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Ayn Rand sobre caprichos y emociones

[Entrevista de Ayn Rand en la revista Playboy, marzo 1964]

PLAYBOY: ¿No podría la tentativa de eliminar los caprichos de la vida de uno, de actuar de forma totalmente racional, ser algo que puede llevar a un tipo de existencia sin jugo, sin alegría?

RAND: Sinceramente, debo decir que no sé de qué me estás hablando. Definamos nuestros términos. La razón es la herramienta de conocimiento del hombre, la facultad que le permite percibir los hechos de la realidad. Actuar racionalmente significa actuar en conformidad con los hechos de la realidad. Las emociones no son herramientas de conocimiento. Lo que sientes no te dice nada acerca de los hechos; sólo te dice algo sobre tu evaluación de los hechos. Las emociones son el resultado de tus juicios de su valor; están causadas por tus premisas básicas, las cuales mantienes de forma consciente o inconsciente, y que pueden ser correctas o incorrectas.

Un capricho es una emoción cuya causa ni conoces ni te importa descubrir. Entonces, ¿qué significa actuar por capricho? Significa que un hombre actúa como un zombi, sin ningún conocimiento de lo que está tratando, de lo que quiere lograr, o de lo que le motiva. Significa que un hombre está actuando en un estado de demencia temporal. ¿Es eso lo que llamas jugoso o colorido? Creo que el único jugo que puede resultar de esta situación es sangre. Actuar contra los hechos de la realidad sólo puede acabar en destrucción.

PLAYBOY: ¿Debería uno ignorar las emociones por completo, eliminarlas completamente de su propia vida?

RAND: Por supuesto que no. Uno sólo tiene que mantenerlas en su lugar. Una emoción es una respuesta automática, un efecto automático de las premisas de valor del hombre. Un efecto, no una causa. No hay ningún enfrentamiento necesario, ninguna dicotomía entre la razón del hombre y sus emociones – siempre que él observe la relación adecuada. Un hombre racional sabe – o se preocupa de descubrir – la fuente de sus emociones, las premisas básicas de las que proceden; si sus premisas están equivocadas, las corrige. Él nunca actúa basado en emociones que no puede explicar, cuyo sentido no entiende. Al evaluar una situación, él sabe por qué reacciona como lo hace y si está en lo cierto. No tiene conflictos internos, su mente y sus emociones están integradas, su consciencia está en perfecta armonía. Sus emociones no son sus enemigas, son su forma de disfrutar de la vida. Pero no son su guía, la guía es su mente.

Sin embargo, esta relación no puede ser revertida. Si un hombre toma sus emociones como la causa y su mente como su efecto pasivo, si se deja guiar por sus emociones y usa su mente sólo para racionalizar o justificarlas de alguna manera, entonces está actuando inmoralmente, se está condenando a la miseria, al fracaso, a la derrota, y no logrará nada más que destrucción, la suya propia y la de los demás.

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