Lo arbitrario como ni verdadero ni falso — OPAR [5-3]

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Capítulo 5- La razón

Lo arbitrario como ni verdadero ni falso [5-3]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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Afirmaciones basadas en emoción son muy corrientes hoy día y son posibles en cualquier época. En la terminología de la lógica, tales afirmaciones son «arbitrarias», es decir, carentes de evidencia. ¿Cuál es la respuesta racional a tales ideas, sean afirmadas por otros o un producto de la propia fantasía de uno?

Aunque hayamos aceptado que una afirmación arbitraria no constituye conocimiento, ¿es posible que aún así ella sea verdadera auténtica? Si es así, ¿debe uno no juzgarla? ¿Debe uno admitir que aunque no haya sido demostrada sigue siendo posible? ¿Está uno obligado a refutar es idea para poder justificar el rechazarla? En resumen, ¿cuál es la situación epistemológica de lo arbitrario, y como deben ser tratadas este tipo de afirmaciones por quien es un exponente de la razón?

Además de ofrecer una guía práctica sobre un tema que es urgente hoy en día, mi objetivo más profundo aquí es identificar un corolario a la discusión sobre la lógica que vimos en el capítulo anterior. El corolario ilumina desde un nuevo punto de vista lo infructuoso que es cualquier enfoque no racional a la epistemología.

Una afirmación arbitraria es aquella para la cual no hay evidencia, sea perceptual o conceptual. Es una afirmación atrevida, que no está basada ni en observación directa ni derivada de ningún intento de inferencia lógica. Por ejemplo, un hombre te dice que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo; o que tu destino será determinado por tu nacimiento en la cúspide de Capricornio y Acuario; o que él tiene un sexto sentido que está por encima de los cinco tuyos; o que una convención de duendes está estudiando la Lógica de Hegel en el planeta Venus. Si tú le preguntas “¿Por qué?”, él no da argumentos. «No puedo demostrar ninguna de estas afirmaciones», admite «pero tú no puedes demostrar lo contrario tampoco».

La respuesta a todas esas afirmaciones, según Objetivismo, es: una afirmación arbitraria queda automáticamente invalidada. La respuesta racional a una afirmación así es descartarla sin discusión, consideración o argumento.

Una afirmación arbitraria no tiene ninguna relación con los medios de conocimiento del hombre. Al estar esa afirmación desconectada del reino de la evidencia, ningún proceso de la lógica puede considerarla. Al ser afirmada en un vacío, arrancada de todo contexto, ninguna integración con el resto del conocimiento del hombre es aplicable; el conocimiento previo es irrelevante con relación a ella. Al no tener ningún lugar en una jerarquía, ninguna reducción es posible, y por lo tanto ninguna observación es relevante. Una afirmación arbitraria no puede ser procesada cognitivamente; por su naturaleza, está desgajada de cualquier método racional o de cualquier contenido de la consciencia humana. Tal afirmación está necesariamente desgajada de la realidad, también. Si una idea es extirpada de todos los medios de conocimiento, no hay forma de ponerla en contacto con la realidad.

Una afirmación arbitraria no es meramente un desahogo injustificado. Al exigir la consideración de uno, desafiando todos los requerimientos de la razón, se convierte en una afrenta a la razón y a la ciencia de la epistemología. En ausencia de evidencia, no hay forma de considerar ninguna idea sobre ningún tema. No hay forma de alcanzar un veredicto cognitivo, favorable o no, sobre una afirmación para la cual la lógica, el conocimiento y la realidad son irrelevantes. No hay nada que la mente pueda hacer con tal fenómeno, excepto desecharlo.

A una idea arbitraria se le debe dar el tratamiento exacto que su naturaleza exige. Hay que tratarla como si nada hubiese sido dicho. Y es así porque, cognitivamente hablando, nada ha sido dicho. Uno no puede permitir que entre en el campo de la cognición algo que repudia todas las reglas de ese campo.

Ninguno de los conceptos formados para describir el conocimiento humano puede ser aplicado a lo arbitrario; ninguna de las clasificaciones de la epistemología puede ser usurpada en su nombre. Puesto que no tiene relación con la evidencia, una declaración arbitraria no puede ser subsumida bajo conceptos que identifican diferentes cantidades de evidencia; no puede ser descrita como «posible», «probable» o «cierta». (Estos conceptos se analizan en la siguiente sección). De la misma forma, una declaración así no puede ser subsumida bajo conceptos que identifican diferentes relaciones entre una idea y la realidad. Una afirmación arbitraria no es ni «verdadera» ni «falsa».

El concepto de «verdad» identifica un tipo de relación entre una proposición y los hechos de la realidad. «La verdad», según la definición de Ayn Rand, es «el reconocimiento de la realidad». 8 En esencia, esta es la clásica teoría de la correspondencia de la verdad: hay una realidad independiente del hombre, y hay ciertos productos conceptuales, las proposiciones, formuladas por la consciencia humana. Cuando uno de estos productos corresponde a la realidad, cuando constituye un reconocimiento de un hecho, entonces es verdad. Y al contrario, cuando el contenido mental no se corresponde de esa forma, cuando constituye, no un reconocimiento de la realidad sino una contradicción de ella, entonces es falso.

Una relación entre contenido conceptual y realidad es una relación entre la consciencia del hombre y la realidad. No puede haber «correspondencia» o «reconocimiento» sin una mente que corresponda o que reconozca. Si el viento soplando en una isla desierta forma en la arena la frase «A es A», eso no convierte al viento en un gran metafísico. El viento no consiguió ninguna conformidad con la realidad; no produjo ninguna verdad, simplemente hizo un diseño en la arena. Igualmente, si un loro es adiestrado para graznar «2 + 2 = 4», eso no lo convierte en un matemático. La consciencia del loro no alcanzó con ello ningún contacto con la realidad ni ninguna relación a ella, ni positiva ni negativa; el loro no reconoció ni contradijo ningún hecho; lo que produjo no fue verdad o mentira, sino sólo sonidos. Los sonidos que no son el vehículo de una consciencia conceptual no tienen estatus cognitivo.

Una afirmación arbitraria emitida por una mente humana es análoga a las formas hechas por el viento o los sonidos del loro. Tal afirmación no tiene ninguna relación cognitiva con la realidad, ni positiva ni negativa. Lo verdadero es identificado haciendo referencia a un cuerpo de evidencia; se dice que es «verdadero» porque puede ser integrado sin contradicción dentro de un contexto total. Lo falso es identificado por los mismos medios; se dice que es «falso» porque contradice la evidencia y/o algún aspecto del contexto más amplio. Lo arbitrario, sin embargo, no tiene relación ni con evidencia ni con contexto; ninguno de los términos, por lo tanto – «verdadero» o «falso» – puede ser aplicado a él.

Filosóficamente, lo arbitrario es peor que lo falso. Lo falso tiene una relación, si bien negativa, con los hechos de la realidad; ha alcanzado el campo de la cognición humana e invocado sus métodos, aunque un error haya sido cometido en el proceso. Esto es radicalmente diferente de lo caprichoso. Lo falso no destruye la capacidad de un hombre para conocer; no anula su comprensión de la objetividad; le deja los medios para descubrir y corregir su error. Lo arbitrario, sin embargo, si un hombre consiente en él, ataca su facultad cognitiva; destruye o imposibilita en su mente el concepto de conocimiento racional, consolidando así su caos interior de por vida. 9 En cuanto a las consecuencias prácticas de esta diferencia, ¿preferirías trabajar para quién, hablar con quién, o comprar alimentos de quién: un hombre que se equivoca al contar las personas en su habitación (un error), o que declara que la habitación está llena de demonios (lo arbitrario)?

Ahora observemos que algunas afirmaciones arbitrarias (aunque de ninguna manera todas) pueden ser transferidas a un contexto cognitivo y de esa forma convertidas en enunciados verdaderos o falsos, que claramente se corresponden con o contradicen a los hechos establecidos. No son meras palabras las que determinan un estatus epistemológico, sino su relación con la evidencia. Un recitar memorizado de una suma aritmética, por ejemplo, si lo hace un salvaje, sería la misma situación que con el loro; pero esas mismas palabras dichas por un hombre que entiende la razón que hay detrás de lo que dice sí constituiría una verdad. O veamos la afirmación de que existe un creador del universo, infinito y omnipotente. Si esta afirmación es vista como un producto de la fe o la fantasía, al margen de cualquier relación con la evidencia, entonces no tiene calidad cognitiva. Si uno quiere, sin embargo, uno puede relacionar esa afirmación con un contexto establecido, como hice en el capítulo inicial: uno puede demostrar que la idea de Dios contradice todos los fundamentos de una filosofía racional. Gracias a tal proceso de integración, lo que era inicialmente arbitrario alcanza estatus cognitivo, en este caso, como una falsedad.

Incluso cuando es posible, sin embargo, este tipo de integración nunca es obligatoria. El poner las afirmaciones injustificadas en contacto con el conocimiento humano no es un requisito de la cognición. El conocimiento no avanza porque un hombre se agarre a lo arbitrario o deje que le dicte el objeto de su pensamiento; ninguna verdad hasta entonces desconocida puede ser descubierta de esa forma. Lo que uno puede legítimamente intentar lograr a través de tal integración no es la demostración o refutación de una afirmación, sino meramente la identificación de la naturaleza exacta de un error, como en el ejemplo de Dios . . . e incluso esto sólo tiene valor para aquellos en cuya mente es un error (en contraste a ser algo deliberadamente arbitrario).

Ninguna identificación de error afectará a quien está determinado a defender a toda costa lo arbitrario. Si oye que su afirmación está siendo relacionada con evidencia contraria, rápidamente actuará con prontitud para aislarla de la lógica. Por ejemplo, responderá a objeciones como lo han hecho los teólogos durante siglos. «El significado de ‘Dios’ está más allá del poder del lenguaje para describir», dicen. «Dios, en este sentido, no implica ninguna contradicción del conocimiento del hombre, como veríamos claramente si sólo pudiéramos conocerlo a Él . . . pero no podemos, no en esta vida. Demuestra que ese Dios no existe”.

Esto nos lleva de vuelta a lo arbitrario como arbitrario, es decir, al tipo de afirmación que no puede, por su naturaleza, ser relacionada con ningún hecho establecido ni con ningún contexto. Para concretar el principio Objetivista de que tales afirmaciones no pueden ser cognitivamente procesadas, quiero entrar en detalle en una venerable regla de la lógica: la regla de que la carga de la prueba recae sobre quien afirma lo positivo, y que uno no debe intentar demostrar un negativo.

La regla de la carga de la prueba establece lo siguiente. Si una persona afirma que una cierta entidad existe (por ejemplo Dios, los duendes, un alma incorpórea), está obligada a presentar evidencia que sustente su afirmación. Si lo hace, entonces uno debe aceptar su conclusión, o desautorizar su evidencia mostrando que ha interpretado mal algunos datos. Pero si él no ofrece ninguna evidencia que sustente, uno debe desestimar su demanda sin argumentar, porque en esa situación los argumentos sería inútiles. Es imposible «demostrar un negativo», cuando ese término significa: demostrar la inexistencia de una entidad para la cual no hay evidencia.

La razón es el hecho de que la existencia existe, y que sólo la existencia existe. Una cosa que existe es algo; es una entidad en el mundo; como tal, produce efectos a través de los cuales los hombres pueden entenderla y demostrarla . . . ya sea directamente, por medios perceptuales, o indirectamente, por inferencia lógica (por ejemplo, el descubrimiento de los átomos). Pero un inexistente no es nada; no es un constituyente de la realidad, y no produce ningún efecto. Si los duendes no existen, por ejemplo, entonces no son nada y no producen consecuencias. En tal caso, decir: “demuestra que no hay duendes» equivale a decir: “señala los hechos de la realidad que se derivan de la inexistencia de duendes». Pero no existen tales hechos. Nada puede derivarse de nada.

Todo pensamiento, argumento, prueba y refutación debe comenzar con lo que existe. Ninguna inferencia puede derivarse de un cero. Si una persona ofrece evidencia de un resultado positivo, uno puede, si la afirmación es errónea, identificar sus errores de interpretación y en ese sentido refutarla. Pero uno no puede demostrar el negativo correspondiente, empezando con un vacío.

En aras de una mayor claridad, debo añadir lo siguiente. Uno puede inferir a partir de cualquier verdad la falsedad de sus contradictorias. Por ejemplo, a partir de «X estaba en Nueva York durante el tiroteo en Dallas de Y» uno puede inferir la falsedad de «X le disparó a Y». De esa forma, uno puede refutar una afirmación o «demostrar un negativo» («X no es culpable»), pero sólo demostrando que la afirmación contradice el conocimiento establecido; es decir, sólo relacionando la afirmación con un contexto cognitivo positivo, cuando lo hay. Lo que uno no puede hacer es demostrar un negativo sin contar con tal relación; lo que uno no puede hacer es establecer que una afirmación es falsa por ser arbitraria. Uno establece la falsedad por referencia a la verdad, no por referencia a nada.

La refutación del teísmo que hace Objetivismo, tomando otro ejemplo, no es un caso de «demostrar un negativo» en el sentido vetado por el principio de la carga de la prueba. Ayn Rand no empieza con un cero y trata de descubrir la evidencia de la inexistencia de Dios. Ella empieza con la realidad, o sea, con un hecho conocido (filosóficamente), y luego niega una afirmación que colisiona con ella. Y tampoco, como ya he dejado en claro, espera que cualquier refutación de ese tipo sea aceptada por los apóstoles de lo arbitrario. Esos individuos meramente reformularán la afirmación para protegerla contra la evidencia, para seguir insistiendo: “Demuestra que no es así».

Ante esta demanda hay sólo una respuesta válida: «Me niego siquiera a intentar semejante tarea». Una afirmación fuera del ámbito de la cognición no puede imponerle ninguna responsabilidad cognitiva a una mente racional, ni de demostrarla ni de refutarla. Lo arbitrario no está abierto a ninguna de esas opciones; lo arbitrario simplemente no puede ser procesado cognitivamente. El tratamiento apropiado para tal aberración es abstenerse de reconocerla otorgándole argumentos o discusión.

Descartar una afirmación como «arbitraria» no es equivalente a alegar ignorancia o confesar indecisión o suspender el juicio. No es lo mismo que decir «no sé» o «no he llegado a una conclusión” o «no tengo ninguna opinión». Esas respuestas presuponen que un asunto tiene alguna conexión con la cognición humana; presuponen que hay alguna evidencia relacionada con el asunto y, por lo tanto, que es legítimo considerarlo, aunque por distintas razones uno pueda ser incapaz de desenredarlo. Por ejemplo, si el campo es especializado, un determinado individuo puede no tener el tiempo necesario para estudiar la evidencia, aunque ésta sea clara y abundante. O los datos pueden estar tan equilibrados, o ser tan fragmentarios y ambiguos – por ejemplo, en lo que respecta a juzgar el carácter de una persona – que uno simplemente no puede decidir qué conclusión se justifica. En tales casos, «no sé» es una afirmación honesta y apropiada.

Pero si alguien le pregunta a un hombre si hay duendes en Venus, en cambio, no hay justificación para responder «no lo sé». ¿Qué es lo que no sabe? ¿Qué evidencia ha dejado de estudiar o ha sido incapaz de aclarar? ¿Cuál es la base para creer que hay algo que aprender sobre ese asunto? Si la afirmación sobre duendes es arbitraria, no existe tal base. En esa situación, la respuesta correcta es: «lo sé. Sé que una afirmación de ese tipo ha de ser descartada como inadmisible”.

La razón por la cual Objetivismo rechaza el agnosticismo debe ahora haber quedado clara. Ese término se aplica no sólo a la cuestión de Dios, sino también a muchos otros temas, como la percepción extrasensorial, la reencarnación, la posesión demoníaca, la astrología, la afirmación árabe de una conspiración sionista internacional, y la afirmación marxista que el estado desaparecerá por sí solo. En lo que respecta a todas esas cuestiones y afirmaciones, de las cuales hoy día hay un número ilimitado, el agnóstico es el hombre que dice: «No podemos demostrar que la afirmación sea verdadera. Pero tampoco podemos probar que sea falsa. Por lo tanto, la única conclusión correcta es: no lo sabemos; nadie lo sabe; quizás nadie llegue a saberlo nunca”.

El agnosticismo no consiste simplemente en alegar ignorancia. Es la consagración de la ignorancia. Es el punto de vista filosófico que demanda que se haga eso, en lo que respecta a efusiones desconectadas de la evidencia. El punto de vista se muestra como siendo justo, equilibrado e imparcial. No obstante, como ya debe ser obvio, está plagado de falacias y prejuicios.

El agnóstico trata las afirmaciones arbitrarias como si fueran asuntos propiamente abiertos a consideración, análisis y evaluación. Él acepta que es “posible” que esas afirmaciones sean “verdaderas”, por lo que aplica descripciones cognitivas a la verborrea que está en guerra con la cognición. Él exige pruebas de un negativo: eres tú, dice, quien tiene que demostrar que no hay demonios, o que tu vida sexual no es el resultado de tu encarnación previa como Faraón del antiguo Egipto.

El agnóstico calcula mal. En general, cree que ha evitado tomar una posición polémica y que por lo tanto está a salvo de ataques. De hecho, está asumiendo una posición profundamente irracional. Al tratar de elevar lo arbitrario a una posición de respeto cognitivo, intenta equiparar lo arbitrario con lo que está lógicamente validado. Eso no es simplemente una afirmación de ignorancia; es un igualitarismo epistemológico que quiere obliterar una distinción esencial. Tal actitud es incomparablemente más destructiva que cualquier error cometido por un hombre que sigue la razón, adoptando puntos de vista firmes en base a argumentos equivocados.

La pasión por lo arbitrario no se deriva de un interés por la lógica. Su raíz es un sentimiento al que se le ha dado superioridad sobre la lógica. Con algunos agnósticos ese sentimiento es cobardía, el simple temor de que una postura en relación a cuestiones controvertidas antagonizará a la gente. Con otros agnósticos, el sentimiento es más complejo: es similar a un júbilo, al júbilo malicioso de subvertir todas las ideas y de esa forma hostigar a los hombres que tienen la integridad necesaria para mantener convicciones. Éste es el júbilo del destructor, del que odia la mente, del nihilista.

De todas las variantes de emocionalismo, el nihilismo es la más grotesca. No dejes que quienes abogan por él infecten tu mente o tu metodología.

Al considerar cualquier tema, nunca permitas estar ni un minuto en las arenas movedizas de un «no lo sé» sin fundamento. En vez de eso, determina primero si el tema tiene que ver con el reino de la evidencia y por lo tanto merece consideración. Luego estudia la evidencia, sopesando las posibilidades de acuerdo con los principios de la lógica. Luego llega a una conclusión y adopta una postura al respecto.

La búsqueda de la verdad implica el deseo que uno tiene de encontrarla. El propósito y la responsabilidad de una búsqueda cognitiva consisten en lograr precisamente lo que el agnóstico más teme: la cognición.

Concluiré esta discusión enunciando su significado más amplio. La lógica es el método de conocimiento del hombre, y no puede ser ignorada con impunidad, como los emocionalistas de todo tipo pretenden hacer. El ignorarla de esa forma tiene un temible costo – epistemológicamente, el peor que hay: extirpa el proceso mental en cuestión del reino de la cognición.

Uno no puede obtener algo por nada, ni en el campo de la riqueza material ni en el campo del conocimiento. Uno no puede alcanzar la verdad – no más que puede alcanzar el conocimiento – por accidente. Sólo puede alcanzarla por un proceso de razón.

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 5 [5-3]

8. Ibid., p. 943; see also Introduction to Objectivist Epistemology,p. 48.
9. See Atlas Shrugged, p. 983.

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Publicado por: enero 10, 2019 8:00 am

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