Odio a la civilización occidental

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odio-a-occidenteEl odio a la civilización occidental: Por qué los terroristas atacaron a los Estados Unidos.

(Por John David Lewis, ensayo publicado originalmente el 20 de septiembre de 2001.)

El 11 de septiembre de 2001 los Estados Unidos fueron atacados. Lo que ocurrió en Nueva York y en otras ciudades no fue un acto criminal. Fue un acto de guerra. Es un error llamarlo una acción criminal, o tratarlo como un asunto criminal. Es un error pensar que los responsables deben ser detenidos y llevados ante un tribunal para ser juzgados. Esto es una guerra. Los atacantes deben ser destruidos.

¿Por qué no es una acción criminal? En primer lugar, porque la magnitud de la masacre supera con creces una acción criminal; el número de víctimas es mayor que en Pearl Harbor. En segundo lugar, porque no hay ningún motivo “criminal”, como robo, o furor contra un individuo. Pero, aún más importante, los recursos necesarios para llevar a cabo el ataque, especialmente el entrenamiento impartido a los pilotos, son de un nivel del que sólo disponen los gobiernos.

El apoyo moral, político, económico y religioso necesario para realizar estos ataques ha sido proporcionado durante varias décadas por gobiernos específicos en Oriente Medio. Esos gobiernos desean destruir al Gran Satán: a Estados Unidos, la libertad, el logro, el comercio, los valores, la razón. Es una guerra contra Estados Unidos, contra sus valores básicos y contra la prosperidad resultado de nuestra búsqueda de esos valores. El enemigo es, ante todo, cualquier gobierno que apoya a quienes activamente se oponen a esos valores. Ese es el hecho real que tenemos que enfrentar.

Las personas específicas involucradas en las acciones de guerra concretas del 11 de septiembre no son el motivo de la represalia. El objetivo no es “castigar” a quienes han empezado esta guerra. Castigar no es un concepto aplicable. No castigamos en su día a los pilotos que atacaron Pearl Harbor, lo que hicimos fue destruir al gobierno de Japón e imponer un gobierno constitucional que ha beneficiado a todo el mundo desde entonces (especialmente a los japoneses).

No caigamos en el agnosticismo al hablar de este tema. Los gobiernos y los líderes que han apoyado el terrorismo durante años son bien conocidos. La precisión con la que son conocidos es más que suficiente para culparlos. Sabemos quiénes son; no hace falta investigar más. Cada uno de esos gobiernos debe ser derrocado del poder, inmediatamente, por cuestión de nuestra propia seguridad física y personal. Ese debe ser el objetivo, el único objetivo, de nuestra respuesta a ese ataque.

La primera pregunta es, ¿cómo podemos tomar la iniciativa en esta guerra para conseguir que nosotros y la libertad estemos a salvo de nuevo? Observa que la cuestión no es cómo reintegrar a “pueblos marginados” a la comunidad mundial, ni cómo corregir las supuestas deformidades culturales que supuestamente llevaron a los terroristas a matarnos. La cuestión no es cómo resolver el problema del Oriente Medio, o cómo proporcionarles una patria a un grupo o a otro. Esas no son nuestras responsabilidades con nuestros enemigos, ni con sus hijos.

Repito. La primera pregunta es cómo protegernos a nosotros mismos – y, por coincidencia, a otros que valoran la libertad – de este tipo de ataques. Nuestra auto-protección debe ser nuestro primer y único motivo. Es un fin en sí misma.

Seré específico aquí. Lo que se necesita es un ataque total e inmediato – nuclear si es necesario – sobre los objetivos civiles y militares seleccionados por los Estados Unidos. Démosles un aviso de 24 horas a los gobiernos de Afganistán, Irán, Irak, Siria, Líbano y Libia, para que renuncien a sus posiciones políticas ahora mismo, o si no, para que se enfrenten a más de lo mismo mañana. A Arafat hay que decirle que los líderes de Hamas, Hezbolá y la Yihad Islámica han de ser entregados a los Estados Unidos ahora, y que la alternativa es la aniquilación total, de la forma que nosotros decidamos.

Si hay destrucción será su culpa, no la nuestra. Ellos empezaron. Evidentemente, es lo que quieren. Si unos bebés mueren, será porque están siendo usados de escudos. Nosotros no empezamos esta guerra, fueron ellos quienes lo hicieron, al armar, entrenar, proteger y ratificar a los atacantes que asesinaron a americanos inocentes.

Además, los Estados Unidos no tienen que pedirle permiso a nadie sobre esto. Yo diría incluso que es crucial precisamente no pedir permiso. Nuestras acciones deben ser unilaterales. TODOS los gobiernos, amigos o enemigos, deben saber que un ataque contra Estados Unidos será seguido de una retaliación, inevitablemente, siempre y en cualquier lugar, independientemente de lo que cualquiera de ellos piense.

Nuestra retaliación debe asumir la posición de una justicia natural, como si se tratase de una ley de la naturaleza, ineludible en tiempo y en espacio. Tira una piedra al aire, y cae. Un relámpago es seguido por un trueno. Toca una estufa caliente y te quemas. Toca un americano, y el fuego del cielo cae sobre ti y sobre cualquiera que respire el mismo aire que tú. Debe convertirse en suicidio político para cualquier gobierno el ofrecer ayuda a un enemigo declarado de los Estados Unidos. Es hora de que se asusten.

Una vez a salvo del terrorismo patrocinado por el Estado, y una vez que el mundo haya entendido que el suelo americano no puede ser violado sin una destrucción masiva de cualquiera que esté incluso remotamente relacionado con él, entonces podemos dedicarnos a investigar exactamente quién fue el que lideró un ataque específico. Pero el agnosticismo implicado en la idea de tener que estudiar los restos de un avión durante meses para determinar quién es el responsable es parálisis mental. Y es también una enorme evasión. El terrorismo internacional ha sido apoyado durante años por una serie de gobiernos. Ya es hora de que paguen por sus acciones.

Dados esos requisitos materiales para nuestra supervivencia, debemos hacerle frente al lado intelectual de esta guerra. De hecho, el Yihadismo Islámico es sólo una parte del ataque concertado contra los valores occidentales, principalmente contra nuestra capacidad de razonar y nuestro deseo de vivir. Nuestros enemigos no son sólo extranjeros: también viven entre nosotros. Para entender este punto tenemos que entender lo que nuestros atacantes realmente quieren, y quiénes son.

Los terroristas odian a Occidente porque Occidente crea prosperidad.

No os equivoquéis, no es que ellos quieran la prosperidad que supuestamente se les ha negado. Ese argumento es un montaje marxista, diseñado para apoyar la opinión de que la opresión económica de Oriente Medio es lo que causó la crisis actual. Ese argumento es en sí mismo un ataque a los Estados Unidos. De hecho, los estados árabes están nadando en los ingresos del petróleo que han sido producidos por la industria petrolera occidental, y sus líderes se encuentran entre las personas más ricas de la Tierra. Pues que trabajen en establecer un clima de negocios favorable al crecimiento, y que funden empresas que empleen a su gente, si lo desean; o que regalen su propia riqueza, si creen que esa es la respuesta. Pero no lo harán, porque lo que ellos valoran no es la prosperidad.

Y todos ellos tienen la misma actitud hacia la libertad. Nunca ha habido una revolución en un país de Oriente Medio a favor de una república constitucional que proteja los derechos de sus ciudadanos. Si las personas carecen de libertad es porque su gobierno no reconoce los derechos individuales. Pues entonces, que sus gobiernos establezcan esos principios en vez de golpes militares. Y, añadiré, si muchas personas quieren la libertad, ¿qué mejor hacer por ellos que eliminar la causa de su esclavitud? Sus intereses son idénticos a los nuestros: la destrucción de sus gobiernos y el establecimiento de repúblicas constitucionales que defiendan sus derechos.

Pero los asesinos no comparten esas ideas. Prefieren que Occidente pierda sus libertades y sus valores. Quieren echar a Israel al mar para que sus tribus en guerra puedan volver a lo que eran antes de Israel, a vivir en un páramo desierto. Quieren que las torres de Nueva York caigan, para que sean reemplazadas por el lodo y los encantamientos de la Edad Media. Destruyen estatuas de dos mil años de antigüedad en Afganistán para destruir el valor que es el arte. El nihilismo, el deseo de destruir, es la razón por la cual los enemigos de la libertad estrellan aviones contra edificios y se inmolan con dinamita.

En el fondo, su deseo por el éxtasis religioso en un paraíso al que se llega a través de una destrucción masiva es el deseo de perder el valor más importante de todos: su propia vida. Su odio contra Occidente no tiene que ver con celos, es odiar el bien por ser el bien. Su afirmación de que la cultura occidental es malvada está basada en su visión de que la libertad, la productividad, el logro, la razón y la felicidad son todos malvados. Lo que quieren en vez de eso es la nada, “das Nichts”, o sea, la muerte. Por eso vuelan con alegre abandono hacia el infierno – para conseguir el cero para sus víctimas y para ellos mismos.

Ciertamente llegan a reconocer, en algún nivel, que los productos materiales de Occidente son buenos, puesto que utilizan los productos de la libertad para poder destruir los productos de la libertad. Pero eso sólo demuestra que usan esos productos, no que los valoran, ni que valoran a quienes los producen. Prefieren la nada.

No son los únicos que tienen esa preferencia.

El usar valores para destruir los valores es un método que ha sido aceptado por una serie de matones anti-capitalistas y anti-razón en todo el mundo. El Unabomber usó industrias transcontinentales, servicios de entrega computarizados, y sistemas de comunicación sofisticados, para construir y entregar sus bombas, y para publicar su manifiesto anti-industrial. Un manifestante ecologista anti-industrial usó un teléfono móvil mientras estaba sentado en un árbol sequoya en California. Un manifestante anti-capitalista en Inglaterra coordinó sus tropas con localizadores de texto digitales. Los países árabes nacionalizaron las industrias petroleras americanas e inglesas después de haber sido creadas, y usaron el dinero para destruir los valores que hicieron posibles esos ingresos. Y ahora los secuestradores roban aviones transcontinentales y los convierten en misiles, para poder destruir los valores y las personas que produjeron esos aviones.

Todos ellos usan el mismo método porque tienen el mismo objetivo: reducir nuestra civilización moderna al nivel de una pre-civilización, como un fin en sí mismo.

Observa cómo demuestran estar de acuerdo. La esperanza de vida actual en Afganistán es de 42 años, casi el ideal prehistórico de los “ecologistas profundos” de la anti-tecnología. El lema de un grupo ecologista, recuerda, es “Volver al Pleistoceno”. Afganistán no tiene tecnología: es el ideal del Unabomber. No tiene negocios: es el ideal de los anticapitalistas. Ha rechazado la razón: es el ideal de los profesores anti-razón. Desde esa perspectiva, Afganistán no está carente de desarrollo: ha alcanzado el pináculo de las aspiraciones humanas.

Moralmente no hay diferencia entre un ambientalista que prohibe el DDT al precio de millones de muertes por malaria, el Unabomber que selecciona a sus víctimas personalmente, el anarquista que rompe los escaparates de las tiendas y sueña con romper acero estructural, y un terrorista que estrella un avión de pasajeros contra el World Trade Center. Cada uno se vanagloria en la destrucción por sí misma, y cada uno de ellos aboga por la muerte como el epítome de esa destrucción. No es casualidad que todos ellos sean definidos en términos de “anti-algo”. La nada es la aspiración y el objetivo de todos ellos. Son hermanos en armas. Ahora ves el alcance de la batalla a la que se enfrenta América.

Así pues, ¿qué hacemos con todo esto? Intelectualmente lo que debemos hacer es expresar una idea: que la civilización occidental es moral porque es buena. Tenemos el derecho a existir, y el derecho a defendernos. El propósito y el motivo de la civilización occidental es la vida, exactamente lo contrario al culto a la muerte que ven los nihilistas de cualquier alcurnia. Nuestra es la moralidad de la vida, y suya es la moralidad de la muerte.

Una vez hecha esa declaración, y una vez aclarados los derechos fundamentales de cada persona a participar en ese proceso, a trabajar y a comerciar con otros, entonces queda libre el camino para responderles a los asesinos del 11 de septiembre. Lo esencial aquí es proteger a quienes valoramos la vida, concediéndoles su deseo a quienes no la valoran.

En los albores del siglo XXI, los Estados Unidos están en una encrucijada. Nuestras opciones están determinadas, en parte, por nuestros errores del pasado. Si, cuando estalló el avión en Lockerbie, matando a tantos en la década de 1980, los Estados Unidos hubiesen presentado un ultimátum a Libia respaldado por la fuerza, en vez de implorar cooperación, es dudoso que algún gobierno actual se arriesgase a ser asociado con el entrenamiento de los asesinos del 11 de septiembre. Ese ataque, y la guerra en la que estamos ahora, habrían sido evitados.

Si, cuando un profesor mantiene que la razón es un mero prejuicio del mundo occidental, sus estudiantes abandonasen sus clases y exigiesen su renuncia, entonces la idea misma de que la vida, la razón y la libertad pueden estar asociadas con la muerte, el misticismo y la esclavitud, habría sido delatada y rechazada.

Si, cuando te ofrecen una supuesta “música” esos vagos anti-capitalistas y anti-razón con canciones cuyas letras hablan de matar policías y volar edificios por los aires, te niegas a comprar sus discos y haces declaraciones públicas contra ellos, esos supuestos “artistas” no recibirían ni fama ni fortuna. Volverían a escabullirse bajo las piedras de las que salieron arrastrándose, y las empresas de música cambiarían su programación.

Para enderezar el desorden político e intelectual al que nos enfrentamos hoy debemos reafirmar nuestro compromiso con la razón y la libertad, y con su objetivo, la vida, protegiéndonos de asesinos nacionales y extranjeros, físicos e intelectuales. Y debemos hacerlo porque nosotros somos los buenos.

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Fuente:

John David Lewis (1955-2012) fue un carismático y popular Objetivista, autor de varios libros sobre historia y un activista en el movimiento del Tea Party estadounidense.

Ensayo publicado originalmente en Capitalism Magazine el 20 de septiembre de 2001 –

Traducido, editado y publicado por Objetivismo.org con permiso del autor

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Publicado por: September 9, 2016 10:50 am 3 Comentarios

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3 Comentarios

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  • JUAN ANTONIO SANCHEZ says:

    Lo peor de toda esta historia es que ya tenemos, desde hace tiempo, al enemigo dentro, en nuestras ciudades y pueblos, agazapados para actuar y matar cuando les de la gana. Lo volverán a hacer y volveremos a ver las estúpidas y necias declaraciones de todos los políticos, diciendo que no se puede hacer nada, que no podemos criminalizar a todo el islam, etc, etc. Los servicios secretos y el ejército, por lo visto, están para tocarse las narices y descansar en los cuarteles, en vez de cumplir con su deber patriótico de buscar incansablemente al enemigo, dondequiera que esté, y machacarlo sin piedad. Tengo ganas de que esta idiotizada sociedad despierte algún día de su letargo y caiga en la cuenta de que está siendo, poco a poco, aniquilada y diezmada por estos ejércitos de terroristas en la sombra, cuyo principal objetivo es destruirnos, matarnos poco a poco, para establecer su reino de terror y muerte. Cuanto antes lo entendamos será mucho mejor para todos.

  • Erick says:

    Extraordinario, intenso y claro

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