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El papel cognitivo de los conceptos — por Ayn Rand

El siguiente experimento fue relatado en un aula universitaria por un profesor de psicología. No puedo confirmar la validez de las conclusiones numéricas que se dedujeron del mismo, ya que no pude revisarlo personalmente. Pero voy a citarlo aquí, pues es la forma más esclarecedora de ilustrar un cierto aspecto fundamental de la consciencia, de cualquier consciencia, animal o humana.

El experimento se hizo para descubrir hasta qué punto las aves son capaces de lidiar con números. Un observador oculto observó el comportamiento de una bandada de cuervos reunidos en un claro del bosque. Cuando un hombre entró en el claro y siguió andando hasta entrar en el bosque, los cuervos se escondieron en la copas de los árboles y no volvieron hasta que el hombre apareció de nuevo y se fue por donde había venido. Cuando tres hombres entraron en el bosque y sólo dos de ellos salieron, los cuervos no volvieron: esperaron hasta que el tercero hubiera salido. Pero cuando cinco hombres entraron en el bosque y sólo cuatro salieron, los cuervos salieron de sus escondites. Por lo visto, su poder de discriminación no sobrepasaba las tres unidades, y su capacidad perceptual y matemática consistía en una secuencia del tipo: uno-dos-tres-muchos.

Da igual que ese experimento concreto sea exacto o no, la verdad del principio que ilustra puede ser verificada introspectivamente: si omitimos todo el conocimiento conceptual, incluyendo la capacidad de contar en términos de números, y tratamos de ver cuántas unidades (o existentes de un cierto tipo) somos capaces de distinguir, recordar y manipular por medios puramente perceptuales (por ejemplo, visual o auditivamente, pero sin contar), descubriremos que el rango de la capacidad perceptual del hombre tal vez sea algo mayor, pero no mucho mayor, que la del cuervo: nosotros podemos captar y mantener cinco o seis unidades como máximo.

”Al ser la consciencia una facultad específica, ella tiene una naturaleza o una identidad específica, y, por lo tanto, su alcance es limitado”.

Ese hecho es la mejor prueba del papel cognitivo de los conceptos.
Al ser la consciencia una facultad específica, ella tiene una naturaleza o una identidad específica, y, por lo tanto, su alcance es limitado: ella no puede percibirlo todo a la vez; como darse cuenta de algo, en todos sus niveles, requiere un proceso activo, ella no puede procesarlo todo a la vez. Da igual que las unidades con las que uno trata sean perceptos o conceptos, el alcance de lo que el hombre puede mantener en el centro de su atención consciente en un momento dado es limitado. Por lo tanto, la esencia del incomparable poder cognitivo del hombre es la capacidad de reducir una vasta cantidad de información a un número mínimo de unidades, que es precisamente la tarea realizada por su facultad conceptual. Y el principio de economía-unitaria es uno de los principios esenciales que guían esa facultad.

Observa la operación de ese principio en el campo de las matemáticas. Si el experimento descrito antes fuese realizado con un hombre en vez de con cuervos, él sería capaz de contar, y de esa forma recordar un número mayor de hombres cruzando el claro (el valor de ese número dependería del tiempo disponible para percibirlos y contarlos a todos).

Un «número» es un símbolo mental que integra varias unidades en una única unidad mayor (o que subdivide una unidad en fracciones) con referencia al número básico «uno», que es el símbolo mental básico de «unidad». Así, 5 representa a | | | | |. (Metafísicamente, los referentes de «5» son cinco existentes cualesquiera de un tipo específico; epistemológicamente, ellos están representados por un único símbolo).

Contar es un proceso automatizado que se hace a velocidad relámpago, es el proceso de reducir el número de unidades mentales que uno tiene que retener. En el proceso de contar: «uno, dos, tres, cuatro, etc.», la consciencia de un hombre retiene sólo una unidad mental en cualquier momento dado, la unidad mental concreta que representa la suma que él ha identificado en la realidad (sin tener que retener la imagen perceptual de los existentes que componen esa suma). Si él llega, digamos, a la suma de 25 (ó de 250), sigue siendo una única unidad, fácil de recordar y de manejar. Pero imagina el estado de tu propia consciencia si yo ahora procediese a darte esa suma mediante unidades perceptuales, o sea: | | | | | | | | | | | | … etc.

“La conceptualización es un método para expandir la consciencia del hombre al reducir el número de unidades de su contenido, un medio sistemático para conseguir una integración ilimitada de datos cognitivos”.

Observa el principio de economía-unitaria en la estructura del sistema decimal, que exige que la mente humana retenga sólo diez símbolos (incluyendo el cero) y una simple regla de notación para números mayores o para fracciones. Observa los métodos algebraicos que hacen posible que páginas de cálculos complejos se reduzcan a una ecuación simple y única. Las matemáticas son una ciencia de método (la ciencia de la medición, o sea, de establecer relaciones cuantitativas), un método cognitivo que le permite al hombre realizar una serie ilimitada de integraciones. Las matemáticas indican el patrón del papel cognitivo de los conceptos, y la necesidad psico-epistemológica que ellos satisfacen. La conceptualización es un método para expandir la consciencia del hombre al reducir el número de unidades de su contenido, un medio sistemático para conseguir una integración ilimitada de datos cognitivos.

Un concepto sustituye con un símbolo (con una palabra) el enorme agregado perceptual de los concretos que subsume. Para poder realizar esa función de reducción unitaria, el símbolo tiene que llegar a automatizarse en la consciencia del hombre; o sea, la enorme suma de sus referentes debe estar inmediatamente (implícitamente) disponible para la mente consciente cada vez que el hombre usa ese concepto, sin necesidad de visualización perceptual o de resumen mental…, de la misma forma que el concepto «5» no requiere que él visualice cinco rayas cada vez que lo usa.

Por ejemplo, si un hombre ha captado plenamente el concepto «justicia», él no necesitará recitarse a sí mismo un extenso tratado sobre su significado mientras está escuchando la evidencia ante un tribunal. La mera frase «debo ser justo» retiene automáticamente ese significado en su mente, y deja su atención consciente libre para captar la evidencia y evaluarla de acuerdo con un complejo conjunto de principios. (Y, en caso de duda, el recuerdo consciente del significado preciso de «justicia» le da la orientación que él necesita).

Es el principio de economía-unitaria el que necesita que la definición de conceptos sea hecha en términos de sus características esenciales. Si, en caso de duda, un hombre recuerda la definición de un concepto, las características esenciales le darán una comprensión instantánea del significado del mismo, o sea, de la naturaleza de sus referentes. Por ejemplo, si él está considerando alguna teoría social y recuerda que «el hombre es un animal racional», él evaluará la validez de la teoría de acuerdo a eso; pero si, en cambio, él recuerda que «el hombre es un animal que posee un pulgar», su evaluación y su conclusión serán totalmente diferentes.

Aprender a hablar es un proceso de automatizar el uso (es decir, el significado y la aplicación) de los conceptos. Más aún: cualquier aprendizaje implica un proceso de automatización, o sea, de primero adquirir conocimiento a través de una atención y una observación plenamente consciente y enfocada, y luego de establecer las conexiones mentales que convierten a ese conocimiento en automático (para que esté instantáneamente disponible como contexto), liberando así a la mente del hombre para que pueda perseguir un conocimiento mayor y más complejo.

”Los conceptos representan condensaciones de conocimiento, lo cual hace posible un mayor estudio y una división de la labor cognitiva”.

El estado del conocimiento automatizado en su mente es experimentado por el hombre como si tuviese la misma calidad (y certeza) que la consciencia perceptual, una calidad directa, sin esfuerzo, y evidente. Pero eso es conocimiento conceptual, y su validez depende de la precisión de sus conceptos, los cuales requieren una precisión de significado tan estricta (es decir, un conocimiento tan estricto de los referentes concretos que esos conceptos subsumen) como las definiciones de términos matemáticos. (Es obvio qué desastres surgirán si uno automatiza errores, contradicciones y aproximaciones indefinidas).

Eso nos lleva a un aspecto crucial del papel cognitivo de los conceptos: los conceptos representan condensaciones de conocimiento, lo cual hace posible un mayor estudio y la división de la labor cognitiva.

Recordad que el nivel perceptual de darse cuenta de algo es la base del desarrollo conceptual del hombre. El hombre forma conceptos, como un sistema de clasificación, cada vez que el abanico de datos perceptuales se vuelve demasiado grande para que su mente los maneje. Los conceptos representan tipos específicos de existentes, incluyendo todas las características de esos existentes, las observadas y las que todavía no han sido observadas, las conocidas y las desconocidas.

Es crucialmente importante comprender el hecho de que un concepto es una clasificación «abierta» que incluye las características que todavía no han sido descubiertas de un grupo determinado de existentes. Todo el conocimiento del hombre se basa en ese hecho.

El patrón es como sigue: cuando un niño capta el concepto «hombre», el conocimiento representado por ese concepto en su mente consiste en datos perceptuales, tales como el aspecto visual del hombre, el sonido de su voz, etc. Cuando el niño aprende a diferenciar entre entidades vivas y materia inanimada, él añade una nueva característica, la de «vivo», a la entidad que él designa como «hombre». Cuando el niño aprende a diferenciar entre varios tipos de consciencia, él incluye una nueva característica en el concepto de hombre, «racional», etc. El principio implícito que guía ese proceso es: «Yo sé que existe una entidad tal como el hombre; conozco muchas de sus características, pero él tiene muchas otras que yo no conozco y que debo descubrir». El mismo principio rige el estudio de cualquier otro tipo de existentes perceptualmente aislados y conceptualizados.

El mismo principio rige la acumulación y la transmisión del conocimiento de la humanidad. Desde el conocimiento que tuvo un salvaje sobre el hombre, que nunca fue mucho mayor que el de un niño, hasta el nivel actual, cuando prácticamente la mitad de las ciencias (las humanidades) están dedicadas al estudio del hombre, el concepto «hombre» no ha cambiado: se refiere al mismo tipo de entidades. Lo que sí ha cambiado y ha aumentado es el conocimiento sobre esas entidades. Las definiciones de los conceptos pueden cambiar con los cambios en la designación de las características esenciales, y hay reclasificaciones conceptuales que pueden ocurrir al ir aumentando el conocimiento, pero esos cambios son posibles gracias al hecho (y no alteran el hecho) de que un concepto subsume todas las características de sus referentes, incluyendo las que todavía están por descubrir.

Dado que los conceptos representan un sistema de clasificación cognitiva, un concepto dado sirve (metafóricamente hablando) como la carpeta de un archivo en el que la mente del hombre guarda el conocimiento que tiene de los existentes que el concepto subsume. El contenido de esas carpetas varía de una persona a otra, dependiendo del grado de su conocimiento —va desde la información primitiva y generalizada en la mente de un niño o de un analfabeto, hasta la suma enormemente detallada en la mente de un científico— pero tiene que ver con los mismos referentes, con el mismo tipo de existentes, y está subsumido bajo el mismo concepto. Ese sistema de archivo hace posibles actividades tales como el aprendizaje, la educación y la investigación: la acumulación, la transmisión y la expansión del conocimiento. (Es una obligación epistemológica de cada individuo saber qué contiene su archivo mental en cuanto a cada concepto que él usa, mantenerlo integrado con el resto de sus archivos mentales, y buscar más información cuando necesite comprobar, corregir o ampliar su conocimiento).

Hasta qué punto reina la confusión actual sobre la naturaleza de la facultad conceptual del hombre queda elocuentemente demostrado en lo siguiente: es precisamente el carácter «abierto» de los conceptos, la esencia de su función cognitiva, lo que los filósofos modernos citan en sus intentos de demostrar que los conceptos no tienen validez cognitiva. «¿Cuándo podemos afirmar que nosotros sabemos lo que un concepto representa?», claman ellos…, y ofrecen, como ejemplo del dilema humano, el hecho de que uno puede creer que todos los cisnes son blancos, y luego descubrir la existencia de un cisne negro, y de esa forma encontrarse con que el concepto de uno queda invalidado.

Ese punto de vista implica la presuposición inadmitida de que los conceptos no son un recurso cognitivo del tipo de consciencia del hombre, sino un repositorio de omnisciencia cerrada y fuera de contexto, y que los conceptos se refieren, no a existentes en el mundo exterior, sino al estado de conocimiento congelado y suspendido dentro de cualquier consciencia dada en cualquier momento dado. Basándose en tal premisa, cada avance en el conocimiento es un revés, es una prueba de la ignorancia del hombre. Por ejemplo, los salvajes sabían que el hombre posee una cabeza, un tronco, dos piernas y dos brazos; cuando los científicos del Renacimiento comenzaron a diseccionar cadáveres y descubrieron la naturaleza de los órganos internos del hombre, ellos invalidaron el concepto de «hombre» que tenía el salvaje; cuando los científicos modernos descubrieron que el hombre posee glándulas internas, ellos invalidaron el concepto de «hombre» que tenían en el Renacimiento, etc.

Como un niño malcriado y desilusionado que está contando con cápsulas pre-digeridas de conocimiento automático, un positivista lógico se enrabieta con la realidad y grita que el contexto, la integración, el esfuerzo mental y la investigación de primera mano son demasiado que esperar de él, que él rechaza un método de cognición tan exigente, y que él fabricará sus propios «montajes» a partir de ahora. (Eso equivale, en efecto, a declarar: «Como lo intrínseco nos ha fallado, lo subjetivo es nuestra única alternativa»). El chasco es para su audiencia: es ese promotor del anhelo primordial de un místico por una omnisciencia sin esfuerzo, rígida y automática, lo que los hombres modernos consideran un defensor de una ciencia fluída, dinámica y progresiva.

Es el carácter «abierto» de los conceptos lo que permite la división del trabajo cognitivo entre los hombres. Un científico no podría especializarse en una rama concreta de estudio sin un contexto más amplio, sin la correlación y la integración de su trabajo con todos los demás aspectos del mismo tema. Piensa, por ejemplo, en la ciencia de la medicina. Si el concepto «hombre» no representase el concepto unificador de esa ciencia (si algunos científicos estudiasen solamente los pulmones del hombre; otros, solamente su estómago; otros, solamente la circulación sanguínea; y otros, solamente la retina del ojo), si todos los nuevos descubrimientos no se refiriesen a la misma entidad y, por lo tanto, no fuesen integrados acatando estrictamente la ley de no-contradicción, el colapso de la ciencia médica no tardaría mucho en aparecer.

“Sólo las definiciones más estrictas y contextualmente absolutas de conceptos pueden permitirles a los hombres integrar su conocimiento, continuar expandiendo su estructura conceptual en un orden severamente jerárquico…”.

Ninguna mente individual puede retener todo el conocimiento que está disponible para la humanidad hoy, y mucho menos retenerlo en sus minúsculos detalles. Sin embargo, ese conocimiento tiene que ser integrado y tiene que quedar abierto a la comprensión y a la verificación individual, si la ciencia no ha de colapsarse bajo el peso de minucias que no están relacionadas, que no han sido comprobadas, y que son contradictorias. Sólo la más rigurosa precisión epistemológica puede implementar y proteger el avance de la ciencia. Sólo las definiciones más estrictas y contextualmente absolutas de conceptos pueden permitirles a los hombres integrar su conocimiento, continuar expandiendo su estructura conceptual en un orden severamente jerárquico al formar nuevos conceptos, como y cuando sean necesarios…, y de esa forma condensar la información y reducir el número de unidades mentales con las cuales ellos tienen que lidiar.

En vez de eso, los guardianes de la epistemología científica, los filósofos, les enseñan a los hombres que la precisión conceptual es imposible, que la integración es indeseable, que los conceptos no tienen referentes de hecho, que un concepto no denota nada excepto su característica definitoria (la cual no representa nada más que una convención social arbitraria), y que un científico debería hacer encuestas públicas para descubrir el significado de los conceptos que él usa. («No busques el significado, busca el uso»). Las consecuencias de tales doctrinas están siendo cada vez más evidentes en cada rama de la ciencia hoy, y de una forma más obvia aún en las humanidades.

Los conceptos representan un sistema tan complejo de archivar y de relacionar mentalmente, que el ordenador más avanzado es, en comparación, un juego de niños. Ese sistema sirve de contexto y de marco de referencia a través del cual el hombre capta y clasifica (y profundiza en el estudio de) cada existente que él encuentra y cada aspecto de la realidad. El lenguaje es la implementación física (audio-visual) de ese sistema.

Los conceptos y, por lo tanto, el lenguaje, son principalmente una herramienta de cognición, no de comunicación como se asume normalmente. La comunicación es meramente la consecuencia, no la causa ni el objetivo principal de la formación de conceptos; es una consecuencia crucial que tiene una importancia crucial para los hombres, pero no deja de ser una consecuencia. El conocimiento precede a la comunicación; la precondición necesaria para la comunicación es que uno tenga algo que comunicar. (Eso es verdad incluso para la comunicación entre animales, o para los resoplidos y los gruñidos que sirven de comunicación entre hombres inarticulados, y mucho más para la comunicación por medio de una herramienta tan compleja y exacta como es el lenguaje). El principal objetivo de los conceptos y del lenguaje es proveer al hombre con un sistema de clasificación y de organización cognitiva que le permita adquirir conocimiento a una escala ilimitada; eso significa: mantener un orden en la mente humana y hacer posible que ella sea capaz de pensar.

Muchos tipos de existentes son integrados en conceptos y representados con palabras especiales, pero muchos otros no lo son, y son identificados solamente por medio de descripciones verbales. ¿Qué determina la decisión del hombre de integrar un grupo dado de existentes dentro de un concepto? Los requerimientos de la cognición (y el principio de economía-unitaria).

Hay bastante flexibilidad en la periferia del vocabulario conceptual del hombre, un área muy amplia en la que hay muchas opciones; pero en lo que atañe a ciertas categorías fundamentales de existentes, la formación de conceptos es obligatoria. Eso incluye categorías como: a) concretos perceptuales con los que los hombres tratan a diario, representados por abstracciones de primer nivel; b) nuevos descubrimientos de la ciencia; c) nuevos objetos hechos por el hombre que difieren en sus características esenciales de objetos previamente conocidos (por ejemplo, «televisión»); d) complejas relaciones humanas que implican combinaciones de conductas físicas y psicológicas (por ejemplo: «matrimonio», «ley», «justicia»).

Esas cuatro categorías representan existentes con los cuales los seres humanos tienen que lidiar constantemente, en muchos contextos diferentes, desde muchos aspectos diferentes o en acción física diaria; o, más crucialmente, en acción mental y estudio posterior. La carga mental de llevar esos existentes en la cabeza de uno por medio de imágenes perceptuales o de largas descripciones verbales es tal que ninguna mente humana sería capaz de hacerlo. La necesidad de condensación, de reducción-unitaria, es obvia en tales casos.

Como ejemplo, os remito a mi breve análisis de la necesidad de formar el concepto «justicia» (en la sección sobre «Definiciones»). Si ese concepto no existiese, ¿qué número de consideraciones tendría que tener en mente un hombre simultáneamente, en cada paso del proceso de juzgar a otro hombre? O, si el concepto «matrimonio» no existiese, ¿qué número de consideraciones tendría que tener en mente un hombre y expresarlas al proponerle a una mujer? (Pregúntate lo que ese concepto subsume y condensa en tu propia mente).

La complejidad descriptiva de un grupo dado de existentes, la frecuencia de su uso, y los requerimientos de la cognición (de un estudio posterior) son las razones principales para formar nuevos conceptos. De esas razones, los requerimientos de la cognición son los más importantes.

Los requerimientos de la cognición prohíben el agrupamiento arbitrario de existentes, tanto para aislar como para integrar. Ellos prohíben la creación arbitraria de conceptos especiales para designar a cualquier grupo de existentes con cualquier posible combinación de características. Por ejemplo, no hay un concepto que designe a «rubias hermosas con ojos azules, 1,60 m. de estatura y 24 años de edad». Tales entidades o agrupamientos son identificados descriptivamente. Si ese concepto especial existiese, llevaría a una duplicación absurda del esfuerzo cognitivo (y llevaría al caos conceptual): todo lo que es significativo que fuese descubierto sobre ese grupo se aplicaría también a todas las otras mujeres jóvenes. No habría ninguna justificación cognitiva para tal concepto, a menos que se descubriese alguna característica esencial que distinguiera a tales rubias de todas las demás mujeres y que requiriese un estudio especial, en cuyo caso un concepto especial sí sería necesario.

(Esa es la razón por la cual subdivisiones conceptuales como «mesa de comedor», «mesa de tertulia», etc., no se designan mediante conceptos especiales, sino que son tratadas como casos especiales del concepto «mesa», como mencionamos en la sección de «Abstracciones de abstracciones»).

En el proceso de determinar la clasificación conceptual, ni las semejanzas esenciales ni las diferencias esenciales entre existentes pueden ser ignoradas, evadidas u omitidas una vez que han sido observadas. Así como los requerimientos de la cognición prohíben la subdivisión arbitraria de conceptos, así también prohíben la integración arbitraria de conceptos en conceptos más amplios mediante la destrucción de sus diferencias esenciales, lo cual es un error (o una falsificación) que proviene de definir esos conceptos a partir de no-esenciales. (Ese es el método implícito en la destrucción de conceptos válidos por medio de «anticonceptos»).

Por ejemplo, si uno tomase la capacidad de correr como la característica fundamental del hombre y lo definiese como «un animal que corre», el paso siguiente sería intentar eliminar distinciones «no-esenciales» y formar un único concepto, un concepto de nivel superior, a partir de entidades «que corren», tales como un hombre que corre, el agua de un río que corre, la sangre que corre por las venas, el tiempo que corre, un rumor que corre, etc., (en base a la noción de que las entidades no poseen ninguna prioridad epistemológica sobre las acciones). El resultado sería una idiotez cognitiva y una desintegración epistemológica.

Cognitivamente, una tentativa así produciría sólo una mala mezcolanza de equívocos, de burdas metáforas, y de conceptos «robados» e irreconocibles. Epistemológicamente, produciría una atrofia de la capacidad de discriminar, y el pánico de enfrentar un enorme e indiferenciado caos de datos ininteligibles, lo que significa: la retrogresión de una mente adulta al nivel perceptual de consciencia, al impotente terror del hombre primitivo. (Eso está sucediendo hoy en ciertas escuelas de biología y de psicología, cuya falsa definición del concepto «aprender» ha llevado a intentos de equiparar el «comportamiento» de un trozo de hierro magnetizado con el «comportamiento» del hombre).

Los requerimientos de la cognición determinan los criterios objetivos de conceptualización, que pueden ser resumidos perfectamente en una «cuchilla epistemológica»: Los conceptos no han de ser multiplicados más de lo necesario, el corolario de la cual es: ni tampoco han de ser integrados si no hay necesidad.

”Los conceptos no han de ser multiplicados más de lo necesario, el corolario de la cual es: ni tampoco han de ser integrados si no hay necesidad…”.

En cuanto al área opcional de formación de conceptos, ella consiste predominantemente en subdivisiones que denotan matices de significado sutiles, tales como adjetivos que son casi sinónimos, pero no del todo. Ese área es la competencia especial de los artistas literarios: representa una forma de economía-unitaria que posibilita una enorme elocuencia de expresión (incluyendo evocaciones emocionales). La mayoría de los idiomas tienen palabras sin equivalente en otros idiomas. Pero como las palabras tienen referentes objetivos, esos conceptos «opcionales» de un idioma pueden ser traducidos a otro idioma por medio de frases descriptivas.

El área opcional incluye también la categoría favorita (y el hombre de paja) de los filósofos modernos: los «casos límite».

Por «casos límite» ellos se refieren a existentes que comparten algunas características con los referentes de un concepto dado, pero que carecen de otras, o que comparten algunas características con los referentes de dos conceptos diferentes, siendo, en efecto, un epistemológico «ni-una-cosa-ni-la-otra»; por ejemplo, ciertos organismos primitivos que los biólogos son incapaces de clasificar claramente como animales o como plantas.

El ejemplo favorito de los filósofos modernos sobre este «problema» está expresado en preguntas tales como: «¿Qué tono exacto de color representa la línea divisoria conceptual entre “rojo” y “naranja”?». O: «Si tú nunca hubieses visto cisnes que no fueran blancos, y luego descubrieses un cisne negro, ¿qué criterio usarías para decidir si clasificarlo como “cisne”, o darle un nombre diferente y crear un nuevo concepto?». O: «Si descubrieses la existencia de un marciano que tuviera una mente racional, pero un cuerpo de araña, ¿lo clasificarías como un animal racional, o sea, como “hombre”?».

Todo eso va acompañado por la queja de que «la naturaleza no nos dice cuál es la decisión que tenemos que tomar», y pretende demostrar que los conceptos representan agrupamientos arbitrarios formados por un capricho humano (social), que no están determinados por criterios objetivos, y que no tienen validez cognitiva.

Lo que esas doctrinas acaban demostrando es el fracaso de comprender el papel cognitivo de los conceptos, o sea, el hecho de que los requerimientos de la cognición determinan el criterio objetivo de la formación de conceptos. La clasificación conceptual de los existentes recién descubiertos depende de la naturaleza y la magnitud de sus diferencias y semejanzas con los existentes ya conocidos.

En el caso de los cisnes negros, es objetivamente obligatorio clasificarlos como «cisnes», porque virtualmente todas sus características son similares a las características de los cisnes blancos, y la diferencia de color carece totalmente de significado cognitivo. (Los conceptos no han de ser multiplicados más de lo necesario). En el caso de la araña racional de Marte (si tal criatura fuese posible), las diferencias entre ella y el hombre serían tan grandes que el estudio del uno difícilmente podría aplicarse a la otra, y, por lo tanto, formar un nuevo concepto para designar a los marcianos sería objetivamente obligatorio. (Los conceptos no han de ser integrados ignorando su necesidad).

En el caso de los existentes cuyas características están igual de equilibradas entre los referentes de dos conceptos diferentes —como en el caso de organismos primitivos o de tonos de transición en un continuo de colores— no hay necesidad cognitiva de clasificarlos ni bajo uno ni bajo el otro concepto (ni bajo ningún concepto). La decisión es opcional: uno puede designarlos como una subcategoría de cualquiera de los conceptos, o (en el caso de un continuo) uno puede trazar líneas divisorias aproximadas (bajo el principio de «ni más que X ni menos que Y»), o uno puede identificarlos descriptivamente, exactamente como hacen los nominalistas cuando presentan el «problema».

(Ese «problema» es un hombre de paja en el sentido de que es un problema sólo para las teorías de los universales tradicionales-realistas, las cuales afirman que los conceptos están determinados por, y se refieren a, «esencias» o arquetipos metafísicos).

“La mayor responsabilidad de los filósofos es servir como guardianes e integradores del conocimiento humano”.

Deberíamos preguntar al llegar a este punto: ¿Quién, entonces, es responsable de mantener el orden en la organización del vocabulario conceptual del hombre, sugerir los cambios o las ampliaciones a las definiciones, formular los principios de cognición y el criterio de la ciencia, proteger la objetividad de métodos y comunicaciones dentro de y entre las ciencias especiales, y proveer guías generales para la integración del conocimiento de la humanidad? La respuesta es: la filosofía. Esa, precisamente, es la tarea de la epistemología. La mayor responsabilidad de los filósofos es servir como guardianes e integradores del conocimiento humano.

Esa es la responsabilidad de la cual la filosofía moderna no sólo ha renegado, sino lo que es peor: la responsabilidad que ha invertido. Ha liderado la desintegración y la destrucción del conocimiento, y prácticamente se ha suicidado al hacerlo.

La filosofía es el fundamento de la ciencia; la epistemología es el fundamento de la filosofía. Es con un nuevo enfoque a la epistemología con lo que el renacimiento de la filosofía ha de empezar.

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Fuente:

Introducción a la epistemología Objetivista — por Ayn Rand

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