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Regla de Oro

Has llegado a la conclusión que las personas no son buenas, y que la fuerza es la única forma práctica de tratar con ellas, puesto que la razón – todos te dicen – ha fracasado. No puedes lidiar con la enorme complejidad de problemas de toda una nación; no tienes cómo saber, concluyes, quién tiene razón y quién no, así que dejemos que algunos grupos fuercen a otros y restablezcan el orden. Nadie te ha explicado que la Regla de Oro se aplica a la política: si ciertas condiciones de existencia social son inaceptables e inaguantables para ti, entonces no puedes esperar que otros las acepten y las hagan funcionar; y lo que estas condiciones hacen contigo, se lo hacen también a «la sociedad como un todo».

¿Estás de acuerdo en aceptar un sistema social de ese tipo?

Es, por supuesto, el sistema bajo el que vivimos hoy, pero que nunca hemos elegido. Es importante tenerlo en cuenta ahora porque, en las próximas elecciones presidenciales, uno de los candidatos está pidiendo que estemos de acuerdo con él y que – en nombre de la unidad nacional – aceptemos explícitamente el principio de que nuestras vidas le pertenecen al Estado.

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En cuanto a la regla de oro: «Haz a otros lo que te gustaría que te hicieran a ti». Eso se usa para apoyar el altruismo. Según ella, implica que debes dar por caridad porque tú también quieres ser un objeto de caridad. O que debes sacrificarte a otros porque quieres que otros se sacrifiquen a ti. En realidad, la Regla de Oro sólo puede funcionar al aplicarla a una moralidad racional, a la moralidad Objetivista: tú no te sacrificas a otros y no esperas que otros se sacrifiquen por ti. Tal vez quieras que te ayuden en una emergencia o un desastre, pero sólo en esos casos. Tú consideras que tales calamidades no son el estado normal y adecuado de tu existencia. Tú no deseas vivir como un objeto de caridad, ni tampoco repartes caridad a los otros.

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Tú [el filósofo con quien Ayn Rand se cartea] escribes: «El que insistas (correctamente, creo) en que el Sr. A, B y C tienen los mismos derechos que tú parece llevar de forma natural a la Regla de Oro . . . y al imperativo categórico kantiano. . .»

Mi respuesta es que yo baso la igualdad de derechos de los hombres en una premisa y un asunto mucho más profundos que cualquiera de esas dos reglas; y, por lo tanto, esas dos reglas son irrelevantes para mi ética. Yo no las considero necesariamente antagónicas a mi ética, pero sí irrelevantes y sin importancia en razón de su ambigüedad y su superficialidad.

Has hecho la mejor crítica de esas dos reglas al decir que “no tienen contenido”. Estoy totalmente de acuerdo con eso. No nos dicen nada sobre valores morales, ni qué valores los hombres deben elegir, ni lo que un hombre debe desear para él mismo y para otros.

A lo sumo, esas dos reglas son generalizaciones populares que ilustran un aspecto o una consecuencia del principio de objetividad o de justicia. to mean: «Do not wish, seek or advocate contradictions»—and then only if they were regarded as derivatives or consequences of deeper, antecedent»>Yo estaría de acuerdo con esas dos reglas (a nivel popular) sólo si fueran traducidas para significar: «No desees, busques o defiendas contradicciones”, y además sólo si las consideráramos como derivadas o como consecuencias de premisas morales anteriores más profundas, no como principios o definiciones fundamentales de acción moral.

Sin embargo, si esas dos normas se presentan como principios éticos, entonces me opongo rotundamente a ellas. En su redacción literal, ambas abogan por el subjetivismo ético, siendo el deseo de uno el criterio de valor moral; ambas declaran, en efecto, que uno puede hacer lo que le venga en gana, siempre que esté dispuesto a universalizar ese deseo.

En tus comentarios haces una refutación completa e irrebatible de la regla de oro y del imperativo kantiano, cuando das ejemplos de cómo dos políticas arbitrarias y opuestas (de naturaleza altruista y «egoísta») podrían ser posibles de seguir mientras se adhieren estrictamente a cualquiera de esas reglas. El haber demostrado eso es motivo suficiente para invalidar ambas normas como principios de guía a la acción.

Cuando preguntas por qué o cómo ataco la postura altruista en tu ejemplo, y sin embargo defiendo la postura «egoísta», tu error es asumir que yo basaría mis argumentos en la Regla de Oro o en el imperativo kantiano. Yo diría (aunque no exactamente con esta formulación) que «no quiero ni espero que otros me ayuden cuando tengo problemas o necesidades, y no considero que me incumbe el ayudarles cuando ellos tienen problemas o necesidades», y eso está basado en el hecho de que esa es objetivamente la política adecuada con la que los hombres pueden vivir, no en el hecho de que eso es lo que a mí me apetece hacer y dejar que hagan los demás. Esto es un ejemplo de por qué digo que la Regla de Oro y el imperativo kantiano son irrelevantes para mi ética. Ninguna parte de mi ética y ningún argumento mío están o podrían estar basados en ninguna de esas dos reglas, o validados por ellas.

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Fuentes:

The Ayn Rand Letter, Vol. II, No. 1  October 9, 1972, A Nation’s Unity

The Journals of Ayn Rand, Part 3 – Transition Between Novels – The Moral Basis Of Individualism

Letters of Ayn Rand, Letters To A Philosopher

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Arturo Alessio

AbeCer en efecto estás describiendo, aunque sea a tropezones, las formas en que se aplica la regla de oro a la ética objetivista. A lo que Rand hace énfasis es al hecho de que si aplicas la regla de oro… Leer más »

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