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Sobre una mujer presidente – por Ayn Rand

Respuesta a los lectores (sobre una mujer presidente) – por Ayn Rand – (publicado en enero 1969 en The Objectivist)

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Hace aproximadamente un año, en la edición de enero de 1968, McCall’s publicó un artículo-entrevista con dieciséis mujeres conocidas (entre las que me encontraba yo) a quienes se les había pedido que respondieran a la pregunta: «¿Qué haría yo si fuese presidente de los Estados Unidos?». El primer párrafo de mi respuesta fue: «Yo no querría ser presidente, y no votaría por una mujer presidente. Una mujer no puede querer, razonablemente, ser comandante en jefe. Prefiero responder a la pregunta exponiendo lo que un hombre racional haría si él fuese presidente».

Después de eso, recibí muchas cartas de estudiantes de Objetivismo, queriendo saber mis razones para escribir ese párrafo concreto.

Yo contaba con que los lectores de mis novelas entendiesen mis razones. Reconozco, sin embargo, que el tema no es auto-evidente y que no es fácil de conceptualizar. Como material ilustrativo, sugiero que estudies la motivación básica de las heroínas en mis novelas, sobre todo de Dagny Taggart.

No creo que una mujer racional pudiese querer ser presidente. Observad que no he dicho que ella sería incapaz de hacer el trabajo; he dicho que ella no querría. No es cuestión de su competencia, sino de sus valores.

No estamos hablando de «inferioridad» femenina, ni intelectual ni moralmente; las mujeres no son inferiores a los hombres en competencia o en inteligencia; además, no sería difícil hacer un trabajo mejor que el que han hecho algunos de nuestros presidentes más recientes. Ciertamente no tiene nada que ver con la noción popular que las mujeres están motivadas predominantemente por sus emociones en vez de por la razón, lo cual es simplemente absurdo. No es cuestión de una falsa dicotomía entre matrimonio o carrera, con la noción corolaria de que «el lugar de la mujer es en su casa»; casadas o solteras, las mujeres necesitan y deberían tener carreras, por las mismas razones que los hombres. Las mujeres podrían perfectamente llegar tan alto como su habilidad y ambición les permitiese; en política, podrían llegar al nivel de congresistas, senadores, jueces, o cualquier otro nivel similar que decidiesen.

Pero cuando se trata del cargo de presidente, no consideres el tema principalmente desde un punto de vista más o menos social o altruista; o sea, no preguntes: «¿Sería ella capaz de hacer el trabajo, y ello sería bueno para el país?» Razonablemente, sí sería capaz y ello sería bueno, pero ¿qué supondría todo eso para ella?

La cuestión es principalmente psicológica. Tiene que ver con la visión fundamental que una mujer tiene de la vida, de ella misma y de sus valores básicos. Para una mujer, como mujer, la esencia de la feminidad es la adoración al héroe: el deseo de admirar al hombre. «Admirar» no quiere decir depender, obedecer, o nada que implique inferioridad. Quiere decir un cierto tipo de intensa admiración; y la admiración es una emoción que puede ser experimentada solamente por una persona de carácter fuerte y de juicios de valor independientes. El tipo de mujer “oportunista” no es una admiradora, sino una explotadora de hombres. Admiración al héroe es una virtud exigente: una mujer tiene que merecerse tanto a esa virtud como al héroe a quien admira. Intelectual y moralmente, es decir, como ser humano, ella tiene que ser su igual; entonces el objeto de su admiración es específicamente su masculinidad, no cualquier virtud humana de la que ella pudiera carecer.

Eso no significa que una mujer femenina sienta o proyecte una admiración al héroe hacia todos y cada uno de los hombres individuales; como seres humanos, muchos de ellos pueden ser, de hecho, inferiores a ella. Su admiración es una emoción abstracta por el concepto metafísico de masculinidad como tal, el cual ella siente de forma total y concreta sólo por el hombre que ama, pero que es una emoción que afecta su actitud hacia todos los hombres. Eso no quiere decir que haya un interés romántico o sexual en su actitud hacia todos los hombres; al contrario: cuanto más alta sea su visión de la masculinidad, más exigentes y severos serán los criterios por los que ella juzgue. Significa que ella nunca deja de ser consciente de su propia identidad sexual ni de la de ellos. Significa que una mujer verdaderamente femenina no trata a los hombres como si ella fuese su camarada, su hermana, su madre… o su líder.

Veamos ahora el significado de la presidencia: en todas sus relaciones profesionales, dentro de toda la esfera de su trabajo, el presidente es la mayor autoridad; él es el «Jefe Ejecutivo», el «Comandante-en-Jefe». Incluso en un país totalmente libre, con una incólume separación constitucional de poderes, el presidente es la autoridad final que establece las condiciones, los objetivos y las políticas de todas las tareas en la rama ejecutiva del Gobierno. Al ejercer sus funciones, el presidente no trata con iguales, sino únicamente con inferiores (no inferiores como personas, sino en cuanto a la jerarquía de sus posiciones, tareas y responsabilidades).

Eso, para una mujer racional, sería una situación inaguantable. (Y si ella no es racional, entonces no estaría cualificada para la presidencia ni para cualquier posición importante, en cualquier caso). Actuar como un superior, como un líder, virtualmente siendo quien manda en todos los hombres con quienes trata, sería una insoportable tortura psicológica para ella. Requeriría una total despersonalización, un desprendimiento enorme y una soledad incomunicable; ella tendría que suprimir (o reprimir) todos los aspectos personales de su propio carácter y de su actitud; no podría ser ella misma, es decir, una mujer; tendría que funcionar sólo como una mente, no como una persona, o sea, como una pensadora sin valores personales, y eso es una peligrosa dicotomía artificial que nadie podría mantener durante mucho tiempo. Por la naturaleza de sus obligaciones y de sus actividades cotidianas, ella se convertiría en la figura menos femenina, más asexuada, más inapropiada metafísicamente y racionalmente repugnante de todas: en una matriarca.

Eso se aplicaría a la reina de turno en una monarquía absoluta; pero no se aplicaría a una mujer en cualquier otro campo de actividad que no fuese la política. No se aplica, por ejemplo, a una mujer que dirige una empresa de negocios; aunque ella fuese la mayor autoridad dentro de esa organización, estaría tratando constantemente con hombres que no están bajo sus órdenes: con clientes, proveedores, competidores; ella no está condenada a un régimen de aislamiento por tratar exclusivamente con hombres que son jerárquicamente inferiores a ella (y tampoco son sus poderes tan amplios como los de un presidente).

Es concebible que en algún contexto histórico aislado, durante algún periodo de emergencia nacional extrema, fuese adecuado que una mujer asumiera temporalmente el liderazgo de un país, en el papel de presidente, si no hubiese hombres capaces de asumirlo. ¿Pero qué implicaría eso sobre el carácter de los hombres de esa época? (Normalmente, los mejores y más capacitados de entre los hombres no tienen necesariamente que buscar la presidencia; pero en caso de emergencia extrema, tendrían que hacerlo… como hicieron los Padres Fundadores).

Hay un precedente histórico sobre el destino de una mujer líder en un período de emergencia extrema: Juana de Arco, la mujer más heroica y el símbolo más trágico de la historia. Y digo «trágico» no sólo porque la quemaran en la hoguera en recompensa por haber salvado a su país, aunque esa monstruosa maldad física sea singularmente apropiada como concretización ficticia de la tragedia espiritual de su vida. Hazte esta pregunta: ¿Qué poder de dedicación debe ella haber poseído al encontrarse con que era la única persona capaz de reavivar el espíritu luchador de hombres que habían abandonado? y ¿qué es lo que ella personalmente debe haber sentido sobre eso?

El que una mujer busque o desee la presidencia es, de hecho, un panorama de auto-inmolación espiritual tan terrible, que la mujer que lo haga es psicológicamente indigna de esa tarea.

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<< Traducción: Objetivismo.org >>

[Nota del traductor: Algunos críticos de Objetivismo, no pudiendo encontrar nada más esencial con lo que discordar, critican asuntos de la vida privada de Ayn Rand o puntos de vista que, como el expresado en este artículo, no son esenciales a su filosofía. Esos críticos harían bien en reconocer que este artículo no es sobre filosofía sino sobre psicología, y en apreciar la increíble profundidad y sensibilidad de su autora.]

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