El duelo entre Platón y Aristóteles

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La teoría de Ayn Rand sobre el hombre conduce a una interpretación distintiva de la historia. Al identificar la causa de la acción humana, esa teoría nos permite descubrir el factor que moldea el pasado de los hombres… y su futuro.

Si el hombre es el ser conceptual, la filosofía es el principal motor de la historia.

Un ser conceptual es movido por el contenido de su mente; en última instancia, por sus integraciones más amplias. Las acciones del hombre dependen de sus valores. Sus valores dependen de su metafísica. Sus conclusiones en cada campo dependen de su método de usar su consciencia, de su epistemología. En la vida de tal ser, las ideas fundamentales, explícitas o implícitas, son el poder dominante.

Por su naturaleza, las ideas fundamentales se esparcen por toda una sociedad, influenciando a cada subgrupo, ignorando las diferencias de ocupación, educación, raza o clase. Los hombres que están siendo influenciados conservan la facultad de la voluntad. Pero la mayoría son inocentes en cuanto a una filosofía explícita y no ejercen el poder que tienen para juzgar ideas. Sin darse cuenta, aceptan todo lo que se les da.

La filosofía primero da forma a un pequeño subgrupo: a aquellos cuya ocupación se centra en una visión del hombre, del conocimiento, de los valores. En términos modernos, esos son los intelectuales, los que sacan a la filosofía de su torre de marfil. Los intelectuales cuentan con y usan la filosofía para crear su primera expresión concreta, la cultura de una sociedad, incluyendo su arte, sus costumbres, su ciencia (si la hay), y su enfoque a la educación. El espíritu de una cultura, a su vez, es la fuente de las tendencias en política. La política es la fuente de la economía.

Objetivismo no niega que “muchos factores” intervienen en la causalidad histórica. Fuerzas económicas, psicológicas, militares y de otros tipos juegan un papel importante. Ayn Rand, sin embargo, no considera a ninguna de esas fuerzas como siendo algo primario.

No hay dicotomía entre la filosofía y los factores especializados. La filosofía no es la única causa de la trayectoria de los siglos. Es la causa remota, la causa de todas las otras causas. Si ha de haber una explicación de una totalidad tan vasta como la historia humana, que incluye a todos los hombres en todos los campos, sólo la ciencia que se ocupa de las abstracciones más amplias puede proporcionarla. La razón es que sólo las abstracciones más amplias pueden integrar todos esos campos.

Los libros de los filósofos son el comienzo. Paso a paso, los libros se convierten en motivaciones, pasiones, estatuas, políticos y titulares de noticias.

La filosofía determina esenciales, no detalles. Si los hombres actúan bajo ciertos principios (y optan por no repensarlos), los actores alcanzarán el resultado final lógicamente inherente a esos principios. La filosofía, sin embargo, no determina todas las formas concretas que un principio puede tomar, o las oscilaciones dentro de una progresión, o los intervalos de tiempo entre sus pasos. La filosofía determina solamente la dirección básica… y el resultado.

Para poder captar el papel de la filosofía en la historia, uno debe ser capaz de pensar filosóficamente, o sea, de ver el bosque. Quien consigue verlo sabe que la historia no está regida por accidentes.

Durante dos milenios, la historia Occidental ha sido la expresión de un duelo filosófico. Los contendientes son Platón y Aristóteles.

Platón es el primer pensador en sistematizar lo “de otro mundo”. Su metafísica, identificada en términos Objetivistas, sostiene la primacía de la consciencia; su epistemología, el intrinsicismo y su corolario, el misticismo; su ética, el código del sacrificio. Aristóteles, el diligente alumno de Platón durante veinte años, es el primer pensador en sistematizar lo “de este mundo”. Su metafísica sostiene la primacía de la existencia; su epistemología, la validez de la razón; su ética, el ideal de la felicidad personal.

Lo anterior requiere una cierta explicación. El propio Platón, gracias a la influencia del paganismo, era más de este mundo que lo eran sus seguidores en la Cristiandad… o en Königsberg. Aristóteles, gracias a la influencia de Platón, nunca llegó a ser completamente aristotélico; a pesar de que sus descubrimientos hicieron posible todo el futuro progreso intelectual, su sistema mantuvo en todas las ramas un remanente considerable de intrinsicismo. Los seguidores de Platón incluyeron varios filósofos de genio, quienes finalmente despojaron de sus ideas todo tipo de inconsistencias y de apariencias. Los seguidores de Aristóteles – salvo Tomás de Aquino, que escribió como fiel hijo de la Iglesia – fueron hombres inferiores, incapaces de purificar y ni siquiera de captar plenamente el legado del maestro.

La primera batalla en el duelo histórico fue ganada de manera decisiva por Platón, a través de la obra de discípulos como Plotino y San Agustín.

La Edad Media [la Edad Oscura] fue oscura por principio. Mientras los bárbaros saqueaban el cuerpo de Roma, la Iglesia luchaba por anular los últimos vestigios de su espíritu, arrancando a Occidente de la naturaleza, la astronomía, la filosofía, la desnudez, el placer, infundiendo en las almas de los hombres la adoración a la Eternidad, con todas sus consecuencias temporales.

“Los primeros padres cristianos”, escribe un historiador,

. . . se deleitaban con auto-torturas sencillas como los cilicios, y con dejar de lavarse. Otros llegaron a extremos más desesperados, como por ejemplo Amonio, que torturaba su cuerpo con un hierro al rojo vivo, hasta quedar cubierto de quemaduras. . . No debería ser necesario hacer hincapié en estos deprimentes detalles si no fuera por el hecho de que la iglesia erigió estas atroces prácticas como muestra de virtud, a menudo canonizando a quienes las practicaban. . .  Santa Margarita María de Alacoque buscaba fruta podrida y pan enmohecido para comer. Como muchos otros místicos, ella sufría de sed toda su vida, pero decidió no permitirse beber agua de jueves a domingo, y cuando bebía prefería el agua donde se había lavado la ropa. . . . Con un cuchillo ella se grabó el nombre de Jesús en el pecho, y como las cicatrices no duraron lo suficiente, las quemó permanentemente con una vela. . . . Fue canonizada en 1920. . . . Santa Rosa no comía nada más que una mezcla de hiel de cordero, hierbas amargas, y cenizas. La Pazzi, igual que Alacoque, hizo su voto de castidad a una increíblemente temprana edad (a los cuatro años, dicen)”. 2

Ni siervo ni señor emularon esas elocuentes expresiones del espíritu medieval. Pero ambos las admiraban desde lejos… como siendo piadosas, profundas y morales. No hay ningún tipo de consideraciones “prácticas” que pueda explicar esa admiración. Nada puede explicarlas, ni la cultura, la política o el hambre a las que condujeron, salvo un único hecho: los hombres se tomaban la religión en serio. Ese es un estado mental que la mayoría de los modernos ya no pueden ni imaginarse, incluso aunque vean que está resurgiendo.

Durante siglos, las obras de Aristóteles estuvieron perdidas para Occidente. Y entonces Tomás Aquino dejó suelto a Aristóteles en ese desierto de cruces y horcas. La razón, enseñó Tomás de Aquino, no es una criada de la fe, sino una facultad autónoma, la cual los hombres deben usar y obedecer; el mundo físico no es una emanación inmaterial, sino algo sólido, conocible, real; la vida no está para ser maldecida, sino para ser vivida. En menos de un siglo, Occidente estaba en el umbral del Renacimiento.

El período desde Tomás de Aquino hasta Locke y Newton fue una transición, a la vez tímida y acelerada. El redescubrimiento de la civilización pagana, el aluvión constante de exploraciones y de inventos, el resurgir del arte que glorifica al hombre, el resurgir de la filosofía terrenal, la afirmación de los derechos individuales del hombre, la integración de pistas anteriores tomando cuerpo y dando pie al primer sistema de ciencia moderna… todo ello representa un esfuerzo prodigioso para liberarse de los grilletes medievales y reorientar la mentalidad Occidental. Fue el prólogo a un clímax, a la primera cultura descaradamente secular desde la antigüedad: la Ilustración. De nuevo, los pensadores aceptaron la razón como indiscutible.

El Dios de las Escrituras se convirtió en el observador pasivo mencionado por el deísmo; los que hablaban de milagros ya no podían competir con los portavoces de la naturaleza, que estaban inundando el mundo con su descubrimiento de la causalidad, en forma de leyes temporales “eternas e inmutables”. La revelación pasó a ser motivo de vergüenza; la educación había descubierto el “único oráculo del hombre”: la observación y el intelecto puro. La salvación como objetivo de los hombres dio paso a la búsqueda de la felicidad en la tierra. La humildad dejó paso a una emoción prácticamente olvidada, el orgullo: el orgullo de los hombres por el conocimiento ilimitado que esperaban lograr, y por la virtud ilimitada (la “perfectibilidad” humana, como llamaban a esta última).

En cuanto a cada esencia filosófica, el espíritu era lo opuesto al intrinsicismo – y al subjetivismo. El espíritu era de este mundo, sin escepticismo. Eso significa que, a pesar de las muchas contradicciones de ese período, el espíritu era el de Aristóteles.

La fe y la fuerza, como Ayn Rand observó, implican la una a la otra, un hecho ejemplificado en el feudalismo de los siglos medievales. Pero la razón y la libertad implican la una a la otra también. El más puro ejemplo de este hecho fue la aparición de una nueva nación en el Nuevo Mundo. Fue la primera vez en la historia que una nación fue fundada conscientemente en base a una teoría filosófica. Esa teoría era el principio de los derechos.

El hombre, decían en esencia los Padres Fundadores de los Estados Unidos, es el animal racional. Por lo tanto es el individuo, no el estado, quien es soberano; el hombre debe ser dejado libre para pensar y para actuar en consecuencia. A diferencia de Platón, cuyas ideas políticas eran consecuencia de sus premisas básicas, las ideas políticas de Aristóteles eran mixtas; eran una mezcla de elementos individualistas y platónicos (el concepto de “derechos” aún no había sido formulado). En la Declaración de Independencia y la Constitución que la implementa vemos finalmente la expresión plena, en términos políticos, de los fundamentos aristotélicos.

A pesar de las alegaciones, entonces y ahora, de sus raíces Judeo-Cristianas, los Estados Unidos y su singular sistema de gobierno no podrían haber sido fundados en ningún período filosóficamente diferente. La nueva nación habría sido inconcebible en el siglo XVII, bajo los puritanos, por no decir en el siglo XII; y, dejando de lado el poder de la tradición, su individualismo egoísta, absolutista, nunca sobreviviría una votación en la época actual (que es por lo que una segunda Asamblea Constitucional sería una calamidad). Estados Unidos requería lo que sólo la Ilustración ofrecía: la ilustración, la iluminación.

La combinación de razón y libertad es poderosa. En el siglo XIX, es lo que condujo a la Revolución Industrial, el arte romántico y a una auténtica buena voluntad entre los hombres; condujo a una explosión sin precedentes de riqueza, belleza y felicidad. Dondequiera que miraba, la gente veía un presente sonriente y un futuro radiante. La idea de una mejora continua llegó a ser algo dado por hecho, como si fuese un axioma. El progreso, creía la gente, era a partir de ese momento automático e inevitable.

Lo último que el siglo XIX pudo haber imaginado fue que la siguiente parada del expreso humano  iba a ser Sarajevo y la metafísica de la “náusea”.

Todo ese magnífico desarrollo – incluyendo la ciencia, los Estados Unidos, y la industrialización – era una anomalía. Las ideas sobre las cuales ese desarrollo estaba basado estaban de salida al mismo tiempo que daban a luz a todos esos logros trascendentales.

Desde el Renacimiento, las fuerzas anti-aristotélicas se habían estado reagrupando. En el siglo XVII, Descartes volvió a instalar el platonismo en la base de la filosofía. Gracias a su elemento intrinsicista, los aristotélicos siempre habían sido vulnerables a ataques; eran vulnerables sobre todo en dos áreas cruciales: la teoría de conceptos y la validación de la ética. (La ética, Aristóteles había enseñado, no es un campo susceptible de demostración objetiva). Esas fueron las aperturas históricas, la doble invitación que los mejores intelectuales, sin saberlo, entregaron a la escuela cartesiana. En la penúltima década del siglo XVIII, justo cuando estaban naciendo los Estados Unidos, esa escuela, sin encontrar oposición, dio su fruto.

El fruto fue el fin del compromiso filosófico por la razón que tenía Occidente, el cambio consciente en la torre de marfil de los restos de Aristóteles a su antítesis. El pensador que puso fin a la Iluminación y sentó las bases para el siglo XX fue Kant.

Para solucionar el problema de los conceptos, Kant afirmó, se requería una nueva metafísica y una nueva epistemología. La metafísica, identificada en términos Objetivistas, es la primacía de la consciencia en su variante social; la epistemología es el subjetivismo social y su corolario, el escepticismo. Este enfoque dejó a Kant libre para declarar, sin poder ser desafiado, cuál era la esencia de la ética  intrinsicista: el deber, o sea, los imperativos emitidos por la propia realidad (noumenal). Cuando el nuevo enfoque de Kant tomó control total de la filosofía occidental, como hizo en unas pocas décadas, ese deber al mundo noumenal se convirtió en un deber al grupo o al estado.

La revolución copernicana de Kant reafirmó las ideas fundamentales de Platón. Esta vez, sin embargo, las ideas no estaban moderadas por ninguna influencia pagana. Estaban enteras, sin diluir, y fueron por lo tanto incomparablemente más virulentas.

Platón y los medievales negaban la Existencia en nombre de una fantasía, de una radiante realidad “superior” con la cual, creían ellos, estaban en contacto directo e inspirado. Ese reino místico, decían ellos (o al menos sus niveles inferiores), puede ser abordado con el uso de la mente, aunque esta última esté contaminada por su unión con el cuerpo. El hombre, decían, debe sacrificar sus deseos, pero debe hacerlo para ganar una recompensa. Su objetivo apropiado, hasta los santos estaban de acuerdo, es la felicidad, su propia felicidad, a ser lograda en la próxima vida.

Kant es un caso diferente. Él niega la Existencia, no en nombre de una fantasía, sino de la nada; la niega en nombre de una dimensión que es, según su propia e insistente declaración, incognoscible para el hombre e inconcebible. La mente, dice Kant, está desgajada no sólo de algunos aspectos de “las cosas en sí mismas”, sino de todo lo que es real; cualquier facultad cognitiva está desgajada porque tiene una naturaleza, cualquier naturaleza. El objetivo apropiado del hombre, dice Kant, no es la felicidad, sea en esta vida o en la próxima. Esa criatura “radicalmente malvada” (palabras de Kant) debe sacrificar sus deseos por deber, por el deber como un fin en sí mismo.

Si ignoramos los ocasionales taparrabos, Kant no le ofrece a la humanidad ninguna alternativa al reino de lo que es, y ninguna recompensa por renunciar a él. Él es primer filósofo de la historia en rechazar la realidad, el pensamiento, y los valores, no en aras de alguna versión “superior” de ellos, sino rechazarlos por rechazarlos. El poder en nombre del cual su genio habla no es la “razón pura”, sino la destrucción pura.

El resultado del enfoque de Platón fue una forma de adoración. El resultado de Kant, en palabras de Ayn Rand, fue “el odio del bien por ser el bien”. Ese odio tomó forma en la cultura del nihilismo.

Los intelectuales modernistas son comparables a un psicópata que asesina por el placer de asesinar. Ellos buscan la emoción de lo nuevo; y lo nuevo, para ellos, es lo negativo. Lo nuevo es la aniquilación, la aniquilación de lo esencial en cada campo; ellos no están interesados en nada que ocupe su lugar. De ahí la singularidad del siglo que hemos dejado detrás: una filosofía alegremente libre de un enfoque sistemático, una educación basada en la teoría que la cognición es perjudicial, una ciencia jactándose de su incapacidad para comprender, un arte que expulsó a la belleza, una literatura alardeando de “anti-héroes”, un lenguaje “liberado” de sintaxis, una poesía “libre” de métrica, una pintura no representativa, una música atonal, una psicología inconsciente, una des-construcción en la crítica literaria, una indeterminación como la nueva profundidad en física, una incompleta revelación en matemáticas: un vacío por todas partes que fue aclamado por la “avant-garde” con una risita metafísica. Era el sonido del triunfo, el triunfo del nuevo anti-ideal: de lo incognoscible, lo inalcanzable, lo insoportable.

En la realidad kantiana, sólo eso era posible.

Kant, rodeado por la Ilustración, no desarrolló las implicaciones políticas de su filosofía. Sus seguidores, sin embargo, no tuvieron ningún problema en ver el asunto; a partir de las premisas que Kant suministró, Fichte, Hegel, Marx (y Bismarck) extrajeron la conclusión. Y así es como aparecen los dos movimientos más apasionadamente anti-libertad de la historia, el Comunismo y el Fascismo, junto con todos sus menores antecesores y condiscípulos estatistas del bienestar.

El estatismo moderno emanó, como tenía que hacerlo, de la “tierra de poetas y filósofos”. La razón no es la “depravación innata” de los alemanes, sino la naturaleza de su principal filósofo.

El estatismo no puede mantener una civilización industrial. El nihilismo no puede acatarla. De ahí, cuando llega el momento, otra manifestación: los crecientes ataques a la tecnología, o sea, la revolución anti-industrial. Era el voto de pobreza de nuevo, no para tener acceso al cielo esta vez, sino como un medio para el bienestar del agua, de los árboles y de las “especies en peligro de extinción”. Esto último podría referirse a cualquier especie, excepto al ser humano.

Tanto se ha perdido tan rápido. En poquísimo tiempo, Occidente pasó de “la paz perpetua” a la guerra perpetua; del éxtasis de Víctor Hugo a la lengua en el trasero de Molly Bloom [personaje de Ulysses, de James Joyce]; de estar acostumbrado al progreso, a estar acostumbrado a Auschwitz.

*     *     *     *

Ayn Rand es a Aristóteles lo que Kant es a Platón. Ambos lados de este duelo perenne, en su forma más pura, finalmente han quedado explícitos. La filosofía de Kant es platonismo sin paganismo. La filosofía de Ayn Rand es aristotelismo sin platonismo.

En este momento de la historia, el Occidente está mutando de nuevo. La razón es que Kant como poder cultural ha muerto.

Kant ha muerto en la filosofía académica; ha expirado efectivamente bajo su tutela. Ha muerto entre los intelectuales, cuya visión del mundo es la desilusión (ellos lo llaman el “fin de la ideología”). Ha muerto en el reino del arte, donde el nihilismo, con lo poco que le queda por desafiar, se está convirtiendo en su producto inevitable: nihil (lo que ahora se conoce como “minimalismo” y “postmodernismo”).

Kant ha muerto incluso en Berlín y en Moscú. Al escribir estas líneas, aunque es demasiado pronto para saberlo, el comunismo parece estar desintegrándose.

El colapso de un negativo, sin embargo, no es un positivo. La atrofia de una versión malvada de la sinrazón no es la adopción de la razón. Si los hombres dejan de descubrir ideas vivas, continuarán dejándose guiar por las muertas; continuarán siguiendo, por inercia, los principios que ya han institucionalizado. Tanto para las naciones de Oriente como de Occidente hoy, no importa cuál sea su lenguaje elogiando un “mercado libre”, la culminación de esos principios es una variante de la dictadura, nueva o revisada: si no es comunista, entonces es fascista y/o religiosa y/o tribal. La fuerza y la fe en tal escala significarían volver otra vez al destino de los antepasados.

El único hombre que puede evitar otra Edad Oscura es el Padre de la Ilustración.

Es verdad que Aristóteles tiene defectos, defectos que siempre le dieron una apertura a sus enemigos. Pero ahora esa apertura ha sido cerrada.

La solución a la crisis de nuestra época es el amor, como dice todo el mundo. Pero el amor que necesitamos no es un amor a Dios o al prójimo. Es un amor al bien por ser el bien. El bien, en este contexto, incluye la realidad, el hombre como héroe, y la herramienta del hombre para la supervivencia. 3

Algún remanente de ese amor aún sobrevive en Occidente. Por encima de todo, sobrevive en la gente de una nación: los Estados Unidos de América – la cual, a pesar de su declive, continúa siendo el líder y el faro del mundo. Es una razón para tener esperanza. Una nación, sin embargo, está moldeada, a fin de cuentas, no por su gente, sino por sus intelectuales. Es una razón para tener miedo, a menos que algunos “nuevos intelectuales”, como los llamó Ayn Rand, puedan aparecer.

Por su naturaleza, una filosofía le habla a toda la humanidad, no a un lugar o a un momento específicos. Un cierto tipo de filosofía, sin embargo, pide a gritos ser escuchada en un cierto lugar primero.

Objetivismo es preeminentemente un punto de vista americano, aunque la mayoría de la gente, en Estados Unidos o en el extranjero, nunca hayan oído hablar de él. Es americano porque identifica la base implícita de los Estados Unidos de América, como el país donde fue originalmente concebido.

Las ideas de Ayn Rand resolverían la contradicción que ha estado desgarrando el país de la libertad: la contradicción entre su ética y su política. El resultado sería, no los Estados Unidos como son o ni siquiera como lo fueron una vez, sino la grandeza de una cúspide romántica: los Estados Unidos de América “como podrían ser y deberían ser”.

Si uno juzga sólo basándose en precedentes históricos, este tipo de proyección es fantasía pura; hay razones para pensar que hemos pasado el punto de no retorno. Estados Unidos, sin embargo, es un país sin precedentes, y el hombre tiene la facultad de la voluntad.

Hasta el final de su vida, Ayn Rand enarboló su premisa distintiva del “universo benevolente”. El bien, ella mantenía, puede ser logrado: “es real, es posible, es tuyo”. 4 Mientras no haya censura, ella enseñó, existe la posibilidad de poder persuadir y tener éxito.

Si no es posible hacer ninguna predicción definitiva, ella enseñó, entonces razonablemente sólo una acción es la apropiada: seguir luchando por la razón.

*     *     *     *

 “Todas las cosas excelentes”, dijo Spinoza, “son tan difíciles como son raras”. Puesto que los valores humanos no son automáticos, esa afirmación es innegable.

En otro sentido, sin embargo – y esta es la singular perspectiva de Ayn Rand – la tarea que tenemos por delante no es difícil.

Salvar al mundo es la cosa más fácil del mundo. Lo único que uno tiene que hacer es pensar.

 = = = = =

New York City – South Laguna, California   1984-1990

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Este es el epílogo del libro Objetivismo: La Filosofía de Ayn Rand, por Leonard Peikoff, recientemente traducido al castellano, y disponible como eBook en  https://larebeliondeatlas.org/objetivismo-la-filosofia-de-ayn-rand-e1495/. Una versión en papel puede estar a la venta en la segunda mitad del 2014.

Este ensayo es una aplicación de Objetivismo a un campo especializado: la historia. Es una conclusión que Leonard Peikoff ofrece como una indicación más del poder de las ideas en la vida del hombre. El ensayo incluye material tratado por Ayn Rand en Para el Nuevo Intelectual,  así como en el propio libro de Peikoff “The Ominous Parallels” (Los Paralelismos Ominosos), el cual no ha sido traducido al castellano.

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Publicado por: julio 18, 2013 12:13 am

1 Comentario

1 Comentario

One Reply to “El duelo entre Platón y Aristóteles”

  • Jan says:

    ¡Excelente! ¿Tendrá costo?

    sólo me queda una duda ¿En serio Kant está colapsando? ¿o lo dice en el sentido de que está llegando a las consecuencias lógicas de su filosofía, la fuerza bruta, o sea la destrucción?

Comentarios

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