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Justicia como racionalidad en la evaluación de los hombres — OPAR [8-4]

Capítulo 8 – El hombre

Justicia como racionalidad
en la evaluación de los hombres [8-4]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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* * *

“Justicia» es la virtud de juzgar el carácter y la conducta de los hombres objetivamente y de obrar en consecuencia, dándole a cada individuo lo que se merece. 26

Para poder conseguir los objetivos de uno en cualquier área, uno debe escoger entre varias alternativas, lo cual requiere que uno conozca las cosas que hay a su alrededor y las juzgue racionalmente. Esto se aplica incluso a los cometidos más simples, como al elegir la ropa que uno se va a poner hoy, amueblar la habitación de huéspedes, o seleccionar un lugar para un picnic. Se aplica a las relaciones de uno con los hombres también.

La necesidad de conocer y de juzgar es especialmente importante en lo que respecta a los hombres, porque las diferencias entre ellos tienen más consecuencias que las que puedan tener diferentes camisas, sofás o parques. Los hombres son seres que forman su propia alma; ellos tienen la facultad de volición, con todo lo que eso implica. La camisa equivocada puede empeorar tu apariencia; el hombre equivocado puede matarte.

La ciencia que define un criterio para evaluar a los seres volitivos es la moralidad. Para poder lidiar adecuadamente con los hombres, por lo tanto, es esencial que uno determine la relación que ellos tienen con las leyes de la moralidad. Es esencial que uno pronuncie juicio moral. 27

Puesto que la moral se ocupa de los valores fundamentales del hombre, el juicio moral le permite a uno conocer la esencia que hace funcionar a ese hombre; identifica los principios que forman su carácter y su conducta. En el enfoque Objetivista, tal juicio penetra hasta el principio raíz, el que cubre el uso primario de la facultad de volición del hombre. El juicio moral diferencia a los hombres que deciden reconocer la realidad de los hombres que deciden evadirla. Tal conocimiento es necesario por razones prácticas, para poder programar las acciones de uno y proteger sus propios intereses. Si un hombre es bueno según el estándar Objetivista, si es racional, honesto y productivo, entonces, en igualdad de circunstancias, uno puede esperar conseguir ganar valores en el trato con él. Si un hombre es malvado, sin embargo, si es irracional, deshonesto, parasítico, lo que uno puede esperar de tal trato no es un valor, sino una pérdida.

La política de pronunciar juicio moral es como una política de prospección humana mientras se usa un chaleco antibalas. Es un proceso de buscar y de apreciar metódicamente en los demás los rasgos virtuosos que uno necesita de ellos — como esfuerzo, coraje, idealismo — mientras se está atento a lo opuesto de esos rasgos y a su potencial destructivo. En contraste, el hombre que adopta una política de neutralidad moral, absteniéndose por igual de alabar o de culpar, no borra con ello los hechos morales. Lo que consigue en cambio es hacer la vista gorda al papel de la moralidad en la vida del hombre, subvertir su propio carácter, y perder la capacidad de tratar con otros hombres en base a principios objetivos. El resultado, entre otras cosas, es consignar sus relaciones humanas al ámbito del azar, e incluso algo peor: a privar deliberadamente de su aprobación y apoyo a los buenos que hay entre los hombres, y convertirse en un aliado del mal, en el sentido de dejar que el mal quede sin censura ni oposición, libre para continuar su curso de destrucción.

El negarse a juzgar, como cualquier otro tipo de agnosticismo, ya en sí mismo es tomar una posición, en este caso una posición profundamente inmoral:

Cuando tu actitud imparcial declara, de hecho, que ni los buenos ni los malos pueden esperar nada de ti, ¿a quién traicionas y a quién incitas?» pregunta Ayn Rand

… mientras los hombres tengan que tomar decisiones, no hay cómo escapar de los valores morales; mientras haya valores morales en juego, no hay neutralidad moral posible. Abstenerse de condenar a un torturador es convertirse en cómplice de la tortura y del asesinato de sus víctimas.

«Sólo el bien» escribe Ayn Rand en otro lugar «puede perder cuando hay un fallo en la justicia, y sólo el mal puede beneficiarse. . .». 28

La justicia hace más que proteger a un hombre en sus tratos directos con los demás. Independientemente de que uno trate personalmente con otro hombre o no, los rasgos virtuosos de ese hombre tienen valor para uno, si no directamente, entonces indirectamente o al menos potencialmente. El principio de justicia, por lo tanto, protege la supervivencia de uno de forma más amplia. La justicia funciona para sustentar a todos los hombres que piensan y que apoyan la existencia humana, al mismo tiempo que castiga y contrarresta a sus antípodas. El principio de injusticia consigue el resultado opuesto; de una forma u otra, funciona para sustentar a los destructores que hay entre los hombres, a la vez que debilita a los pensadores y a los productores.

En esencia, justicia es la política de preservar a quienes preservan la vida. Es lealtad a quienes han jurado lealtad a la vida. Es, por tanto, una virtud esencial para la moralidad de la vida.

La posición Objetivista es lo opuesto al mandamiento «No juzgues y no serás juzgado». Nuestra política, en palabras de Ayn Rand, es: «Juzga y prepárate a ser juzgado». 29 Si la vida del hombre es el estándar de uno, uno debe identificar el estatus moral de cada persona, asunto y evento en el campo de sus intereses; después, dentro de lo que esté en su poder, debe guiar sus acciones de acuerdo con ello, relacionándose sólo con (y/o aprobando sólo a) los hombres que son virtuosos (en casos mixtos, aprobando sólo el elemento virtuoso que hay en un hombre), y a la vez rehuyendo y condenando a los hombres que son malvados. Ese es el mandato de la virtud de la justicia.

(Un juicio moral no es la única forma de evaluar a los hombres. Los valores morales son valores fundamentales; en base a ellos, muchos tipos específicos de valores son definidos, incluyendo el valor intelectual, el valor estético y el valor económico. Tales valores, a su vez, deben ser juzgados objetivamente, y sus creadores o dueños tratados apropiadamente. La virtud de la justicia, por lo tanto, tiene muchas aplicaciones que no tienen que ver con una evaluación moral como tal. Pero la precondición de todas esas evaluaciones secundarias es una evaluación moral, la cual más adelante también indica el patrón de un proceso justo en cualquiera de sus formas. Yo estoy ciñéndome, por tanto, a la justicia como juicio moral, es decir, a la justicia en su forma básica).

Intelectualmente, la justicia consiste en usar la razón para llegar a las estimativas morales de uno. Esta es una responsabilidad exigente; no se consiste en condenar o aprobar algo sin pensar, sino en un proceso de cognición, el mismo proceso en esencia que uno emplea con objetos inanimados. 30 Al juzgar el carácter y la conducta de un individuo, el hombre justo sigue los mismos principios epistemológicos que un científico; se rige por la misma y única preocupación: descubrir la verdad. Eso exige de él dos pasos: primero debe identificar los hechos de un caso dado; luego debe evaluarlos haciendo referencia a principios morales objetivos.

En cada proceso de justicia, uno debe empezar como un miembro del jurado que trata de comprender los hechos. ¿Es el acusado un asesino — debe preguntarse cada uno de los jueces — o está siendo víctima de un error o de un complot? De forma parecida, ¿está tu amigo — como alguien te ha dicho — hablando mal de ti a tus espaldas, o es la acusación errónea o incluso maliciosa? ¿El maestro de tu hijo lo castigó sin razón, como tu hijo aduce, o hubo una razón? De tus empleados que compiten por un ascenso, ¿cuál de ellos es el más confiable, honesto y productivo? En resumen, ¿cuáles son los atributos o las acciones de un hombre? Para ser justos, esa es la pregunta que uno debe tratar de responder primero, teniendo en cuenta toda la evidencia disponible. La injusticia en este sentido sería incurrir de alguna forma en el emocionalismo, cualquier forma de dejarse influenciar en las conclusiones factuales a las que uno llega por algo que no sean hechos (por prejuicio, digamos, o por favoritismo). La estatua con los ojos vendados que simboliza la justicia no es ciega a los hechos de la realidad. Lo que la venda deja fuera es cualquier emoción desconectada de los hechos, da igual que esa emoción sea deseo o miedo, compasión o esperanza, odio o amor. Lo que deja fuera es lo subjetivo y lo arbitrario, quedando así el individuo libre para entrar en un proceso de cognición puramente racional.

El tiempo que uno debe dedicar a una indagación de este tipo depende del contexto. En general, en la vida al igual que en la ley, una persona debe ser considerada inocente de cualquier maldad hasta que se demuestre lo contrario.

Si lo único que uno quiere es comprar un litro de leche, por tanto, no hay por qué iniciar ninguna valoración especial de quien te lo vende; si no hay ninguna información de que pueda estar traficando en mercancías ilícitas o contaminadas, es legítimo suponer que el hombre es honrado. A medida que la relación se vuelve más importante, sin embargo — si uno es miembro de un jurado, digamos, o quiere invitar a alguien a hacerse socio de un negocio, o a ser el amigo del hijo de uno — entonces, obviamente, un estudio y una evaluación especiales se vuelven necesarios.

Un juicio moral no incluye analizar psicológicamente. 31 Los hechos que uno busca para poder llegar a una evaluación moral son aquellos que están dentro del control consciente de un hombre: sus convicciones, sus declaraciones, sus acciones. Estos hechos son verificables por cualquier observador racional. Un juez moral no busca premisas, motivos o problemas subconscientes, los cuales puede que ni siquiera sean conocidos por la persona, y que pueden ser diagnosticados sólo por un psiquiatra o un psicólogo cualificado. Dejando de lado a los psicóticos, los hombres son seres responsables que deben ser tratados como tales; no son productos indefensos de la psicopatología a ser excusados o condenados en base a demonios ocultos. Algunos hombres son sanos; no tienen demonios. Incluso un neurótico, sin embargo, conserva su soberanía; a pesar de sus ansiedades y defensas, mantiene la capacidad de percibir la realidad y de controlar sus acciones. Sus problemas psicológicos, según esto, son un problema suyo, no de otras personas , a menos que permita que sus problemas se materialicen en forma de manifiesta irracionalidad, en cuyo caso ésa es la conducta manifiesta que otros deben observar y juzgar.

Lo que uno necesita saber para poder evaluar a un hombre moralmente no es: ¿Qué dijo o hizo su madre cuando él tenía tres años? La pregunta apropiada es: ¿Qué dice y hace él ahora?

Cuando los hechos de un caso han sido determinados, el siguiente paso de la justicia es evaluarlos haciendo referencia a principios morales objetivos. Este paso es una expresión adicional de la orientación a la primacía de la existencia que antes dictó la etapa de recoger información, y es esencial para la virtud de la justicia. No tiene más sentido o moralidad un juez que identifica los hechos y luego llega a su veredicto por una emoción arbitraria, que tendría un médico que recolectase datos médicos y luego le pidiese prestado el diagnóstico al hechicero del pueblo.

Una forma de subjetivismo evaluativo es juzgar a otros sin mantener principios morales explícitos, ya sea porque uno nunca se molestó en considerar el tema o porque repudia todos los absolutos morales. Un juez de este tipo elogia o condena según su capricho; de esa forma, él descarta tanto la justicia como la practicidad. Su veredicto está desconectado de los hechos e ignora al individuo que está siendo juzgado; como resultado, es inútil como guía a la acción.

La misma injusticia ocurre si uno aplica principios explícitos, pero principios que en sí mismos no son objetivos. Supongamos, por ejemplo, que llegas a la conclusión después de una exhaustiva investigación que tu amigo es culpable de hablar mal de ti, y luego tú lo pasas por alto. Suponte que incluso lo alabas por ello, diciendo: «Una persona debe amar a los que le ultrajan y le persiguen. Es bueno que otros hieran mi vanidad; eso enseña humildad”. Este tipo de juicio moral prescinde de la virtud de la justicia. Tu criterio evaluativo aquí está desconectado de los hechos que hacen que los juicios morales sean necesarios; tu principio contradice los requerimientos de la vida humana. El resultado es un acto de injusticia — y sus consecuencias. El aceptar a tu amigo hipócrita, por ejemplo, no cambia su comportamiento ni te protege a ti de él. En cambio, sirve para racionalizar y recompensar su corrupción, y pone en peligro tus propios intereses futuros. Si defines el bien y el mal en términos irracionales y luego tratas a los hombres en consecuencia, tu política sólo lleva a la destrucción.

Al juzgar a los hombres, uno debe tener en cuenta que no puede haber una evaluación universal. Dado que lo moral es lo volitivo, no hay ninguna regla que diga que todos los hombres son buenos, malos, o mixtos. 32 Esta última condición es con mucho la más común, gracias a las ideas ahora dominantes. Pero eso no justifica la extrapolación a la especie. No justifica la denuncia universal («Todos los hombres son moralmente negros”) o su meloso derivado evasivo: el término medio universal («Todos los hombres son grises»), con sus corolarios gemelos: un perdón general (“Siempre hay algo de bueno en los peores de nosotros») y un desprecio general (“Siempre hay algo de malo en los mejores de nosotros»).

Las frases trilladas inmorales no pueden sustituir al juicio moral. No eliminan la responsabilidad de uno de diferenciar a los hombres buenos de los malos. Ni tampoco le eximen a uno de la dolorosa necesidad de distinguir dentro de un alma mixta o gris sus elementos constitutivos de blanco y negro (de virtud y vicio): el gris, a fin de cuentas, no es más que una mezcla de esos dos elementos. Digo «dolorosa» porque es fácil, si los principios de uno son racionales, identificar a los héroes y a los monstruos de entre los hombres. Los casos grises, sin embargo, típicamente le presentan a uno problemas cognitivos difíciles. ¿Qué elemento — uno debe tratar de determinar — rige qué aspecto del carácter de una persona mixta? ¿Qué elemento, si procede, es el más básico de los dos? ¿Cómo es de estable su modelo actual de coexistencia? Y, suponiendo que una relación con esa persona sea necesaria y apropiada, ¿cómo puede uno organizarse para tratar con el lado blanco sin ser vulnerable a las depredaciones del negro? En la vida práctica, tales cuestiones son vitales, y ningún juicio impetuoso las puede responder. Sólo un imparcial y minucioso proceso de justicia puede hacerlo.

No hay mayor obstáculo para tal proceso que la teoría del altruismo. Primero, el altruismo invierte el juicio moral, enseñándole a la gente a admirar el auto-sacrificio y a menospreciar la auto-preservación como siendo amoral o aún peor. Entonces, dado que la teoría no puede ser practicada consistentemente, eso lleva a las personas a odiar el hecho del juicio moral en sí. Los juicios morales, explican tales personas, son crueles; un hombre bueno realmente no es bueno, sino afortunado, mientras que un hombre (o un grupo) malo no es realmente malo («¡No pudo evitarlo!” “¡No quisieron hacerlo!”). Al mismo tiempo, dado que la moralidad no puede ser esquivada, y dado que el altruismo consistente es imposible, la teoría lleva a las personas, cuando juzgan, a condenar a todo el mundo indiscriminadamente. Todas estas políticas — la inversión moral, la neutralidad moral y la condena general — desafían la virtud de la justicia. Todas ellas funcionan promoviendo el mal a expensas del bien. No es un obstáculo para el guardia en un campo de concentración ni un consuelo para su víctima el que uno defina la tortura como siendo una virtud; o si uno mira para otro lado; o si uno critica a ambos hombres por igual como siendo “grises», insistiendo en que debe haber alguna virtud en el monstruo que esgrime el látigo y algún vicio en el cuerpo que se retuerce a sus pies.

Una moralidad racional barre a un lado toda esta corrupción. La justicia, afirma, como todas las demás virtudes, es un absoluto, un aspecto de la relación adecuada entre la consciencia de uno y la existencia. Justicia es fidelidad a la realidad en el campo de la evaluación humana, tanto en lo que respecta a hechos como en lo que respecta a valores. O, como el Juez Narragansett en La Rebelión de Atlas lo expresa: “Justicia es el acto de reconocer lo que existe». Injusticia, en contraste, igual que todos los vicios, es una forma de evadir la realidad; consiste en falsear el carácter, no de la naturaleza, sino de los hombres. 33

Esto nos lleva a la justicia en el ámbito de la acción, lo cual consiste en “darle a cada uno lo que se merece». «Merecer», dice el Oxford English Dictionary, es «hacerse merecedor de recompensa (o sea, de recompensa o castigo), según la bondad o maldad de carácter o conducta». Una recompensa es un valor dado a un hombre como pago por sus virtudes o sus logros; es algo positivo, como elogio, amistad, una cantidad de dinero o una prerrogativa especial. Un castigo es un des-valor impuesto como pago por vicio o falta; es algo negativo, como condena, el retirar la amistad o incluso el ostracismo total, o una pérdida de dinero o prerrogativa, incluyendo (en casos penales) la pérdida de la libertad o de la vida misma. La recompensa apropiada en contenido y escala para un caso particular debe ser determinada contextualmente, haciendo referencia a la naturaleza y los méritos del caso. El principio, sin embargo, es el mismo en todos los casos: la justicia en acción consiste en premiar lo positivo (el bien) en los hombres con lo positivo y lo negativo con lo negativo. Esta es la verdad detrás de la norma «ojo por ojo» (aunque esa formulación está dirigida sólo a la justicia para el mal). Es la verdad simbolizada por la balanza que tiene en la mano la estatua de la justicia, la balanza cuyas bandejas equilibran pesos iguales. Un peso representa la causa; el otro, el efecto; uno, el comportamiento de un hombre; el otro, el pago apropiado a ese comportamiento.

La validación de este aspecto de la justicia son los hechos de la realidad. Es la realidad lo que da origen a la necesidad de moralidad; es por lo tanto un hecho metafísicamente dado que la virtud, propiamente definida, es la política que conduce al valor, al placer, a lo positivo, mientras que el vicio es coronado por la pérdida, el dolor, lo negativo. Dado que este es un hecho que los hombres no pueden alterar, la única opción que ellos tienen es o aceptarlo como un principio para sus propias acciones o ignorarlo e intentar revertirlo, y sufrir las consecuencias. Ya sea provocado por no considerar la cuestión o por evasión, estas dos últimas alternativas en última instancia significan: infligir privaciones sobre los hombres que son buenos, y a la vez conferir valor — aprobación, apoyo, comercio, riqueza — a sus antípodas. Tal política coloca a las reglas hechas por el hombre en una posición de despreciar la realidad. Convierte a la virtud en un pasivo y al mal en un activo, de esa forma subvirtiendo la acción moral en su raíz y haciendo imposible la vida del hombre.

Los «retribucionistas» de la historia de la filosofía declaran que un hombre debe ser recompensado por sus acciones independientemente de las consecuencias; él debe ser recompensado como un absoluto, simplemente porque se merece un tratamiento determinado. Los «utilitaristas» (quienes controlan el sistema de justicia penal) responden que no hay absolutos, y que la decisión de premiar o castigar no debe estar basada en faltas sino en probables consecuencias. Aquí vemos nuevamente la falsa alternativa de intrinsicismo contra subjetivismo. La “falta” es esencial para la justicia; pero es un concepto moral, y la moralidad es un medio para un fin. Todas las virtudes, de acuerdo con eso, la justicia incluida, deben ser validadas por referencia a sus consecuencias. Pero las consecuencias — las consecuencias a largo plazo de una acción de la vida humana — se pueden predecir sólo por medio de principios, y los principios pueden realizar esa función solamente si son aceptados como absolutos. La falta, por lo tanto, como insiste una de las escuelas, es un absoluto… pero sólo porque, como dice la otra escuela, la prueba de la virtud son sus resultados. Aquí, igual que en otras partes, no tiene sentido introducir una dicotomía entre principio y vida, o entre moralidad y practicidad.

Volviendo ahora a la pregunta: ¿Qué premios y castigos merecen recibir los hombres el uno del otro?, la respuesta es: precisamente lo que el interés racional de cada hombre requiere que él dé. Los hombres merecen de ti, en primer lugar, que llegues a valoraciones morales objetivas de ellos; luego, que te tomes esas valoraciones en serio, usándolas como guías para tu acción, incluyendo las respuestas emocionales que les ofreces a otros y a las relaciones humanas que decidas desarrollar. En este sentido, hay una forma importante de acción que aún no he desarrollado.

Puesto que la moralidad es la fuente de motivación del hombre, no hay recompensa espiritual que uno pueda ofrecer que sea tan relevante como la evaluación moral de uno… y ninguna privación espiritual que sea tan dura como retirarla.

La primera de ellas viene primero. La visión convencional es que la justicia consiste principalmente en castigar al malvado. Esa visión nace de la idea que el mal es metafísicamente poderoso, mientras que la virtud es meramente un «idealismo impráctico». En la filosofía Objetivista, sin embargo, el vicio es el atributo que debe ser despreciado como impráctico. Para nosotros, por tanto, el orden de prioridad se invierte.

La justicia consiste primero, no en condenar, sino en admirar, y en seguida en expresar la admiración de uno de forma explícita, y en luchar por lo que uno admira. Consiste primero en reconocer el bien: intelectualmente, en llegar a un veredicto moral objetivo; luego, existencialmente, en defender el bien: en expresar la opinión de uno, haciendo que se sepa el veredicto de uno, siendo el paladín público de los hombres que son racionales (uno también los elogia en su cara, si hay un contexto que indica que eso sería de valor para la persona en vez de una intrusión). El mal debe ser combatido, pero luego debe ser dejado de lado. Lo que cuenta en la vida son los hombres que sustentan la vida. Son los hombres que luchan sin descanso, a menudo heroicamente, para conseguir valores. Son los Atlas que la humanidad necesita desesperadamente, y quienes a su vez necesitan desesperadamente el reconocimiento — concretamente, el reconocimiento moral — al que tienen derecho. Necesitan sentir, mientras cargan al mundo sobre sus hombros, que están viviendo en una sociedad humana y vale la pena llevar la carga. De no ser así, como los protagonistas de la novela de Ayn Rand, ellos también, como debe ser, se encogerán de hombros.

Es importante decirle a Kant que él ha rechazado la realidad y que está equivocado; es más importante que Aristóteles encuentre a alguien que entienda que él ha reconocido la realidad y que está en lo cierto. Es importante condenar la escuela que abusa la mente de un niño; es más importante elogiar al maestro o la madre que a pesar de tales escuelas logra criar a un niño como un ser racional. Es importante votar para echar a los políticos actuales de sus cargos; pero ellos meramente serán sustituidos por otros parecidos, a menos que valoremos e instalemos un tipo opuesto de liderazgo. Es importante, si los derechos de propiedad han de ser preservados, que sea capturado un ladrón; es más importante para conseguir el mismo objetivo el que los grandes empresarios no sean vilipendiados como «barones ladrones», sino que, en alguna parte, oigan la palabra «Gracias».

En todos esos casos, La Rebelión de Atlas es un modelo a seguir. El libro es un acto histórico de justicia, porque es un acto de homenaje. Es concederles a los pensadores y a los creadores en el mundo el reconocimiento, la gratitud y la aprobación moral que ellos tan raramente han recibido pero tan abundantemente merecido.

En cuanto a la maldad que uno encuentra, el acto de justicia corolario es rehusarse a aprobarla.

Esa es la razón, en la medida en que uno tiene opción, por la que uno debe boicotear a los hombres (y países) malvados. Tratar con ellos no sólo los beneficia materialmente, sino que uno queda expuesto a sus maquinaciones. También implica que uno los considera seguros, civilizados, confiables, lo que equivale a extender a la maldad la aprobación moral de uno y un estímulo para que continúe en el futuro.

Rehusar penalizar el mal no implica necesariamente acosar a sus representantes, si de nada sirve el hacerlo. 34 La justicia no requiere que un hombre se ofrezca voluntariamente a hacer denuncias no solicitadas de personas al azar. Hay, sin embargo, una situación en la cual un hombre debe expresar su opinión: cuando sus convicciones son atacadas en su presencia y su silencio implicaría la aprobación del ataque. Incluso en ese caso (por ejemplo, en una fiesta), no hay necesidad de hacerle un discurso a una persona que no está interesada en el tema o está cerrada a la razón. Un firme «no estoy de acuerdo» es suficiente, tanto moralmente como prácticamente.

Lo anterior presupone que quien discrepa no está en poder de lo irracional, como lo estaría en una dictadura, digamos, o en la clase de un profesor que solicita su opinión y luego le baja la nota por no estar de desacuerdo (lo cual no ocurre tan a menudo como algunos estudiantes creen, pero ocurre). En tales situaciones, quien discrepa no tiene obligación de expresarse, sin importar lo que alguien pueda inferir de su silencio. La justicia no puede exigir que un hombre se sacrifique a la maldad de otra persona.

Hasta ahora, hemos estado considerando a la justicia como se aplicaría a cualquier relación humana, por muy impersonal que fuera — si uno fuese meramente un observador cultural, por ejemplo, o miembro de un jurado. Ahora consideremos la virtud en un contexto positivo y personal. ¿En qué consiste la justicia cuando uno busca un valor de otro?

En este contexto, la justicia es la adhesión al principio del comerciante. 35

Todo acto de justicia es, en un cierto sentido, un acto de comercio, de intercambio. Esto es inherente en el hecho de que la justicia es una forma de racionalidad, una respuesta a algo en la realidad y no un capricho. Los premios y castigos no son regalos o castigos inmerecidos; son pagos. Son lo que uno le da a otro hombre a cambio de lo que uno obtiene. En cualquier relación que busque valor, de acuerdo con esto, sea el valor buscado material o espiritual, el exponente de la justicia es el hombre que da a cambio de lo que recibe, y que espera recibir a cambio de lo que da. Es el hombre que no busca algo a cambio de nada ni concede algo por nada.

El principio del comerciante establece que si un hombre busca algo de otro, debe ganárselo, es decir, llegar a merecerlo, al ofrecer el pago correspondiente. Los dos hombres, según esto, deben ser comerciantes, intercambiando valor por valor por consentimiento mutuo y para beneficio mutuo. «Un comerciante», escribe Ayn Rand, «es un hombre que se gana lo que obtiene y no da ni toma lo inmerecido”. 36

El principio del comerciante presupone los fundamentos de la ética Objetivista. Se basa en el papel de la razón en la supervivencia humana y en el principio del egoísmo. Puesto que la mente del individuo es la creadora básica de valores y puesto que el hombre no es un animal de sacrificio, el individuo tiene derecho a exigir un pago por sus valores. Y ningún hombre o grupo tiene derecho a usurpar este derecho. Dejando a un lado lo que los niños puedan esperar de sus padres, ninguna persona por el mero hecho de su existencia o sus necesidades tiene un derecho sobre los bienes de otros. «Merecer» un positivo, material o espiritual, no es una condición primaria; es un efecto, a ser logrado iniciando su causa. La causa es un cierto curso de pensamiento y acción, un curso en el cual uno crea y/o ofrece valores. (Uno «merece» un negativo en virtud de incumplir alguna responsabilidad de pensamiento o acción). Si usamos el término «ganar» para nombrar el proceso de iniciar la causa — de llegar a merecer una cierta recompensa por llevar la conducta requerida — podemos decir que, en una filosofía racional, no hay nada que uno «no se gane». Un hombre merece de otros aquello y sólo aquello que se ha ganado. Tal es el enfoque a las relaciones humanas derivado de la base Objetivista y expresado en el principio del comerciante.

Puesto que no hay valor sin virtud, no hay, en palabras de Ayn Rand, «ninguna forma de escapar de la justicia». «Nada», explica ella, «puede permanecer sin ganar o sin pagar en el universo, ni en materia ni en espíritu… y si los culpables no pagan, entonces son los inocentes quienes acaban haciéndolo”. 37

El que el inocente deba pagar es lo que exigen quienes rechazan el principio del comerciante. Tales personas afirman que los valores vienen de Dios o de la sociedad, a cuyo poder, añaden, el individuo le debe servicio incondicional. Según esa visión, ciertos hombres, como por ejemplo los necesitados, se vuelven «merecedores» en una definición nueva e inválida del término. Ellos “merecen” recibir valores simplemente porque no los tienen y los desean… como recompensa por acción ninguna, como pago por logro ninguno: a cambio de nada. En este enfoque, lo “merecido” se convierte en un capricho; el concepto queda de esa forma viciado, y la virtud de la justicia queda abandonada. Es reemplazada por lo que llaman «justicia social» cuya política consiste en expropiar a los creadores con el fin de premiar a los no creadores.

En el ámbito material, el principio del comerciante, como la virtud de la independencia, prohíbe tanto el saqueo como la mendicidad. Requiere que uno les pague a otros por los bienes o servicios que uno busca de ellos.

El mismo principio se aplica en el ámbito espiritual, a respuestas tales como admiración, amistad, amor. También aquí un hombre debe merecer lo que busca de otros. Y también aquí sólo puede merecerlo ganándoselo, sólo mediante la creación de los valores de carácter que hacen de su relación con otros un comercio. Ayn Rand escribe que el amor es «la expresión de los propios valores, la mayor recompensa que puedes ganar por las cualidades morales que has logrado en tu carácter y tu persona, el precio emocional que paga un hombre por la alegría que recibe de las virtudes de otro”. 38

En el enfoque Objetivista no puede haber saqueadores o mendigos del espíritu, tampoco. Uno no puede tratar de ganar una respuesta positiva por medio de amenazas o exhibiendo necesidades, haciendo chantaje o suplicando limosnas emocionales, infligiendo dolor a otro individuo o presentando el propio dolor como derecho. Tanto el que da como el que recibe una respuesta positiva deben funcionar como iguales independientes, sin evasión ni víctimas, cada persona adaptándose a la realidad, cada una beneficiándose de la relación. El amor como respuesta al valor de una persona es un reconocimiento de los hechos. Como tal, tiene un significado moral para ambas partes e impone una doble responsabilidad: quien ama debe ser racional, e igualmente debe quien es amado: él o ella debe ser el tipo de espíritu hecho a sí mismo que se ha ganado ese amor.

Contrastad este enfoque con el que mantiene el Sermón de la Montaña. Debemos, nos dice Jesús, amar a nuestro prójimo independientemente de sus fallos, sin considerar su carácter e incluso por sus vicios. Esto es amor, no como pago por alegría, sino como sacrificio personal; no como recompensa por el bien, sino como un cheque en blanco al mal; no como acto de lealtad a la existencia, sino como el rechazo deliberado de la vida del hombre. Quienes afirman querer esa respuesta cristiana — querer amor sin causa, el amor “por ellos mismos» en vez de por sus pensamientos, acciones, carácter u obras — están forjando un fraude. Exigen que el amor sea divorciado de valores, y luego luchan para revertir causa y efecto, queriendo que el amor — el efecto — pueda crear en ellos valor personal — la causa –. Pero un amor sin causa no tendría ningún sentido; no representaría ningún reconocimiento de la virtud.

Así como a los rasgos del carácter un hombre de se les debe dar una respuesta merecida, lo mismo ocurre con un cambio en sus rasgos. Si un hombre bueno se vuelve malo, uno reconoce la realidad invirtiendo la valoración anterior que uno tenía de él. Lo mismo se aplica si un hombre malo se vuelve bueno. Así como el amor debe ser ganado, también deben serlo la condena y el perdón.

El perdón en asuntos morales es algo que se gana, si el lado culpable hace reparaciones a su víctima, suponiendo que eso sea aplicable; y luego demuestra objetivamente, a través de palabras y acciones, que entiende las raíces de su transgresión moral, reforma su carácter y no comete esa maldad de nuevo. El perdón es inmerecido si la parte culpable quiere simplemente que la víctima olvide (evada) la transgresión y perdone sin causa; o si ofrece como causa nada más que protestas de expiación, que la víctima supuestamente debe aceptar por fe. En lo que respecta a errores morales menores, no es difícil para un hombre demostrar la comprensión y reforma necesarias. Si el vicio es grande, sin embargo, tal demostración no es una cuestión fácil; en muchos casos, es imposible. Cuando un hombre comete una maldad como un robo o un engaño de envergadura, por no hablar de delitos más serios aún, es difícil incluso saber qué evidencia sería necesaria para convencer a otros de su reforma. Este problema es una de las muchas penalidades del vicio, y es la responsabilidad del malo — no del bueno — el resolverlo; suponiendo, lo que rara vez ocurre, que una reforma moral sea lo que el hombre malvado esté buscando.

El perdón, que es legítimo cuando uno se lo gana, debe ser distinguido de la misericordia. Si la justicia es la política de identificar los fallos de un hombre y actuar en consecuencia, la misericordia es la política de identificarlos, y luego no actuar en consecuencia: reducir el castigo apropiado en un caso negativo, o no imponer ningún castigo en absoluto. La misericordia sustituye a la justicia con una dosis de lo inmerecido, y lo hace en nombre de la compasión; la compasión no es para los inocentes que hay entre los hombres o para los buenos, sino para los perpetradores del mal. El hombre inocente (o el malhechor que de verdad se ha reformado) pide justicia, no compasión. Él quiere lo que le espera.

Las consecuencias prácticas de la misericordia son elocuentemente claras en los tribunales de justicia actuales, en los que los delincuentes son agresivamente puestos en libertad, no debido a alguna duda sobre sus acciones o de algunas circunstancias atenuantes objetivas, sino como un acto de compasión para los » indefensos productos de la sociedad». El hombre que gana con tal acto es el criminal. Los hombres que pierden son sus víctimas: tanto el individuo que fue su víctima (o sus supervivientes, quienes concluyen amargamente que no hay justicia) como sus futuras víctimas, tras las cuales ahora el criminal está libre para ir, impune y sin inmutarse.

A menudo escuchamos que «reparar el mal con el bien» actúa para derretir el corazón de los malos. No hay evidencia que respalde esta afirmación. Recompensar el mal con el bien no significa reforzar el elemento blanco de un hombre moralmente gris, a través de un acto de bondad merecida dirigida a su mejor naturaleza. La política consiste en gratificar a lo negro como negro. La esencia de lo negro, sin embargo, es intentar engañar y traicionar, es intentar evadir los principios morales y salirse con la suya — lo cual es precisamente lo que la misericordia y el perdón inmerecido o el amor sin causa (o cualquier otra sonriente diplomacia ilimitada) permite y alienta. Ningún malhechor puede ser «derretido» mientras que sus víctimas compiten entre sí ofreciéndole favores, su aprobación, y su otra mejilla.

Como todas las religiones, el cristianismo es incompatible, en última instancia, con cualquier virtud, pero parece enorgullecerse especialmente, sin embargo, por su exhortación — basada en principios — a la injusticia, especialmente en el ámbito espiritual. Si los hombres han de tener alguna posibilidad para un futuro, es este aspecto de la ética cristiana por encima de todos los otros — esta exigencia, a la vez descarada y sensiblera por amor inmerecido, aprobación inmerecida, perdón inmerecido — que Occidente debe rechazar, en favor de un compromiso solemne por su antítesis moral: el principio del comerciante.

He dejado para el final de la presente discusión una teoría que insta al repudio total de la justicia: el igualitarismo, que es una versión kantiana del cristianismo. 39 «Igualitarismo» en este contexto no significa que los hombres deben ser iguales ante la ley. Tampoco significa que los hombres deben recibir un “trato igualitario” en el sentido del tratamiento por principios, frente a las injusticias que fluyen de un doble estándar. Significa que la “igualdad» está por encima de la justicia.

En esta visión, el creador más heroico sobre la tierra, el villano más abismal y cualquier persona que esté en medio de ellos deben compartir por igual todos los valores — desde amor a prestigio a dinero a trabajos importantes a títulos universitarios a cobertura periodística a poder político –independientemente de lo que cualquier individuo merezca o gane, haya hecho o dejado de hacer, independientemente de su carácter, sus logros, su capacidad, su talento, sus defectos, sus vicios, sus virtudes. Durante siglos, los altruistas han defendido todo esto, pero incluso los comunistas eran demasiado civilizados para admitirlo. Sus herederos finales, con sede en Harvard, no tienen esas reservas.

Puesto que es obviamente imposible vivir por tal filosofía, ya que los hombres no podrían sobrevivir en el plazo de un año si las recompensas de la virtud fuesen metódicamente desviadas de esta manera hacia el regazo de los indignos, la propuesta igualitaria sólo puede tener un propósito y un resultado: la destrucción. El propósito no es beneficiar el mal, sino demoler el bien. Ésta es la forma específica de injusticia que John Galt tiene en mente cuando se refiere en su discurso culminante a: «ése es el colapso de la depravación total, la Misa Negra de la adoración a la muerte, el dedicar tu consciencia a la destrucción de la existencia”. 40

El igualitarismo es el acto de patear la balanza de las manos de la estatua de la justicia y a la vez retirar la venda de sus ojos, dejando que los hombres sean gobernados no por los prejuicios ordinarios, que ya sería un desastre, sino por el tipo más virulento: el prejuicio que Ayn Rand identifica como «el odio al bien por ser el bien».

En su ensayo «La era de la envidia» 41, Ayn Rand analiza muchos ejemplos de esta actitud, que ha descollado en nuestra cultura, incluyendo el odio por la inteligencia, la belleza, la capacidad, la virtud, la tecnología, la felicidad. Es un odio buscado por los que lo sienten, no como un medio para un fin, sino como una rabia metafísica, por sí mismo.

Si tú, que aprecias la virtud de la justicia, estudias ese ensayo, entenderás más profundamente por qué debes pronunciar juicio moral, en cualquier forma que te sea posible. Si no te haces oír, hay una brigada de profesores que lo hará, una brigada dispuesta a asumir control y pronunciar su bendición sobre la aniquilación de la humanidad.

*   *   *

Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 8 [8-4]

  1.   See Introduction to Objectivist Epistemology,p. 55; Atlas Shrugged, pp. 945-46; The Virtue of Selfishness,«The Objectivist Ethics,» p. 26.
  2.   See ibid., «How Does One Lead a Rational Life in an Irrational Society?» pp. 71-74.
  3.   Ibid., pp. 71, 72; Atlas Shrugged, p. 946.
  4.   The Virtue of Selfishness,«How Does One Lead a Rational Life in an Irrational Society?» p. 72. This statement is italicized in the original text.
  5.   See Atlas Shrugged, p. 945; The Virtue of Selfishness,«How Does One Lead a Rational Life in an Irrational Society?» pp. 72-73.
  6.   See The Voice of Reason, «The Psychology of Psychologizing,» pp. 23-31.
  7.   See The Virtue of Selfishness,«The Cult of Moral Grayness,» pp. 75-79.
  8.   Atlas Shrugged, pp. 686, 945.
  9.   See The Virtue of Selfishness,«How Does One Lead a Rational Life in an Irrational Society?» p. 73.
  10.   See Atlas Shrugged, p. 948; The Virtue of Selfishness,«The Objectivist Ethics,» pp. 31-32.
  11.   Atlas Shrugged, p. 948.
  12.   Ibid., p. 530.
  13.   Ibid., p. 959. See also The Virtue of Selfishness,«The Objectivist Ethics,» pp. 31-32.
  14.   See The New Left: The Anti-Industrial Revolution, «The Age of Envy,» pp. 164 ff.; Philosophy: Who Needs It, «An Untitled Letter,» pp. 103 ff.
  15.   Atlas Shrugged, p. 946.
  16. The New Left: The Anti-Industrial Revolution, «The Age of Envy,» pp. 152-86.

 

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