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El capitalismo como sistema de objetividad — OPAR [11-2]

Capítulo 11: Capitalismo

El capitalismo como sistema de objetividad [11-2]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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* * * 

El capitalismo implementa el código de moralidad correcto porque está basado en una visión correcta de metafísica y epistemología. Es el sistema de la virtud porque es el sistema de la objetividad.

En esencia, «virtud» y «objetividad» denotan el mismo fenómeno: la relación volitiva apropiada entre consciencia y existencia. «Virtud» denota esta relación vista como el principio que rige la acción de un individuo; “objetividad» la denota como el principio que rige la cognición de un individuo.

Cada uno de estos conceptos, por tanto, implica el otro; pero “objetividad» es el más fundamental de los dos.

La validación del sistema capitalista sigue el método de la objetividad: ciertas conclusiones políticas se reducen a los principios de una moralidad científica, los cuales a su vez se reducen en última instancia a datos perceptuales. Tal sistema está alineado con los requerimientos de una consciencia orientada a la realidad: el capitalismo protege los derechos objetivos por medio de leyes objetivas.

El capitalismo es incompatible con cualquier versión de intrinsicismo. Es un sistema de y para evaluadores mentalmente activos y de este mundo, no para pasivos auto-abnegados. Y el sistema tampoco permite que ningún intrinsicista imponga sus mandamientos a través del poder de la ley. De modo similar, como está alineado con la orientación a la realidad, el capitalismo es incompatible con cualquier versión de subjetivismo, sea personal o social. Y el «laissez-faire» tampoco significa que «todo vale»; en una república, «nada vale» que vulnere los derechos del hombre.

El principio de objetividad se aplica a todas y cada una de las características del capitalismo: se aplica a todos los valores y a todas las formas de relaciones humanas que son inherentes al sistema. 9 (Los individuos, por supuesto, son libres de ser objetivos o no-objetivos). Comencemos analizando la objetividad del valor económico.

El valor económico de bienes y servicios es su precio (este término subsume todas las formas de precios, incluyendo salarios, alquileres, rentas y tipos de interés); y los precios en un mercado libre están determinados por la ley de la oferta y la demanda. Unos hombres crean productos y los ponen a la venta; eso es la “oferta”. Otros hombres ofrecen sus propios productos a cambio; eso es la “demanda”. (El medio de cambio es el dinero). «Oferta» y «demanda», por lo tanto, son dos perspectivas de un único hecho: lo que un hombre provee es su demanda; ese es su único medio de demandar la oferta de otro hombre. El precio de mercado de un producto está determinado por la conjunción de dos evaluaciones, o sea, por el acuerdo voluntario entre vendedores y compradores. Si los vendedores deciden cobrar mil dólares por un saco de harina porque sienten «codicia», no habrá compradores; si los compradores deciden pagar cinco céntimos por ese saco porque sienten «necesidad», no habrá vendedores ni harina. El precio de mercado no está basado en deseos arbitrarios, sino en un mecanismo específico: es a la vez el precio más alto que los vendedores pueden pedir y el precio más bajo que los compradores pueden encontrar.

El valor económico determinado de esa forma es objetivo.

Un valor objetivo es un existente (en este caso, un producto) que ha sido evaluado por una consciencia volitiva que persigue un cierto objetivo en un contexto cognitivo específico; la evaluación (incluyendo el objetivo) debe ser racional, es decir, determinada en última instancia por los hechos de la realidad. Citando de nuevo la formulación de Ayn Rand: «Los valores no pueden existir (no pueden ser valorados) fuera del contexto total de la vida, las necesidades, los objetivos y el conocimiento de un hombre”. 10 Lo anterior describe exactamente cómo las evaluaciones económicas se hacen en un mercado libre. Los hombres son libres de juzgar el valor de diversos productos, el valor que esos productos tienen para ellos; cada uno de ellos juzga de acuerdo con sus propias necesidades y objetivos, de la forma como él entiende que se aplican en un contexto determinado. El valor de mercado por lo tanto incluye evaluador, objetivo, beneficiario, elección y conocimiento… todos ellos siendo insignias de un valor objetivo en contraste a un valor tipo revelación. Al mismo tiempo, las evaluaciones de los hombres, económicas o de cualquier otro tipo, no pueden ser impunemente caprichosas; bajo el capitalismo los hombres irracionales sufren las consecuencias, una de las cuales es perder en algún momento su poder económico y con ello su capacidad de influenciar el precio de mercado. El valor de mercado, por lo tanto, es objetivo en el significado pleno y técnico del término. Es específicamente objetivo, en oposición a ser intrínseco o subjetivo.

Es esencial aquí captar la distinción que hace Ayn Rand entre dos formas de lo objetivo: lo filosóficamente objetivo y lo socialmente objetivo. «Por filosóficamente objetivo», escribe ella,

quiero decir un valor estimado desde el punto de vista de lo mejor posible para el hombre, o sea, del criterio de la mente más racional que posea el mayor conocimiento, en una determinada categoría, en un determinado período, y en un contexto definido (nada se puede estimar en un contexto indefinido). Por ejemplo, puede demostrarse racionalmente que el avión es objetivamente de un valor incomparablemente mayor para el hombre (para el hombre en su punto álgido) que la bicicleta… y que las obras de Víctor Hugo son objetivamente de un valor incomparablemente mayor que las revistas de chismes. Pero si el potencial intelectual de un hombre concreto apenas puede conseguir disfrutar de los chismes, entonces no hay motivo por el que sus exiguas ganancias, el producto de su esfuerzo, tenga que ser gastado en libros que no puede leer… o en subsidiar la industria aeronáutica si sus propias necesidades de transporte no van más allá de la bicicleta. (Y tampoco hay ninguna razón para que el resto de la humanidad deba ser limitada al nivel de los gustos literarios de ese hombre, de su capacidad de ingeniería, y de sus ingresos. Los valores no se determinan por decreto ni por votación.)

Así como el número de sus adherentes no es prueba de la verdad o falsedad de una idea, ni del mérito o demérito de una obra de arte, ni de la eficacia o ineficacia de un producto – por la misma razón el valor de libre mercado de bienes o servicios tiene que representar necesariamente su valor filosóficamente objetivo, sino sólo su valor socialmente objetivo, es decir, la suma de los juicios individuales de todos los hombres involucrados en el comercio en un momento dado, la suma de lo que ellos valoran, cada uno en el contexto de su propia vida”. 11

El valor filosóficamente objetivo de un producto es la evaluación a la que llegan los hombres que tienen la mejor comprensión de la realidad (dentro de una categoría y un contexto concretos), independientemente de si ellos mismos están involucrados o no en la compra y venta de ese producto. El valor socialmente objetivo es la evaluación a la que llegan los compradores y vendedores reales. Estas dos evaluaciones no son necesariamente las mismas, porque compradores y vendedores pueden carecer de la comprensión necesaria de la realidad; pueden carecer del conocimiento que haría que el producto fuese, a juzgar por sus propias mentes, una necesidad, un placer, un valor (o, al contrario, que haría que el producto fuese una falta de valor).

El libre mercado, sin embargo, es el mayor de todos los educadores. Continuamente eleva el conocimiento de los ciudadanos, el calibre de sus gustos, la discriminación de sus placeres, la sofisticación de sus necesidades.

Un libre mercado [escribe Ayn Rand] es un proceso continuo que no se puede parar, un proceso ascendente que exige lo mejor (lo más racional) de cada hombre, y que le recompensa de acuerdo con ello. Mientras que la mayoría aún no ha acabado de asimilar el valor del automóvil, la minoría creativa ya está introduciendo el avión. La mayoría aprende por demostración, la minoría es libre de demostrar. . .

Dentro de cada categoría de bienes y servicios… es el proveedor del mejor producto al menor precio quien obtiene las mayores recompensas financieras en ese campo: no automáticamente ni inmediatamente ni por decreto, sino por virtud del mercado libre, que le enseña a cada participante a buscar lo que es objetivamente mejor dentro de la categoría de su propia competencia, y que penaliza a los que actúan basados en consideraciones irracionales. 12

Cualquier persona concreta en una sociedad libre puede decidir ignorar la razón, pero, al no haber ninguna entidad que pervierta el principio de justicia, tales personas no son las que establecen los términos económicos de largo plazo en la sociedad. Si un hombre malgasta su sueldo en licor y no le queda nada para el alquiler; si sucumbe haciendo compras desenfrenadas de acciones en un mercado alcista, ignorando los datos fundamentales de una empresa; si invierte su dinero en carros de caballos mientras se ríe de los automóviles – él es quien pierde, y seguirá perdiendo a menos que aprenda una mejor forma de abordar las cosas. El sistema institucionaliza así (aunque no puede obligarlo) el respeto por la realidad; y las evaluaciones económicas (y de cualquier otro tipo) de los hombres quedan determinadas de acuerdo con eso. (De modo similar, el creciente estatismo de una economía mixta promueve los gustos masivos cada vez más degradados que vemos hoy día en campos como el arte, la literatura y el espectáculo).

El valor de mercado, en esencia, es la valoración más racional de un producto que una sociedad libre puede alcanzar en un momento dado; y siempre hay una tendencia a que esa valoración se aproxime al valor filosóficamente objetivo del producto, a medida que las personas adquieren el conocimiento necesario. Con el tiempo, salvo accidentes, las dos valoraciones convergen. La minoría creativa capta el valor filosóficamente objetivo de un bien o servicio, y luego se lo enseña al público, que en algún momento es elevado al nivel de desarrollo de los creadores. «Es en ese sentido», Ayn Rand concluye, «que el mercado libre no está regido por los criterios intelectuales de la mayoría, los cuales prevalecen sólo en un momento dado y para ese momento; el mercado libre es regido por quienes son capaces de ver y planificar a largo plazo – y cuanto mejor la mente, más largo el plazo». 13

La opinión predominante hoy día es que el valor económico (como cualquier otro valor) no es objetivo, sino arbitrario. Los monopolistas y otros «explotadores», dicen los subjetivistas, cobran el valor que les da la gana cobrar; los propietarios de inmuebles y los banqueros fijan los alquileres o los tipos de interés a su antojo; los empleadores pagan el mezquino salario que su avaricia decreta. Tanto la teoría económica como la historia demuestran que no es así como funciona el capitalismo; la teoría y la historia ambas dejan claro lo que les pasa en un mercado libre a quienes cobran de más, a quienes cobran de menos, y a cualquier otro potencial aprovechador deshonesto (que pierden sus clientes, sus trabajadores y en última instancia, sus camisas). Pero los subjetivistas, sin embargo, no quieren saber nada de esas pruebas; como no reconocen la posibilidad de una consciencia que perciba la existencia, no pueden aceptar la posibilidad de una economía objetiva.

La cura tradicional para los «precios arbitrarios» del capitalismo es recurrir al estado; el gobierno, nos dicen, debe legislar un «precio justo» en sí mismo, independientemente de las condiciones de mercado. Eso representa intrinsicismo presentándose como la solución al subjetivismo. “Justicia” (o «equidad»), en un contexto económico, sin embargo, significa un libre comercio honesto; el precio «justo» es el precio que los hombres aceptan pagar. Dado que fuerza y mente son opuestas, el gobierno bajo el capitalismo no legisla los precios; no legisla ningún juicio de valor, ni económico ni de ningún otro tipo. Pero los intrinsicistas no tienen reparos en desatar la fuerza contra una mente ni escrúpulos sobre los medios que emplean para descubrir qué precio es el «justo». Como siempre, ellos cuentan con la revelación – en este caso, no una que emana de la voluntad de Dios, sino del capricho de políticos reaccionando a los caprichos de grupos de presión.

El intelectual subjetivista, en efecto, hace que la gente se dirija en defensa propia al líder intrinsicista, que actúa como portavoz de un grupo diferente de subjetivistas. Esa especie de círculo vicioso va mucho más allá del ámbito de la política y la economía.

Puesto que el valor económico bajo el capitalismo es objetivo, los beneficios son objetivos también.

El beneficio es la diferencia entre dos precios, entre el precio de la inversión (incluyendo el trabajo) en un negocio y el precio de su producción. No hay, por lo tanto, tal cosa como un beneficio inherentemente «justo», y no hay tal cosa como un beneficio «excesivo» o «arbitrario». Sólo hay el beneficio que los hombres se ganan.

En general, al ser los bienes y servicios materiales en cada categoría evaluados objetivamente, la compensación financiera de sus creadores (a largo plazo) es igualmente objetiva. Cualquiera que sea su forma, los ingresos bajo el capitalismo no están determinados «intrínsecamente» o «subjetivamente»; no pueden ser demasiado altos o demasiado bajos; todos los beneficios son ganados. «El grado de productividad de un hombre», escribe Ayn Rand, «es el grado de su recompensa». 14

La riqueza de un hombre bajo el capitalismo depende de dos factores: de su propio logro creativo y de la decisión de otros de reconocer ese logro. Dado que el sistema promueve ese reconocimiento, sin embargo, la riqueza de un hombre a fin de cuentas depende sólo del ejercicio de su facultad creadora. Cuanto más activa sea una mente, dentro de un campo concreto de producción, más rico se hará a la larga quien la posee. Esa es la armonía entre mente y cuerpo que se consigue en la práctica con un sistema basado desde el inicio en una visión correcta de esos dos atributos del hombre.

Algunos creadores altamente especializados, por muy mentalmente activos que sean, no se enriquecen bajo el capitalismo (o bajo ningún otro sistema). Así, hasta el mejor epistemólogo nunca alcanzará el mercado o los ingresos disponibles, digamos, de un novelista o un fabricante de zapatos. Pero el dinero de ellos, sin embargo, no se lo han quitado a él. Además, un epistemólogo racional en un país con un profesorado no subsidiado (y sin cargos vitalicios) con el tiempo ganará más que uno irracional. En cuanto a los ingresos de los epistemólogos en un país libre, si ninguno de ellos es racional, ninguno de ellos ganará dinero durante mucho tiempo, porque en ese caso la libertad no durará mucho; después de lo cual, novelas, zapatos y profesores desaparecerán también.

La denominada «ética protestante» le enseñó a nuestros antepasados que las riquezas son una señal de virtud, un premio a los diligentes conferido por la justicia de Dios. Es cierto que las riquezas en un país libre son una señal de virtud. El agente de justicia, sin embargo, no es un supervisor de otro mundo, sino una creación terrenal: no es una entidad sobrenatural, sino un sistema social objetivo.

El dinero es un medio de intercambio, y en principio uno lo gana bajo el capitalismo, no por voto, enchufe o suerte, sino por un proceso de trabajo racional. En ese sentido, el dinero es una medida objetiva y una recompensa de la conducta objetiva, intelectual y luego existencial. Para Ayn Rand, el amor al dinero no es «la raíz de todo mal», como los moralistas del sacrificio y de la dicotomía cuerpo-mente insisten. Al contrario, el amor al dinero es más apropiadamente descrito como la raíz de todo bien – que es el tema de un famoso discurso en La Rebelión de Atlas pronunciado por el rey del cobre, Francisco d’Anconia.

«¿Alguna vez os habéis preguntado cuál es el origen del dinero?», empieza el discurso, «El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos». Un instrumento como ese presupone todo aquello de lo que los bienes y su intercambio dependen. Los Estados Unidos de América, observa Francisco d’Anconia, es un país de dinero. Filosóficamente, eso significa que es «un país de razón, justicia, libertad, producción, logro».

Si me pedís que nombre la distinción más orgullosa de los norteamericanos, escogería – porque contiene todas las otras – el hecho de que fueron el pueblo que acuñó la frase: “hacer dinero”. Ningún otro lenguaje o país había usado antes estas palabras; los hombres siempre habían pensado que la riqueza era una cantidad estática – a ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada u obtenida como un favor. Los norteamericanos fueron los primeros en entender que la riqueza tiene que ser creada. Las palabras “hacer dinero” contienen la esencia de la moralidad humana. 15

(El propio dinero como tal debe ser un valor material libremente escogido, una mercancía generalmente disponible, como el oro, que es un equivalente objetivo a la riqueza. Bajo el capitalismo, el dinero no es un papel sin valor arbitrariamente decretado para que sea de curso legal, decretado por hombres en posiciones de poder político).

Como el sexo, el arte y la felicidad, el dinero es en cierta forma una especie de resumen, de totalidad, y es generalmente considerado como tal. Es la muestra de toda una filosofía, de una filosofía de egoísmo, de este mundo, y de cálculo frío (o sea, de pensamiento). Esa es la razón por la que los apóstoles de la sinrazón denuncian al «todopoderoso dólar» – y por la que los héroes de La Rebelión de Atlas adoptan el signo del dólar como su marca registrada. El dólar, afirma Ayn Rand, siendo la moneda de un país libre, es un símbolo de libre comercio y por lo tanto de una mente libre.

Bajo el capitalismo, protestan los críticos, el hombre rico tiene demasiado poder; «el dinero habla». Es cierto. Cuando no lo hace, alguna otra cosa lo hace. El discurso del dinero termina con: «Cuando el dinero deja de ser el instrumento por el cual los hombres tratan unos con otros, entonces los hombres se convierten en instrumentos de los hombres. Sangre, látigos y pistolas – o dólares. Escoged – no hay otra opción – y vuestro tiempo se está acabando». 16

Esto nos lleva a la diferencia entre poder económico y poder político.

El poder económico es el poder que resulta de la posesión de riqueza. El poder político es el poder que resulta del monopolio que tiene el gobierno de coaccionar. En esencia, la diferencia es la que hay entre compra y saqueo. “El poder económico», en palabras de Ayn Rand, «se ejerce a través de algo positivo, ofreciendo a los hombres una recompensa, un incentivo, un pago, un valor. El poder político se ejerce a través de algo negativo, por la amenaza de castigo, daño, encarcelamiento y destrucción». 17 El primero está dirigido a la facultad de decisión del hombre; el segundo (en un contexto estatista) trata de negar la facultad de decisión. El primero apela a la motivación por amor; el segundo, a la motivación por miedo.

Quienes creen que las riquezas no tienen causa, sin embargo, no ven ninguna diferencia fundamental entre esos dos tipos de poder; para ellos, hay sólo una diferencia entre dos tipos de caprichos, los de los empresarios o los de «la gente”. (De ahí la trillada frase de «un hombre con hambre no es libre”). Ese punto de vista, observa Ayn Rand, es equivalente a afirmar que no existe la realidad, ni la objetividad, y que no hay diferencia entre la vida y la muerte.

El poder económico es poder. Cualquier valor genuino es una forma de poder; le confiere a quien lo posee capacidades que otros no poseen. Si no fuera así, el objeto en cuestión no sería un valor. En una sociedad libre, sin embargo, ninguno de los poderes de ningún hombre, por grandes que sean, son un impedimento para ningún otro; son un beneficio para otros.

El poder económico no es único en ese sentido. Considerad, por ejemplo, un valor espiritual, como el conocimiento. Si un hombre disfruta de «poder cognitivo», él puede lograr sus objetivos mejor que una persona ignorante; puede escoger un mejor camino a seguir, y luego influir en sus compañeros de una forma que los ignorantes nunca conseguirían igualar. Eso no significa que los hombres instruidos consigan su éxito aprovechándose de los tontos. Y tampoco significa que «un hombre ignorante no es libre». Si un tonto quiere forjar el destino de la sociedad, pero los expertos convencen a las personas para que vayan en dirección opuesta, ¿es ese un caso de poder cognitivo «coercitivo»? Sólo un igualitario diría eso; como es imposible que todos sean igualmente sabios, añadiría él, debemos asegurarnos que todos sean igualmente estúpidos. (El nombre de ese programa es: educación progresiva). Según ese enfoque, cualquier valor – económico, cognitivo, amoroso, deportivo, estético o de cualquier otro tipo – es injusto. La única solución es la igualdad de la tumba.

El conocimiento – continuando con el ejemplo -, igual que la riqueza material, puede ser adquirido y usado para lograr los fines de uno solamente por medios objetivos; eso requiere que los hombres juzguen libremente si aceptan o no una idea determinada, exactamente igual que deben juzgar libremente si comprar o no un determinado producto. Además: el conocimiento no es una cantidad estática; tiene que ser descubierta y, hablando prácticamente, el cielo es el límite. El conocimiento de un hombre no es saqueado del cerebro de su vecino, ni perjudica a su vecino; al contrario, le ayuda. Un principiante cognitivo en la época de Galileo o de Einstein disfruta de un rendimiento incomparablemente mayor por el mismo esfuerzo mental del que disfrutaba su equivalente en la época de Tolomeo o de San Bernardo de Claraval. Y la riqueza no es una cantidad estática tampoco; ella, también tiene que ser creada; y cuanto más riqueza haya en el mundo, más fácil será el que todos prosperen económicamente. De ahí que el zángano occidental más pobre de la actualidad sea relativamente más rico y tenga un nivel de vida más alto, gracias a los «barones ladrones”, que el siervo más prominente bajo el papa Gregorio VII o el rey Luis IX.

En un sistema capitalista, cuanto mayor es el poder de un hombre para pensar y con ello satisfacer su «avaricia materialista», mayores serán los beneficios que él le confiere a sus compañeros (aunque esa no sea la justificación del sistema). Cuanto menor es el poder de un hombre para satisfacer su «avaricia» o incluso sus necesidades, más depende de las mentes que están por encima de él. Ese «continuo» humano es lo que describe Ayn Rand, en una identificación crucial, como la pirámide de capacidad.

Los productos materiales no pueden ser compartidos, ellos le pertenecen a algún consumidor final; es sólo el valor de una idea lo puede ser compartido con un número ilimitado de hombres, haciendo a todos los participantes más ricos sin el sacrificio ni la pérdida de nadie, aumentando la capacidad productiva de cualquier trabajo que ellos realicen. Es el valor de su propio tiempo lo que el fuerte del intelecto le transfiere a los débiles, dejando que trabajen en los trabajos que él descubrió mientras dedica su tiempo a nuevos descubrimientos. Esto es intercambio mutuo en beneficio mutuo; los intereses de la mente son únicos, no importa cuál sea el grado de inteligencia, entre hombres que desean trabajar y no buscan ni esperan lo inmerecido.

En proporción a la energía mental que él usa, el hombre que crea un nuevo invento recibe sólo un pequeño porcentaje de su valor en términos de pago material, no importa la fortuna que haga, no importan los millones que gane. Pero el hombre de la limpieza en la fábrica que produce ese invento recibe un pago enorme en proporción al esfuerzo mental que su trabajo requiere de él. Y lo mismo es verdad para todos los hombres intermedios, para todos los niveles de ambición y habilidad. El hombre en la cúspide de la pirámide intelectual contribuye el máximo a todos los que están debajo de él, pero no recibe nada excepto su pago material, no recibe ningún beneficio intelectual de otros para añadir al valor de su tiempo. El hombre en la base, quien, abandonado a su suerte, moriría de hambre en su desesperada ineptitud, no contribuye nada a aquellos sobre él, pero recibe el beneficio derivado de todos sus cerebros. Tal es la naturaleza de la “competición” entre el fuerte y el débil del intelecto. Tal es el esquema de “explotación” por el que habéis condenado al fuerte.” 18

«Fuerza», en este contexto, no significa fuerza física, puesto que el capitalismo prohíbe iniciar la fuerza; significa eficacia en cuanto a producción. “Debilidad» significa ineficacia en producción, por cualquier causa, sean malos genes, mala suerte, o mal carácter. Es absurdo, por lo tanto, afirmar que los fuertes consiguen su éxito «pisoteando” a los débiles. Cuando a los fuertes se les deja libres para funcionar, todo el mundo se beneficia. Cuando los fuertes son esclavizados o regulados, todo el mundo está condenado.

Por regla general, los defensores del capitalismo han sido peores – más abiertamente irracionales – que sus atacantes. El hombre que propagó la noción de que el capitalismo significa la muerte para los débiles fue el principal defensor del sistema en el siglo XIX, Herbert Spencer; el capitalismo, decía él, permite sólo la «supervivencia del más fuerte». Esa es la conclusión a la que llegó Spencer al intentar deducir el capitalismo a partir de las ideas intelectuales que estaban de moda en esa época, la teoría de la evolución de Darwin. 19 Dado que los animales sobreviven peleándose por una cantidad limitada de alimentos (era esencialmente el argumento de Spencer), lo mismo hace el hombre. Esta «defensa» del laissez-faire ha sido incomparablemente más dañina que cualquier cosa que profiriera por Marx. Los malos argumentos a favor de una posición siempre cuestan más que quedarse callado, porque el silencio por lo menos permitiría oír una voz mejor, si ésta llegara a dejarse oír alguna vez.

En una sociedad libre no hay conflicto entre grupos que eligen la vida como estándar. El bienestar de todos depende igualmente de la misma condición social. Cuando se respetan los derechos del hombre, todos los hombres son iguales ante la ley y, por lo tanto, iguales ante la naturaleza e iguales ante el mercado. Son “iguales” en el sentido de que cada uno es libre.

Bajo el capitalismo, los hombres disfrutan de «igualdad de oportunidades» en el único sentido legítimo de ese término ambiguo y normalmente estatista: cada uno tiene derecho a actuar basado en las conclusiones de su mente y a quedarse con lo que produce. Esa es la única «oportunidad» que una persona necesita o que puede justificar exigir. Salvo los accidentes, el resultado de esa condición social, para cada individuo – fuerte o débil – que lucha por hacer algo de sí mismo, es la búsqueda de la felicidad: y luego, cuando llegue el momento, el encontrarla.

La validación final del capitalismo es que institucionaliza no sólo las virtudes y los valores correctos, sino también las verdades más profundas. Es el sistema basado en la relación correcta entre existencia y consciencia, o sea, entre los propios axiomas de la filosofía: el sistema que reconoce esa relación, se la permite a los hombres y, como la realidad misma, la exige de ellos.

El capitalismo es un corolario de los fundamentos de la filosofía. Quien entiende el capitalismo lo ve como el sistema social que procede del axioma: «la existencia existe»; y quien entiende el axioma acaba viéndolo como el principio que entraña al capitalismo.

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página [11 – 2]

  1.   See Capitalism: The Unknown Ideal,«What Is Capitalism?» pp. 21 ff.
  2.   Ibid., p. 23.
  3.   Ibid., pp. 24-25.
  4.   Ibid., pp. 25-26; 25. 13. Ibid., p. 26. 14. Atlas Shrugged, p. 388.
  5.   Ibid., pp. 387, 391.
  6.   Ibid., p. 391.
  7.   Capitalism: The Unknown Ideal,«America’s Persecuted Minority: Big Business,» p. 48.
  8.   Atlas Shrugged, pp. 988-89.
  9.   Darwin’s theory, Ayn Rand held, pertains to a special science, not to philosophy. Philosophy as such, therefore, takes no position in regard to it.
  10.   Atlas Shrugged, pp. 988-89.
  11.   Darwin’s theory, Ayn Rand held, pertains to a special science, not to philosophy. Philosophy as such, therefore, takes no position in regard to it.

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