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La falacia de la igualdad salarial

“Día internacional de la mujer trabajadora”. El 8 de marzo es el día establecido por las Naciones Unidas para observar una supuesta injusticia a nivel mundial: “Las mujeres no ganan lo mismo que los hombres”.

Los medios de comunicación están proclamando a grandes voces algo que la mayoría de la gente acepta sin cuestionar: “A igual trabajo, igual salario”. Si las mujeres hacen un trabajo idéntico, ¿por qué no cobran igual? ¿Por qué tolerar esa brecha salarial entre los sexos? Parece obvio, lógico, justo, algo por lo que vale la pena luchar.

En realidad, es una triple falacia: económica, moral y política.

La falacia económica

La falacia económica es asumir que el trabajo de las mujeres es igual al de los hombres. Para empezar, quienes predican la igualdad no están comparando individuos concretos. No están comparando el salario de mi tía Teresa, directora general de una multinacional, con el de mi primo Paco, director general de su propia empresa; mi tía gana veinte veces más. Están comparando estadísticas, promedios.

Precisamente al comparar promedios, hemos de reconocer el hecho que el trabajo de las mujeres no es igual al de los hombres. Puede serlo en un día determinado o en una actividad concreta, pero no lo es al comparar la vida profesional de los sexos. Independientemente de que algunos individuos, como mi tía, ganen mucho más que otros del sexo opuesto, la naturaleza de las mujeres hace que a lo largo de sus carreras no sean tan productivas como los hombres. Antes de que nadie se rasgue las vestiduras, apuntaré que no estamos hablando de individuos concretos ni insinuando que las mujeres son menos capaces o inteligentes o trabajadoras que los hombres. Estoy considerando un hecho: las mujeres, como grupo social, son quienes tienen hijos, los hombres no. Sólo los feministas más empedernidos negarán este hecho o evadirán el contexto en el que lo menciono.

Las mujeres (no todas, está claro, sino como grupo), a lo largo de su carrera profesional van a necesitar ausentarse del trabajo por razones de maternidad. Las carreras que escojan pueden estar limitadas por el riesgo que como madres no pueden correr. Su participación en el mundo laboral puede ser interrumpida durante el embarazo, o más tarde para cuidar a sus hijos y a su familia. Las mujeres como grupo pueden necesitar atención médica con más frecuencia, por el mero hecho de serlo.

No estamos hablando de trabajos que por su naturaleza, riesgo o exigencias – como piloto de caza o vigilante nocturno – puedan no ser tan aptos o atractivos para las mujeres en general, estamos hablando de las diferencias metafísicas entre los sexos. De nuevo, esa generalización es estadística, y puede haber excepciones individuales de todo tipo.

La primera falacia está en la primera frase: “A igual trabajo, igual salario”. El trabajo de la mujer, de la forma que hemos explicado y en contexto correcto, de hecho no es igual. Esa es la falacia económica.

La falacia moral

La falacia moral es asumir que un individuo tiene derecho a un salario determinado. Esta falacia es parte de una noción colectivista de lo que son derechos. Es creer que cualquier ser humano, por el hecho de serlo, tiene derecho a objetos físicos – vivienda, trabajo, educación, sanidad, carreteras, subsidios al paro, vacaciones – y la lista es ilimitada. Si otro tiene una casa, un coche, un trabajo, o un salario “X”, preguntan, ¿por qué no lo he de tener yo? Yo también tengo derecho a esas cosas.

Pero los derechos legítimos no son derechos a cosas, incluyendo un salario igual al del vecino, sino derechos a la acción; más exactamente, son derechos a que los demás te dejen tranquilo y no usen coacción contra ti cuando busques vivir y ser feliz. Así, tienes derecho a buscar un trabajo y a aceptar una oferta, pero no tienes derecho a ese trabajo. O puedes negociar un cierto salario, pero no puedes forzar a un empleador a que te pague lo que tú crees que tienes derecho a ganar.

La falacia moral está en la segunda frase: “A igual trabajo, igual salario”. ¿Quién determina tu salario, en cada situación específica? El acuerdo al que puedas llegar con tu posible empleador. Convéncele de que tú vales tanto o más como los empleados varones que hacen el “mismo” trabajo, o que tú haces un mejor trabajo por el mismo precio. ¿Que no puedes convencerle? Vete a otro empleador que acepte tus razones. ¿Que no sabes negociar? Haz un curso de negociación. ¿Que no consigues convencer a nadie? Entonces, ¿de dónde sacas que tú vales más de lo que alguien te quiere pagar?

La mujer hoy día ha conseguido una situación en la sociedad que era impensable 100 años atrás. En los países civilizados, la mujer ha adquirido los mismos derechos que el hombre (hasta donde esos derechos son respetados por los estados colectivistas), tiene derecho a trabajar, a conducir, a decidir, a votar: ha conseguido igualdad ante la ley, la única igualdad válida. Una igualdad salarial sería injusta e inmoral.

En un sistema capitalista puro, donde el gobierno no interviene para nada en la economía, los salarios estarían determinados por la oferta y la demanda, como cualquier otro bien y servicio; estarían determinados por los trabajos y los trabajadores disponibles, y negociados según la interpretación y evaluación de los participantes, tanto empleadores como empleados. Los empleadores tendrían derecho a discriminar, y los empleados también. Si cualquiera de ellos no quiere trabajar con una persona del otro sexo, o con alguien gordo, feo, viejo, alto, bajo, negro, chino o árabe, está en su perfecto derecho de ir a buscar o a ofrecer trabajo a otro lugar. En un sistema de libre empresa – nada parecido a lo que tenemos hoy – todas las transacciones serían voluntarias y para beneficio propio.

Si yo como empleador decido discriminar contra un grupo determinado, tengo derecho a hacerlo. Y tú como empleado también. El éxito de cada uno de nosotros dependerá de si somos inteligentes, racionales y prácticos, y contratamos a (o somos contratados por) la gente que más contribuirá a nuestro éxito, si consideramos todos los factores relevantes y ninguno de los irrelevantes. A igualdad de circunstancias (valga la redundancia), si discriminamos correctamente, triunfaremos; si no, fracasaremos. De esa forma y en ese contexto, cada uno de nosotros es libre, y dueño de su propio destino.

La falacia política

La tercera falacia es política. ¿Qué pretenden los que predican “A igual trabajo, igual salario”? O sea, ¿cuál es su verdadero objetivo?, y ¿cuál es el resultado?

Si hoy el libre mercado (del mínimo libre mercado que aún tenemos y gracias al cual sobrevivimos) ha creado una desigualdad en los salarios de ciertos grupos (entre mujeres y hombres, entre jóvenes y adultos, entre chinos y alemanes, etc.), esa desigualdad refleja de alguna forma hechos reales. Lo vimos al hablar de la falacia económica: como grupo, las mujeres contribuyen menos al mercado laboral que los hombres.

Ese hecho no podemos cambiarlo. Si queremos que los salarios sean iguales, la única forma de conseguirlo es forzar esa igualdad, por ley. Quienes abogan por esa igualdad quieren que a las mujeres se les pague más (aunque debemos asumir que no les importará que a los hombres se les pagase menos, pues predican igualdad, no aumento de salarios). Sin entrar en demasiados detalles, ¿qué pasará de hecho?

Una ley que obligue a los empleadores a pagar salarios iguales es, por principio, injusta, como la mayoría de las leyes laborales, y como la mayoría de las leyes que resultan en intervencionismo estatal en la economía (digo “la mayoría” para no tener que discutir ese punto). Una ley de ese tipo, al ser una ley no-objetiva, sería imposible de aplicar, y se prestaría totalmente a manipulaciones jurídicas, a abusos legales y a corrupción. Cualquier mujer, por el mero hecho de serlo, podría demandar a cualquier empleador. Un empleador razonable acabaría dejando de contratar a mujeres, que en teoría podrían causarle problemas. Lo cual sería alcanzar el objetivo opuesto al de los legisladores, como normalmente ocurre. En vez de proteger a un cierto grupo, lo que harían sería perjudicarlo. (Lo mismo ocurre con leyes como la del “salario mínimo”, que impiden acceso al mundo laboral a millones de jóvenes buscando ese primer trabajo. Y comento esto como relevante pero sin poder argumentarlo a fondo en este escrito.)

Y la falacia política tiene un doble filo: por un lado, la injusticia que resulta de aceptar las otras dos falacias, la económica y la moral; y por otro, la motivación de quienes la apoyan.

¿Qué motiva todo este movimiento? ¿Qué ganan los políticos de todos los partidos que promueven esta idea de la igualdad salarial para la mujer? En una palabra: votos. Aprovechando la ignorancia y la ingenuidad de la gente, creen que prometiéndole a la mitad de la población poder ganar un 20% más, van a conseguir que voten por ellos. Si lo logran, sólo perpetuarán la inmoralidad de la intervención del Estado en la economía y la injusticia de ese círculo vicioso, apretando cada vez más el lazo alrededor del cuello de los ciudadanos y acercándonos cada vez más al colapso social y económico que nos espera.

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Por Domingo García, presidente de Objetivismo Internacional

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