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Los paralelismos ominosos

¿Tienen algo en común las circunstancias que llevaron al nazismo con las circunstancias y las actitudes filosóficas y culturales de hoy?
 
Lee — lee hasta el final — y asústate.
 

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«Esta es la teoría:

«Es por lo tanto necesario que el individuo finalmente se dé cuenta de que su propio ego no tiene importancia en comparación con la existencia de esta nación; que la posición del yo individual está condicionada exclusivamente por los intereses de la nación como un todo . . . que por encima de todo la unidad del espíritu y la voluntad de una nación tienen mucho más valor que la libertad del espíritu y la voluntad de un individuo . . .»

 «Este estado mental, que subordina los intereses del ego a la conservación de la comunidad, es realmente la primera premisa para cualquier cultura verdaderamente humana . . . La actitud básica de la que surge tal actividad la llamamos — para distinguirla del egoísmo y el interés propio — idealismo. Por él entendemos solamente la capacidad del individuo de hacer sacrificios por la comunidad, por sus prójimos».

Estas declaraciones fueron hechas en el siglo XX por el líder de una de las principales naciones de Occidente. Sus compatriotas consideraron su punto de vista indiscutible. Su programa político lo ejecutó al pie de la letra.

Fueron declaraciones hechas por Adolf Hitler. Estaba explicando la filosofía moral del Nazismo.

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Y he aquí la práctica suprema (descrita por William Shirer en ‘Auge y Caída del III Reich’):

«Las propias cámaras de gas [en Auschwitz] y los crematorios anexos, vistos desde cerca, no parecían lugares siniestros en absoluto; era imposible distinguirlos por lo que eran. Sobre ellos había céspedes bien cuidados con flores alrededor; las indicaciones a la entrada decían simplemente: BAÑOS. Los judíos, inocentes, pensaban que les llevaban sólo a los baños para quitarles los piojos, como era costumbre en todos los campamentos. ¡Y llevados al sonido de una dulce música!»

«Porque había suave música. Una orquesta de «jóvenes y lindas muchachas todas vestidas con blusas blancas y faldas azul marino’, como un superviviente lo recuerda, había sido formada de entre los presos. Mientras se hacía la selección para las cámaras de gas, este conjunto musical especial tocaba músicas alegres de La Viuda Alegre y Los Cuentos de Hoffmann. Nada solemne ni sombrío de Beethoven. Las marchas de la muerte en Auschwitz eran melodías enérgicas y alegres, directo de las operetas de Viena o París».

«Con esa música, recordando tiempos más felices y más frívolos, los hombres, mujeres y niños eran conducidos a las «casas de baño», donde eran instruidos a quitarse la ropa en preparación a tomar una «ducha». A veces les daban toallas. Una vez dentro de la «sala de duchas» – y tal vez este fuese el primer momento en el que se diesen cuenta que había algo raro, pues hasta dos mil de ellos estaban encerrados en la cámara como sardinas, haciendo difícil el ducharse – la pesada puerta era cerrada con llave y herméticamente sellada. Arriba, donde los céspedes y las flores casi escondían las tapas de los respiraderos con forma de seta que subían desde la sala de la muerte, unos subalternos estaban listos para dejar caer en ellos los cristales color azul-amatista de hidrógeno de cianuro…»

«Prisioneros que sobrevivieron, mirando desde algunos bloques cercanos, recuerdan cómo durante algún tiempo la señal para que los subalternos echasen los cristales por los respiraderos era dada por el Sargento Moll. «Na, gib ihnen schon zu fressen’ («Vale, dales algo que zampar’), se reía y los cristales eran vertidos por los agujeros, que después eran tapados».

«A través de las ventanas de vidrio grueso los verdugos podía ver lo que pasaba. Los prisioneros, desnudos, miraban a las duchas de las que no salía agua ninguna, o tal vez al suelo preguntándose por qué no había desagües. Tardaba algunos momentos para que el gas hiciera efecto. Pero pronto los presos se daban cuenta de que estaba saliendo por las perforaciones en los respiraderos. Entonces era cuando normalmente entraban en pánico, apartándose de los tubos y finalmente corriendo en estampía hacia las enormes puertas de metal donde, como dice Reitlinger, ´se apilaban en una pegajosa pirámide azul llena de sangre, desgarrándose y destrozándose unos a otros mientras morían’.»

Los Nazis no eran una tribu de salvajes prehistóricos. Sus crímenes fueron los actos y las políticas oficiales y legales de la Alemania moderna – una nación de la Europa Occidental educada, industrializada, civilizada, una nación reconocida en el mundo entero por la brillantez de sus logros intelectuales y culturales.

Los Nazis no consiguieron el poder contra los deseos de su país . . . El partido Nazi fue elegido al poder por el voto libre de millones de ciudadanos alemanes, incluyendo hombres de todos los niveles sociales, económicos y educativos. En la elección nacional de julio de 1932, los Nazis consiguieron 37 por ciento de los votos y una pluralidad de asientos en el Reichstag. El 30 de enero de 1933, perfectamente de acuerdo con los principios legales y constitucionales, Hitler fue nombrado Canciller. Cinco semanas después, en la última (y medio libre) elección del período pre-totalitario, los Nazis obtuvieron 17 millones de votos, 44 por ciento del total.

En 1933, cuando Hitler estableció el sistema que había prometido, no consideró necesario prohibir el viajar al exterior. Hasta la Segunda Guerra Mundial, los alemanes que desearan huir del país pudieron hacerlo. La gran mayoría no lo hizo. Estaban encantados de quedarse.

«El concepto de libertades personales del individuo como opuesto a la autoridad del estado tenía que desaparecer; no se puede reconciliar con el principio de un Reich nacionalista» dijo Huber a un país que escuchaba y asentía. «No hay libertades personales del individuo que caigan fuera del campo del Estado y que deban ser respetadas por el Estado… La constitución del Reich nacionalista no está basada, por lo tanto, en un sistema de derechos del individuo innatos e inalienables».

Al contrario que los Marxistas, los Nazis no estaban a favor de la propiedad pública de los medios de producción. Ellos exigían que el gobierno regulase y administrase la economía de la nación. El asunto de la propiedad legal, explicaron, es secundario; lo que cuenta es el asunto del control. Los ciudadanos privados, por lo tanto, pueden continuar teniendo sus títulos de propiedad – siempre que el estado se reserve a sí mismo el derecho ilimitado a regular el uso de la propiedad.

Pero los Nazis defendieron sus políticas, y el país no se rebeló; aceptó el argumento Nazi. Individuos egoístas pueden estar infelices, dijeron los Nazis, pero lo que hemos establecido en Alemania es el sistema ideal, el socialismo. El uso que le daban los Nazis a este vocablo no está restringido a una teoría económica; debe ser entendido en su sentido fundamental. El «Socialismo» para los Nazis denota el principio de colectivismo como tal y su corolario, el estatismo (la preeminencia del estado) en todas las esferas de acción humana, incluyendo pero no limitándose a la economía.

«Ser socialista» dice Goebbels, «es someter el yo al vosotros; el socialismo es sacrificar el individuo al grupo».

Según esta definición, los Nazis practicaron lo que predicaban. Lo practicaron en casa y luego en otros países. Nadie puede clamar que no sacrificaron suficientes individuos.

La pregunta es: ¿por qué?

¿Qué podría explicar un sistema como el Nazismo? ¿Qué permitió que fuera posible?. . .

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Fuente:

Del libro The Ominous Parallels («Los paralelismos ominosos»), de Leonard Peikoff (1982). Actualmente no hay traducción al castellano.

<< Traducción: Objetivismo.org >>

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¿Alguien cree que las ideas que hicieron posible el Nazismo pertenecen al pasado? Consideremos la ideología plasmada en algunos de los documentos que sirven de guía moral y práctica para nuestra sociedad moderna:


[1] La Constitución Española   (BOE de 29 de diciembre de 1978) dice así:

TÍTULO VII
Economía y Hacienda
Artículo 128
1. Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.
2. Se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica. Mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio y asimismo acordar la intervención de empresas cuando así lo exigiere el interés general.


[2] La encíclica Caritas in Veritate del («ex-«) Papa Benedicto XVI, publicada en julio del 2009, habla del «bien común» como algo a lo que hay que supeditar la actividad económica:

CAPÍTULO  SEGUNDO: EL  DESARROLLO  HUMANO  EN  NUESTRO  TIEMPO
21 . …La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como en el de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza.


[Comentarios de Domingo García, presidente de Objetivismo.org. Énfasis añadido.]

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Todos los males, abusos e iniquidades popularmente atribuidos a los empresarios y al capitalismo no han sido causados ​​por una economía no regulada o por el libre mercado, sino por la intervención del gobierno en la economía.

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