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La causalidad como corolario de la identidad — OPAR [1-2]

Capítulo 1  –  La realidad
La causalidad como corolario de la identidad [1-2]

Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand
(«OPAR») por Leonard Peikoff
Traducido por Domingo García
Presidente de Objetivismo Internacional

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Hasta ahora nos hemos estado ocupando, como adultos, de identificar los fundamentos de la cognición humana. En ese contexto, los tres axiomas que hemos tratado son algo primario e ineludible: no se puede obtener ningún conocimiento conceptual fuera de esos principios. Cronológicamente, sin embargo, esos tres axiomas no los aprende de forma simultánea el niño al desarrollarse. La “existencia», sugiere la Sra. Rand, “está implícita desde el principio; es lo dado a partir de la primera sensación”. 11 Pero para captar “identidad» y (más adelante) “consciencia», incluso de forma implícita, el niño debe alcanzar, a lo largo de un período de meses, una cierta perspectiva sobre su contenido mental. Debe realizar, en varias etapas, diversos procesos de diferenciación e integración que no son automáticos por el simple acto de abrir los ojos.

Antes de que un niño pueda distinguir este objeto de ese objeto, y de esa forma llegar al concepto implícito de «identidad», primero debe poder llegar a percibir que existen objetos. Eso requiere que el niño vaya más allá del caos de sensaciones dispares y fugaces con las cuales su vida consciente empieza; requiere que integre sus sensaciones en forma de percepciones de cosas u objetos. (Tal integración será tratada en el capítulo 2). Al llegar a ese punto, el niño ha alcanzado, implícitamente, el concepto de «entidad».

El concepto de «entidad» es un concepto axiomático, un concepto que se presupone en toda cognición humana posterior, aunque no es uno de los axiomas básicos. 12 Específicamente, el captar «entidad», junto con captar «identidad» – cuya comprensión le sigue muy de cerca – hace posible descubrir el siguiente principio importante en metafísica, que es el tema principal de esta sección: la ley de causalidad.

Antes de eso, sin embargo, debo hacer una aclaración con relación al concepto «entidad». Puesto que es axiomático, los referentes de ese concepto sólo pueden ser especificados de forma ostensiva, señalando con el dedo cosas que les son dadas a los hombres a través de su percepción sensorial. En este caso, uno señala cosas sólidas que tienen una forma perceptible, como por ejemplo una roca, una persona o una mesa. Por extensión, a partir de ese significado inicial, «entidad» puede ser usado en contextos diversos para denotar un vasto espectro de existentes, tales como el sistema solar, la empresa General Motors, o la más pequeña de las partículas subatómicas. Pero todas esas «entidades» pueden ser reducidas a fin de cuentas a combinaciones, componentes o aspectos distinguibles de «entidades» en el significado primario. 13

Las entidades constituyen el contenido del mundo que los hombres perciben; no hay más nada que observar. En el acto de observar entidades, desde luego, el niño, al igual que el adulto, observa (algunos de) sus atributos, sus acciones y sus relaciones. Con el tiempo, la consciencia del niño puede enfocarse por separado en tales características y aislarlas mentalmente a fin de hacer una identificación conceptual y un estudio especializado.

Uno de los subproductos de ese proceso es el inventario que hacen los filósofos de las denominadas «categorías» del ser, tales como las cualidades («rojo» o «duro»), las cantidades («cinco centímetros» o «seis kilos»), las relaciones (“a la derecha de» o «el padre de”) o las acciones («caminar» o «digerir»). La clave aquí, sin embargo, es que ninguna de esas «categorías» tiene primacía metafísica; ninguna tiene existencia independiente, todas ellas representan meros aspectos de entidades.

No existe «rojo» o «duro» aparte del lápiz o del libro o de cualquier otra cosa que sea roja o dura. «Cinco centímetros» o «seis kilos» presuponen un objeto que mida cinco centímetros o pese seis kilos. “A la derecha de» o «el padre de» no tienen ninguna realidad aparte de ciertas cosas, una de las cuales está a la derecha de otra, o es el padre de otra. Y – algo que es de especial importancia cuando contemplamos la ley de causa y efecto – no existen acciones flotantes, desconectadas; lo único que existen son acciones realizadas por entidades. “Acción» es el nombre de lo que hacen las entidades. «Caminar» o «digerir» no existen o tienen posibilidad de hacerlo aparte de la criatura con piernas que camina, o el cuerpo o el órgano con enzimas que es el que digiere.

Cuando un niño ha alcanzado la etapa de captar (implícitamente) «entidad”, “identidad» y “acción», en ese momento él tiene el conocimiento necesario para alcanzar (implícitamente) la ley de causalidad. Para dar ese paso, necesita observar un hecho omnipresente: que una entidad de un cierto tipo actúa de un cierto modo. El niño sacude su sonajero y éste produce un sonido; sacude su almohada y ésta no hace ruido. Empuja una pelota y ella va rodando por el suelo; empuja un libro y el libro se queda donde está, sin moverse. Deja caer un bloque de metal y éste cae al suelo; suelta un globo y éste asciende. El niño puede querer que la almohada suene como un sonajero, que el libro ruede, que el bloque flote, pero no puede conseguir que eso ocurra. Las cosas, él pronto descubre, actúan de forma muy específica, y sólo de esa forma. Eso es en lo que consiste el conocimiento implícito de la causalidad; es la forma que tiene el niño de comprender la relación entre la naturaleza de una entidad y su forma de comportarse.

La validación adulta de la ley de causalidad consiste en expresar esa relación de forma explícita. La validación se basa en dos puntos: en el hecho de que una acción es la acción de una entidad; y en la ley de identidad, A es A. Cada entidad tiene una naturaleza; es algo específico, algo no contradictorio, algo limitado; tiene ciertos atributos y no otros. Tal entidad debe actuar de acuerdo con su naturaleza.

Las únicas alternativas serían el que una entidad actuase dejando de lado su naturaleza o en contra de ella, y ambas alternativas son imposibles. Una cosa no puede actuar aparte de su naturaleza, porque existencia es identidad; aparte de su naturaleza, una cosa no es nada. Una cosa no puede actuar contra su naturaleza, es decir, en contradicción con su identidad, porque A es A y las contradicciones son imposibles. En cualquier conjunto de circunstancias específicas, por lo tanto, hay sólo una acción posible para una entidad, la acción que expresa su identidad. Esa es la acción que realizará, la acción que está causada y necesitada por su naturaleza.

Así, en circunstancias normales, si un niño suelta un globo lleno de helio, sólo un resultado es posible: el globo ascenderá. Si suelta un segundo globo lleno de arena, la naturaleza de la entidad es diferente, y también lo es su acción: el único resultado posible ahora será que caiga. Si en las mismas circunstancias fueran posibles varias acciones – por ejemplo, si un globo pudiese ascender o pudiese caer (o empezar a emitir música como una radio, o transformarse en una calabaza), mientras todo lo demás permanece igual – tales incompatibles resultados tendrían que derivarse de aspectos incompatibles (contradictorios) en la naturaleza de la entidad. Pero no hay aspectos contradictorios. A es A.

Causa y efecto, por lo tanto, es una ley universal de la realidad. Cada acción tiene una causa (la causa es la naturaleza de la entidad que actúa); y la misma causa produce el mismo efecto (la misma entidad, en las mismas circunstancias, realizará la misma acción).

Lo anterior no debe ser interpretado como una “prueba” de la ley de causa y efecto. Lo único que he hecho ha sido expresar de forma explícita lo que se sabe implícitamente al captar perceptualmente la realidad. Dado el hecho de que una acción es la acción de entidades, y de que cada entidad tiene una naturaleza – y de que ambos hechos son conocidos simplemente por observación – es evidente que cada entidad debe actuar de acuerdo con su naturaleza. La “ley de causalidad», resume Ayn Rand, «es la ley de identidad aplicada a la acción. Todas las acciones son causadas por entidades. La naturaleza de una acción es causada y determinada por la naturaleza de las entidades que actúan; una cosa no puede actuar en contradicción a su naturaleza». 14

Aquí, de nuevo, como al hablar de los axiomas, el conocimiento implícito no se debe confundir con el explícito. La identificación explícita de la causalidad (que hicieron los griegos) fue un enorme logro intelectual; representó el comienzo de una visión científica sobre la existencia, en oposición a la visión pre-científica del mundo como un reino de milagros o de azar. (Y aquí también los peores injuriadores filosóficos no son los salvajes primitivos que implícitamente cuentan con la causalidad aunque nunca lleguen a descubrirla, sino los sofisticados modernos, como David Hume, que cuentan con la causalidad al mismo tiempo que la rechazan de forma explícita).

La causalidad está mejor clasificada como un corolario de la identidad. Un «corolario» es una implicación auto-evidente de un conocimiento que ya ha sido establecido. Un corolario de un axioma no es él mismo un axioma; no es auto-evidente aparte del principio o principios en su raíz (un axioma, por el contrario, no depende de un contexto anterior). Y un corolario tampoco es un teorema; no permite o requiere un proceso de prueba; al igual que un axioma, es auto-evidente (una vez que su contexto se ha captado). Es, en efecto, un nuevo ángulo sobre un principio establecido, que sigue inmediatamente una vez que uno capta su significado y el principio del cual depende.

Muchas de las verdades más importantes en filosofía ocupan ese estado intermedio. No son ni axiomas ni teoremas sino corolarios, en su mayoría corolarios de axiomas. De hecho, la esencia de la metafísica, según Objetivismo, es el desarrollo paso a paso de los corolarios del axioma de la existencia. El principal objetivo de este capítulo es despejar sistemáticamente las implicaciones de «la existencia existe».

Voy a reiterar que el vínculo causal relaciona una entidad con su acción. La ley de causalidad no dice que cada entidad tiene una causa. Algunas de las cosas que comúnmente llamamos “entidades” no se crean o se destruyen, sino que son eternas; por ejemplo, el universo como un todo. El concepto de «causa» no se aplica al universo; por definición, no hay nada fuera de la totalidad que pueda actuar como causa. El universo simplemente es; es una primaria irreducible. Puede decirse que una entidad tiene una causa solamente si es el tipo de entidad que no es eterna; y entonces lo que realmente uno está explicando es un proceso, el hecho de que ella esté siendo formada o que otra entidad esté desapareciendo. Acción es la esencia de la ley de causa y efecto: es la acción la que es causada. . . por entidades.

Por el mismo motivo, el vínculo causal no relaciona a dos acciones entre sí. Desde el Renacimiento, ha sido muy común el que los filósofos hablen como si las acciones causaran directamente otras acciones, saltándose completamente a las entidades. Por ejemplo, el movimiento de una bola de billar que golpea a otra es lo que normalmente se entiende como la causa del movimiento de la segunda bola, implicando que podemos prescindir de las bolas; unos movimientos por sí mismos se convierten en la causa de otros movimientos. Esa idea no tiene sentido. Los movimientos no actúan, ellos son las acciones. Son las entidades las que actúan. . . y la causa. Hablando literalmente, no es el movimiento de una bola de billar lo que produce efectos; es la bola de billar, la entidad, la que lo hace por ciertos medios. Si uno duda de eso, que sustituya la bola de billar por un huevo o una burbuja de jabón, con la misma velocidad; los efectos serán muy diferentes.

La ley de causalidad dice que las entidades son la causa de las acciones. No que cada entidad, de cualquier tipo que sea, tiene una causa, sino que cada acción la tiene; y no que la causa de una acción es otra acción, sino que lo que causa las acciones son las entidades.

Muchos seguidores del Principio de Incertidumbre de Heisenberg afirman que, puesto que no podemos al mismo tiempo especificar totalmente la posición y el momento de las partículas subatómicas, su acción no es totalmente previsible, y que por lo tanto la ley de causalidad falla. Ese es un razonamiento falso, un cambiazo de epistemología a metafísica, o de conocimiento a realidad. Aunque fuese cierto que, debido a una falta de información nunca pudiésemos predecir con exactitud un evento subatómico — y eso es altamente discutible – eso no demostraría que, en la realidad, el evento no tuviese una causa. La ley de causalidad es un principio abstracto; por sí misma no nos permite predecir acontecimientos específicos; no nos proporciona un conocimiento de causas o de mediciones específicas. Nuestra ignorancia de ciertas mediciones, sin embargo, no afecta a su realidad o a la consecuente operación de la naturaleza.

La causalidad, desde el punto de vista Objetivista, es un hecho independiente de la consciencia, sea la consciencia de Dios o la del hombre. El orden, la armonía y la regularidad no provienen de una consciencia cósmica (como afirma el religioso “argumento por designio”). Ni tampoco es la causalidad una mera forma subjetiva de pensamiento que por acaso gobierna la mente humana (como en el enfoque kantiano). Al contrario, la causalidad – tanto para Objetivismo como para los aristotélicos – es una ley inherente al ser cual ser. Ser es ser algo, y ser algo es actuar de acuerdo con lo que se es. La ley natural no es una característica sobreimpuesta por algún ente en un mundo que si no fuera por eso sería «caótico»; no existe la posibilidad de tal caos. Ni hay ninguna posibilidad de un evento «aleatorio», si «aleatorio» significa una excepción a la causalidad. Causa y efecto no es un pensamiento metafísico rezagado. No es un hecho del cual se puede teóricamente prescindir. Es parte de la estructura de la realidad como tal.

Uno no puede seguir preguntando: ¿Quién es responsable de la ley natural? (lo cual equivale a preguntar: ¿Quién causó la causalidad?) o ¿Quién creó el universo?. La respuesta para ambas preguntas es la misma: La existencia existe.

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Sigue leyendo
La existencia como teniendo primacía sobre la consciencia — OPAR [1-3]

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Referencias

Obras de Ayn Rand en versión original: Ayn Rand Institute
Obras de Ayn Rand traducidas al castellano: https://objetivismo.org/ebooks/

Al referirnos a los libros más frecuentemente citados estamos usando las mismas abreviaturas que en la edición original en inglés: 

AS     (Atlas Shrugged) – La Rebelión de Atlas
CUI    (Capitalism: The Unknown Ideal) – Capitalismo: El Ideal Desconocido
ITOE (Introduction to Objectivist Epistemology) – Introducción a la Epistemología Objetivista
RM    (The Romantic Manifesto) – El Manifiesto Romántico
VOS   (The Virtue of Selfishness) – La Virtud del Egoísmo

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Notas de pie de página

Las notas de pie de página no han sido traducidas al castellano a propósito, pues apuntan a las versiones de los libros originales en inglés (tanto de Ayn Rand como de otros autores), algunos de los cuales ni siquiera han sido traducidos, y creemos que algunos lectores pueden querer consultar la fuente original. Los números de las páginas son de la edición del libro de bolsillo correspondiente en la versión original.

Capítulo 1 [1-2]

11.  Ibid., p.   23.
12.  Ibid., p.   21. This statement is italicized in the original text.
13.   Ibid., «The Goal of My Writing,» p. 169.
14.  Atlas Shrugged, p. 962.

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Ayn Rand

«Tú no dudas de tu propio juicio en los negocios: no dudes de él en el campo de la ideología; no dejes que el galimatías ininteligible de los intelectuales «liberales» te intimide o te desanime. No concluyas: «Debe ser profundo, porque no lo entiendo», o «si en esto consisten las cosas intelectuales, entonces todas las ideas son ridiculeces inútiles.» Las ideas son el mayor poder, el más crucial y el más práctico, que existe en el mundo.

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