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Carta de Ayn Rand a un religioso

Carta de Ayn Rand del 23 de octubre de 1943.

Estimado Reverendo Dudley:

Gracias por su carta tan interesante. Por desgracia, usted la envió a la imprenta, no a la editorial de mi libro, así que no la recibí hasta hoy. Espero que esto le llegue a tiempo para su presentación.

Usted pidió información sobre mi historial. Soy rusa de nacimiento, pero ciudadana americana ahora. Llegué a este país en 1926. Mi primera novela fue “Los que vivimos”, publicada por Macmillan en 1936. Trabajé en “El Manantial” durante siete años. Escribí esa novela como mi tributo a América y al espíritu americano.

En cuanto a sus interesantes preguntas filosóficas: Usted se pregunta “qué vamos a hacer con los dos mil millones que poblarán la tierra, en vista de mi tesis”. Lo único que podemos hacer con ellos es no hacer nada. Lo único bueno que podemos hacer con la humanidad es dejarla tranquila, o sea, dejarla libre. Los hombre tienen la capacidad de resolver sus propios destinos, y nadie más puede resolverlos por ellos, y el único obstáculo que los detiene y los destruye es la interferencia de otros hombres. Todas las tiranías han sido originadas, no con una maldad, sino con un propósito altruista: con el deseo de “hacer algo” por la humanidad. Cuando los hombres reconozcan que hacer cosas con otros y por otros es inapropiado e inmoral y sólo puede conducir a las más malvadas consecuencias, entonces la mayoría de los problemas de la humanidad estarán resueltos.

América, como era, en la forma y en los principios establecidos por su Constitución, nos ha mostrado la forma correcta de vivir a toda la humanidad. Libertad individual y derechos individuales inalienables, indepencia de acción y elección individual, no “planificación” o “directivas” ni ningún otro “objetivo social” – ésa es la fórmula completa de la decencia y la felicidad humanas. América ha mostrado que funcionó, y lo maravillosamente que funcionó. El resto del mundo tiene el ejemplo de América. Pueden seguirlo, si quieren. Si no quieren, no hay nada que podamos hacer por ellos. Uno no puede forzar a los hombres – o a naciones – a vivir como seres humanos, si prefieren ser cerdos en una pocilga colectivista.

No estoy de acuerdo en que la ciencia y las máquinas estén produciendo lo que tan acertadamente llama usted «mentalidad de masa», que a su vez influenciará la política, la economía y las relaciones sociales. Esa sería una explicación materialista, marxista. Es el pensamiento de los hombres lo que determina el curso de los acontecimientos, y nuestro pensamiento se ha vuelto cada vez más colectivista a lo largo de más de un siglo. El repugnante desastre intelectual en el que el mundo se encuentra ahora es el resultado final, el callejón sin salida del colectivismo filosófico. Parásitos han existido siempre, pero nunca fueron un peligro para la humanidad hasta que los mejores hombres, los pensadores y los productores, empezaron a predicar la doctrina del parásito: el colectivismo y el altruismo. Lo que necesitamos ahora para salvar al mundo es un renacimiento de los principios del individualismo.

Me interesó mucho su pregunta sobre la relación entre el ego y el “ego supremo”. Creo que mi afirmación sobre la moralidad apropiada para el hombre no contradice ninguna creencia religiosa, si esa creencia incluye fe en el libre albedrío del hombre. Mi moralidad se basa en la naturaleza del hombre, en el atributo fundamental de su naturaleza que le distingue de los animales: su facultad racional. Dado que el hombre es un animal racional, su moralidad debe ser individualista, puesto que la mente es un atributo del individuo, y no existe un cerebro colectivo. Si alguien mantiene que el hombre ha sido creado por Dios, dotado de un alma inmortal, y con la razón siendo un atributo de su alma, sigue siendo verdad que él debe actuar de acuerdo con su naturaleza, la naturaleza que Dios le dio, y que haciendo eso estará haciendo la voluntad de Dios. Pero eso implica que Dios dotó al hombre de libre albedrío y con la capacidad de decidir. Eso no se mantiene con una creencia en Dios como un soberano determinista. Pero tal creencia hace que toda moralidad sea imposible. La moralidad y el determinismo son mutuamente exclusivas por definición. Si hay un destino cósmico, su sentido es la libertad del hombre. Si, sin embargo, asumimos un destino cósmico que tiene algún destino propio que el hombre no puede cambiar o influenciar, entonces el hombre no es libre; en ese caso, el hombre puede actuar sólo como está prescrito, y, si es así, no puede ser responsable por sus acciones, ni ser considerado moral o inmoral. Pero esta es una creencia que ninguna persona verdaderamente religiosa podría aceptar. Un Dios benevolente no crearía un universo de esclavos.

El Cristianismo fue la primera escuela de pensamiento que proclamó la suprema santidad del individuo. El principal deber de un cristiano es la salvación de su propia alma. Ese deber está por encima de cualquier deber que pueda tener con sus hermanos. Esa es la afirmación básica del verdadero individualismo. La salvación de la propia alma significa la preservación de la integridad del propio ego. El alma es el ego. Por lo tanto, el Cristianismo predicó el egoísmo en mi sentido de la palabra, en un sentido alto, noble y espiritual. Jesucristo dijo que amaras a tu prójimo como a ti mismo, pero nunca dijo que amaras a tu prójimo más que a ti mismo, que es la mostruosa doctrina del altruismo y el colectivismo. El altruismo – la demanda de auto-inmolación por otros – contradice la premisa básica del Cristianismo, la santidad de la propia alma. El altruismo introdujo una contradicción básica en la filosofía cristiana, que nunca ha sido resuelta. Toda la historia del Cristianismo en Europa ha sido una continua guerra civil, no sólo en realidad, sino también en espíritu. Creo que el Cristianismo no recuperará su fuerza vital espiritual hasta que haya resuelto esa contradicción. Y puesto que no puede rechazar la concepción de la santidad fundamental del alma individual – esa concepción contiene la raíz, el significado y la grandeza del Cristianismo – deberá rechazar la moralidad del altruismo. Debe enseñarles a los hombres no a servir a otros ni a mandar en otros, sino a vivir juntos como iguales independientes, que es el único estado posible de una verdadera hermandad. Hermanos no son servidores uno del otro ni dependientes uno del otro. Sólo los esclavos lo son. La dependencia engendra odio. Sólo los hombres libres son capaces de ser benevolentes. Sólo los hombres libres pueden amarse y respetarse los unos a los otros. Pero un hombre libre es un hombre independiente. Y un hombre independiente es aquel que vive esencialmente por sí mismo.

Mejor termino ahora, porque podría hablar de este tema extensamente, y me alegro de tener la primera oportunidad de tratarlo con un religioso. Está claro que todo esto no es para ponerlo en sus comentarios sobre mi libro, pero puede usar cualquier parte que le sirva para sus objetivos.

Estoy muy agradecida por su interés en “El Manantial” y agradezco profundamente el deseo que usted expresó de ampliar su círculo de lectores.

Cordialmente,

Ayn Rand

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[N. del T.: Publicamos esta carta (que no está incluída en el libro “Letters of Ayn Rand”) para los simpatizantes de Ayn Rand. Desconociendo su contexto (incluyendo la carta a la que responde), no podemos considerar las ideas aquí expuestas como definitivas en la filosofía de Objetivismo. Las novelas y ensayos publicados por Ayn Rand (no sus cartas personales a individuos concretos) es lo que constituye el cuerpo filosófico de Objetivismo.]

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