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Éticas colectivizadas – Ayn Rand

 Ensayo publicado en
La virtud del egoísmo
— por Ayn Rand

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Ciertas preguntas, que uno oye a menudo, no son indagaciones filosóficas, sino confesiones psicológicas. Esto es especialmente cierto en el terreno de la ética. Es principalmente en discusiones sobre ética en las que uno debe verificar sus propias premisas (o recordarlas), y es más, es cuando uno debe aprender a analizar las premisas de su adversario.

Por ejemplo, los Objetivistas oyen a menudo una pregunta como esta: «¿Qué se va a hacer por los pobres o los discapacitados en una sociedad libre?».

La premisa altruista-colectivista implícita en esa pregunta es que los hombres son los «guardianes de sus hermanos», y que la desgracia de unos es una hipoteca sobre otros. Quien hace la pregunta está ignorando o evadiendo las premisas básicas de la ética Objetivista, y está intentando redireccionar la conversación hacia su propio terreno colectivista. Observa que él no pregunta: «¿Se debería hacer algo?», sino: «¿Qué se va a hacer?», como si la premisa colectivista ya hubiese sido tácitamente aceptada, y lo único que queda por discutir es la forma de implementarla.

En una ocasión, un estudiante le preguntó a Barbara Branden: «¿Qué pasará con los pobres en una sociedad Objetivista?», y ella respondió: «Si  quieres ayudarles, nadie te lo impedirá».

Esa es la esencia de todo este tema, y un perfecto ejemplo de cómo uno se niega a aceptar las premisas del adversario como punto de partida de una discusión.

Sólo hombres individuales tienen derecho de decidir si desean ayudar a otros, o cuándo; la sociedad —como sistema político organizado— no tiene absolutamente ningún derecho en ese asunto.

Sobre la pregunta de cuándo y en qué condiciones es moralmente apropiado que un individuo les ayude a otros, remitiré al lector al discurso de Galt en La rebelión de Atlas. Lo que nos ocupa aquí es la premisa colectivista de considerar ese asunto como algo político, como el problema o el deber de «la sociedad como un todo».

Dado que la naturaleza no le garantiza a ningún ser humano ni seguridad automática, ni éxito, ni supervivencia, entonces sólo la presunción dictatorial y el canibalismo moral del código altruista-colectivista le permiten a un hombre asumir (o fantasear) que él puede, de alguna forma, garantizarle esa seguridad a algunos hombres a expensas de otros.

Si un hombre especula sobre lo que la «sociedad» debería hacer por los pobres, él está aceptando la premisa colectivista de que las vidas de los hombres le pertenecen a la sociedad, y que él, como miembro de la sociedad, tiene derecho a disponer de ellos, a fijar sus objetivos, o a planificar la «distribución» de sus esfuerzos.

Esa es la confesión psicológica implícita en tales preguntas y en muchos temas del mismo tipo.

En el mejor de los casos, es una confesión que revela el caos psico-epistemológico de un hombre; revela una falacia que podríamos llamar «la falacia de la abstracción congelada», que consiste en sustituir un tema particular concreto por la clase general abstracta y más amplia a la que pertenece: en este caso es sustituir por una ética específica (el altruismo) la abstracción más amplia «ética». De esa forma, un hombre puede rechazar la teoría del altruismo y afirmar que él ha aceptado un código racional; pero, al no conseguir integrar sus ideas, él continúa abordando las cuestiones éticas, sin darse cuenta, en términos que han sido establecidos por el altruismo.

Más a menudo aún, sin embargo, esa confesión psicológica revela una maldad más profunda: revela hasta qué enorme punto el altruismo erosiona la capacidad de los hombres para entender el concepto de derechos o el valor de una vida individual; revela una mente de la cual la realidad de un ser humano ha sido borrada.

La humildad y la presunción son siempre dos caras de la misma premisa, y siempre comparten la tarea de llenar el espacio que dejó vacante la autoestima en una mentalidad colectivizada. Un hombre que está dispuesto a servir como medio para los fines de otros considerará necesariamente a otros como medios para los fines de él. Cuanto más neurótico sea él, o cuanto más a conciencia practique el altruismo (y esos dos aspectos de su psicología actuarán recíprocamente para reforzarse uno al otro), más tenderá a inventar esquemas «para el bien de la humanidad», o para el bien de la «sociedad», o del «público», o de «generaciones futuras», o de cualquier otra cosa, de todo menos de seres humanos reales.

De ahí la apabullante irresponsabilidad con la que los hombres proponen, discuten y aceptan proyectos «humanitarios» que han de ser impuestos por medios políticos, o sea por la fuerza, sobre un número ilimitado de seres humanos. Si, según las caricaturas colectivistas, los ricos avariciosos dan rienda suelta al despilfarro en lujos materiales, bajo la premisa de que «el precio no importa», entonces el progreso social generado por las mentalidades colectivizadas de hoy consiste en dar rienda suelta a la planificación de políticas altruistas, bajo la premisa de que «las vidas humanas no importan».

La característica distintiva de tales mentalidades es propugnar alguna meta pública a gran escala, sin tener en cuenta el contexto, los costos o los medios. Fuera de contexto, una meta así puede hasta ser considerada deseable: tiene que ser pública, porque los costos no han de ser ganados, sino expropiados; y una capa de niebla densa y venenosa tiene que ocultar la cuestión de los medios, porque los medios van a ser vidas humanas.

La «atención médica gratuita» es un ejemplo de un proyecto así. «¿No es deseable que los ancianos reciban cuidados médicos cuando estén enfermos?», claman sus defensores. Considerada fuera de contexto, la respuesta sería: claro que sí, es conveniente. ¿Quién tendría alguna razón para decir que no? Y es en ese punto en el que los procesos mentales de un cerebro colectivizado se desconectan; el resto es niebla. Sólo el deseo le queda a la vista —¿es lo bueno, no?— no es para mí, es para otros, es para el público, para un público indefenso y desvalido… La niebla oculta hechos tales como la esclavización —y, por lo tanto, la destrucción— de la ciencia médica, la regimentación y la desintegración de cualquier práctica médica, y el sacrificio de la integridad profesional, de la libertad, de las carreras, las ambiciones, los logros, la felicidad y las vidas de los hombres que precisamente habrán de proveer esos objetivos «deseables»: los médicos.

Después de siglos de civilización, la mayoría de los hombres —a excepción de los criminales— ha aprendido que la actitud mental mencionada no es ni práctica ni moral en sus vidas privadas, y que no puede ser aplicada para lograr sus metas personales. No habría ninguna controversia sobre el carácter moral de algún joven matón que dijera: «¿No es deseable tener un yate, vivir en un penthouse y beber champán?», y que obstinadamente se negase a considerar el hecho de que habría que asaltar un banco y asesinar a dos guardias para lograr ese objetivo «deseable».

No hay diferencia moral entre esos dos ejemplos; el número de beneficiarios no cambia la naturaleza de la acción, simplemente aumenta el número de víctimas. De hecho, el matón privado tiene una pequeña ventaja moral: él no tiene poder para devastar a una nación entera, y sus víctimas no están legalmente desarmadas.

Es esa visión que tienen los hombres de su existencia pública o política lo que la ética colectivizada del altruismo ha protegido del avance de la civilización, lo que ha preservado como una represa, como un santuario natural, regido por las costumbres de un salvajismo prehistórico. Si los hombres han captado una mínima pizca de resplandor por el respeto a los derechos individuales en sus tratos privados con otros hombres, esa pizca de resplandor se difumina en cuanto ellos se ponen a considerar cuestiones públicas; y lo que salta a la arena política es un cavernícola que no puede concebir ninguna razón por la que la tribu no puede hundirle el cráneo a cualquier individuo si así lo desea.

La característica distintiva de una mentalidad tribal como esa es: la visión axiomática, casi «instintiva», de considerar a la vida humana como el pasto, el combustible, o como los medios para cualquier proyecto público.

Los ejemplos de tales proyectos son innumerables: «¿No es deseable limpiar los barrios bajos?» (ignorando el contexto de lo que les ocurre a quienes están en el siguiente nivel de ingresos); «¿No es deseable tener ciudades hermosas y planificadas, todas con un estilo único y armonioso?» (ignorando el contexto del estilo de quién les será impuesto a los constructores de casas); «¿No es deseable tener un público educado?» (ignorando el contexto de quién impartirá la educación, qué será enseñado, y qué pasará con quienes no estén de acuerdo); «¿No es deseable eximir a los artistas, a los escritores y a los compositores de la carga de los problemas financieros, y dejarlos que creen libremente?» (ignorando el contexto de preguntas tales como: ¿Qué artistas, escritores y compositores? ¿Elegidos por quién? ¿A costa de quién? ¿A costa de los artistas, los escritores y los compositores que no tienen influencia política, y cuyos ingresos sumamente precarios serán confiscados con impuestos para «liberar» a esa elite privilegiada?); ¿«No es deseable la ciencia?»; «¿No es deseable que el hombre conquiste el espacio?».

Y aquí llegamos a la esencia de la irrealidad, de la irrealidad —de la irrealidad salvaje, ciega, espantosa y sangrienta— que motiva a un alma colectivizada.

La pregunta que no tiene respuesta y no puede tenerla, la pregunta implícita en todos sus objetivos «deseables» es: «Deseables», ¿para quién? Deseos y objetivos presuponen beneficiarios. ¿Es la ciencia deseable? ¿Para quién? No para los siervos soviéticos que mueren de epidemias, de suciedad, de hambre, de terror y de pelotones de fusilamiento, mientras algunos jóvenes muy talentosos los saludan desde cápsulas espaciales en órbita alrededor de sus pocilgas humanas. Y tampoco lo es para el padre norteamericano que muere de un infarto producido por exceso de trabajo, luchando para poder enviar a su hijo a la universidad; ni para el joven que no puede permitirse cursar estudios universitarios; ni para la pareja que muere en un accidente de automóvil porque no pudieron permitirse comprar un coche nuevo; ni para la madre que pierde a su hijo porque no pudo enviarlo al mejor hospital disponible; ni para ninguna de esas personas cuyo dinero, expropiado en forma de impuestos, financia la ciencia subsidiada y los proyectos públicos de investigación.

La ciencia es un valor, única y exclusivamente, porque expande, enriquece y protege la vida del hombre. No es un valor fuera de ese contexto. Nada es un valor fuera de ese contexto. Y «la vida del hombre» quiere decir: las vidas únicas, concretas e irremplazables de hombres individuales.

El descubrimiento de nuevos conocimientos es un valor para los hombres sólo cuando, y si, ellos son libres para usar y disfrutar de los beneficios de lo previamente conocido. Los nuevos descubrimientos son un valor potencial para todos los hombres, pero no al precio de sacrificar todos sus valores reales. Un «progreso» que se extiende hasta el infinito y que no le trae ningún beneficio a nadie es un absurdo monstruoso. Y también lo es la «conquista del espacio» por algunos hombres, cuando y si se logra a costa de expropiar el trabajo de otros hombres quienes no tienen ni siquiera medios suficientes para comprarse un par de zapatos.

El progreso puede provenir únicamente del excedente de lo que producen los hombres, es decir: del trabajo de los hombres cuya habilidad produce más que lo que su consumo personal requiere, de los que son intelectual y financieramente capaces de aventurarse en búsqueda de lo nuevo. El capitalismo es el único sistema en el que tales hombres están libres para funcionar, y en el que el progreso está acompañado, no de privaciones forzadas, sino por un constante aumento en el nivel general de prosperidad, de consumo, y de disfrute de la vida.

Es sólo para la congelada irrealidad dentro de un cerebro colectivizado para la que las vidas humanas son intercambiables, y sólo un cerebro así puede considerar «moral» o «deseable» el sacrificio de generaciones enteras de hombres vivos en aras de los supuestos beneficios que la ciencia pública, o la industria pública, o los conciertos públicos, les traerán a los aún no nacidos.

La Rusia soviética es el ejemplo más claro, pero no el único, de lo que consiguen esas mentalidades colectivizadas. Dos generaciones de rusos han vivido, han trabajado duramente, y han muerto en la miseria, aguardando la abundancia prometida por sus dirigentes, quienes les pedían que tuvieran paciencia y los obligaban a ser austeros, mientras construían una «industrialización» pública y mataban la esperanza pública en cuotas quinquenales. Al principio, la gente se moría de hambre esperando los generadores eléctricos y los tractores; se siguen muriendo, mientras esperan la energía atómica y los viajes interplanetarios.

Esa espera no tiene fin: los beneficiarios aún no nacidos de esa matanza y de ese sacrificio al por mayor no nacerán jamás; los animales sacrificables meramente darán a luz nuevas hordas de animales sacrificables —como la historia de todas las tiranías ha demostrado—, mientras los ojos desenfocados de un cerebro colectivizado seguirán mirando fijamente, impávidos, y seguirán hablando de una visión de servicio a la humanidad, mezclando indistintamente los cadáveres del presente con los fantasmas del futuro, pero sin ver jamás a hombres.

Tal es el estado de la realidad en el alma de cualquier don nadie que mira con envidia los logros de los empresarios y sueña con los hermosos parques públicos que él podría crear si sólo las vidas, los esfuerzos y los recursos de todo el mundo le fuesen entregados a él.

Todos los proyectos públicos son mausoleos, no necesariamente en su forma, pero siempre en su costo.

La próxima vez que te encuentres con uno de esos soñadores de «espíritu público» que te dicen rencorosamente que «algunos objetivos muy deseables no pueden lograrse sin la participación de todos», dile que si él no puede obtener la participación voluntaria de todos, más vale que sus objetivos se queden sin lograr; dile que las vidas de los hombres no son suyas para disponer de ellas.

Y, si quieres, dale el siguiente ejemplo de los ideales que él defiende. Es médicamente posible extirpar las córneas de los ojos de un hombre inmediatamente después de su muerte y trasplantarlas a los ojos de un hombre vivo que está ciego, devolviéndole así la vista (en ciertos tipos de ceguera). Según la ética colectivizada, eso plantea un problema social: ¿Debemos esperar a que un hombre se muera para arrancarle los ojos, cuando otros hombres los necesitan? ¿Debemos considerar los ojos de todo el mundo como propiedad pública, e inventar un «sistema de distribución justo»? ¿Abogarías por sacarle un ojo a un hombre vivo y dárselo a un hombre ciego, para así «igualarlos»? ¿No? Entonces no sigas bregando con cuestiones relacionadas con «proyectos públicos» en una sociedad libre. Ya sabes la respuesta. El principio es el mismo.

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Mientras que los comunistas afirman que ellos son los representantes de la razón y de la ciencia, los “conservadores” lo admiten y se refugian en el reino del misticismo, de la fe, de lo sobrenatural, en otro mundo, entregándole este mundo al comunismo. Es el tipo de victoria que la ideología irracional de los comunistas nunca podría haber conseguido por sus propios méritos.

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