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Altruismo – psicología

(Ver también: Altruismo – teoría

Altruismo – práctica)

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Es obvio por qué la moralidad del altruismo es un fenómeno tribal. Los hombres prehistóricos eran físicamente incapaces de sobrevivir sin aferrarse a una tribu por liderazgo y protección contra otras tribus. La causa de que se haya perpetuado el altruismo hasta las épocas civilizadas no es física, sino psico-epistemológica: los hombres de mentalidad atrasada y perceptual son incapaces de sobrevivir sin el liderazgo tribal y una “protección” contra la realidad.

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La doctrina del auto-sacrificio no les ofende: no tienen sentido de su propia identidad o de su valor personal – no saben qué es lo que se les pide que sacrifiquen – no tienen ni idea directa de cosas tales como integridad intelectual, amor a la verdad, valores escogidos personalmente, o una dedicación apasionada a una idea. Cuando oyen condenas contra el “egoísmo”, creen que a lo que se debe renunciar es a la bruta e insensata adoración a caprichos que exhibe el lobo solitario de la tribu. Pero sus líderes – los ideólogos del altruismo – saben la verdad. Immanuel Kant lo sabía; John Dewey lo sabía; BF Skinner lo sabe; John Rawls lo sabe. Date cuenta que no es al bruto insentato a quien están intentando destruir, sino la razón, la inteligencia, la habilidad, el mérito, la confianza en uno mismo, la autoestima.

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Lo que motiva a los defensores del misticismo no es la búsqueda de la verdad, sino el odio por la mente del hombre; . . . lo que motiva a los defensores del altruismo no es la compasión por el sufrimiento, sino el odio por la vida del hombre.

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Los resultados psicológicos del altruismo pueden observarse en el hecho de que un gran número de personas abordan el tema de la ética haciendo preguntas tales como: “¿Debería uno arriesgar su vida para ayudarle a un hombre que está: a) ahogándose, b) atrapado en un incendio, c) lanzándose delante de un camión, d) colgando de las puntas de los dedos sobre un abismo?” Considerad las implicaciones de esa actitud. Cuando un hombre acepta la ética del altruismo, él está sufriendo las siguientes consecuencias (en proporción al grado de su aceptación):

Una falta de autoestima – ya que su primera preocupación en el ámbito de los valores no es cómo vivir su vida, sino cómo sacrificarla.

Una falta de respeto por los demás – ya que considera que la humanidad es un rebaño de mendigos desahuciados gimiendo por la ayuda de alguien.

La visión de la existencia como una pesadilla – ya que cree que los hombres están atrapados en un “universo malévolo”, donde los desastres son la constante y primordial preocupación de sus vidas.

Y, de hecho, una indiferencia letárgica a la ética, una amoralidad irremediablemente cínica – ya que sus preguntas implican situaciones que es improbable que jamás encuentre, que no guardan ninguna relación con los problemas reales de su propia vida, y que por lo tanto le dejan en la situación de tener que vivir sin ningún tipo de principio moral.

Al elevar la cuestión de ayudar a otros a una cuestión central y primordial de la ética, el altruismo ha destruido el concepto de cualquier auténtica benevolencia o buena voluntad entre los hombres. Los hombres han sido indoctrinados con la idea de que valorar a otro ser humano es un acto de generosidad, lo que implica que un hombre no puede tener ningún interés personal en otros – que valorar a otro significa sacrificarse a sí mismo – que cualquier amor, respeto o admiración que un hombre pueda sentir por otros no es ni puede ser una fuente de su propio disfrute, sino una amenaza para su existencia, un cheque en blanco para el sacrificio, entregado a sus seres queridos.

Los hombres que aceptan esta dicotomía pero escogen el lado contrario, los productos finales de la influencia deshumanizante del altruismo, son los psicópatas que no cuestionan la premisa básica del altruismo, sino que proclaman su rebelión contra el auto-sacrificio anunciando que ellos son totalmente indiferentes a cualquier cosa viva y que no levantarían ni un dedo para ayudarle a un hombre o a un perro que ha sido atropellado por un conductor que se dio a la fuga (que es normalmente uno de su calaña).

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El apaciguamiento intelectual es un intento de disculparse por las preocupaciones intelectuales de uno y escapar de la soledad de ser un pensador, al profesar que su pensamiento está dedicado a algún objetivo social-altruista. Es un intento equivalente a la súplica sin palabras: “¡Yo no soy un extraño! ¡Soy tu amigo! Por favor, perdóname por usar mi mente, ¡la estoy usando sólo con el fin de servirte a ti!”.

Sea cual sea el valor personal que aún pueda quedar tras un acuerdo de ese tipo, la autoestima no es parte de ello.

Tales decisiones rara vez, o tal vez nunca, se toman de forma consciente. Se van tomando poco a poco, por una motivación emocional subconsciente y una racionalización semi-consciente. El altruismo ofrece un arsenal de tales justificaciones: si un adolescente inmaduro puede decirse a sí mismo que su cobardía es amor humanitario, que su servilismo es generosidad, que su traición moral es nobleza espiritual, ya lo han enganchado.

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El precepto “no juzgarás” es el clímax final de la moralidad altruista que hoy día puede verse en su esencia desnuda. Cuando los hombres piden perdón, un perdón cósmico, sin nombre, por maldades inconfesadas, cuando reaccionan con compasión instantánea ante cualquier culpa, ante los autores de cualquier atrocidad, mientras se alejan indiferentes de los cuerpos ensangrentados de las víctimas y del inocente – ahí puede verse el propósito real, el motivo, y el atractivo psicológico del código altruista. Cuando esos mismos hombres compasivos se revuelven a su vez con gruñidos de odio a todo aquel que pronuncia juicios morales, cuando gritan que el único mal es la determinación de luchar contra el mal – uno puede ver el tipo de cheque en blanco moral que la moralidad altruista les brinda.

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Fuentes:

“Selfishness Without a Self,” Philosophy: Who Needs It

“An Untitled Letter,” Philosophy: Who Needs It

“The Ethics of Emergencies,” The Virtue of Selfishness

“Altruism as Appeasement,”The Objectivist, Jan. 1966

For the New Intellectual, For the New Intellectual

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Ayn Rand

Una libre competencia impuesta por ley es una contradicción en términos. La única protección necesaria para la competencia es un mercado libre sin ningún tipo de controles en absoluto.

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