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Ícaro y Apolo: Misión cumplida

La misión del programa espacial tripulado se ha cumplido

por Robert Tracinski

1 de junio de 2011

El transbordador espacial Endeavor aterrizó por última vez anoche en Florida, marcando el penúltimo de los vuelos espaciales tripulados emprendidos por los Estados Unidos (Atlantis está preparándose para su vuelo final el 8 de julio).

En un reciente artículo de opinión, tres leyendas del programa espacial Apolo se lamentaban de que se acabase este programa que empezó hace 50 años. Entiendo el significado personal para estos hombres, y he de decir que hay algo de válido en su evaluación pesimista. Estoy totalmente a favor de recortar el presupuesto federal, pero finalizar los vuelos espaciales tripulados para en su lugar poder perder 14 mil millones de dólares rescatando al Sindicato de los Automóviles dice mucho sobre nuestras prioridades. Como dijo Ayn Rand sobre el aterrizaje en la luna (de forma más bien pesimista): «Si los Estados Unidos ha de suicidarse, que no sea por apoyar a los peores elementos humanos – a los parásitos por principio – . . . Al menos, la bandera americana en la luna será un monumento digno de lo que una vez fue un gran país.»

Y sin embargo el valor del programa espacial tripulado es más simbólico que otra cosa. El programa espacial original, allá por la década de 1960, tenía un propósito bastante práctico. De acuerdo con las reglas de la Guerra Fría, era la manifestación pacífica de una carrera implícita entre Estados Unidos y Rusia para ver quién podía construir los mejores misiles y la más alta tecnología. Indirectamente, era una rivalidad sobre sus capacidades militares. Además, cumplió un objetivo propagandístico importante: no hay nada más futurista que la exploración del espacio, así que la «carrera espacial» fue un pugna para ver a quién le pertenecía el futuro. La bandera que los Estados Unidos plantó en la luna fue la respuesta.

En el contexto actual, sin embargo, los vuelos espaciales tripulados no tienen mucha justificación. Hemos dominado la tecnología de poner satélites en órbita para fines como comunicaciones y posicionamiento global, y ese es el principal valor que podemos sacar de la explotación del espacio. Aparte de la posibilidad de «turismo espacial» sub-orbital, no existe ningún uso comercial previsible para vuelos espaciales tripulados. La capacidad necesaria para poner algo en órbita (y traerlo de vuelta) es demasiado cara, y no hay nada de suficiente valor que justifique ir allí a por ello. La Tierra misma está subdesarrollada, y apenas hemos comenzado a explotar las reservas de energía y minerales aquí. Así que ¿por qué tenemos que ir a la luna o a Marte? Un reciente artículo expresó este punto de una manera sucinta:

Resulta que enviar personas al espacio no ha proporcionado ningún beneficio si lo comparamos con enviar máquinas, y enviar máquinas es mucho más barato. . . .

Veámoslo así: Mucho antes de que aprendieran a escribir o a cultivar, los seres humanos poblaron todos los continentes de la Tierra excepto la Antártida, que sigue siendo el único continente sin ciudades, granjas o naciones.

¿Por qué nunca colonizamos esa parte del mundo? La respuesta es tan evidente que la pregunta parece ridícula. Y, sin embargo, comparada con el espacio, la Antártida es un paraíso.

Los vuelos espaciales tripulados no existen para servir un objetivo práctico, sino más bien para realizar los sueños de ciencia ficción de los hombres.

No estamos subestimando el significado simbólico y espiritual de los logros del programa espacial. Citando a Ayn Rand de nuevo: «No es de enorme importancia para la mayoría de la gente que el hombre aterrice en la luna, pero que el hombre pueda hacerlo sí lo es.» El programa espacial, y sobre todo la llegada a la luna, siguen siendo una manifestación magistral del potencial humano.

A lo largo de la historia, los cuerpos celestes siempre habían sido considerados puros e imposiblemente lejanos. Las estrellas eran el símbolo de un ideal inalcanzable. Al aterrizar en la luna mostramos que habíamos alcanzado ese ideal.

Desde la Revolución Científica y la Revolución Industrial, la humanidad ha ido adquiriendo poco a poco todas las capacidades que una vez atribuímos a nuestros dioses. Cada vez somos más invulnerables a la enfermedad y la muerte; la ciencia nos ha dado un conocimiento exhaustivo de las más profundas incógnitas del universo; ah, sí, y podemos volar. Los cielos, en particular, siempre habían sido concebidos como el reino de los dioses. Ahora es nuestro reino también. Hemos comido del árbol del conocimiento y ahora somos como dioses.

Tal vez sea esto lo que hace a la gente aprensiva al ver que los vuelos espaciales tripulados han acabado, sintiendo que es un signo de decadencia, sobre todo en la era de la Gran Recesión. No es que necesitemos vuelos espaciales tripulados; es que estamos preocupados de perder el sentido de las ilimitadas posibilidades del hombre.

De cualquier forma, no será un nuevo programa espacial tripulado lo que lo resuelva. Recordemos que diez años después de llegar a la luna seguimos viéndonos atrapados en la pesadilla de Jimmy Carter. Recuperar nuestro sentido de las posibilidades del hombre es más cuestión de lo que hagamos aquí en la Tierra que de enviar personas al espacio.

Así que no hay que lamentar demasiado el que se acabe el programa espacial tripulado de América. Si su objetivo era principalmente simbólico, entonces lo cumplió brillantemente. El antiguo mito de Ícaro – la idea de que el hombre siempre se quedaría corto al intentar conseguir lo máximo y lo mejor – ha sido sustituído por la realidad de Apolo.

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Me produce mucha tristeza, porque es el final de un símbolo. Pero es necesario evaluar seriamente el programa espacial y que se compartan las responsabilidades con los otros paises interesados en continuar, y hay que hacerlo de la manera más… Leer más »

Ayn Rand

La tecnología puede ser destruida, y la mente puede ser paralizada, pero ni la una ni la otra pueden ser restringidas. En cada ocasión y en cada lugar en el que esas restricciones son intentadas, es la mente – no el Estado – lo que se extingue.

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