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Emergencias

«Un hombre que valora la vida humana y se ve envuelto en un naufragio debe ayudar a salvar a otros pasajeros, aunque no a costa de su propia vida. Pero eso no significa que deba dedicarse a surcar los siete mares en busca de náufragos a quien salvar» (La ética de las emergencias, por Ayn Rand).

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Al elevar el tema de ayudar a los demás a la cuestión central y primordial de la ética, el altruismo ha destruido cualquier concepto de genuina benevolencia o de buena voluntad entre los hombres. Los ha adoctrinado con la idea de que valorar a otro ser humano es un acto de desprendimiento, implicando así que un hombre no puede tener un interés personal en otros; que valorar a otro significa sacrificarse a sí mismo; que cualquier amor, respeto o admiración que un hombre pueda sentir por otros no es ni puede ser una fuente de alegría personal, sino una amenaza para su propia existencia, un cheque en blanco del autosacrificio que uno le entrega a sus seres queridos.

Los hombres que aceptan esa dicotomía y eligen el lado opuesto, los que son el resultado final de la deshumanizante influencia del altruismo, son esos psicópatas que en vez de desafíar la premisa básica del altruismo proclaman que se han rebelado contra el auto-sacrificio, diciendo que ellos son totalmente indiferentes hacia todo ser viviente, y que no levantarían ni un dedo para ayudarle a un hombre o a un perro atropellado por un conductor que se da a la fuga (y que normalmente es alguien de su propia calaña).

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El método correcto para juzgar cuándo – o si – uno debe ayudarle a otra persona, es hacerlo en el contexto del propio interés racional y de la jerarquía de valores de cada uno. El tiempo, el dinero o el esfuerzo que uno invierte, o el riesgo que uno asume, deben ser proporcionales al valor que representa esa persona en relación a la propia felicidad de uno.

Ilustremos esto con el ejemplo favorito de los altruistas: la cuestión de si salvar o no a una persona que se está ahogando. Si esa persona es un desconocido, sólo es moralmente correcto salvarla si el peligro para la vida de uno es mínimo; si el peligro es grande, entonces sería inmoral intentarlo; sólo la carencia total de autoestima le permitiría a uno valorar su propia vida menos que la de cualquier desconocido. (Y, por el contrario, si uno mismo es quien se está ahogando, no debe esperar que un desconocido arriesgue su vida por salvarle a él, recordando que la vida de uno no puede ser tan valiosa para un desconocido como la propia vida de ese desconocido).

Si la persona a ser salvada no es un desconocido, entonces el riesgo que uno debe estar dispuesto a correr será mayor en proporción al valor que esa persona tenga para uno. Si es la persona que uno ama, entonces uno puede estar dispuesto a dar su propia vida por salvarla… por la razón egoísta de que la vida sin la persona amada sería insoportable.

Y a la inversa, si un hombre sabe nadar y puede salvar a su mujer que se está ahogando, pero entra en pánico, cede a un miedo irracional e injustificado y deja que se ahogue, y luego pasa el resto de su vida en soledad y miseria, uno no calificaría a ese hombre de «egoísta»; uno lo condenaría moralmente por haberse traicionado a sí mismo y a sus propios valores, es decir, por ser incapaz de luchar por preservar un valor crucial para su propia felicidad.

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La implementación práctica de la amistad, el afecto y el amor consiste en incorporar el bienestar (el bienestar racional) de la persona objeto de esas emociones en la propia jerarquía de valores de uno, y luego actuar en consecuencia.

Pero esa recompensa es algo que los hombres deben ganarse a través de sus virtudes, una recompensa que uno no puede otorgarles a simples conocidos, o a extraños.

¿Qué es, entonces, lo que uno debe otorgarles, apropiadamente, a extraños? El respeto general y la buena voluntad que se le debe otorgar a todo ser humano en razón del valor potencial que representa, hasta que o a menos que deje de merecerlos.

Un hombre racional no olvida que la vida es la fuente de todos los valores y que, como tal, es un vínculo común entre los seres vivos (en contraste a la materia inanimada), que otros hombres son potencialmente capaces de lograr las mismas virtudes que él y por lo tanto pueden ser de enorme valor para él. Eso no significa que él considere que otras vidas humanas son intercambiables con la suya, ni mucho menos. Él reconoce el hecho de que su propia vida es la fuente, no sólo de todos sus valores, sino también de su capacidad de valorar. Por lo tanto, el valor que le otorga a otros es sólo una consecuencia, una extensión, una proyección secundaria del principal valor que es él mismo.

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Puesto que los hombres nacen siendo páginas en blanco, tanto cognitivamente como moralmente, un hombre racional considera a los desconocidos inocentes hasta que se demuestre que son culpables, y les concede esa buena voluntad inicial en nombre de su potencial humano. A partir de ahí, los juzga de acuerdo con el carácter moral que manifiesten. Si descubre que son culpables de grandes maldades, su buena voluntad será sustituida por desprecio y condena moral. (Si uno valora la vida humana, no puede valorar a quienes la destruyen). Si descubre que son virtuosos, les concederá valor y aprecio individual y personal, en proporción a las virtudes que posean.

Es en base a esa buena voluntad y a ese respeto general por el valor de la vida humana por lo que uno les ayuda a desconocidos en una emergencia, y sólo en una emergencia.

Es importante diferenciar entre reglas de conducta en una situación de emergencia y reglas de conducta en las condiciones normales de la existencia humana. Esto no significa que haya un doble criterio de moralidad: el estándar y los principios básicos siguen siendo los mismos, pero su aplicación en uno y otro caso requiere definiciones precisas.

Una emergencia es un evento no deseado ni esperado, un evento limitado en el tiempo, que crea condiciones bajo las cuales la supervivencia humana es imposible, como una inundación, un terremoto, un incendio, un naufragio. En una situación de emergencia, el objetivo principal de los hombres es combatir el desastre, huir del peligro y restaurar las condiciones normales (alcanzar tierra firme, apagar el incendio, etc.).

Por condiciones «normales» quiero decir metafísicamente normales, normales dentro de la naturaleza de las cosas, y aptas para el desarrollo de la existencia humana. Los hombres pueden vivir en tierra firme, pero no en el agua ni en medio de un incendio voraz. Como los hombres no son omnipotentes, es metafísicamente factible que desastres imprevisibles les sucedan; en esos casos su única preocupación debe ser retornar a aquellas condiciones bajo las cuales la vida puede seguir. Por su propia naturaleza, una situación de emergencia es temporal; si durase mucho, los hombres perecerían.

Sólo en situaciones de emergencia debería uno voluntariamente ayudar a desconocidos, si uno tiene el poder de hacerlo. Por ejemplo, un hombre que valora la vida humana y se ve envuelto en un naufragio debe ayudar a salvar a otros pasajeros, aunque no a costa de su propia vida. Pero eso no significa que una vez que todos hayan llegado a tierra firme deba dedicar sus esfuerzos a salvar a sus compañeros de viaje de pobreza, ignorancia, neurosis, o cualquier otro problema que pudieran tener. Y tampoco significa que deba dedicarse a surcar los siete mares en busca de náufragos a quien salvar.

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El principio de que uno debe ayudar a otros hombres en una emergencia no puede extenderse hasta el punto de considerar que cualquier sufrimiento humano es una emergencia, y a convertir el infortunio de algunos en una hipoteca sobre la vida de otros.

Pobreza, ignorancia, enfermedades y otros problemas de ese tipo no son emergencias metafísicas. Por la naturaleza metafísica del hombre y de la existencia, el hombre tiene que mantener su vida a través de su propio esfuerzo; los valores que necesita – como riqueza o conocimiento – no le son dados automáticamente, no son un regalo de la naturaleza, sino que tienen que ser descubiertos y logrados a través de su propio razonamiento y de su propio trabajo. La única obligación que uno tiene con otros, en este sentido, es mantener un sistema social que deje a los hombres libres para lograr, ganar y mantener sus valores.

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Observad que los defensores del altruismo son incapaces de basar su ética en hechos relacionados con la existencia normal de las personas, y que siempre plantean situaciones tipo «bote salvavidas» como ejemplos a partir de los cuales derivar las reglas de conducta moral. («¿Qué harías si otro hombre y tú estuviérais en un bote salvavidas donde cabe sólo una persona?, etc.”)

El hecho es que los hombres no viven en botes salvavidas, y que un bote salvavidas no es el sitio donde basar las teorías metafísicas de uno.

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Fuente:

Párrafos seleccionados del ensayo “La ética de las emergencias” (febrero 1963), publicado en el libro La Virtud del Egoísmo.

* * * Traducción: Objetivismo.org * * *

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Nota del editor: La ética de las emergencias tiene varias aplicaciones jurídicas que podrían perfectamente ser recogidas en los puntos uno y dos del artículo 195 del Código Penal Español del año 1995. Téngase en cuenta que el tema que aquí nos atañe es la esencia del tipo, no las penas concretas (cantidad de años, multas, etc.) :

1 – El que no socorriere a una persona que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de terceros, será castigado con la pena de (…)

2 – En las mismas penas incurrirá el que, impedido de prestar socorro, no demande con urgencia auxilio ajeno.

Desde el punto de vista procesal, la aplicación de estos tipos es bastante ardua, debido a la dificultad a la hora de demostrar con pruebas fehacientes que se cumplen todos los requisitos del tipo concreto, y que la intención o motivación interna y consciente del sujeto activo haya sido realmente la de “permitir” que el sujeto pasivo muera.

Hay que tener presente que la situación a la que alude el mencionado Art. 195 es precisamente una *emergencia*: en palabras de Ayn Rand, un evento no elegido, inesperado, limitado en el tiempo, una situación que crea condiciones en las cuales la supervivencia humana es imposible. (. . .) Sería una situación marginal e incidental en el transcurso de la existencia humana.

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Los que se aprovechan de las subvenciones del gobierno están generalmente entre los manifestantes que más virulentamente protestan contra «la tiranía del dinero»: la ciencia y la cultura — ellos claman — deben ser liberadas del poder arbitrario y privado de los ricos. Pero hay una diferencia: los ricos no pueden comprar toda una nación, ni forzar a un solo individuo.

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