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Caridad

«Mi punto de vista sobre la caridad es muy sencillo. No la considero una virtud principal y, sobre todo, no la considero un deber moral. No hay nada de malo en ayudar a otras personas, siempre y cuando se merezcan la ayuda y uno pueda permitirse el ayudarles. Veo la caridad como un asunto marginal. Estoy luchando contra la idea de que la caridad es un deber moral y una virtud cardinal».

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El hecho de que un hombre no tenga ningún derecho sobre los demás (es decir, que no sea el deber moral de ellos el ayudarle y que no pueda exigir esa ayuda por derecho) no impide o prohibe la buena voluntad entre los hombres, y no hace que sea inmoral el ofrecer o aceptar asistencia voluntaria que no implique un sacrificio.

Es el altruismo lo que ha corrompido y pervertido la benevolencia humana, al considerar al donante  como un objeto de inmolación y al receptor como un objeto de pena miserablemente impotente que detenta una hipoteca sobre las vidas de otros; esa es una doctrina extremadamente ofensiva para ambas partes, y que no les deja a los hombres otra opción más que la de ser víctimas sacrificables o caníbales morales. . . .

Para ver la cuestión en su perspectiva adecuada, hay que empezar por rechazar los términos del altruismo y todo su indecente mal sabor de boca emocional, y luego reconsiderar desde un punto de vista nuevo y fresco las relaciones humanas. Es moralmente apropiado aceptar ayuda cuando ésta es ofrecida, no como un deber moral, sino como un acto de buena voluntad y de generosidad, cuando el donante se lo puede permitir (es decir, cuando no implica un sacrificio de su parte), y cuando es ofrecida en respuesta a las virtudes del receptor, no en respuesta a sus defectos, debilidades o fallos morales, y no en base a su necesidad como tal.

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El método apropiado para juzgar cuándo o si se le debe ayudar a otra persona es haciendo referencia al propio interés racional de uno mismo y a la propia jerarquía de valores: el tiempo, el dinero o el esfuerzo que uno da o el riesgo que uno toma deben ser proporcionados al valor de esa persona en relación a la propia felicidad de uno.

Para ilustrar esto con el ejemplo favorito de los altruistas: la cuestión de salvar a una persona que se está ahogando. Si la persona a ser salvada es un extraño, entonces es moralmente apropiado salvarla sólo si el peligro para la propia vida es mínimo; si el peligro es grande, sería inmoral intentarlo: sólo una falta de autoestima podrían permitir que uno valorase su propia vida menos que la de cualquier extraño que apareciese. (Y, por el contrario, si te estás ahogando no puedes esperar que un desconocido arriesgue su vida por ti, recordando que tu vida no puede ser tan valiosa para él como la suya propia).

Si la persona a ser salvada no es un extraño, entonces el riesgo que uno debe estar dispuesto a asumir será mayor en proporción a la magnitud del valor que tiene esa persona para quien asume el riesgo. Si es el hombre o la mujer que uno ama, entonces uno puede estar dispuesto a dar su propia vida para salvarlo a él o a ella, por la razón egoísta de que la vida sin la persona amada podría ser insoportable.

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«Como medida básica de autoestima, aprende a tratar como la marca de un caníbal a la demanda de cualquier hombre por tu ayuda. Demandarla es clamar que tu vida es su propiedad – y por más odioso que pueda ser ese clamar, hay algo más odioso aún: tu consentimiento. ¿Preguntas si alguna vez es apropiado el ayudarle a otro hombre? No – si lo reclama como su derecho o como el deber moral que le debes. Sí – si tal es tu deseo, basado en tu propio placer egoísta y en el valor de su persona y de su lucha. El sufrimiento como tal no es un valor; sólo la lucha del hombre contra el sufrimiento lo es. Si decides ayudarle a un hombre que sufre, hazlo solamente en base a sus virtudes, a su esfuerzo por recuperarse, a su pasado racional, o al hecho de sufrir injustamente; así tu acción aún es una transacción, y su virtud es el pago por tu ayuda. Pero ayudarle a un hombre que no tiene virtudes, ayudarle sólo en base a su sufrimiento como tal, aceptar sus fallos, su necesidad, como una reivindicación – es aceptar la hipoteca de un cero sobre tus valores. Un hombre que no tiene virtudes es alguien que odia la existencia y actúa bajo la premisa de la muerte; ayudarle es premiar su maldad y respaldar su carrera de destrucción. Sea tan sólo un céntimo que no echarás de menos o una amable sonrisa que no haya merecido, el tributo a un cero es una traición a la vida y a todos los que luchan por mantenerla. Es de tales céntimos y sonrisas que la desolación de tu mundo está hecha».

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La pequeña minoría de adultos que son incapaces de trabajar – no simplemente perezosos – tienen que depender de la caridad voluntaria; la desgracia no es una reivindicación para esclavizar a otros; no existe tal cosa como el derecho a consumir, controlar, y destruir a aquellos sin los cuales uno sería incapaz de sobrevivir.

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Fuentes:

«Entrevista en la revista Playboy» Marzo 1964

“The Question of Scholarships,” The Objectivist, June 1966, 6

“The Ethics of Emergencies,” The Virtue of Selfishness, 45

«Discurso de Galt», For the New Intellectual

«¿Qué es Capitalismo?», Capitalism: The Unknown Ideal

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@Trochuelo, no creo que regalar la Rebelión de atlas a cualquier persona(a los africanos o a cualquier persona) buscando resultados a largo o a corto plazo , ayude de algo. Me explico, se los puedes regalar y hasta puedan llegar… Leer más »

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