrito por Nathaniel Branden, con la supervisión y aprobación de Ayn Rand.


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