Atlas no se rebeló: se encogió de hombros

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Puede que te sorprenda, pero Atlas no se rebeló: se encogió de hombros.

Estas son algunas de las relevantes anotaciones personales que Ayn Rand escribió para ella misma, con fecha 18 de julio de 1946. Estaba organizándose y documentando sus ideas mientras escribía su obra maestra “Atlas Shrugged”. Y en estas notas vemos claramente que los creadores en la novela no se “rebelan”, sino que simplemente desaparecen. De ahí que el nombre “La Rebelión de Atlas” – como fue titulada la primera traducción al español (publicada por la Editorial Luis de Caralt, de Barcelona, en 1960), y como han sido tituladas traducciones posteriores – no refleje lo que Ayn Rand quiso transmitir como esencia de la novela, o con su título. (Por cierto, son notas que no fueron editadas por Ayn Rand, ni se suponía que fuesen a ser publicadas.)

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La razón por la cual la sociedad en mi historia no acaba derrumbándose totalmente bajo la violencia y la guerra civil (como haría en la realidad histórica) es que incluso una guerra civil está causada por algún elemento de independencia en los hombres, algún impulso activo, por muy equivocado que esté. Es ese elemento de decisión lo que hace a los hombres rebelarse, aunque sea ciegamente, al darse cuenta que las condiciones son insoportables y no pueden permitir que continúen, y que hay que hacer algo. Así que recurren a la violencia, por pura cólera y desesperación, siendo la violencia el único recurso contra los parásitos (puesto que la razón es lo que los parásitos han descartado, y porque éstos se basan en la violencia y la apoyan).

Así que sigue siendo algún tipo de creador, un hombre de acción o de decisión hasta cierto punto, lo que es necesario para llevar a los hombres a la rebelión y a la guerra civil. Eso es lo que ocurre en la historia cuando el colectivismo, el imperio del parásito, llega a ser insoportable. (Además, son los parásitos quienes recurren a la fuerza cuando necesitan más saqueo y pretenden conseguir que los hombres produzcan para ellos por medio del terror.) De hecho, en la historia las sociedades son una mezcla; ningún principio se observa consistentemente, y al individualismo se le permite funcionar por omisión. Eso es lo que mantiene a los creadores en la sociedad, la esperanza de tener una oportunidad ocasional. Pero eso ya no es verdad en el colectivismo actual, como en Rusia o en Alemania.

(Un buen detalle secundario aquí: sólo hay dos incentivos posibles para las acciones humanas: o el deseo de ganar algo, o el miedo. Pero el miedo no funciona, excepto temporalmente, sólo al nivel de la subsistencia más miserable, y sólo mientras siga habiendo producción por parte de hombres libres que pueda ser saqueada o copiada (y funciona sólo sobre el peor – o sea, el más inútil – tipo de hombres). Así que, de hecho, sólo hay un incentivo para los hombres: la ganancia, el deseo personal.)

En mi historia, los creadores no intentan cooperar con una sociedad regida por parásitos hasta que llega a ser insoportable, y luego se rebelan, como hacen en la historia real. Los creadores simplemente se retiran. Lo que queda de la humanidad sin ellos es incapaz de producir o de rebelarse. Por lo tanto, el fin del mundo, en mi historia, no es uno de violencia, sino de lenta putrefacción: desintegración, corrupción, un cadáver descomponiéndose (y una sociedad sin una inteligencia funcionando es un cuerpo muerto). Debe ser la putrefacción del estancamiento, del decaimiento desesperanzado, de lo gris, lo sombrío, lo manido. (Mantén esto firmemente presente. No pongas demasiada violencia emocional en Taggart y en los de su calaña; incluso sus crisis y tragedias son podredumbre sin color.) Sin los creadores, el mundo simplemente se para.

Sólo se indica que a los parásitos les gustaría recurrir a la violencia, lo cual es su curso natural, su esencia, y su última esperanza. Eso se muestra en la escena de la tortura, en las secuencias relacionadas con el laboratorio del profesor, y con las bajas y vergonzosas insinuaciones sobre sus intenciones, de tipos como Cuffy Meigs y otros. Pero ellos no tienen nada a lo que aplicar la violencia: los creadores se han retirado fuera de su alcance y han dejado a los parásitos a su suerte (en vez de luchar abiertamente contra ellos), para mostrarles cuál será esa suerte. Y lo que queda de la humanidad es un rebaño miserable y tembloroso, que ni vale la pena aterrorizar, porque ya están aterrorizados y obedecerán sin violencia; de hecho, lo único que quieren es obedecer, pero no hay nadie que les enseñe a los parásitos qué órdenes dar. El rebaño remanente no vale la pena ni dominar: ni siquiera son capaces de producir algo que los parásitos puedan saquear.

Todo esto debe ser mostrado explícitamente.

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Fuente:

Entrada del 18 de julio de 1946, The Journals of Ayn Rand

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Miguel Roldán contribuyó a esta traducción

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Publicado por: septiembre 25, 2017 9:49 am

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