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El sexo como metafísico — OPAR [9-3]

Capítulo 9: Felicidad

El sexo como metafísico [9-3]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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Consideraré primero el sexo tal y como funciona en la vida de un hombre racional.

Un hombre racional no necesita sólo saber intelectualmente que él es bueno y que el universo es propicio, sino también experimentar en forma de una emoción consumada la plena realidad de esos dos hechos, que son esenciales para su acción y supervivencia. La felicidad, en el sentido de placer metafísico, como hemos dicho, es un «leitmotiv» afectivo duradero, un trasfondo positivo que condiciona las alegrías y los pesares diarios de uno. Ese tipo de placer es demasiado vital para que permanezca siempre como un mero telón de fondo. A veces, como un intenso estado de exaltación, él mismo se convierte en el foco de la consciencia.

El sexo, en la identificación de Ayn Rand, es «la celebración de uno mismo y de la existencia»; es una celebración del poder que uno tiene de obtener valores, y del mundo en el cual uno los obtiene. El sexo, por lo tanto, es una forma de sentir felicidad, pero desde una perspectiva especial. El sexo es el éxtasis de experimentar emotivamente dos logros interconectados: autoestima y la convicción de un universo benevolente. 20

Un sentimiento sexual es una totalidad; presupone todos los valores morales de un hombre racional y su amor por ellos, incluyendo su amor hacia la pareja que encarna esos valores. El significado esencial de tal sentimiento no es social, sino metafísico; tiene que ver, no con un valor o un amor concreto, sino con la profunda preocupación implicada en cualquier búsqueda de cualquier valor: la relación entre un hombre y la realidad. El sexo es una forma especial de responder a la pregunta suprema de un ser volitivo: ¿Puedo vivir? El hombre de autoestima, usando términos cognitivos y conceptuales, concluye en su propia mente que la respuesta es «sí». Cuando hace el amor, es consciente de ese «sí» sin palabras, como una pasión que recorre su cuerpo.

El sexo es una capacidad física al servicio de una necesidad espiritual. Refleja, no sólo el cuerpo y no sólo la mente del hombre, sino la integración de los dos. Como en todos estos casos, la mente es el factor determinante.

Hay una base biológica para la sexualidad humana y una contrapartida en el mundo animal. Pero todas las necesidades y todos los placeres animales se transfiguran en el contexto del animal racional. Eso es evidente incluso cuando se trata de necesidades tan simples como alimentarse y cobijarse. Los seres humanos, precisamente en la medida en que han alcanzado la estatura humana, obtienen relativamente poco disfrute de la mera sensación de satisfacer estas necesidades. Su placer proviene principalmente de las emociones que lo acompañan. Proviene de la constelación de valores conceptualmente formulados que definen la satisfacción de necesidades humanas. De ahí las alegrías de la cocina gourmet con amigos especiales entre cristal y alfombras en un restaurante de primera, o de un estofado de carne y una copa de vino con la esposa amada en el comedor de la casa de uno – si los comparamos con el acto, que puede ser tan nutritivo y estar tan protegido de los elementos, de masticar un trozo de carne en una caverna desocupada en algún lugar. El principio es que un placer que fue una vez puramente biológico se convierte, en la vida de un ser conceptual, en algo más bien espiritual. El principio se aplica particularmente al sexo. Ningún placer humano tan intenso como el sexo puede ser predominantemente una cuestión de sensación física. Predominantemente, el sexo es una emoción; y la causa de una emoción es intelectual.

El hecho de que la vida sexual de un hombre está modelada por sus conclusiones y juicios de valor, es algo evidente en todos los sentidos. Queda plasmado de forma evidente en el ambiente que él prefiere, en lo que desea en cuanto a ropa o ausencia de ella, a caricias, posiciones, prácticas sexuales y tipo de pareja. Esto último es particularmente elocuente.

Ningún hombre desea a todas las personas que hay en la tierra. Cada uno tiene ciertos requerimientos específicos al respecto – por muy contradictorios o poco identificados que estén – y los requerimientos del hombre racional, aquí como en cualquier sitio, son lo opuesto a contradictorios. Él desea solamente a una mujer a la que pueda admirar, a una mujer que (por lo que él sabe) comparte sus criterios morales, su autoestima, y su visión de la vida. Sólo con una pareja así puede él experimentar la realidad de los valores que busca celebrar, incluyendo su propio valor. El mismo tipo de selectividad sexual es ejercida por una mujer racional. Esta es la razón por la que Roark sólo es atraído por una heroína como Dominique, y por qué Dagny Taggart, en La Rebelión de Atlas, está desesperada por acostarse con John Galt y no con Wesley Mouch. El amor romántico es la emoción positiva más fuerte que puede existir entre dos individuos. Experimentarlo, por lo tanto, lejos de ser una reacción animal, es una auto-revelación: los valores que dan lugar a este tipo de respuesta deben ser los que uno mantiene de la forma más intensa y personal.

Cuando un hombre y una mujer se enamoran – asumiendo que cada uno es románticamente libre y que el resto del contexto es adecuado – el sexo es una expresión necesaria y apropiada de los sentimientos que tienen el uno por el otro. Un “amor platónico» en tales circunstancias sería una auto-degradación, una violación de integridad. 21 Sexo es a amor lo que acción es a pensamiento, posesión a evaluación, cuerpo a alma. «Vivimos en nuestras mentes», observa Roark, «y la existencia es el intento de convertir esa vida en realidad física, plasmarla en gesto y forma». 22 El sexo es la forma preeminente de convertir el amor en realidad física.

El tema del sexo es complejo y pertenece en gran parte a la ciencia de la psicología. Una vez le pregunté a Ayn Rand qué es lo que la filosofía específicamente tiene que decir sobre el tema. A lo que ella contestó: «Dice que el sexo es bueno«.

El sexo es moral, es un placer sublime, es un valor profundo. Al igual que la felicidad, por lo tanto, el sexo es un fin en sí mismo; no es necesariamente un medio para un fin ulterior (como la procreación). Esta visión elevada del sexo lleva a un corolario ético: a una función tan importante debe dársele el respeto que merece.

Respetar el sexo significa abordarlo de forma objetiva. El principio rector debería ser: elige una pareja a quien amas en base a valores que puedas identificar y defender; luego haced lo que queráis juntos en la cama, siempre que sea algo mutuamente deseado y que vuestros placeres estén siempre orientados a la realidad. Esto excluye indulgencia sexual indiscriminada y cualquier otra forma de destrucción o falsificación: tal como, entre otros ejemplos, la promiscuidad del acosador, la coerción del violador, la simulación de fidelidad del adúltero, y la pretensión del sádico de que su poder de causar sufrimiento es una señal de eficacia. (La fantasía, en el sexo como en otros campos de la vida, es una forma de imaginación y por lo tanto es legítima, siempre y cuando uno no olvide la distinción entre fantasía y realidad).

El principio rector del sexo debería ser: aprecia el sexo como una expresión de la razón y de la vida del hombre en el sentido pleno y moral del término; luego, teniendo en mente ese contexto, persigue el valor ávidamente.

Este punto de vista es el opuesto al que la filosofía actual dominante tiene sobre el tema.

El intrinsicismo condena el sexo completamente. Sostiene que el amor es una relación entre dos almas que no debe ser mancilladas por una conexión con el cuerpo. Según esta visión, el sexo – igual que la riqueza, el placer y la vida misma – no tiene nada que ver con la razón o con la facultad conceptual; es “egoísta”, “animal”, “materialista”. Dicha función puede justificarse sólo como un mal necesario, como un medio para la procreación. Los verdaderos idealistas de entre los hombres, como los sacerdotes y las monjas, de acuerdo con esto permanecerán moralmente puros practicando el celibato. En cuanto al resto de la humanidad, la guía que necesita es una lista de prohibiciones: no al sexo premarital, no al divorcio, no al sexo oral, no a la masturbación, no a la anticoncepción, no al aborto.

Estas prohibiciones son un acto de guerra contra la humanidad. Son la declaración formal de que la alegría es un delito.

«Sólo el hombre que ensalza la pureza de un amor sin deseo», escribe Ayn Rand, «es capaz de la bajeza de un deseo sin amor». 23 Esto nos lleva al típico enfoque subjetivista al sexo. El subjetivista también separa los conceptos de los perceptos, y mantiene que el sexo es una mera reacción sensorial, sin ninguna causa intelectual. Pero le dice a los hombres que sigan adelante y se revuelquen en él, para captar todas las sensaciones animales que quieran, sin hacer referencia a principios o estándares. En esta teoría, el amor es un mito, y el sexo es meramente un traqueteo de la carne. Así que vale todo lo que satisfaga el capricho de cualquiera… cuando le venga en gana, donde quiera, como quiera, y con quien o con lo que él elija para hacerlo.

Lo idénticos que son básicamente estos dos puntos de vista es obvio. Quiero señalar, sin embargo, el júbilo con el que ambas escuelas, de acuerdo con su interpretación básica, relegan la atracción sexual al campo de la química, de las hormonas, de una «chispa» inexplicable o de alguna otra cosa, de algo – de lo que sea – siempre que no sean valores escogidos por el hombre, de cualquier cosa que le permita a la gente seguir insistiendo que «el amor es ciego”. Ese júbilo es una forma de triunfo; es el placer del irracionalista ante la supuesta impotencia en un ámbito crucial que tiene su enemigo: la mente del hombre.

Las personas cuyas almas están formadas por tales filosofías – junto con quienes llegan al mismo callejón sin salida moral por su cuenta, sin la ayuda de ideas explícitas – abordan el sexo de modo diferente al hombre racional. Si uno carece de autoestima y considera que el universo es malevolente, no tiene ningún motivo para una celebración metafísica. Pero su necesidad de autoestima continúa. Tal individuo puede pretender que el adaptarse a tabúes sexuales indica una virtud superior de su parte. Mucho más a menudo en el Occidente moderno, sin embargo, ese tipo de persona practica el sexo sin inhibiciones, pero buscando revertir causa y efecto al hacerlo. Son hombres que tratan de hacer del sexo, no una expresión de autoestima, sino un medio para conseguirla (normalmente a través de la aprobación o la sumisión de su pareja). 24 Uno no puede, sin embargo, conseguir la autoestima por tales medios, por lo que el sexo se convierte en un acto de falsedad y de escapismo. Se convierte, no en la alegría de afirmar un universo benevolente, sino en una disminución momentánea de la ansiedad causada por la premisa del universo malevolente. Con ese tipo de enfoque, además, el deseo sexual es una auto-revelación. El hombre que acomete tal fraude con una pareja a quien no coacciona tiene que sentir que ella le está siguiendo el juego, que ella está a su nivel espiritual o incluso más bajo aún.

El sexo humano adecuado, en contraste, requiere a hombres y mujeres de estatura, tanto en lo que se refiere a carácter moral como a visión metafísica. Es a tales individuos a quienes Ayn Rand se refiere cuando escribe, resumiendo, que el espíritu del hombre “le da sentido a la materia inanimada moldeándola para servir el objetivo elegido de uno”. Este tipo de curso, continúa ella, lleva a uno

al momento en que, en respuesta al más alto de los propios valores, en una admiración inexpresable en ninguna otra forma de tributo, el espíritu de uno hace que su cuerpo se convierta en el tributo, refundiéndolo – como prueba, como sanción, como recompensa – en una única sensación de tal intensidad de alegría que ninguna otra sanción de la existencia de uno es necesaria. 25

Esto es lo que debería venirte a la mente cuando piensas en “moralidad», esta forma de éxtasis, y la creatividad intelectual en su raíz y la cosa que es su raíz: el hecho del hombre como héroe enfrentando la naturaleza como un conquistador; no la castidad y la pobreza y una actitud servil ante unos fantasmas.

El individuo que obtiene estos valores Objetivistas no dice «Allí si no es por la gracia de Dios voy yo». Él se ha ganado lo que tiene, y lo sabe.

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Lo práctico, la felicidad, la celebración sexual de la vida, todos ellos son efectos, los cuales presuponen la causa necesaria. Para conseguir cualquiera de ellos de forma consistente, uno debe estar guiado por una cierta filosofía.

En metafísica, uno debe considerar este mundo como real y como la única realidad; de lo contrario uno socavará su propia capacidad para lidiar con el mundo y construirá en su propia alma una sensación de derrota inminente. En epistemología, uno debe considerar a la razón como incondicionalmente válida; de lo contrario perderá confianza en los únicos medios que tiene de conseguir sus objetivos. En ética, uno debe mantener valores compatibles con la vida del hombre como siendo el estándar; de lo contrario, uno no podrá pensar que los valores son alcanzables.

Todo sistema filosófico, lo admita o no, conduce a algún tipo de resumen emocional, a un sentimiento culminante sobre el hombre y la vida. Ese sentimiento puede ser considerado como una prueba de fuego que revela la relación del sistema con la realidad y por lo tanto su esencia y su mérito.

En el lado negativo, uno piensa aquí en la lista de infortunios que ofrece San Agustín en La Ciudad de Dios, la letanía de enfermedades, desastres y calamidades que llenan su mente y sus páginas cuando considera el tema de la vida del hombre en la tierra. En nuestro propio siglo, uno piensa en sus herederos agonizantes, los existencialistas, en su preocupación con temor y temblor, angustia («Angst»), muerte, la nada, la náusea. El escenario emocional de todo este eje, tanto religioso como secular, antiguo o moderno, queda capturado elocuentemente en una observación de Schopenhauer (un místico y altruista declarado). «Diga lo que uno diga», escribe, «el momento más feliz del hombre feliz es el momento de quedarse dormido, y el momento más infeliz de los infelices es el de despertarse. . . La vida humana debe ser algún tipo de error».

Ciertamente hay un error aquí. Pero no es la vida.

Existe un tipo opuesto de filosofía que conduce al sentimiento opuesto sobre el hombre y la vida. El clásico exponente destacado de esta filosofía es Aristóteles. Estoy pensando concretamente en la serenidad de su «hombre de-gran-alma» y en la convicción de Aristóteles de que «eudaimonia» (la plenitud) es la entelequia humana. El objetivo natural y apropiadamente humano, al que todos los esfuerzos racionales contribuyen, mantiene Aristóteles, es un estado de felicidad terrenal rica, madura y colmada.

La prueba de fuego que muestra el enfoque de Ayn Rand sobre este tema son los héroes de sus novelas: los héroes, y el mundo alegre y brillante que ellos habitan.

Una filosofía racional, como un proceso de virtud, de hecho funciona. Es práctico… si lo que uno desea alcanzar es aquello que es un derecho de nacimiento del hombre: la alegría de un espíritu inocente y sublime deleitándose en un universo benevolente.

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 9 [9-3]

  1.   The Voice of Reason, «Of Living Death,» pp. 54 ff., see also Atlas Shrugged, pp. 460-63.
  2.   See ibid., p. 461.
  3.   TheFountainhead, p. 518.
  4.   Atlas Shrugged, p. 461.
  5.   See ibid., pp. 462-63.
  6.   Ibid., p. 241.

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