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Monopolios — Falacias [1/6]

En una sociedad capitalista laissez-faire, ¿qué impediría la formación de monopolios poderosos capaces de asumir control sobre toda la economía?

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Estos artículos aparecieron originalmente en el «Intellectual Ammunition Department» de The Objectivist Newsletter. Son respuestas breves a las preguntas económicas más frecuentemente formuladas por los lectores, preguntas que reflejan los conceptos más comúnmente equivocados y generalizados sobre el capitalismo.

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Una de las peores falacias en el campo de la economía —propagada por Karl Marx y aceptada por casi todo el mundo hoy día, incluyendo muchos empresarios— es la noción de que el surgimiento de monopolios es un resultado inevitable e intrínseco del funcionamiento de una economía libre, no regulada. En realidad, lo que es cierto es exactamente lo contrario. Es un mercado libre el que imposibilita que existan los monopolios.

Es esencial que uno tenga clara y concreta la definición de «monopolio». Cuando la gente habla, en un contexto económico o político, de los peligros y los males de un monopolio, está hablando de un monopolio coercitivo, es decir, del control exclusivo de un sector determinado de producción que está cerrado a la competencia y libre de ella, de forma que quienes controlan ese sector son capaces de establecer políticas arbitrarias de producción, y cobrar precios arbitrarios, con independencia del mercado e inmunes a la ley de la oferta y la demanda. Tal monopolio, es importante advertir, entraña más que la ausencia de competencia: entraña la imposibilidad de competencia. Ese es el atributo característico de un monopolio coercitivo, que es indispensable para poder condenar a un monopolio de ese tipo.

Una de las peores falacias en el campo de la economía es la noción de que el surgimiento de monopolios es un resultado inevitable e intrínseco del funcionamiento de una economía libre, no regulada.

En toda la historia del capitalismo, nadie ha sido capaz de establecer un monopolio coercitivo mediante la competencia en un mercado libre. Hay sólo una forma de prohibir la entrada a un sector determinado de la producción: hacerlo por ley. Todos los monopolios coercitivos que existen o han existido jamás —en Estados Unidos, en Europa, o en cualquier otra parte del mundo— han sido creados y hechos posibles sólo por un acto del gobierno: por franquicias, licencias y subsidios especiales, por acciones legislativas que le concedieron privilegios especiales (y que no están disponibles en un libre mercado) a un hombre o a un grupo de hombres, y les prohibieron a todos los demás entrar en ese sector concreto.

Un monopolio coercitivo no es el resultado del laissez-faire; sólo puede ser el resultado de derogar el laissez-faire, y de aplicar del principio opuesto: el principio del estatismo.

En EE.UU., una compañía de servicios públicos es un monopolio coercitivo: el gobierno le concede una franquicia para un territorio exclusivo, y a nadie más se le permite ofrecer ese servicio en ese territorio; un posible competidor que intentara vender energía eléctrica estaría prohibido de hacerlo, por ley. Una compañía de teléfonos es un monopolio coercitivo. Tan recientemente como en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno ordenó a las dos compañías de telégrafos que existían en esa época, Western Union y Postal Telegraph, a fusionarse y formar un monopolio.

En los días comparativamente libres del capitalismo americano, a finales del siglo XIX y al principios del siglo XX, hubo muchas tentativas de «acaparar el mercado» de varios productos básicos (como el algodón y el trigo, por mencionar dos conocidos ejemplos), para luego cerrar ese sector a la competencia y conseguir enormes beneficios vendiendo a precios exorbitantes. Todas esas tentativas fracasaron. Los hombres que lo intentaron se vieron obligados a desistir, o a irse a la quiebra. Ellos fueron derrotados, no por una acción legislativa, sino por la acción del libre mercado.

La pregunta que se hace a menudo es: ¿qué pasaría si una empresa grande y rica comprara a sus competidores más pequeños, o intentara forzarlos a quebrar, vendiendo a precios menores, incluso con pérdidas? ¿No sería esa empresa capaz de conseguir controlar un sector determinado, y luego empezar a cobrar precios altos y poder estancarse tranquilamente sin temor a la competencia? La respuesta es: no, eso no es posible hacerlo. Si una empresa aceptase tener pérdidas serias para expulsar del sector a sus competidores, y luego empezase a cobrar precios altos para recuperar lo que había perdido, eso serviría sólo como incentivo para que nuevos competidores entraran en el sector y se aprovecharan de la alta rentabilidad, sin tener ninguna pérdida que recuperar. Los nuevos competidores la obligarían a bajar los precios hasta el nivel del mercado. La empresa grande tendría que abandonar su intento de establecer precios de monopolio… o se iría a la quiebra intentando defenderse de los competidores que sus propias políticas habían atraído.

Todos los monopolios coercitivos que existen o han existido jamás han sido creados y hechos posibles sólo por un acto del gobierno.

Es una realidad histórica que ninguna «guerra de precios» ha tenido éxito jamás para establecer un monopolio o para mantener los precios por encima del nivel del mercado, fuera de la ley de la oferta y la demanda. (Las «guerras de precios», sin embargo, han actuado como estímulos para la eficiencia económica de las empresas competidoras, y han resultado de esa forma en beneficios enormes para el público, en cuanto a mejores productos y a precios más bajos).

Al considerar este tema, la gente frecuentemente ignora el papel crucial del mercado de capitales en una economía libre. Como Alan Greenspan observa en su artículo «Antimonopolio» : si la entrada en un sector determinado de la producción no está impedida por regulaciones gubernamentales, franquicias o subsidios, «el regulador en última instancia de la competencia en una economía libre es el mercado de capitales. Siempre que el capital sea libre de fluir, tenderá a buscar aquellas áreas que ofrezcan la mayor tasa de retorno». Los inversores buscan constantemente los usos más beneficiosos de su capital. Si, por lo tanto, algún sector de producción es visto como siendo altamente lucrativo (sobre todo cuando la rentabilidad se debe a precios altos en vez de a costes bajos), los empresarios y los inversores serán necesariamente atraídos hacia ese sector; y, a medida que el suministro del producto en cuestión aumenta en relación a la demanda que hay por él, los precios caen como resultado. «El mercado de capitales», escribe el señor Greenspan, «actúa como regulador de precios, no necesariamente de beneficios. Deja que un productor individual sea libre de ganar tanto como pueda bajando sus costes y aumentando su eficiencia relativamente a otros. De esa forma, constituye el mecanismo que genera mayores incentivos para aumentar la productividad, y conduce, como consecuencia, a un nivel de vida cada vez mayor».

El libre mercado no permite la ineficiencia ni el estancamiento —con impunidad económica— en ningún sector de la producción. Piensa, por ejemplo, en un caso muy conocido en la historia de la industria automotriz americana. Hubo un período en el que el Modelo-T de Henry Ford tenía una enorme parte del mercado automotriz. Pero cuando la empresa de Ford intentó estancarse y resistir los cambios de estilo —«Puedes tener el Modelo-T del color que quieras, siempre que sea negro»— la General Motors, con su modelo Chevrolet más atractivo y estilizado, le quitó un gran segmento del mercado a Ford. Y la Ford Company se vio obligada a cambiar sus políticas para poder competir. Uno encuentra ejemplos de ese principio en la historia de prácticamente cualquier industria.

Entonces, si uno considera el único tipo de monopolio que puede existir bajo el capitalismo, un monopolio no coercitivo, uno verá que sus precios y sus políticas de producción no son independientes del mercado en el cual opera, sino que están totalmente vinculados a la ley de la oferta y la demanda; que no hay ninguna razón ni ningún valor que justifique mantener la designación de «monopolio» cuando uno usa ese término en un sentido no coercitivo; y que no hay bases racionales por las cuales condenar a tales «monopolios».

Por ejemplo, si un pueblo pequeño tiene una sola farmacia, la cual es apenas capaz de sobrevivir, se podría decir que el dueño está disfrutando de un «monopolio», sólo que a nadie se le ocurriría usar el término en ese contexto. No hay ninguna necesidad económica ni hay mercado para una segunda farmacia, no hay suficiente volumen de negocios para sustentarla. Pero si ese pueblo creciese, entonces su única farmacia no tendría cómo impedir que abrieran otras farmacias, ni tendría poder para hacerlo.

El capitalismo, por su naturaleza, conlleva un proceso constante de movimiento, de crecimiento, de progreso; nadie tiene un derecho adquirido a una posición, si hay otros que pueden hacerlo mejor que él.

Es una creencia común pensar que el sector de la minería es especialmente vulnerable al establecimiento de monopolios, ya que los materiales que se extraen de la Tierra existen en cantidades limitadas, y puesto que, según se cree, alguna empresa podría conseguir control de todas las fuentes de alguna materia prima. Pero observa que la International Nickel of Canada produce más de dos terceras partes del níquel del mundo, y sin embargo ella no cobra precios de monopolio. Le pone un precio a su producto como si ella tuviese un montón de competidores; y la verdad es que de hecho tiene un montón de competidores. El níquel (en la forma de aleaciones y de aceros inoxidables) está compitiendo con el aluminio y con una diversidad de otros materiales. El principio raramente reconocido que es aplicable en esos casos es que no hay ningún producto único, no hay ningún material ni ninguna materia prima que sea o pueda ser indispensable para una economía, independientemente del precio. Un material puede ser preferible a otros materiales sólo relativamente. Por ejemplo, cuando el precio del carbón bituminoso subió (lo cual se debió a la presión que hizo John L. Lewis para que subieran unos salarios económicamente injustificados), eso fue lo que contribuyó a que hubiera una conversión masiva hacia el uso de petróleo y gas en muchas industrias. El libre mercado es su propio protector.

Ahora bien, si una empresa fuese capaz de conseguir y mantener un monopolio no coercitivo, si pudiese ganarse a todos los clientes en un sector determinado, no gracias a privilegios especiales concedidos por el gobierno, sino por pura eficiencia productiva —por su habilidad para mantener sus costes bajos y ofrecer un producto mejor que el que cualquier otro competidor pudiese ofrecer— no habría ninguna razón para condenar a tal monopolio. Al contrario, la empresa que lograra eso merecería un gran agradecimiento y un gran reconocimiento.

Nadie puede exigir moralmente el derecho a competir en un campo determinado, si no puede estar a la altura de la eficiencia productiva de aquellos con quienes espera competir. No hay ninguna razón para que la gente tenga que comprar productos inferiores a precios superiores a fin de mantener a empresas menos eficientes en el negocio. Bajo el capitalismo, cualquier hombre o cualquier empresa que pueda sobrepasar a sus competidores es libre de hacerlo. Es de esa forma como el libre mercado recompensa la habilidad, y como funciona en beneficio de todos…, excepto de quienes buscan lo que no se merecen.

Una historia trillada que es a menudo citada por los enemigos del capitalismo es la historia del viejo tendero de la esquina que se ve obligado a cerrar debido a la competencia de unos grandes almacenes. ¿Cuál es la clara implicación de quienes protestan? Que las personas que viven en el barrio del viejo tendero tienen que continuar comprándole a él, aunque los grandes almacenes les puedan dar un mejor servicio a precios inferiores y de esa forma ahorrarles dinero. Equivale a decir que tanto los dueños de los grandes almacenes como la gente del barrio han de ser penalizados… para proteger el estancamiento del viejo tendero. ¿Basado en qué derecho? Si ese tendero es incapaz de competir con los grandes almacenes, entonces la verdad es que él no tiene más opción que mudarse a otro sitio, o meterse en otro tipo de negocio, o buscar empleo en los grandes almacenes. El capitalismo, por su naturaleza, conlleva un proceso constante de movimiento, de crecimiento, de progreso; nadie tiene un derecho adquirido a una posición, si hay otros que pueden hacerlo mejor que él.

Cuando las personas denuncian al libre mercado por ser «cruel», el hecho que están denunciando es que el mercado está regido por un único principio moral: la justicia. Y esa es la raíz de su odio hacia el capitalismo.

Cuando las personas denuncian al libre mercado por ser «cruel», el hecho que están denunciando es que el mercado está regido por un único principio moral: la justicia. Y esa es la raíz de su odio hacia el capitalismo.

Hay sólo un tipo de monopolio que los hombres pueden legítimamente condenar, el único tipo para el que la designación de «monopolio» es económicamente significativa: un monopolio coercitivo. (Observa que en el significado no coercitivo del término, cualquier hombre puede ser descrito como un «monopolista», puesto que él es dueño exclusivo de su esfuerzo y de su producto. Pero eso no es considerado malvado…, excepto por los socialistas).

En el tema de los monopolios, como en tantos otros temas, el capitalismo es normalmente culpado por las maldades que son perpetradas por sus destructores: no es el libre comercio en un libre mercado lo que crea monopolios coercitivos, sino la legislación del gobierno, la acción del gobierno, los controles del gobierno. Si los hombres están preocupados por las maldades de los monopolios, que identifiquen al verdadero malvado de la película, y la verdadera causa de esas maldades: la intervención del gobierno en la economía. Que reconozcan que hay sólo una forma de destruir los monopolios: separando al Estado de la Economía, es decir: instituyendo el principio de que el gobierno no puede restringir la libertad de producción y de comercio.

(Junio de 1962)

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Fuentes:

Escrito por Nathaniel Branden bajo la supervisión de Ayn Rand.

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Ayn Rand

El derecho a la propiedad significa que un hombre tiene derecho a tomar las acciones económicas necesarias para ganarse la propiedad, usarla y disponer de ella; no significa que otros deban proveerle a él con la propiedad.

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