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Oro y libertad económica

The Objectivist, julio de 1966

El antagonismo prácticamente histérico contra el patrón oro es algo que todos los estatistas tienen en común. Parecen apreciar —quizás más clara y profundamente que muchos consistentes defensores del laissezfaire—  que el oro y la libertad económica son inseparables, que el patrón oro es un instrumento del laissezfaire, y que el uno implica y requiere al otro.

Para poder entender la fuente de su antagonismo, es necesario en primer lugar entender el papel específico del oro en una sociedad libre.

El dinero es el común denominador de todas las transacciones económicas. Es ese bien que sirve como instrumento de cambio, es universalmente aceptado por todos los participantes en una economía de intercambio como pago por sus bienes y servicios, y por tanto, puede ser usado como estándar de valor de mercado y como depósito de valor, es decir, como un instrumento para el ahorro.

La existencia de tal bien es una precondición de una economía en la que existe la división del trabajo. Si los hombres no tuvieran algún bien de valor objetivo que fuera generalmente aceptado como dinero, tendrían que recurrir al primitivo trueque, o verse forzados a vivir en granjas auto-suficientes y renunciar a las inestimables ventajas de la especialización. Si los hombres no tuvieran medios de almacenar el valor, es decir, de ahorrar, ni la planificación a largo plazo ni el intercambio serían posibles.

Qué instrumento de cambio será aceptado por todos los participantes de una economía no es algo que se determine arbitrariamente. En primer lugar, el instrumento de cambio debe ser duradero. En una sociedad primitiva de escasa riqueza, el trigo podría ser suficientemente duradero para servir como medio, puesto que todos los intercambios tendrían lugar sólo durante la cosecha, o inmediatamente después, no dejando ningún excedente que almacenar. Pero las consideraciones de depósito de valor se vuelven cada vez más importantes a medida que las sociedades son más ricas y civilizadas. En ellas, el instrumento de cambio debe ser un bien duradero, normalmente un metal. Un metal es generalmente elegido por ser homogéneo y divisible: cada unidad es idéntica a cualquier otra, y el metal puede ser mezclado o formado en cualquier cantidad. Las joyas preciosas, por ejemplo, no son ni homogéneas ni divisibles.

Más importante aún, el bien escogido como instrumento debe ser un bien de lujo. Los deseos humanos para los lujos son ilimitados y, por tanto, los bienes de lujo siempre son demandados y siempre serán aceptados. El trigo es un lujo en civilizaciones mal alimentadas, pero no en una sociedad próspera. Los cigarrillos en condiciones normales no servirían como dinero, pero sí sirvieron en la Europa de después de la Segunda Guerra Mundial, donde eran considerados un lujo. El término «bien de lujo» implica escasez y un alto valor unitario. El que tenga un alto valor unitario implica que ese bien es fácilmente transportable; por ejemplo, una onza de oro (alrededor de 28,35 gramos) vale tanto como media tonelada de lingotes de hierro.

En las etapas iniciales de una economía monetaria en desarrollo, varios instrumentos de cambio podrían ser usados, dado que una amplia variedad de bienes cumplirían las condiciones anteriores. Sin embargo, uno de los bienes desplazará gradualmente a los otros, siendo más ampliamente aceptado. Las preferencias acerca de qué mantener como depósito de valor cambiarán hacia el bien más ampliamente aceptado, lo que a su vez hará que sea todavía más aceptado. El cambio es progresivo hasta que ese bien se convierte en el único instrumento de cambio. El uso de un solo instrumento es altamente ventajoso, por las mismas razones por las que una economía monetaria es mejor que una economía de trueque: permite la posibilidad de intercambios a una escala incalculablemente superior.

Que el único dinero sea el oro, la plata, las conchas, el ganado o el tabaco es opcional, dependiendo del contexto y del desarrollo de una economía determinada. De hecho, todas esas cosas han sido empleadas, en diferentes épocas, como instrumentos de cambio. Incluso en el siglo actual, dos bienes como el oro y la plata han sido usados como instrumentos de cambio a nivel internacional, convirtiéndose el oro en el predominante. El oro, al tener usos tanto artísticos como funcionales, y al ser relativamente escaso, siempre ha sido considerado un bien de lujo. Es duradero, portátil, homogéneo y divisible, y por lo tanto tiene ventajas significativas sobre todos los demás instrumentos de cambio. Desde principios de la Primera Guerra Mundial, el oro ha sido prácticamente el único patrón de intercambio internacional.

Si todos los bienes y servicios tuvieran que ser pagados con oro, los grandes pagos serían difíciles de realizar, y eso tendería a limitar el grado de división del trabajo y de especialización de una sociedad. Por lo tanto, una extensión lógica de la creación de un instrumento de cambio es el desarrollo de un sistema bancario y de instrumentos de crédito (billetes de banco y depósitos) que actúen como sustitutos del oro, pero que sean convertibles en oro en cualquier momento.

Un sistema bancario libre basado en el oro es capaz de conceder crédito, y de esa forma crear billetes de banco (moneda) y depósitos, según las necesidades de producción de la economía. Los propietarios individuales del oro tienen un incentivo, por razón de los pagos de interés, a depositar su oro en un banco (contra el que pueden girar cheques). Pero dado que es muy raro que se dé el caso de que todos los depositantes quieran sacar todo su oro al mismo tiempo, el banquero necesita guardar sólo una fracción del total de los depósitos de oro como reservas. Eso le permite al banquero prestar más de la cantidad de sus depósitos de oro (lo que significa que no tiene oro como garantía de sus depósitos, sino derechos de cobro de oro). Pero la cantidad de préstamos que el banquero se puede permitir conceder no es arbitraria: él tiene que evaluarla en relación a sus reservas y a la situación de sus inversiones.

Cuando los bancos prestan dinero para financiar proyectos productivos y rentables, los préstamos son reembolsados rápidamente, y el crédito bancario continúa estando generalmente disponible. Pero cuando esos negocios empresariales financiados por el crédito bancario son menos rentables y les cuesta saldar las deudas, los banqueros pronto se dan cuenta de que sus préstamos pendientes de pago son excesivos en relación a sus reservas de oro, y empiezan a reducir los nuevos préstamos, normalmente exigiendo tipos de interés más altos. Eso tiende a restringir la financiación de nuevos proyectos, y requiere que los prestatarios actuales mejoren su rentabilidad antes de que puedan obtener créditos para nuevas expansiones. De esa forma, bajo el patrón oro, un sistema bancario libre se erige como protector de la estabilidad de la economía y de un crecimiento equilibrado.

El oro, al tener usos tanto artísticos como funcionales, y al ser relativamente escaso, siempre ha sido considerado un bien de lujo. Es duradero, portátil, homogéneo y divisible, y por lo tanto tiene ventajas significativas sobre todos los demás instrumentos de cambio.

Cuando el oro es aceptado como instrumento de cambio por la mayoría de las naciones o por todas ellas, un patrón oro internacional libre y sin restricciones sirve para impulsar una división del trabajo a escala mundial y promueve la máxima expansión del comercio internacional. Aunque las unidades de intercambio (el dólar, la libra, el franco, etc.) sean diferentes de un país a otro, cuando todas son definidas en términos de oro, las economías de diferentes países actúan como una sola, siempre y cuando no existan restricciones sobre el comercio o el movimiento de capitales. El crédito, los tipos de interés y los precios tienden a seguir patrones similares en todos los países. Por ejemplo, si los bancos de un país conceden créditos con demasiada ligereza, los tipos de interés en ese país tenderán a bajar, induciendo a los depositantes a que se lleven su oro a bancos de otros países que paguen mayor interés. Eso generará inmediatamente una escasez de reservas bancarias en el país del «dinero fácil», provocando condiciones crediticias más estrictas y una vuelta a tipos de interés competitivos más altos.

Un sistema bancario totalmente libre y un patrón oro totalmente coherente no se han logrado todavía. Pero antes de la Primera Guerra Mundial, el sistema bancario en los Estados Unidos (y en la mayor parte del mundo) estaba basado en el oro, y aunque los gobiernos intervenían ocasionalmente, la banca estaba más libre que controlada. Periódicamente, como resultado de expansiones de crédito demasiado rápidas, los bancos alcanzaron el límite de préstamos de sus reservas de oro, los tipos de interés subieron abruptamente, el nuevo crédito fue cortado, y la economía entró en una recesión brusca aunque corta. (Comparadas con las depresiones de 1920 y 1932, las contracciones económicas anteriores a la Primera Guerra Mundial fueron realmente suaves). Fue la limitación de las reservas de oro lo que puso freno a las expansiones desequilibradas de la actividad empresarial, antes de que pudieran convertirse en el tipo de desastre que ocurrió después de la Primera Guerra Mundial. Los períodos de reajuste fueron cortos, y las economías rápidamente restablecieron una base sólida para reanudar la expansión.

Pero el proceso de cura fue mal diagnosticado como siendo la enfermedad: si la escasez de reservas bancarias fue lo que estaba causando una contracción económica —argumentaron los intervencionistas económicos— ¡por qué no encontrar una manera de proporcionarles mayores reservas a los bancos para que nunca se queden cortos! Si los bancos pueden continuar prestando dinero indefinidamente —se decía— nunca tendrá que haber recesiones en la actividad empresarial. Y así es como se creó el Sistema de la Reserva Federal en 1913. Consistía en doce bancos regionales de la Reserva Federal, nominalmente poseídos por banqueros privados, pero en realidad patrocinados, controlados y apoyados por el gobierno. El crédito concedido por esos bancos está respaldado en la práctica (aunque no legalmente) por el poder de gravar que tiene el gobierno federal. Técnicamente, permanecimos en el patrón oro; los individuos seguían siendo libres de poseer oro, y el oro siguió siendo usado como reservas bancarias. Pero ahora, además del oro, el crédito extendido por los bancos de la Reserva Federal («reservas de papel moneda») podía servir como curso legal para pagar a los depositantes.

Cuando la economía de los Estados Unidos sufrió una leve contracción en 1927, la Reserva Federal creó más reservas de papel moneda, con la esperanza de prevenir cualquier posible escasez de reservas en los bancos. Más desastroso, sin embargo, fue el intento de la Reserva Federal de ayudar a Gran Bretaña, que había estado perdiendo oro en favor de Estados Unidos debido a que el Banco de Inglaterra se negó a permitir que los tipos de interés subieran cuando las fuerzas del mercado lo dictaban (por ser algo políticamente difícil de digerir). El razonamiento de las autoridades involucradas fue como sigue: si la Reserva Federal inyectara gran cantidad de reservas de papel en los bancos americanos, los tipos de interés en Estados Unidos caerían a un nivel comparable a los de Gran Bretaña; eso serviría para frenar la pérdida de oro de Gran Bretaña y evitar el bochorno político de tener que subir los tipos de interés.

La «Fed» consiguió lo que se proponía: paró la pérdida de oro, pero en el intento casi destruyó las economías del mundo. El exceso de crédito que la Fed inyectó en la economía pasó a desbordarse al mercado de valores, provocando un fantástico boom especulativo. Más tarde, los oficiales de la Reserva Federal intentaron absorber el exceso de reservas y finalmente tuvieron éxito en frenar el boom. Pero ya era demasiado tarde: al llegar a 1929, los desequilibrios especulativos habían llegado a ser tan extremos que el intento produjo una brusca reducción y el consiguiente desaliento de la confianza empresarial. Como resultado, la economía americana se derrumbó. A Gran Bretaña le fue incluso peor, y en vez de asimilar todas las consecuencias de su anterior locura, ese país abandonó totalmente el patrón oro en 1931, destrozando lo que quedaba del tejido de confianza e induciendo una serie de quiebras bancarias a nivel mundial. Las economías del mundo se sumieron en la Gran Depresión de la década de 1930.

Con una lógica que recuerda a la generación anterior, los estatistas arguyeron que el patrón oro era el principal culpable de la debacle crediticia que llevó a la Gran Depresión. Si el patrón oro no hubiera existido, argumentaron, el abandono de Gran Bretaña de los pagos en oro en 1931 no habría causado la quiebra de bancos por todo el mundo. (La ironía fue que desde 1913 no había existido un patrón oro, sino lo que se podría llamar un «patrón oro mixto»; a pesar de eso, es el oro el que se llevó la culpa).

Pero la oposición al patrón oro en cualquier forma —por parte de un número de defensores cada vez mayor del estado del bienestar— fue provocada por una idea mucho más sutil: el darse cuenta de que el patrón oro es incompatible con el gasto deficitario crónico (la esencia del estado del bienestar). Despojado de su jerga académica, el estado del bienestar no es más que un mecanismo a través del cual los gobiernos confiscan la riqueza de los miembros productivos de una sociedad para apoyar una amplia variedad de esquemas de prestaciones sociales. Una parte sustancial de esa confiscación se hace a través de los impuestos. Pero los estatistas defensores de ese sistema se apresuraron a reconocer que si ellos deseaban retener el poder político, la cantidad de impuestos tenía que ser limitada, y que ellos tendrían que recurrir a programas masivos de gasto público deficitario, es decir, tendrían que pedir dinero prestado, emitiendo bonos del gobierno, para financiar los gastos de prestaciones sociales a gran escala.

Bajo el patrón oro, la cantidad de crédito que una economía puede financiar está limitada por los activos tangibles de esa economía, puesto que cada instrumento de crédito es en última instancia un derecho al cobro sobre un activo tangible. Pero los bonos del gobierno no están respaldados por activos tangibles, sólo por la promesa del gobierno de pagarla con los ingresos de impuestos futuros, y no pueden ser absorbidos fácilmente. Un gran volumen de nuevos bonos del gobierno puede ser vendido al público solamente a tipos de interés cada vez más altos. Por lo tanto, el déficit público bajo un patrón está estrictamente limitado.

El abandono del patrón oro hizo posible que los estatistas usaran el sistema bancario como instrumento para una expansión ilimitada del crédito. Ellos han creado reservas de papel moneda en forma de bonos del gobierno, los cuales —a través de una compleja serie de pasos— los bancos aceptan en vez de activos tangibles, y los tratan como si fueran un depósito real, o sea, como lo equivalente a lo que antes era un depósito de oro. El tenedor de un bono del gobierno o de un depósito bancario creado con reservas de papel cree que él tiene un derecho legítimo al cobro sobre un activo real. Pero el hecho es que ahora hay más derechos al cobro que están pendientes de pago, que activos reales.

La ley de la oferta y la demanda no puede ser trampeada. A medida que la oferta de dinero (de derechos al cobro) aumenta relativamente en relación con la oferta de activos tangibles de la economía, los precios deben, a la larga, subir. De esa forma, los ingresos de los miembros productivos de la sociedad pierden valor en términos de bienes. Cuando por fin se hace el balance de la contabilidad de la economía, uno se encuentra con que esa pérdida de valor representa los bienes que han sido comprados por el gobierno para prestaciones sociales y otros fines, comprados con dinero procedente los bonos del gobierno financiados por la expansión de crédito bancario.

En ausencia del patrón oro, no hay ninguna forma de proteger los ahorros de la confiscación que supone la inflación. No hay ningún depósito de valor seguro. Si lo hubiera, el gobierno tendría que hacer ilegal su posesión, como se hizo en el caso del oro. Si todo el mundo decidiera, por ejemplo, convertir todos sus depósitos bancarios en plata o en cobre o en cualquier otro bien, y a partir de ese momento rechazara aceptar cheques como pago por bienes, los depósitos bancarios perderían su poder de compra, y el crédito bancario creado por el gobierno perdería todo su valor como derecho al cobro sobre esos bienes. La política financiera del estado del bienestar requiere que no haya manera de que los propietarios de la riqueza puedan protegerse a sí mismos.

Ese es el mezquino secreto de los ataques de los estatistas contra el oro. El déficit público no es más que un ardid para «ocultar» la confiscación de la riqueza. El oro se interpone a ese insidioso proceso. Se posiciona como protector de los derechos de propiedad. Si uno entiende eso, no debería tener ninguna dificultad para entender el antagonismo de los estatistas hacia el patrón oro.

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Artículo escrito por Alan Greenspan en 1966 bajo los auspicios de Ayn Rand, y publicado más tarde como uno de los capítulos del libro Capitalismo: El Ideal Desconocido.

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