Los Comprachicos — por Ayn Rand (introducción)

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Introducción del ensayo de Ayn Rand sobre educación, The Comprachicos (1970).

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Los comprachicos, o comprapequeños, eran una extraña y siniestra asociación nómada, famosa en el siglo XVII, olvidada en el XVIII, desconocida hoy. . . .

“Comprachicos”, así como “comprapequeños”, es una palabra española compuesta que significa «compradores de niños». Los comprachicos comerciaban con niños. Los compraban y los vendían.

No los robaban. El secuestro de niños es una industria diferente.

¿Y qué hacían de esos niños?

Monstruos.

¿Por qué monstruos?

Para reír.

El pueblo necesita risa, y los reyes también. Las ciudades necesitan espectáculos de freaks o de payasos; los palacios necesitan bufones . . .

Para conseguir producir un monstruo, hay que hacerse con él pronto. Una enano debe ser empezado cuando es pequeño . . .

De ahí, un arte. Había educadores. Tomaban a un hombre y lo convirtían en un aborto; tomaban una cara y la convertían en un bozal. Retardaban el crecimiento; destrozaban los rasgos. Esta producción artificial de casos teratológicos tenía sus propias reglas. Era toda una ciencia. Imaginad una ortopedia invertida. Donde Dios había puesto una mirada recta, este arte puso estrabismo. Donde Dios había puesto armonía, ellos pusieron deformidad. Donde Dios había puesto perfección, ellos devolvieron una chapuza fallida. Y, a ojos de los conocedores, es la chapuza lo que es perfecto . . .

La práctica de degradar al hombre conduce a la práctica de deformarle. La deformidad viene a completar la tarea de la represión política . . .

Los comprachicos tenía un talento: desfigurar, lo cual les hizo valiosos en política. Desfigurar es mejor que matar. Existía la máscara de hierro, pero es un medio difícil. No se puede poblar Europa con máscaras de hierro; pero charlatanes deformes, sin embargo, corren por las calles sin que parezca algo inverosímil; además, una máscara de hierro puede ser arrancada, una máscara de carne no. Enmascararte para siempre por medio de tu propia cara, qué puede ser más ingenioso . . .

Los comprachicos no se limitaban a quitarle la cara a un niño, le quitaban la memoria. O, al menos, le quitaban toda la memoria que podían. El niño no era consciente de la mutilación que había sufrido. Esta horrible cirugía dejaba horribles huellas en su cara, no en su mente. Lo más que podía recordar era que un día se lo habían llevado algunos hombres, que luego se había quedado dormido, y que más tarde lo habían curado. Curado, ¿de qué? No lo sabía. De las quemaduras de azufre y las incisiones de hierro no recordaba nada. Durante la operación, los comprachicos hacían al pequeño paciente inconsciente por medio de un polvo de estupefacientes que parecía mágico y suprimía el dolor . . .

En China, desde tiempo inmemorial, han logrado perfeccionar un arte especial y una industria: moldear a un hombre vivo. Se toma un niño de dos o tres años, se le pone en un jarrón de porcelana de forma más o menos grotesca, sin tapa ni fondo, de modo que la cabeza y los pies sobresalgan. Durante el día, se pone este jarrón en pie; por la noche, se pone horizontal para que el niño pueda dormir. De esa forma, el niño se expande sin crecer, llenando lentamente los contornos de la vasija con su carne comprimida y sus huesos retorcidos. Este desarrollo embotellado continúa durante varios años. En un momento determinado se vuelve irreparable. Cuando se determina que eso ha ocurrido y que el monstruo está hecho, se rompe el jarrón, el niño sale, y tienes un hombre con forma de olla.

(Victor Hugo, L´homme qui rit, «El hombre que ríe», traducción mía [Ayn Rand]).

Victor Hugo escribió esto en el siglo XIX. Su exaltada mente no pudo concebir que tan indescriptible forma de crueldad fuese posible de nuevo. El siglo XX demostró que estaba equivocado.

La producción de monstruos — monstruos retorcidos, indefensos, cuyo desarrollo normal ha sido retardado – ocurre a todo nuestro alrededor. Pero los modernos herederos de los comprachicos son más inteligentes y más sutiles que sus predecesores: ellos no se esconden, practican su oficio abiertamente; no compran niños, los niños les son entregados; no usan azufre o hierro, consiguen su objetivo sin siquiera ponerle un dedo encima a sus pequeñas víctimas.

Los antiguos comprachicos ocultaban la operación y mostraban los resultados; sus herederos han invertido el proceso: la operación es evidente, los resultados son invisibles. En el pasado, esa horrible cirugía dejaba huellas en la cara de un niño, no en su mente. Hoy, deja huellas en su mente, no en su cara. En ambos casos, el niño no es consciente de la mutilación que ha sufrido. Pero los comprachicos de hoy no usan polvos narcóticos: ellos toman a un niño antes de que sea totalmente consciente de la realidad y nunca le dejan desarrollar esa consciencia. Donde la naturaleza había puesto un cerebro normal, ellos pusieron retraso mental. Hacerte inconsciente de por vida por medio de tu propio cerebro, qué puede ser más ingenioso…

Este es el ingenio practicado por la mayoría de los educadores de hoy. Ellos son los comprachicos de la mente.

Ellos no ponen a un niño en una vasija para adaptar su cuerpo a ese contorno. Lo ponen en una guardería “progresista” para adaptarlo a la sociedad.  .  .  .

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Descarga el archivo completo aqui.

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(Páginas iniciales del ensayo The Comprachicos, de Ayn Rand, publicado en el libro The New Left: The Anti-Industrial Revolution, Agosto-Diciembre de 1970El texto arriba cubre páginas 52 a 54, y el ensayo completo páginas 52 a 96. )

* * * Traducción: Objetivismo.org * * *

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Publicado por: julio 17, 2011 8:45 am

2 Comentarios

2 Comentarios

2 respuesta a “Los Comprachicos — por Ayn Rand (introducción)”

  • Leandro says:

    Y del exceso de entretenimiento ni hablar. Nada mejor que acostumbrarse a apagar la cabeza y disfrutar de cientos de obras en tv, celulares, tablets, etc desde pequeño para destruir la mente. Luego, cuando los niños van al colegio e intentan usar el cerebro atrofiado y sobreestimulado que les queda, fracasan y renuncian a la razón para siempre. Si Ayn Rand viviera, seguro daría su opinión sobre el tema

  • Jc says:

    Por eso se debe separar el estado y la educación, niños indefensos los convierten en rebaños que les enseñan a repetir como pericos, no a pensar; les enseñan a obedecer la autoridad y no cuestionarla, no ha usar su propia mente; les enseñan que el tipo de gobierno donde viven es el ideal, el mejor, el honesto. Por fortuna internet está rompiendo barrearas, apoyado de libros, nada mejor que la educación auto didáctica.

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