Cómo evitar los obstáculos que enfrentan la mayoría de los gays

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Cómo yo evité los obstáculos que enfrentan la mayoría de los jóvenes gays

En mi adolescencia, yo “salí del armario”, y eso fue una experiencia realmente liberadora. Pronto conocí a otros homosexuales, y vi a muchos de ellos luchar, sobre todo los que estaban lidiando con un contexto religioso. Muchos de ellos estaban consumidos por la preocupación de lo que la “sociedad”, o sus padres — o “Dios”— pensasen de ellos.

Yo evité esa lucha casi por completo. En muchos sentidos, tuve suerte. Mis padres eran indiferentes a la religión y nunca intentaron imponérmela. Cuando anuncié en cuarto de primaria que yo era ateo, no se horrorizaron. Me dieron la opción de ir a la escuela de hebreo y tener un barmitzvah, y yo opté por no participar. Mis padres también tenían un pensamiento más bien avanzado sobre temas sexuales. Yo soy la única persona de mi generación, la única persona que conozco, cuya “conversación sobre el sexo” empezó con “cuando crezcas y te enamores de una mujer o de un hombre…”. En retrospectiva, mis padres obviamente parecían tener una idea bastante acertada sobre mi sexualidad. En cualquier caso, el hecho de que ellos me presentaran, en la década de 1970, el amor homosexual como simplemente una opción más, es algo muy excepcional.

Además de su comprensión y de su apoyo, mis padres me armaron (quizás sin darse cuenta) con una poderosa herramienta que me ayudó a calmar el tipo de preocupaciones que a menudo atormentan a los jóvenes homosexuales.

Cuando yo tenía doce años, mi madre me regaló Himno, una novela distópica de Ayn Rand, ambientada en una sociedad donde la palabra “yo” había sido desterrada y ya no era usada y ni siquiera conocida. Aunque no entendí del todo el mensaje del libro, me quedé intrigado. Me gustó lo que tenía que decir sobre la importancia del individualismo, me gustó lo suficiente para abordar, a los trece años, el libro más largo que yo había leído jamás: El manantial, de Ayn Rand.

La historia de la lucha del arquitecto Howard Roark por erigir edificios que eran fieles a su visión hizo explotar mi visión del mundo y cambió mi vida. Aquí había un personaje lleno de una intensidad apasionada que no se disculpaba por vivir su vida para sí mismo en busca de lo que le haría feliz. Simplemente no se preocupaba de lo que otras personas pensaran de él. Yo siempre había sido alguien que complace a la gente, y había aceptado la creencia casi universal de que ser moral consiste en sacrificar los valores y las ambiciones de uno por los demás, la moralidad conocida como altruismo. El manantial —y, más tarde, la obra maestra de Rand, La rebelión de Atlas— me animaron a preguntar: “¿Por qué es moral el sacrificio?”, y a desafiar ese dogma.

Las novelas y los ensayos de Rand no tienen mucho que decir sobre la homosexualidad. Pero su moralidad de egoísmo racional, la pieza central de su filosofía de Objetivismo, tiene mucho que decir sobre temas que me ayudaron a apreciar y disfrutar de mi vida, en particular de mi sexualidad. Como Rand lo describió, “Mi Filosofía es, en esencia, el concepto del hombre como un ser heroico, con su propia felicidad como propósito moral de su vida, con el logro productivo como su actividad más noble, y con la razón como su único absoluto”. (1)

Objetivismo me enseñó que el sexo es un valor positivo, algo hermoso y profundamente importante. No es ni sucio ni pecaminoso, pero tampoco es algo a ser tomado a la ligera. Rand escribió: “El sexo es una capacidad física, pero su ejercicio está determinado por la mente del hombre: por su elección de valores, sean mantenidos consciente o subconscientemente. Para un hombre racional, el sexo es una expresión de autoestima: una celebración de sí mismo y de la existencia”. (2) Esta perspectiva me alejó del sexo casual, que sólo después supimos que fue lo que permitió que el virus del SIDA afectara a la comunidad gay. Tampoco me sentí obligado a usar el sexo, las drogas o el alcohol para escapar de las ideas dañinas sobre mí mismo, porque me negué a aceptar tales ideas en primer lugar. La visión Objetivista del sexo literalmente puede que me haya salvado la vida.

En términos más generales, Objetivismo me ayudó a aceptar quién soy. Esa filosofía dice que uno debe pensar por sí mismo, y ofrece una metodología excepcionalmente poderosa para hacerlo. Su énfasis en “verifica tus premisas”, por ejemplo, fue profundamente importante para mí. Yo empecé a analizar todas mis creencias anteriores —incluyendo las relacionadas a la homosexualidad— para ver si ellas eran coherentes con mis otras creencias y con lo que yo sabía sobre el mundo que me rodeaba. Me di cuenta de que la mayoría de lo que la sociedad decía sobre la sexualidad —sobre mi sexualidad— simplemente no tenía sentido. Objetivismo también me enseñó que las evaluaciones que otras personas hacen de mí no son fundamentalmente importantes. Lo importante es mi juicio racional sobre lo que es real, lo que es verdad, lo que es bueno.

Tal vez lo más importante para mí, Objetivismo dejó explícito que el bien moral no es sacrificarse, sino todo lo que conduce a una vida feliz y plena. Los personajes de Rand, como Dagny Taggart, la heroína de La rebelión de Atlas, tienen una actitud y una capacidad de alegría que yo quería para mi vida. Ellos son inmensamente ambiciosos y trabajadores, y pueden alcanzar sus valores y perseguir sus intereses sin preocuparse demasiado por los detractores y los críticos, y sin violar los derechos de nadie. Rand dejó claro para mí el hecho de que no tienes que elegir entre sacrificar a otros (la visión convencional de lo que hacen las personas egoístas) o sacrificarte tú mismo a otros (el supuesto ideal del desprendimiento, o del altruismo). Cada uno de nosotros puede y debe vivir por él mismo, sin sacrificarse a los demás ni sacrificar a los demás a él mismo.

Antes de encontrar esos libros, yo había absorbido algunas ideas equivocadas sobre lo que significa ser una buena persona y, como parte de eso, había empezado a aceptar ciertos puntos de vista sobre cómo otros deben conducir sus vidas, y qué papel debe hacer el gobierno. Habiendo crecido en el sur de California, tal vez no sea sorprendente que esas ideas tuvieran una pronunciada tendencia “progresista”. Yo pensaba vagamente que el trabajo del gobierno era garantizar el “bien común”: “cuidar” a la gente; forzarles a hacer lo que es “correcto” (es decir, obligar a las personas a sacrificarse por otros, pagando por su atención médica, por su jubilación, etc.).

Pero Rand demostró —en una ficción emocionante y en una prosa brillante— por qué las personas deberían ser libres de actuar según su propio juicio y en pos de su propia felicidad, siempre que respeten los derechos de otros a hacer lo mismo. Ella me ayudó a darme cuenta de que un mundo en el que las personas están forzadas a adaptarse a las ideas de otras personas sobre lo que es correcto no es un mundo donde las personas puedan prosperar (especialmente no los homosexuales y otras minorías). La idea conocida como colectivismo —que sostiene que la sociedad, el grupo, el colectivo, debe decidir cómo cada uno puede vivir su vida— perdió rápidamente todo su atractivo para mí. Yo abracé la alternativa, el individualismo, que está enraizado en la moralida del egoísmo de Rand, y que “considera al hombre —a cada hombre— como una entidad soberana e independiente que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como un ser racional”. (3)

En la escuela de posgrado, trabajé con algunos otros estudiantes para iniciar un club de estudiantes de Ayn Rand. Nos reunimos regularmente y trajimos a varios oradores prominentes. Pero el club fue polémico. No solo provocó cierta oposición, también condujo a una mayor educación para mí. Un estudiante gay muy franco y muy abierto admitió que le habían encantado las novelas de Ayn Rand y muchas de sus ideas. Sin embargo, indicó algo que Rand había dicho en una sesión de preguntas y respuestas, algo que yo no había oído antes. Alguien le preguntó a Rand lo que pensaba sobre el estatus moral de la homosexualidad, y ella respondió diciendo que:

      … “tiene fallos psicológicos, corrupciones, errores, o premisas desafortunadas…, pero hay una inmoralidad psicológica en la raíz de la homosexualidad. Por lo tanto, yo la considero inmoral, pero no creo que el gobierno tiene derecho a prohibirla. Es la prerrogativa de cualquier persona usar su vida sexual de la forma como ella quiera. Ese es su derecho legal, siempre y cuando no esté forzando a nadie. Y, por lo tanto, la idea de que es adecuado entre adultos que consienten, esa es la formulación adecuada… legalmente. Moralmente, es inmoral y, más que eso, si quieres mi opinión realmente sincera, es algo asqueroso». (4)

Por suerte, yo ya había aprendido a pensar críticamente por mí mismo —en gran parte gracias a Rand— y pude ver que su opinión sobre la homosexualidad era inconsistente con su filosofía y con la realidad. Mi colega de estudios, sin embargo, fue incapaz de hacer esa distinción. Dado que Rand desaprobaba la homosexualidad, él sintió que no podía aceptar su filosofía.

Y, cuando se trataba de política, porque los conservadores y los republicanos, en su mayor parte, ofrecían sólo una “terapia de conversión” o el armario, él —como la mayoría de los homosexuales— recayó a lo que él pensaba que era la única alternativa, y se unió a los así llamados progresistas y demócratas. Él odiaba la idea de que alguien le dijera a él qué hacer, pero no tuvo ningún problema en defender que el gobierno le obligara a otras personas a hacer lo que él pensaba que ellas debían hacer.

Al ir conociendo a más y más gays, volví a encontrar esa contradicción una y otra vez. Ellos ciertamente no querían que el gobierno les dijera a ellos a quién podían querer o lo que podían hacer en la cama. Pero obligarles a otros a apoyar causas en las que no creían (por ejemplo, a hacer un pastel para una boda gay) no parecía molestarles. Ellos habían aceptado que la gente debería sacrificarse por el “bien común”, y que el gobierno debería obligar a la gente según eso. Así que muchos gays apoyaron con entusiasmo —y siguen apoyando— la agenda progresiva en su totalidad.

Pero en las últimas décadas, a medida que los homosexuales (y otras minorías) han ido logrando grandes avances en la protección de sus derechos, los líderes izquierdistas han necesitado encontrar nuevas “víctimas” por las que luchar, y nuevos “opresores” a quienes condenar. Ellos han sembrado divisiones, clasificando a las personas en grupos que supuestamente son inherentemente antagónicos. Tales grupos nunca son definidos por los valores o por las ideas que eligen, sino por el color de su piel, por su nacionalidad, por su sexo, por su sexualidad, etc. La izquierda ahora está clasificando a grupos y a diversas formas de discriminación (real o imaginada) en base a cómo los grupos se cruzan, o se “interseccionan”, un tema que ellos llaman “intereseccionalidad”. (5)

¿Quién es más oprimido, preguntan, los hombres negros o las mujeres negras? Los hombres, dicen ellos, tienen “privilegios masculinos”, pero también son más propensos a ser el blanco de la policía. ¿Y qué pasa con los hombres negros gays? Claro, son hombres, pero, muchos izquierdistas argumentan, las mujeres negras tienen un “privilegio de heteros”, así que no está claro qué “grupo” es el más victimizado. Lo que está claro, argumentan ellos, es que los hombres “cisgéneros” (6) blancos y homosexuales —aquellos cuya identidad de género es congruente con su sexo (como es mi caso)— son ahora parte del problema. Como dice el “pensamiento” de los interseccionalistas, al obtener finalmente la protección de sus derechos, la homosexualidad de los hombres blancos gays es ahora secundaria a su blancura y a su masculinidad, colocándolos en una posición de “privilegio”. En la mente de esos izquierdistas, los hombres homosexuales como yo han pasado de ser oprimidos a ser opresores en el lapso de unos cuantos años, a pesar de nunca haber oprimido a nadie.

En resumen, esos izquierdistas se han convertido en gruñones hipersensibles que buscan encontrar ofensas en todas partes y que inculcan una cultura de victimismo. En su opinión, ninguna de esas ideas está abierta a discusión. Incluso hacer preguntas o plantear dudas es considerado opresivo o “desencadenante”.

Afortunadamente, muchas personas (gays y no gays) están empezando a darse cuenta de que la izquierda se ha pasado de rosca, y que sus “Juegos Olímpicos de opresión” no tienen ninguna relación con la protección de los derechos de las personas. La campaña #WalkAway es un signo alentador. Según su página web, la campaña

     … “alienta y apoya a los de la izquierda a alejarse de las premisas divisivas respaldadas y ordenadas por el partido demócrata actual. Nos estamos alejando de las mentiras, de las falsas narraciones, de las noticias falsas, de las agresiones raciales, de la narrativa de la víctima, de la violencia, del vandalismo, de la hostilidad. Nos estamos alejando de un partido motivado por el odio. ¡Estamos caminando hacia el patriotismo y hacia una América nueva y unificada! ¡Somos el futuro de esta gran nación!». (7)

Esos son motivos loables. Pero lograr su objetivo de apoyar “la unidad, el civismo, el respeto, y los ideales estadounidenses de vida, libertad y la búsqueda de la felicidad para todos” requerirá algo más que simplemente no darles los votos a los demócratas. (8)

Declararse gay es un proceso de encontrar fortaleza para declarar: “Esta es mi vida, y yo voy a vivirla para que me haga feliz a mí”. Aunque las personas gays puedan no darse cuenta, esa es una aplicación (implícita) de aspectos clave del egoísmo racional, incluyendo las virtudes de independencia y de integridad, y el principio de que el objetivo moral de tu vida es el logro de tu propia felicidad.

La moralidad de Ayn Rand del egoísmo racional y, más ampliamente, toda su filosofía de Objetivismo, nos da herramientas que pueden permitirle a todas las personas vivir vidas plenas en libertad y armonía. Son herramientas que vale la pena adoptar.

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por Stewart Margolis — publicado el 27 de julio de 2019

«Traducción: Objetivismo.org» — con permiso de The Objective Standard

Enlace al original aquí.

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Notas

  1. Ayn Rand, “About the Author,” in Atlas Shrugged(New York: Signet, 1957), 1090.
  2. Ayn Rand, “Of Living Death,” in The Voice of Reason: Essays in Objectivist Thought (New York: Meridian, 1990), 54.
  3. Ayn Rand, “Racism,” in The Virtue of Selfishness (New York: Signet, 1961), 150.
  4. Ayn Rand, “The Moratorium on Brains Q&A,” Ford Hall Forum, 1971, https://soundcloud.com/aynrandinstitute/the-moratorium-on-brains-qa?in=aynrandinstitute/sets/the-moratorium-of-brains.
  5. “Intersectionality,” Wikipedia, https://en.wikipedia.org/wiki/Intersectionality (accessed July 25, 2019).
  6. Until recently, cisgender was a little-used scientific term for those whose gender identity is congruent with their sex (i.e., the vast majority of humanity) as opposed to people who are transgender.
  7. “#WalkAway Campaign,” https://www.walkawaycampaign.com/ (accessed July 22, 2019).
  8. “Our Mission,” https://www.walkawaycampaign.com/ (accessed July 22, 2019).

Publicado por: julio 28, 2019 4:02 pm

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