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Llaman a la puerta

Llaman a la puerta. Es alguien pidiendo dinero. Le dices que no, que la situación está difícil y que no le vas a dar nada. Se va.

Llaman a la puerta. Es alguien pidiendo dinero. No es para él, dice, sino para los pobres, los enfermos, los desgraciados. Le dices que no, que lo sientes mucho pero la situación está difícil y no le puedes dar nada. Se va. Te sientes un poco incómodo porque te han enseñado que tienes algún tipo de obligación con necesitados desconocidos, pero estás agobiado económicamente y tienes que vigilar cada céntimo.

Llaman a la puerta. Es un ladrón. Tiene una pistola. Entra en tu casa y coge tu dinero, tus joyas, tu móvil y tu ordenador. Se va. Llamas a la policía y te dicen que no hay mucho que puedan hacer, que la próxima vez no le abras a nadie.

Llaman a la puerta. Es la policía. Les abres y exigen que entregues tu dinero y otras pertenencias. Algo te suena raro, creías que ellos estaban ahí para protegerte. Claro que tú no les darías nada voluntariamente, tienes otras ideas sobre cómo disponer de tus bienes, pero te dicen que no es para ellos, es para algún tipo de bien común que no consiguen explicar, así que piensas que deben tener algo de razón y dejas que se lleven lo que quieran. Además, pequeño detalle, van armados. Se van. No llamas a la policía porque son los que se acaban de ir.

No llaman a la puerta. No hace falta. Sabes quiénes son, aunque prefieres no pensarlo. Te retienen parte de tu salario, te quitan un poco de dinero cada vez que haces una compra o llamas por teléfono o realizas cualquier otra transacción. Devalúan tus ahorros con la inflación causada por sus políticas monetarias y su deuda pública. Te hacen pagar un porcentaje cada vez mayor de tus ingresos en impuestos. No es así cómo te gustaría usar el dinero que tanto te ha costado ganar, pero no tienes opción. Sabes que esa es la ley, que en nombre de «la lucha contra el paro» o «contra la pobreza» tienen un cheque en blanco y el derecho constitucional a quedarse con tu propiedad para gastar parte en ellos mismos y parte en proyectos que desconoces y con toda seguridad desaprobarías si conocieras – y que a ti, por ser una persona productiva, te toca ser la víctima. Sabes también que si te niegas, primero vendrá la carta «Estimado contribuyente…» y luego la máquina estatal, la fuerza bruta y la prisión. Intuyes que hay algo malvado es todo eso, que detrás de los discursos y las sonrisas y las apariciones en televisión hay una horda de sinvergüenzas controlando tu vida cuando lo que deberían hacer es protegerte. No puedes llamar a nadie. Prefieres que vuelva el ladrón. Por lo menos él no espera que le agradezcas nada. Estos de ahora son saqueadores legales e institucionalizados. Y no se van.

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— por Domingo García, Presidente de Objetivismo Internacional

(artículo publicado originalmente en mayo del 2008, y uno de los primeros a ser publicados en la página incipiente de Objetivismo.org).

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«Un código que te prohibe tirar la primera piedra te ha prohibido admitir la identidad de las piedras y de saber cuándo o si estás siendo apedreado» — Ayn Rand, La rebelión de Atlas

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Cuando la propia víctima acaba interiorizando que ese sistema es el correcto, lo que hay que hacer es una ardua labor de persuasión, de explicación continua, hasta la saciedad si es necesario, haciéndole ver que la realidad es muy diferente.… Leer más »

Ayn Rand

No es la sociedad, ni ningún derecho social, lo que te prohibe matar – sino el derecho inalienable de otro hombre a vivir. No es un “término medio” entre dos derechos – sino una línea divisoria que mantiene ambos derechos intactos. La división no se deriva de un edicto de la sociedad – sino de tu derecho individual inalienable. La definición de este límite no es establecida arbitrariamente por la sociedad – sino que está implícita en la definición de tu propio derecho.

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