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Spotlight (Película)

«En primera plana»

Eres una madre soltera de un hogar con tres hijos, y el párroco de tu iglesia acaba de abusar de uno de ellos. Estás en la comisaría, y oyes de boca de una autoridad de la Iglesia una frase que se puede resumir en “…debes tener en cuenta el enorme valor del servicio que el padre X presta a los más desfavorecidos de esta ciudad, y a su comunidad.”

Así empieza Spotlight, la última ganadora del Oscar a la mejor película, del director Tom McCarthy, la historia de un equipo de investigación del periódico Boston Globe que investiga los abusos de un párroco a un menor. Un pequeño grupo dentro del periódico, conocido como “Spotlight”, consigue investigar por su cuenta hasta revelar la complicidad del cardenal arzobispo de la ciudad en decenas de casos de abuso a menores durante décadas.

“No importa que unos cuantos sufran, si muchos otros se benefician”, es el significado real de la frase con la que abre la película.

Es una posición que sigue latente en la Iglesia Católica, y que sus defensores no se esfuerzan en disimular.

En la película, basada en una historia real, el Cardenal Law no sólo permite durante años los abusos sistemáticos a menores por parte de párrocos de Boston, sino que después de haber sido descubierto, Law no va a la cárcel, sino que es trasladado a Roma para ocupar un puesto de importancia allí. Ni siquiera la polémica suscitada por los innumerables casos de abusos sacados a la luz en todo el mundo logra encarcelar a los miserables.

Al ir viendo desarrollarse la trama, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Qué está fallando? Si hoy encarcelan a gente por el hecho de guardar pornografía infantil en sus ordenadores, ¿por qué no hay más curas encarcelados? ¿Cuántos curas has oído, en las noticias, que hayan ingresado en prisión por abusar de menores? ¿Hasta dónde se extiende la corrupción religiosa? ¿Hasta dónde se extiende la influencia de la Iglesia?

Lo más terrible que revela la película es la enorme presión que recibe el equipo de Spotlight para que detenga su investigación y así no perjudicar a la institución eclesiástica que “tanto bien traía a la ciudad de Boston”. Algunos miembros de la Iglesia Católica (incluso algunos de sus feligreses) preferieron presionar al equipo de periodistas en vez de cuestionar si sus líderes religiosos, los representantes oficiales de su fe, no encarnaban la palabra y obra de su Dios en este mundo. Es el miedo hecho voluntad.

Es de admirar el hecho de que una gran mayoría de los lectores del Globe fueran católicos; o sea, el periódico no siguió ningún sesgo ideológico, llegando incluso a arriesgar su viabilidad como empresa al publicar un tema tan contrario al posible interés de sus lectores, todo ello para denunciar lo que estaba mal, con la certeza de que la razón estaba con ellos. El premio Pulitzer que posteriormente se les entregó (en la vida real) no fue más que una materialización de esa razón, un acto de justa recompensa. Eso fue justicia verdadera y válida, como debe entenderse, no el tipo de justicia que jamás aplicó su castigo merecido a los pederastas.

Otro aspecto positivo en la película está en la respuesta de uno de los periodistas a la pregunta de un juez, cuando el equipo de Spotlight exige acceso a documentos que demostrarían la complicidad del cardenal. “¿Qué responsabilidad editorial tendría el periódico si publicase algo tan delicado?” pregunta el Juez. A lo que el periodista responde: “¿Qué responsabilidad editorial tendría si no lo hiciese?”

Es obvio el compromiso que lleva a esos periodistas a buscar la verdad, a llegar al fondo de los hechos. Su integridad periodística se vuelve explícita al debatir en qué momento deben publicar la noticia.

Parte del equipo desea publicar la noticia de inmediato, precipitándose, dejando cosas sin contrastar y sin probar fehacientemente; otra parte (que incluye al jefe) decide recopilar la información necesaria para emitir una noticia sólo cuando haya sido plenamente contrastada, evitando el sensacionalismo.

Vale la pena ver la película, y cómo la realidad acaba imponiéndose con toda su crudeza y con todo su absolutismo.

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por Iván Mejía, colaborador de Objetivismo Internacional

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Clara Salazar
Clara Salazar

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