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Freud

Según la teoría de Freud, el motor primario de la naturaleza humana es una entidad impercibible con voluntad y objetivo propios: el inconsciente, que es básicamente un «id», es decir, un “ello” amoral y contradictorio hirviendo de “ansias” o “instintos” innatos, bestiales, heredados de los primitivos e imperiosamente insistentes. En combate mortal con ese elemento está la consciencia del hombre, el «super-ego», compuesta esencialmente no de convicciones morales razonadas, sino de tabús o imperativos categóricos primitivos, ilógicos y en su mayoría inconscientes, los cuales representan las costumbres de los padres del niño (y en última instancia, de la sociedad), frente a cuyos mandatos aleatorios cada individuo incondicionalmente se encoge e «introyecta”. Atrapado entre esas dos fuerzas – entre un hippie psicópata gritando: ¡satisfacción ahora! y un jefe selvático entonando: ¡obediencia tribal! – condenado por naturaleza a conflictos, culpas, ansiedades y neurosis imposibles de erradicar, se encuentra el hombre, o sea, la mente del hombre, su razón, su «ego», la facultad capaz de captar la realidad, una facultad que existe principalmente para mediar entre las chocantes demandas de los dos irracionales amos de la psique.

Como esta teoría deja elocuentemente claro, la visión de la razón que tiene Freud es fundamentalmente kantiana. Ambos afirman que el pensamiento humano está regido en última instancia, no por la consciencia que tiene un hombre de los hechos externos, sino por elementos mentales internos independientes de tales hechos. Ambos ven como la tarea básica de la mente, no la percepción sino la creación, la creación de un mundo subjetivo de acuerdo con los requisitos de estructuras mentales innatas (o «introyectadas»). . . .

La verdadera raíz de la indignación que sus propias doctrinas provocaron, dice Freud con un cierto orgullo, es su ataque al «amor propio de la humanidad». Sean cuales sean las «heridas» que los hombres hayan sufrido por causa de teorías científicas anteriores, explica él, el «golpe» del psicoanálisis «es probablemente el más hiriente». Ese golpe, dice, es la idea de que el hombre no es «supremo en su propia alma», que «el ego no es amo de su propia casa«. . . .

Freud le ofrece al mundo, no un hombre pasivo, decoroso y obediente (como hace Kant); no un hombre-juguete derrotado por fuerzas mayores como una realidad malevolente o Dios o la sociedad o un «fallo trágico» (como en las obras de los innumerables cínicos y pesimistas tradicionales); sino el hombre como derrotado juguete de una cloaca; el hombre como sucio peón conformado por aberraciones sexuales y por su entrenamiento para controlar esfínteres, un hombre que está deseando violar a su madre, castrar a su padre, y acopiar su propio excremento; es un hombre sórdido y tramposo que se dedica a la ciencia porque es un voyeur frustrado, que practica cirugía porque es un sádico sublimado, y que crea el David porque lo que de verdad anhela, secretamente, es moldear sus propias heces.

El hombre es un pervertido insignificante, repugnante y cubierto de excrementos: ese es el tipo de «herida» que Freud le causó al ser que había sido definido – en una época radiante y totalmente diferente – como el “animal racional”.

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Fuente:

Leonard Peikoff, The Ominous Parallels

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Yo
Yo

Elías Canetti, en «Masa y Poder», sugiere bases para una psicología alternativa basada en la necesidad de comer y salvarse de ser comido, no tanto en el deseo sexual y su represión. También debemos considerar que la humanidad es producto… Leer más »

Lucas
Lucas

me parece una paja tener que leer demasiados juicios de valor en cada artículo para transmitir la postura de la página, esto le quita justamente objetividad…

Prosanatos
Prosanatos
Arturo Alessio
Arturo Alessio

Este señor condenó a muerte la capacidad volitiva del hombre a través de sus teorías, con una base así es prácticamente imposible que el resto de sus enseñanzas tuviesen algún sentido. Yo aún no logro comprender como es que en… Leer más »

Ayn Rand

Mira la intensidad, la severidad, la austera seriedad con la que un niño observa el mundo a su alrededor. Si alguna vez encuentras, en un adulto, ese grado de seriedad sobre la realidad, habrás encontrado a un gran hombre. 

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