De muerte en vida [3/3]

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De muerte en vida [3/3] — por Ayn Rand.

Charla sobre la encíclica papal “Humanae Vitae” que Ayn Rand presentó en el Ford Hall Forum, Boston, USA, el 8 de diciembre de 1968.

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La intensidad de la importancia que la Iglesia Católica le atribuye a su doctrina sobre el sexo puede ser estimada viendo la enormidad de la indiferencia hacia el sufrimiento humano expresada en la encíclica. Sus autores no pueden ser ignorantes del hecho que el hombre tiene que ganarse la vida por su propio esfuerzo, y que no hay ninguna pareja en la Tierra – en ningún nivel de ingreso, en ningún país, civilizado o no – que sería capaz de mantener al número de niños que produciría si obedeciese la encíclica al pie de la letra.

Si asumimos que se trata de la pareja más rica e incluimos tiempo libre para períodos de “pureza”, seguirá siendo cierto que la carga física y psicológica de su “vocación” sería tan enorme que no quedaría mucho de ellos, especialmente de la madre, al llegar a los cuarenta años.

Piensa en la situación de una pareja americana media. ¿Que sería de sus vidas si consiguieran criar, digamos, veinte hijos, trabajando de sol a sol, librando una carrera desesperada con visitas periódicas a salas de maternidad, con facturas de alquiler, facturas de comida, facturas de ropa, facturas del pediatra, facturas de purés de verduras, facturas de libros escolares, sarampión, paperas, tosferina, árboles de navidad, películas, cucuruchos de helado, campamentos de verano, vestidos de fiesta, citas, cartillas militares, hospitales, universidades. . . con cada aumento de sueldo del padre productivo y trabajando duro siendo hipotecado y engullido antes de recibirlo. . . ¿qué habrían conseguido al final de sus vidas, excepto la esperanza de poder de pagar sus facturas del cementerio por adelantado?

Ahora piensa en la situación de la mayoría de la humanidad, de personas que apenas pueden subsistir a un nivel de pobreza prehistórica. Ningún ahínco, ningún esfuerzo agotador del más capaz y el más consciente de los padres puede permitirle alimentar adecuadamente a un solo niño, y mucho menos a una fila interminable de ellos. La horrible miseria de niños raquíticos, carcomidos por enfermedades y crónicamente desnutridos, muriendo en tropel antes de cumplir los diez años, es algo documentado y conocido por todo el mundo. El Papa Pablo VI – que concluye su encíclica mencionando su título como representante terrenal de “el Dios de la santidad y la misericordia” – no puede ser ignorante de esos hechos; y, sin embargo, de hecho los ignora.

La encíclica deja de lado ese tema de forma singularmente irresponsable: “Somos muy conscientes de las serias dificultades experimentadas por las autoridades públicas en ese sentido, sobre todo en los países en vías de desarrollo. A sus preocupaciones legítimas dedicamos nuestra encíclica ´Populorum Progressio´. . . La única solución posible a esta cuestión es la que considera el progreso social y económico tanto de individuos como de la sociedad humana en su conjunto, y que respeta y promueve los verdaderos valores humanos.

“Tampoco puede uno, sin grave injusticia, considerar que la Divina Providencia sea responsable por algo que depende, por el contrario, de la falta de sabiduría del gobierno, de un insuficiente sentido de justicia social, de una monopolización egoísta o de nuevo de una indolencia culpable al afrontar los esfuerzos y los sacrificios necesarios para asegurar la elevación de los estándares de vida de un pueblo y de todos sus hijos”. [23]

La encíclica “Populorum Progressio” abogaba por la abolición del capitalismo y la creación de un Estado mundial totalitario, socialista-fascista, en el que el derecho a “lo mínimo esencial para la vida” ha de ser el principio rector, y “todos los demás derechos, sean cuales sean, incluyendo los de propiedad y libre comercio, han de estar subordinados a ese principio”. (Para una discusión sobre esa encíclica, ver mi ensayo “Réquiem por el Hombre” en Capitalismo: El Ideal Desconocido).

Si hoy, un hombre desesperado por abrirse camino, en algún lugar de Perú o China o Egipto o Nigeria, aceptase los mandamientos de la presente encíclica y se esforzase por ser moral, pero viera a su manada de niños muriendo de hambre a su alrededor, el único consejo práctico que la encíclica le daría es: Espera que se establezca un Estado colectivista mundial. ¿Qué, en nombre de Dios, debe hacer mientras tanto?

Filosóficamente, sin embargo, la referencia a la encíclica anterior, “Populorum Progressio”, es extremadamente significativa: es como si el Papa Pablo VI estuviese señalando el puente entre los dos documentos y el fundamento que tienen en común.

El Estado mundial propugnado en “Populorum Progressio” es una utopía de pesadilla donde todos están esclavizados a las necesidades físicas de todos; sus habitantes son robots desinteresados programados por los principios del altruismo, sin ambición personal, sin mente, ni orgullo ni autoestima. Pero la autoestima es un enemigo contumaz de todas las utopías de ese tipo; y es dudoso si la mera esclavización económica la destruiría completamente en las almas de los hombres. Lo que “Populorum Progressio” pretendió lograr desde fuera, en cuanto a las condiciones físicas de la existencia del hombre, “Humanae Vitae” pretende lograrlo desde dentro, en cuanto a la devastación de la consciencia del hombre.

“No permitas que los hombres sean felices”, decía Ellsworth Toohey en El Manantial. “La felicidad es auto-contenida y auto-suficiente. . . Los hombres felices son hombres libres. Así que, mata su alegría de vivir. . . Hazles sentir que el mero hecho de tener un deseo personal es malvado… Los hombres infelices vendrán a ti. Te necesitarán. Vendrán en busca de consuelo, de apoyo, de escape. La naturaleza no permite ningún vacío. Vacía el alma del hombre, y el espacio es tuyo para llenarlo”.

Privados de ambición, y sin embargo sentenciados a un trabajo agotador interminable; privados de recompensas, y sin embargo ordenados a producir; privados de goce sexual, y sin embargo obligados a procrear; privados del derecho a la vida, y sin embargo prohibidos de morir. . . condenados a ese estado de muerte en vida, los que hayan aceptado la encíclica “Humanae Vitae” estarán listos para entrar en el mundo de “Populorum Progressio”; no tendrán ningún otro sitio adonde ir.

“Si algún hombre como Hugh Askton”, dijo Hank Rearden en La Rebelión de Atlas, “me hubiese dicho, cuando empecé, que al aceptar la teoría del sexo de los místicos yo estaba aceptando la teoría económica de los saqueadores, me habría reído en su cara. No me reiría de él ahora”.

Sería un error, sin embargo, suponer que en la jerarquía subconsciente de motivos de los hombres que escribieron esas encíclicas, la segunda, “Humanae Vitae”, fue sólo el medio espiritual para la primera, “Populorum Progressio”, que era el fin material. Los motivos, yo creo, fueron los opuestos: “Populorum Progressio” fue simplemente el vehículo material para “Humanae Vitae”, que era el objetivo espiritual.

“ …. Con nuestro predecesor el Papa Juan XXIII”, dice el Papa Pablo VI en “Humanae Vitae”, “repetimos: ninguna solución a esas dificultades es aceptable ´si violenta la dignidad esencial del hombre´ y está basada exclusivamente ´en una concepción absolutamente materialista del propio hombre y de su vida´”. [23, énfasis añadido]. Lo dicen en serio, aunque no exactamente de la forma que quieren que lo entendamos.

En términos de la realidad, nada podría ser más materialista que una existencia dedicada a alimentar a todo el mundo y a procrear hasta el límite de la capacidad de uno. Pero cuando dicen “materialista”, quieren decir relativo a la mente del hombre y de este mundo; por “espiritual” se refieren a cualquier cosa que sea anti-hombre, anti-mente, anti-vida, y, sobre todo, anti-posibilidad de felicidad humana en la Tierra.

El objetivo final de la doctrina de esas encíclicas no son ventajas materiales que pueden ser obtenidas por los gobernantes de un Estado esclavo mundial; el objetivo final es la castración y la degradación espiritual del hombre, la extinción de su amor por la vida, eso es lo que “Humanae Vitae” quiere lograr, y lo que “Populorum Progressio” quiere simplemente materializar y perpetuar.

El medio para destruir el espíritu del hombre es una culpa inmerecida.

Lo que dije en “Réquiem por el Hombre” sobre los motivos de “Populorum Progressio” se aplica tan de lleno a “Humanae Vitae”, con sólo un parafraseo de menor importancia en cuanto a su tema: “Pero, dices, ¿el ideal de la encíclica no funcionará? No está hecho para funcionar. No está hecho para lograr la castidad humana o la virtud sexual; está hecho para inducir culpa. No está hecho para ser aceptado y practicado; está hecho para ser aceptado y desobedecido; desobedecido por el deseo “egoísta” del hombre de amar, el cual se convertirá así en una debilidad vergonzosa. Los hombres que aceptan como ideal una meta irracional que no puedan lograr, nunca más alzan sus cabezas, y nunca descubren que sus cabezas agachadas eran el único objetivo a  lograr”.

Dije, en ese artículo, que “Populorum Progressio” fue creada por un sentido de vida – no de un individuo, sino de una institución – cuya fuerza motriz y obsesión dominante es el deseo de quebrantar el espíritu del hombre. Hoy, digo eso, con evidencia más clara aún, sobre la encíclica “Humanae Vitae”.

Ese es el tema fundamental que ninguna de las dos partes del conflicto actual está seriamente dispuesta a identificar.

Los conservadores o los tradicionalistas de la Iglesia Católica parecen saber, independientemente de las racionalizaciones que postulen, que ese es el significado y la intención de su doctrina. Los liberales parecen ser más inocentes, al menos en ese tema, y se esfuerzan por no tener que encararlo. Pero ellos son los defensores del estatismo global y, al oponerse a “Humanae Vitae”, están simplemente librando la batalla correcta por las razones incorrectas. Si ellos ganan, sus visiones sociales les llevarán a los mismos resultados finales.

La rebelión de las víctimas, los católicos seglares, tiene una pizca de sana auto-afirmación; sin embargo si ellos desafían la encíclica y continúan practicando el control de la natalidad, pero lo ven como una cuestión de su propia debilidad y culpa, la encíclica habrá ganado: eso es precisamente lo que fue diseñada para lograr.

Los obispos americanos de la Iglesia Católica, luchando supuestamente para encontrar un término medio, emitieron una carta pastoral declarando que la contracepción es una maldad objetiva, pero que los individuos no son necesariamente culpables o pecadores si la practican, lo cual equivale a abdicar totalmente del reino de la moralidad, y sólo puede llevar a los hombres a un sentido de culpa aún más profundo.

Esa es la trágica futilidad de intentar combatir las consecuencias existenciales de un asunto filosófico, sin enfrentar y desafiar la filosofía que las produjo.

Ese asunto no está limitado a la Iglesia Católica, y va más allá del problema de la contracepción; es una crisis moral llegando al clímax. La esencia del asunto es la visión del hombre y de su vida que tiene la civilización occidental. La esencia de esa visión depende de la respuesta a dos preguntas relacionadas: ¿Es el hombre (el individuo) un fin en sí mismo?, y ¿tiene el hombre derecho a ser feliz en este mundo?.

A lo largo de la historia, Occidente ha sido desgarrado por una profunda ambivalencia sobre esas preguntas: todos sus logros proceden de aquellos períodos en los que los hombres actuaron como si la respuesta fuese “Sí”; pero, con muy raras excepciones, sus portavoces, los filósofos, siguieron proclamando un estruendoso “No”, en innumerables formas.

Ni un individuo ni una civilización entera pueden existir indefinidamente con un conflicto de ese tipo sin resolver. Nuestra era está pagando el castigo por ello. Y es nuestra era la que tendrá que resolverlo.

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Fuentes:

Charla sobre la encíclica papal “Humanae Vitae” que Ayn Rand presentó en el Ford Hall Forum, Boston, USA, el 8 de diciembre de 1968.

Traducido por Miguel Roldán y Objetivismo.org

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Publicado por: febrero 12, 2018 10:27 am

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