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Justicia en un universo benevolente — Onkar Ghate

Pregunta: Según la filosofía de Objetivismo de Ayn Rand, el universo es benevolente, y a la larga el bien gana. Ninguno de esos puntos parece estar claro ni ser obvio en la ausencia de un Dios benevolente. ¿Qué estoy olvidando?

Respuesta: Objetivismo es una filosofía atea; no obstante, mantiene que, en un sentido especial, el universo es benevolente. Objetivismo no dice, sin embargo, que el bien siempre gana, aunque añadamos el atributo “a la larga”. En vez de eso, Objetivismo dice que el bien es potente y que el mal es impotente, lo cual tiene implicaciones importantes en cuanto a si el bien será victorioso. Veamos los puntos uno por uno.

*   *   *

Universo benevolente

Objetivismo rechaza todas las versiones de lo sobrenatural. Tampoco antropomorfiza la naturaleza. Cuando dice que el universo es benevolente, por lo tanto, no quiere decir que hay algún agente sobrenatural o algún poder que cuida de ti y de mí en particular, o de la humanidad en general, o que “la madre naturaleza” lo hace. El universo no tiene intereses, planes, deseos o preocupaciones. El universo simplemente existe. Y no se acomoda a nuestros deseos, a nuestros miedos o a nuestras creencias. No se adapta a nosotros; nosotros nos tenemos que adaptar a él.

Pero el universo está regido por leyes naturales y es inteligible. Lo que sea que exista está sujeto a la ley de identidad y a la ley de causalidad. Lo que sea que es, es lo que es, y por lo tanto actúa como actúa. Si, por ejemplo, dejas caer un huevo, una copa de vino, y una pelota de tenis desde un tejado hasta el pavimento de la calle, el huevo se quiebra y salpica, la copa de vino se hace añicos, y la pelota de tenis rebota. Cada cosa es algo específico (la ley de identidad) y actúa de acuerdo con lo que es (la ley de causalidad).

El mundo de la naturaleza es por supuesto maravillosamente variado y complejo. Pero si la mente humana procede lógica, racional, y científicamente, ella puede lentamente descubrir los secretos de la naturaleza. “Pensar”, escribe Ayn Rand, “es el proceso de definir identidad y de descubrir conexiones causales”. [1] El resultado de eso es que la mente humana puede entender la naturaleza de la naturaleza y aprender a remodelar el mundo para servir fines humanos.

Y desde nuestro punto de vista hoy, piensa en la escala en la que eso pasa. La humanidad se ha alzado desde la caverna a las cabañas, a los rascacielos, y a la luna. Hemos construido conocimiento sobre conocimiento en física, filosofía, biología, ingeniería, economía, medicina y muchísimo más. Y hemos usado ese conocimiento para construir herramientas y productos al servicio de la vida, desde naves que atraviesan el océano, a plantas de energía eléctrica, a trigonometría y cálculo, a sinfonías y películas, a antibióticos y anestésicos, a ordenadores y escáneres que leen huellas dactilares, a coches que se conducen solos, a inteligencia artificial.

Cuando Objetivismo dice que el universo es benevolente, quiere decir que la naturaleza es un lugar en el que la humanidad puede prosperar. Quiere decir, como Leonard Peikoff lo expresa, que el universo es “‘propicio para la vida humana’”. [2]

La premisa de un universo benevolente

El hecho de que el universo es propicio para la vida humana, Objetivismo sostiene, debería ser una verdad que moldea tu alma.

La actitud apropiada hacia la vida es un compromiso de poner el pensamiento y el esfuerzo requeridos, y luego esperar el éxito. Dedícate a expandir tu conocimiento y a crear valores verdaderamente humanos en cualquiera escala que esté abierta a ti, y serás capaz de vivir y de prosperar. La alegría y la felicidad personal, aunque exigentes, son posibles, y se debería luchar por ellas; y luego hay que esperarlas, porque ellas expresan la verdadera relación metafísica del hombre con realidad.

Tú confrontarás muchos retos y dificultades en la vida, pero ningún impedimento metafísico, ni dioses ni destinos ni ningunas otras fuerzas ininteligibles están acechando en las sombras, conspirando contra ti. Por el contrario, y para decirlo metafóricamente, el universo está invitándote a entrar…, si estás dispuesto a pagar el precio de admisión.

A enfrentar la vida con la convicción de que si los valores racionales son perseguidos apropiadamente, ellos pueden ser y normalmente serán alcanzados, Ayn Rand lo llama aceptar la premisa del universo benevolente. Adquirir, y luego sostener a través de la vida, esa convicción no es fácil, pero es crucialmente importante. Si es parte integrante de tu alma, esa premisa te orienta a confrontar ansiosamente los retos de la vida, fírmemente sabiendo que la mente y las acciones humanas son eficaces. El fracaso, el sufrimiento y la tragedia, aunque son reales y son parte de la vida humana, no revelan la naturaleza del universo o del lugar del ser humano en él. Ellos sólo indican que aún hay mucho que aprender y que dominar.

Así es como uno de los personajes de Ayn Rand en La rebelión de Atlas expresa esa orientación básica:

“Nosotros no pensamos que la tragedia sea nuestro destino natural, y no vivimos con un temor crónico al desastre. No esperamos el desastre hasta tener una razón específica para esperarlo…, y, cuando nos lo encontramos, somos libres para combatirlo. No es la felicidad, sino el sufrimiento lo que consideramos antinatural. No es el éxito, sino la calamidad lo que consideramos la excepción anormal en la vida humana. [3]

Un aspecto del eterno atractivo de todas las novelas de Ayn Rand —Los que vivimos, Himno, El manantial y La rebelión de Atlas— es que cada historia contiene personajes que trabajan para construir y retener la premisa de un universo benevolente en sus propias almas, en una cultura que es indiferente, hostil o incluso totalitaria en su oposición al éxito humano y a la felicidad. (Volveré a este punto al final). Las novelas no son explicaciones periodísticas de la vida diaria, sino declaraciones metafísicas sobre la naturaleza básica de la experiencia humana, y por lo tanto eternas.

Impacto en una cultura

Para ver la importancia de la premisa de un universo benevolente fuera de las obras de ficción de Ayn Rand, pero aun así en una gran escala, considera el hecho de que igual que la premisa puede ser parte integrante del alma de un individuo, también puede permear en una cultura entera, moldeando sus figuras dominantes, sus ideas, sus instituciones, sus actividades y su atmósfera.

Ha habido, Ayn Rand cree, dos épocas así en el mundo Occidental. La primera fue en la cumbre del florecimiento de la antigua Grecia, que produjo increíbles avances intelectuales y artísticos. Fue durante esa época en la que sus figuras líderes le enseñaron a la humanidad cómo pensar del todo —le enseñaron a pensar racional, lógica, objetiva, y científicamente— y los resultados fueron una ávida curiosidad y una profunda confianza en ellos mismos.

Los artistas más prominentes de una cultura reflejan y moldean la forma de ver la vida de esa cultura. Ayn Rand escribió que la arquitectura y la escultura que sobrevivió de la antigua Grecia proyecta la actitud metafísica de que “los desastres son pasajeros; la grandeza, la belleza, la fortaleza, la confianza en sí mismo, son el estado natural y apropiado del hombre”. [4]

La otra extensa época en la que la premisa de un universo benevolente se convirtió en un pilar cultural, aunque más inconsistentemente y más vacilantemente al inicio, fue la época desde el Renacimiento hasta el siglo XIX. Ese fue un período en el que genios intelectuales desarrollaron ciencia matemática y ganaron para la humanidad un entendimiento inimaginable de conexiones causales. Y fue un período en el que genios productivos crearon la Revolución Industrial y el capitalismo, y ganaron para la humanidad un estándar de vida nunca soñado antes.

La culminación cultural fue el siglo XIX, que atestiguó en los países más libres una explosión en la cantidad y la calidad de vida; las poblaciones crecieron, la esperanza de vida aumentó, y nuevos inventos y nuevos productos abundaron, desde viajes en tren, a los telégrafos, a la electricidad, al teléfono, hasta el arte Romántico que glorifica al individuo. La nueva consigna, por primera vez en la historia, y cuyo significado no puede ser exagerado, fue: Progreso. La humanidad no está confinada a la vida de otros animales, una competencia salvaje y una lucha de ciclos que se repiten interminablemente. La humanidad puede pensar, aprender, crecer, y puede construir infinitamente logro sobre logro.

La atmósfera cultural, como muchos han observado, incluyendo a Ayn Rand, fue muy especial, una atmósfera de buena voluntad, de buenos deseos y de benevolencia. Principalmente fue la buena voluntad de un individuo dirigida a sí mismo: como individuo, yo puedo y debo aspirar a lo bueno en la vida, a la búsqueda de la felicidad: y, con una dedicación al aprendizaje y al trabajo productivo, yo puedo alcanzarla. El corolario de todo eso fue una profunda benevolencia hacia todos los compañeros haciendo ese mismo viaje. Juntos —por medio del conocimiento, del comercio voluntario, de la especialización, de los negocios, la literatura y las artes— cada uno de nosotros podríamos crecer como individuos. El arte del siglo XIX captó esa atmósfera. Ese arte “proyectó”, escribe Ayn Rand, “un contundente sentido de libertad intelectual, de profundidad, es decir, de preocupación por problemas fundamentales, de estándares exigentes, de originalidad inagotable, de posibilidades ilimitadas y, sobre todo, de un profundo respeto por el hombre”. [5]

Esa atmósfera cultural llegó a su fin con la carnicería de la Primera Guerra Mundial y el ascenso de las ideologías del fascismo, el socialismo, y el comunismo, que niegan la mente y la vida. En filosofía, en ciencia política, en historia, en literatura, en pintura, acabada estaba la idea de que la humanidad está en un camino de avance sin límites. Sólo dos áreas significativas de la cultura retuvieron la convicción de que el progreso es algo por lo que hay que luchar y con lo que hay que contar: el mundo de la ciencia y la tecnología, y el mundo de los negocios. Toda la increíble riqueza que producimos y de la que disfrutamos hoy, desde teléfonos móviles, a tomografías computarizadas, a alimentos de todo el mundo disponibles a precios muy asequibles en la tienda de comestibles de la esquina, toda esa riqueza proviene de ese hecho. Proviene de individuos que no se resignaron a la noción de que el dolor y el sufrimiento son la insignia de la vida humana, sino que trabajaron para expandir nuestro conocimiento científico y nuestras habilidades productivas, bajo la premisa de que por lo menos en esas áreas de la vida, el éxito es posible y es de esperar.

El resultado, como Ayn Rand a menudo observó, es que vivimos en una cultura esquizofrénica. En los campos de la ciencia, de la tecnología y de los negocios, la razón y la objetividad son todavía las fuerzas dominantes, y el progreso es lo esperado (y lo dado por sentado). En las humanidades y en las artes, incluyendo en la política y en la moralidad, la razón y la objetividad han sido marginadas e incluso abandonadas, y la atmósfera en esos campos es notoriamente diferente a la del siglo XIX.

El bien y el mal

La idea de que el universo es benevolente tiene un significado especial y una importancia crucial en la filosofía Objetivista. Pero no debe ser confundida con la idea de que el bien siempre gana, incluso aunque digamos que gana “a la larga”.

Las religiones normalmente presentan esas dos ideas juntas. Una razón por la que la gente se dice a sí misma que otro reino sobrenatural existe, a pesar de la ausencia de evidencia y de las contradicciones reales que la noción de lo sobrenatural supone, es el consuelo que promete. Este mundo (como ellos correctamente observan) está plagado de injusticias. Pero hay una corte de apelación superior y final. En ese reino “superior”, el sufrimiento del inocente será enmendado, y el malvado recibirá su castigo apropiado, como se describe frecuentemente en textos religiosos en cruento y jubiloso detalle. Llegado el Día del Juicio Final, los buenos ascenderán a las glorias del cielo, y los malos descenderán a las llamas del infierno, por toda la eternidad. La idea de una recompensa cósmica justa es profundamente satisfactoria.

Pero Objetivismo rechaza todas esas apelaciones a lo sobrenatural para tener consuelo y salvación como erróneas y autodestructivas. Aunque una buena persona, alguien que realmente se esfuerza por llevar una vida racional y productiva, deba normalmente esperar un éxito existencial y una felicidad personal, esa persona sabe que no hay un ejecutor sobrenatural garantizándole esos resultados o ni siquiera inclinando la balanza a su favor. Los accidentes, los errores, las enfermedades y los desastres naturales son parte de la realidad y de la vida humana.

Una persona, por ejemplo, puede perder el control de su vehículo y chocar contra ti, confinándote a una silla de ruedas de por vida. Tú puedes dar un giro equivocado al escalar una montaña y terminar desesperadamente perdido. Un cáncer puede atacarte en la plenitud de tu vida. Un terremoto puede transformar tu casa en escombros, matándote a ti y a tu familia en el proceso. “Ninguna filosofía”, escribe Leonard Peikoff, “puede alterar el hecho metafísicamente dado de que el hombre no es omnisciente ni omnipotente”. [6]

Pero lo que una filosofía apropiada hace es darnos la orientación correcta: que la única forma de combatir el poder de los accidentes, los errores, las enfermedades y los desastres naturales en la vida humana es hacerlo a través del implacable compromiso a expandir nuestro conocimiento y nuestras habilidades productivas. Nosotros podemos aprender a crear coches que frenan solos, mapas y brújulas, drogas que combaten el cáncer, y casas a prueba de terremotos.

Un factor hecho por el hombre, sin embargo, merece una consideración especial: el hecho de que la maldad humana existe. Los seres humanos individuales poseen libre albedrío. Ellos pueden, y a veces deciden hacerlo, manipular, engañar, robar, torturar y asesinar otros individuos inocentes. Ningún anhelo por una justicia cósmica puede borrar o explicar ese hecho.

La crucial importancia de la justicia

Por eso Objetivismo se toma la virtud de la justicia tan en serio, porque es una virtud que ha de ser practicada consistentemente, infaliblemente, despiadadamente, en este mundo: es decir, en el aquí y en el ahora.

No existe ninguna dimensión sobrenatural, en la que todas las acciones malas serán corregidas. Una víctima de injusticia puede que, de hecho, nunca sea resarcida completamente. La vida se mide en el tiempo: no hay forma de volver atrás en el tiempo y eliminar el dolor y el sufrimiento que la víctima ha experimentado. Los perpetradores de la injusticia pueden (y deben) buscar hacer enmiendas y compensar a sus víctimas, pero los perpetradores nunca pueden poner sus víctimas de vuelta a donde estaban antes de la injusticia. Sea alguien que falsamente acusó a un compañero de trabajo, que engañó a su esposa, o que defraudó a un cliente, el hecho es que esa es una parte de la vida de las víctimas que ellas nunca recibirán de vuelta.

Como uno de los personajes principales en La rebelión de Atlas llega a darse cuenta, en una importante formulación: “No hay escapatoria de la justicia, nada puede quedar sin ser ganado o sin ser pagado en el universo, ni en materia ni en espíritu, y si los culpables no pagan, entonces los inocentes tienen que pagarlo”. [7]

Si quieres que el bien triunfe, por lo tanto, no debes dejárselo a los dioses o al karma. Es tu responsabilidad. Tú debes explícitamente defender y luchar por lo que tú consideras bueno. La justicia, propiamente entendida, es una virtud exigente. Vivimos en una época en la que no se juzga, lo cual a menudo hace que se ridiculice el acto e incluso la idea misma de juzgar moralmente a otra persona. El consejo de Objetivismo es radicalmente diferente: “Uno nunca debe dejar de emitir un juicio moral”. [8] En todas las actividades humanas, cada uno de nosotros debería trabajar consciente y meticulosamente para separar lo bueno de lo malo, y luego activamente apoyar el bien y activamente exponer, castigar y rehuir el mal. Las formas que eso toma en la vida son muchas y muy variadas. Pero el principio sigue siendo el mismo. Cualquier cosa que sea menos que eso socavará el bien y apuntalará el mal.

Por lo tanto, cuando Objetivismo sostiene que el universo es benevolente, no está tratando de borrar o de minimizar la existencia de la maldad humana. La historia registrada está plagada de maldad y de injusticia. “El Hombre”, escribe Ayn Rand, “es la única especie viviente que tiene el poder de actuar como su propio destructor…, y es así como ha actuado durante la mayor parte de su historia”. [9]

Pero Objetivismo no le atribuye ninguna importancia metafísica a ese hecho. El bien, no el mal, es eficaz. Los ejemplos morales de Objetivismo —no necesariamente en la totalidad de sus convicciones o de sus vidas, sino en su capacidad como pensadores y productores racionales— son individuos como Sócrates, Aristóteles, Arquímedes, Galileo, Miguel Ángel, Newton, Locke, Vermeer, Jefferson, Madison, Pasteur, Darwin, Tchaikovsky, Edison, Vanderbilt, Rockefeller, Einstein, Gates y Jobs. Esos son los individuos que más aumentan su propio conocimiento y su habilidad productiva, y quienes por lo tanto mueven el mundo hacia delante.

El mal, en contraste, es lo irracional, el intento de existir sin la necesidad de adquirir conocimiento o de producir valores. La raíz del mal, Objetivismo sostiene, es “el acto de evadir. . . el negarse a pensar: no ceguera, sino rehusar ver; no ignorancia, sino rehusar conocer. Es el acto de desenfocar tu mente e inducir una niebla interna para escapar a la responsabilidad de juzgar, bajo la premisa implícita de que una cosa no existirá simplemente si te niegas a identificarla, que A no será A mientras tú no pronuncies el veredicto “existe”. [10] Metafísicamente, ese intento debe fracasar: nadie puede burlar la naturaleza o las exigencias de la realidad. La realidad, observa Ayn Rand, “no puede ser destruida, ella simplemente destruirá al destruidor”. [11]

Abandonado a sus propios medios, por lo tanto, el mal es impotente y se colapsará sobre sí mismo; es autodestructivo. Su amplia presencia no se debe a ningún poder propio que él tenga, sino a la falta del bien: al fracaso, intencional o no, de practicar la virtud de la justicia. El continuo poder del mal viene de la disposición del bien a tolerarlo, apaciguarlo o blanquearlo. “En cualquier concesión entre el bien y el mal”, argumenta Ayn Rand, “es sólo el mal el que puede beneficiarse. En esa transfusión de sangre que drena lo bueno para alimentar lo malo, el que concede es el tubo transmisor”. [12]

En otras palabras, sea a través de ignorancia, error o evasión, siempre que tratemos lo malo como si fuera lo bueno, o simplemente como si fuera menos malo de lo que de hecho es, nosotros ayudamos a apuntalarlo. Ya sea que ignorantemente proclamemos que “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad” es un principio moral en vez de ser una manifestación de odio por todo individuo de habilidad, o que concluyamos erróneamente que Immanuel Kant es un gran filósofo y un defensor de la razón y la ciencia en vez del rescatador del misticismo, o que declaremos evasivamente que la Rusia soviética es un noble experimento y que Mao es un equivocado reformador agrario, y que, a fin de cuentas, tienes que romper algunos huevos para hacer una tortilla…, los resultados son los mismos. Nosotros drenamos lo bueno para alimentar lo malo.

El mal sobrevive, argumenta Objetivismo, por el consentimiento y la aprobación, del bien. Por lo tanto, un principio moral crucial en Objetivismo es negarse siempre a sancionar el mal; eso es un aspecto vital de la virtud de la justicia. Lejos de negar la realidad o el grado de maldad humana en el mundo, Objetivismo nos insta a tomarlo en serio: a identificarlo apropiadamente, a entenderlo, y a oponernos a él. Si hacemos eso consistentemente, atestiguaremos la impotencia metafísica del mal.

Pero hasta que eso pase, hasta que la humanidad aprenda la concepción filosófica correcta del bien y del mal, y hasta que gente buena decida practicarlo completamente, el mal perdurará. Y cada uno de nosotros tiene su propia vida que dirigir, ahora, así que como individuos nosotros debemos aprender a navegar los males ampliamente extendidos, para lo cual el principio de la justicia es una ayuda indispensable. Pero explorar todas las formas y la profundidad de ese problema fue una gran preocupación de Ayn Rand a lo largo de su vida, lo cual yo comenté en un artículo hace algunos años. [13]

Sin embargo, desde su primera novela, Los que vivimos, el punto de vista básico de Ayn Rand es claro. Ella sostenía que, aunque muchas veces es enormemente retador, sí es posible permanecer psicológica y moralmente intacto, fiel hasta el fin a la realidad y a la vida humana, incluso estando en las garras de un inmenso mal. Uno de los artículos más conmovedores de Ayn Rand (y personalmente uno de mis favoritos) es su penetrante descripción de las almas de unos de los cuantos individuos así, solitarios, en la vida real, atrapados en la pesadilla soviética pero capaces de mantener su lealtad a la verdad y su ambición por una forma de existencia humana apropiada, siendo piezas ejemplares de la premisa de un universo benevolente. [14]

El retrato ficcional de Ayn Rand de ese mismo fenómeno es su novela de 1936, Los que vivimos, ambientada en la Rusia soviética. Es común decir que no hay ateos en las trincheras. La perspectiva de Objetivismo es la opuesta: para resistir y permanecer espiritualmente intacto en infiernos hechos por el hombre, tú no debes ni rendirte a ilusiones sobrenaturales ni darte por vencido. Tú debes, en vez de eso, tener una clara y sagrada devoción a tu propia mente y a tu propia vida, y a los inexorables requisitos de la realidad. A través de uno de sus personajes más cautivadores, la heroína Kira Argounova, Ayn Rand describe la naturaleza de esa convicción metafísica. Y en un final de asombrosa belleza y poder, la historia muestra lo que es permanecer intacto, hasta el final, sin ser afectado por el mal de lo que a uno lo rodea.

Tan paradójico como pueda parecer, entonces, si tú quieres entender a qué se refería Ayn Rand con la premisa del universo benevolente y su importancia en la vida, lee Los que vivimos una novela sobre la maldad de una dictadura colectivista— y reflexiona sobre su final.

En suma, no hay garantía de que el bien ganará, aunque añadamos “a la larga”. Hoy, por ejemplo, hay enormes fuerzas de bien en el mundo —piensa, digamos, en Silicon Valley y en el impactante comercio por todo el mundo que es la globalización— pero también hay enormes males, incluyendo el resurgimiento de varias formas de colectivismo, tales como el socialismo, el fundamentalismo religioso, y el nacionalismo. El resultado no está predeterminado.

Pero lo que los hechos metafísicos de la realidad sí garantizan es que sólo el bien puede realmente vivir, y que triunfar está en el poder del bien. Triunfar, sin embargo, requiere una comprensión filosófica completa de la naturaleza del bien y del mal (lo que las posteriores novelas de Ayn Rand van a explorar en más profundidad) y su expresión consistente en acción: una profunda lealtad al bien y el negarse a sancionar el mal de ninguna manera.

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Footnotes

  1. Ayn Rand, “This Is John Galt Speaking,” inFor the New Intellectual (New York: Signet, 1964 Centennial edition).
  2. Leonard Peikoff, Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand (New York: Dutton, 1991), 342. The whole of chapter 9 is relevant, especially pp. 326–33 and 342–43.
  3. Ayn Rand, Atlas Shrugged (New York: Plume, 1999), 3, ch. 2.
  4. Ayn Rand, “The Psycho-Epistemology of Art,” The Romantic Manifesto(New York: Signet, 1971 Centennial edition). In contrast, she wrote that the art of the Middle Ages projects “that happiness is transient and evil, that [man] is a distorted, impotent, miserable little sinner, pursued by leering gargoyles, crawling in terror on the brink of an eternal hell.”
  5. Rand, “Introduction,” The Romantic Manifesto.See here too for Rand’s remarks about nineteenth-century culture more broadly.
  6. Peikoff, Objectivism, ch. 9.
  7. Rand, Atlas Shrugged, pt. 2, ch. 6.
  8. Ayn Rand, “How Does One Lead a Rational Life in an Irrational Society?,” The Virtue of Selfishness(New York: Signet, 1964 Centennial edition).
  9. Rand, “The Objectivist Ethics,” The Virtue of Selfishness.
  10. Rand, “This Is John Galt Speaking.”
  11. Rand, “This Is John Galt Speaking.”
  12. Rand, “This Is John Galt Speaking.”
  13. Onkar Ghate, “The Basic Motivation of the Creators and the Masses in The Fountainhead,” Essays on Ayn Rand’s “The Fountainhead,” Robert Mayhew (Lanham, MD: Lexington Books, 2007).
  14. Ayn Rand, “The Inexplicable Personal Alchemy,” Return of the Primitive(New York: Meridian, 1999).

    << Traducción: Objetivismo.org, con la colaboración de Nixon Sucuc >>

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Onkar Ghate

Onkar Ghate, Ph.D. in philosophy, is a senior fellow and chief content officer at the Ayn Rand Institute. A contributing author to many books on Rand’s ideas and philosophy, he is a senior editor of New Ideal.

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