El mito de la obsolescencia programada

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Una noticia reciente (sobre si Apple reduce a propósito la velocidad de los iPhones antiguos para forzar a sus clientes a comprar otros más modernos) ha vuelto a abrir la discusión sobre una de las creencias económicas más ridículas que tiene mucha gente: la “ obsolescencia programada ”.

Supuestamente, las grandes empresas (y las no-tan-grandes) tienen como política no fabricar el mejor producto posible – el producto más atractivo, el que ofrece el mayor beneficio al menor costo – sino que limitan artificialmente la vida útil del producto para que éste deje de funcionar, forzando así al cliente a volver a comprar otro producto.

Esa idea, de raíz claramente izquierdista, es absurda no sólo desde el punto de vista del sentido común, sino del económico.

 

La “obsolescencia programada”, un sin-sentido

 Si observamos la realidad, vemos que todas las cosas a nuestro alrededor tienen una vida útil determinada por su naturaleza. Sea una manzana, un traje, un ordenador o un avión, todos ellos dejan de ser útiles con el paso del tiempo.

Una manzana se madura y se pudre; un traje se pasa de moda o se apolilla; un ordenador tiene miles de componentes (la batería, la memoria RAM, los componentes internos, el teclado, el botón de encendido, etc.), cada uno con una vida útil determinada, que estadísticamente forman un conjunto que a su vez determina la vida útil del ordenador; y aunque un avión reciba mantenimiento regular, llega un momento en el que tiene que ser retirado de circulación, incluso por la fatiga de los metales con los que está construido.

Nadie duda que una tienda tratará de venderte manzanas que duren el mayor tiempo posible, y todo el mundo sabe que los panaderos inventaron hace años pan que tiene cada vez una mayor fecha de caducidad; lo mismo ocurre con muchos otros productos de consumo, medicamentos, etc. Esa fecha de caducidad – esa “obsolescencia” – no es algo arbitrario, sino que viene determinada por dos factores: por la naturaleza del producto mismo (el factor básico), y por la forma de fabricarlo (que puede extender la vida útil del producto, pero siempre dentro de un límite).

Una empresa de ordenadores podría fabricar productos que durasen más años de los que vende a sus clientes normales, y de hecho en algunos casos lo hace: por ejemplo, si el cliente es la NASA y va a enviar un ordenador al espacio, probablemente le interese invertir en un producto más seguro y duradero. Pero ese tiempo de vida adicional tiene un costo que la mayoría de clientes en la Tierra ni necesitan ni estarían dispuestos a pagar.

 

El anti-concepto económico

Desde el punto de vista económico tampoco tiene sentido hablar de “obsolescencia programada”. Las empresas no triunfan engañando a sus clientes, sino dándoles el mejor producto posible al menor costo. Y un producto complejo requiere que los creadores del producto (los encargados de ingeniería, diseño, compras, fabricación, control de calidad, marketing, gerencia, etc.) tomen literalmente miles de decisiones en cuanto a las características y el funcionamiento del producto final. El objetivo de la empresa es ganar “market-share” y captar clientes a largo plazo ofreciéndoles el mayor valor posible al menor precio (ejemplo de ese tipo de empresa: Apple); una característica del producto final – muy secundaria, por cierto – es cuánto tiempo se estima que el producto vendido va a funcionar sin dar problemas o necesitar mantenimiento.

Pero estas son las premisas de los izquierdistas y sus argumentos: los hombres de negocios son manipuladores malvados; pudiendo vender productos que duren, digamos, 10 años, artificialmente reducen ese plazo a, digamos, 5 años, y así poder vender el doble de producto.

No hace falta ser un genio – simplemente tener la honestidad de ver la realidad – para entender la falacia de esas ideas. Fabricar productos que duren el doble seguro que es más caro, y ese precio puede poner a la empresa fuera del mercado; si viesen que hay mercado para productos que duren 10 años, los construirían, y los clientes pagarían por ellos. En un libre mercado, cada fabricante tiene un nicho en el que se centra; hay relojes suizos que duran “toda la vida”, y otros chinos de prácticamente usar y tirar, pero nadie puede reclamar que el reloj chino no le dura tanto como el de marca.

La obsolescencia programada no es un concepto válido, es un anti-concepto. ¿Para qué sirve, entonces?

 

Una excusa para iniciar la fuerza

El término innecesario y racionalmente inútil de “obsolescencia programada” está diseñado para sustituir a un concepto importante y perfectamente válido: la enorme complejidad de decisiones que las empresas toman para que los usuarios podamos disfrutar de cosas como iPhones y Boeing 747s.

Quienes propagan ese anti-concepto pretenden engañar a gente que no ha llegado a profundizar o a plantearse seriamente cuestiones como esa. Enfocándose en uno de los muchos parámetros de un producto complejo – su vida útil – simplifican el concepto de creación de riqueza convirtiéndolo en algo malo.

Y con ello tratan de perpetuar el mito que los empresarios son nuestros enemigos. En el caso de Apple, quieren convencernos de que el hecho de ofrecernos un aparato tan fantástico como un iPhone no tiene ningún mérito; que Apple no es una empresa que ha cambiado nuestra forma de vivir y ver el mundo, sino que es nuestro enemigo.

Ese anti-concepto es una excusa para castigar, penalizar y multar a Apple. Es tratar de usar la fuerza del gobierno para forzar a la empresa a actuar, no como sus dueños y sus dirigentes piensan que debe actuar, sino como los burócratas de turno (en USA, en Europa, donde sea) quieren que haga. Es morder la mano que te da de comer.

La “obsolescencia programada” es un truco más de los colectivistas actuales que hay que desmitificar.

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por Domingo García, presidente de Objetivismo Internacional

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Publicado por: diciembre 22, 2017 1:58 pm

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