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Los Comprachicos [3 / 5] – por Ayn Rand

(Ensayo publicado en el libro The New Left: The Anti-Industrial Revolution)

Parte III

Independientemente de las premisas que un niño pueda formar durante sus años en las escuelas primaria y secundaria, el sistema educativo trata de multiplicar sus conflictos internos.

Los alumnos de las guarderías progresistas están presos en el conflicto entre su psico-epistemología aturdida, desenfocada y orientada a caprichos, y las demandas de la realidad, con las cuales ellos no están preparados para lidiar. Se espera que ellos adquieran algún tipo de conocimiento formal, que aprueben exámenes, que saquen notas aceptables, o sea, que cumplan con unas mínimas normas objetivas, pero para ellos eso es una traición metafísica. Son los hechos lo que ellos han sido entrenados a ignorar; los hechos no pueden ser aprendidos con el tipo de proceso mental que los niños han automatizado: por un método de tipo animal, el de captar las señales emocionales emitidas por la manada. La manada sigue allí, pero no puede ayudarles a ellos a la hora del examen, el cual ellos tienen que enfrentar en un estado que les han enseñado a considerar malvado: solos.

El pánico del conflicto entre su subjetivismo nebuloso y las nociones de objetividad dejadas en las escuelas por un pasado civilizado lleva a un resentimiento sin nombre en la mente de esos niños, a una sensación sin palabras de que les están imponiendo algo injustamente – ellos no saben cómo o quién – y una hostilidad creciente y sin objeto. Los comprachicos, a su debido tiempo, les ofrecerán un objeto.

Algunos de los niños más brillantes – los que son mentalmente activos y quieren aprender – quedan presos en un conflicto diferente. Luchando para integrar los trozos caóticos de información que les enseñan en sus clases, ellos descubren omisiones, non-sequiturs y contradicciones, cosas que rara vez son explicadas o resueltas. Sus preguntas son generalmente ignoradas o reprochadas o ridiculizadas o evadidas con explicaciones que confunden aún más el asunto. Un niño puede abandonar, desconcertado, habiendo llegado a la conclusión que la búsqueda de conocimiento es absurda, que la educación es una enorme pretensión de algún tipo de maldad que él no puede entender, y de esa forma echar a andar por el camino de la anti-intelectualidad y del estancamiento mental. O un niño puede concluir que la escuela no le aporta nada, que él tiene que aprender por sí mismo, y esa es la mejor conclusión que puede inferir, dadas las circunstancias, excepto que puede llevarle a un profundo desprecio hacia los profesores, hacia otros adultos y, a menudo, hacia todos los hombres (y ese es el camino al subjetivismo).

Los aspectos “socializantes” de la escuela y la presión para para que se amolde a la manada son, para él, un tipo especial de tortura. Un niño pensante no puede amoldarse: el pensamiento no se doblega ante la autoridad. El resentimiento de la manada contra la inteligencia y la independencia es más viejo que la educación progresista; es una maldad antigua (entre niños y adultos por igual), un producto del miedo, de la desconfianza en uno mismo y de la envidia. Pero el pragmatismo, el padre de la educación progresista, es una filosofía kantiana que usa la técnica de Kant de aprovecharse de los miedos y las debilidades humanas.

En vez de enseñarle al niño respeto mutuo por la individualidad, los logros y los derechos de otros, la educación progresista le da un sello oficial de rectitud moral a la tendencia de unos salvajes asustados organizándose unos contra otros, formando “pandillas” y atacando a los de fuera. Cuando, además de eso, el forastero es castigado o recriminado por su incapacidad para “llevarse bien con la gente”, entonces la regla de la mediocridad es elevada a un sistema. (“Mediocridad” no significa una inteligencia promedio; significa una inteligencia promedio que tiene resentimiento y envidia de las que son mejores.) La educación progresista ha institucionalizado el Establishment de la Envidia.

El niño pensante no es antisocial (él es, de hecho, el único tipo de niño adecuado para tener relaciones sociales). Cuando desarrolla sus primeros valores y sus primeras convicciones conscientes, sobre todo cuando se acerca a la adolescencia, siente un intenso deseo de compartirlos con algún amigo que le entienda; si ese deseo queda frustrado, él tiene un profundo sentido de soledad. (Soledad es concretamente la experiencia de ese tipo de niño, o de adulto; es la experiencia de quienes tienen algo que ofrecer. La emoción que lleva a los conformistas a “pertenecer” no es soledad, sino miedo; es el miedo a la independencia y a la responsabilidad intelectual. El niño pensante busca iguales; el conformista busca protectores.)

Uno de los aspectos más malvados de las escuelas modernas es el espectáculo de un niño pensante intentando “adaptarse” a la manada, intentando ocultar su inteligencia (y sus notas escolares), y actuando como “uno de los chicos”. Él nunca tiene éxito, y se queda preguntándose impotentemente: ¿Qué hay de malo conmigo? ¿Qué me falta? ¿Qué es lo que quieren? Él no tiene cómo saber que su fallo consiste en pensar en tales cuestiones. Las cuestiones implican que existen razones, causas, principios, valores, y esas son las mismas cosas que la mentalidad de la manada teme, evade y resiente. Él no tiene cómo saber que la psico-epistemología de uno no puede ser ocultada, pues ella se muestra de muchas formas sutiles, y que la manada le rechaza a él porque siente su orientación (es decir, su juicio) hacia los hechos, su auto-confianza y su carencia de miedo psicoepistemológicos. (Existencialmente, tales individuos solitarios carecen de auto-confianza social y, por lo general, tienen miedo de la manada, pero el tema aquí no es existencial).

Poco a poco, el niño pensante abandona el reino de las relaciones humanas. Llega a la conclusión de que es capaz de entender las ciencias, pero no las personas, que las personas son incognoscibles, que están fuera de la provincia de la razón, que es necesario algún otro medio cognitivo del cual él carece. Entonces acaba aceptando una falsa dicotomía – mejor descrita como razón contra gente – la cual los profesores están esforzándose en inculcar y en reforzar.

Los conformistas, enfrentados a esa dicotomía, abandonan la razón; él abandona las personas. Reprimiendo su necesidad de amistad, abandona el interés por valores humanos, por cuestiones morales, por asuntos sociales, por todo el reino de las humanidades. Buscando racionalidad, objetividad e inteligibilidad – es decir, un reino donde él pueda funcionar – se esconde tras las ciencias físicas o la tecnología o los negocios, es decir, en profesiones que tratan principalmente con la materia en vez de con el hombre. (Esa es una de las principales causas de la “fuga de cerebros” de los Estados Unidos, y de la espantosa pobreza intelectual en las humanidades, de las cuales las mejores mentes están huyendo – en busca de protección temporal – hacia las ciencias físicas.)

No hay nada malo, por supuesto, en elegir una carrera en las profesiones físicas, si esa es la preferencia racional de uno. Pero es un trágico error si un joven la elige como escape, porque ese escape es ilusorio. Como la dicotomía aceptada es falsa, ya que la represión no soluciona nada, sino que es meramente un deterioro de su capacidad mental, el precio psicológico que él paga es miedo sin nombre, culpa inmerecida, duda de sí mismo, neurosis, y, generalmente, indiferencia, sospecha y hostilidad hacia la gente. El resultado, en su caso, es exactamente lo contrario a la armonía social que los comprachicos de la educación progresista le habían prometido lograr.

Hay niños que sucumben a otra dicotomía similar: valores contra personas. Alentado por la soledad, incapaz de saber que el placer que uno encuentra en las relaciones humanas es posible sólo en base a compartir los mismos valores, un niño puede intentar revertir causa y efecto: él coloca primero el compañerismo y luego intenta adoptar los valores de otros, reprimiendo sus propios juicios de valor parcialmente formados, creyendo que eso le traerá amigos. El dogma de la conformidad a la manada alienta y refuerza su propia renuncia moral. De ahí en adelante, lucha ciegamente para obtener de la gente alguna satisfacción que él no puede definir (y que no hay dónde encontrar), para mitigar un sentido de culpa que él no consigue nombrar, para llenar un vacío que él es incapaz de identificar. Él alterna entre la abyecta conformidad con los deseos de sus amigos y las demandas imperiosas de afecto, convirtiéndose en el tipo de dependiente emocional que ningún amigo (de la tendencia que sea) podría aguantar por mucho tiempo. Cuanto más fracasa, más se aferra desesperadamente a su búsqueda de personas y de “cariño”. Pero la emoción sin nombre desarrollándose en su subconsciente, que nunca ha de ser admitida o identificada, es odio a la gente. El resultado, de nuevo, es el contrario al supuesto objetivo de los comprachicos.

Independientemente de cuáles sean sus problemas individuales o de las justificaciones que elijan, todos los niños – desde los “adaptados” al independiente – sufren de un mal común en sus años de escuela primaria y secundaria: aburrimiento. Sus razones varían, pero el resultado emocional es el mismo. Aprender es un proceso conceptual; un método educativo concebido para ignorar, evitar y contradecir los requerimientos de un desarrollo conceptual no puede despertar interés alguno en el aprendizaje. Los “adaptados” están aburridos porque son incapaces de absorber conocimiento activamente. Los independientes están aburridos porque buscan conocimiento, no juegos de “proyectos de clase”, o “discusiones” de grupo. Los primeros son incapaces de digerir sus lecciones; los segundos se mueren de hambre.

Los comprachicos tienen éxito en ambos casos. Los niños independientes, los que resisten el condicionamiento y preservan parte de su racionalidad, son en su mayor parte desterrados, o auto-exiliados, hacia las ciencias físicas y profesiones afines, alejados de asuntos sociales, filosóficos o humanísticos. El campo social – y por lo tanto el futuro de la sociedad – se les deja a los “adaptados”, a las mentes atrofiadas, torcidas y mutiladas que la técnica de los comprachicos tenía por objeto producir.

El graduado promedio de la escuela secundaria es un joven entrecortado, ansioso e incoherente, con la mente de un espantapájaros hecha de varios remiendos que no pueden ser integrados en ninguna forma. Él no tiene un concepto del conocimiento: no sabe cuándo sabe algo y cuándo no. Su miedo crónico es sobre lo que se supone que debe saber, y su postura pretenciosa está orientada a esconder el hecho de que no tiene ni la más remota idea. Él alterna entre pronunciamientos oraculares y un silencio evasivo con la mirada perdida. Asume la pose de ser una autoridad sobre los asuntos periodísticos más recientes en política (que son parte de sus “proyectos de clase”) y recita los bromuros enlatados de editoriales de tercera como si fuesen sus descubrimientos originales. No sabe cómo leer, o escribir, o consultar un diccionario. Es astuto y “sagaz”; tiene el cinismo de un adulto decadente y la credulidad de un niño. Es escandaloso, agresivo, beligerante. Su principal preocupación es demostrar que no tiene miedo de nada. . . porque está aterrorizado a muerte de todo.

Su mente está en un estado de confusión vertiginosa. Nunca ha aprendido a conceptualizar, o sea, a identificar, organizar e integrar el contenido de su mente. Dentro y fuera del colegio ha observado y experimentado (o, más exactamente, ha sido expuesto a) muchas cosas, y no sabe cuál es su significado o importancia, no sabe qué hacer con ellas, sintiendo remotamente que debe hacer algo de alguna manera. No sabe dónde empezar; siente que está permanentemente atrasado, que es incapaz de ponerse al nivel de su propio contenido mental, como si la tarea de desenredarlo estuviese mucho más allá de su capacidad.

Como se le impidió conceptualizar su material cognitivo paso a paso, mientras lo iba adquiriendo, la acumulación de experiencias no identificadas y de impresiones perceptuales es ahora tal, que se siente paralizado. Cuando intenta pensar, su mente choca contra un muro en blanco cada pocos pasos; sus procesos mentales parecen disolverse en un laberinto de interrogantes y callejones sin salida. Su subconsciente, como un sótano abandonado, está atestado con lo irrelevante, lo accidental, lo malentendido, lo incomprendido, lo indefinido, lo no-del-todo-recordado, y no responde a sus esfuerzos mentales. Él abandona.

El secreto de su psico-epistemología – que desconcierta a todos los que tratan con él – estriba en el hecho de que, como adulto, él tiene que usar conceptos, pero usa conceptos con el método perceptual propio de un niño. Los usa como concretos, como lo inmediatamente dado, sin contexto, definiciones, integraciones o referentes específicos; su único contexto es el momento inmediato. ¿A qué se refieren, entonces, sus conceptos? A una mezcla nebulosa de conocimiento parcial, respuestas memorizadas, asociaciones habituales, reacciones de su audiencia, y sus propias emociones, todo lo cual representa el contenido de su mente en ese momento concreto. Al siguiente día o la próxima vez, los mismos conceptos se referirán a cosas distintas, según sus cambios de humor y las circunstancias inmediatas.

Él parece capaz de entender una discusión o un argumento racional, a veces incluso a un nivel teórico y abstracto. Es capaz de participar, de estar de acuerdo o no, después de hacer lo que parece un examen crítico del asunto. Pero la próxima vez que uno se encuentra con él, las conclusiones a las que llegó han desaparecido de su mente, es como si la discusión nunca hubiese tenido lugar, a pesar de que la recuerda: recuerda el evento, o sea, una discusión, pero no su contenido intelectual. No viene al caso acusarle de hipocresía o de mentir (aunque hay algo de cada una de ellas). Su problema es mucho peor: él fue sincero, quiso decir lo que dijo en y durante ese momento. Pero todo acabó con ese momento. Nada le ocurre a su mente en cuanto a una idea que acepta o rechaza; no hay procesamiento, ni integración, ni aplicación a él mismo, a sus acciones o a sus intereses; él es incapaz de usarla o incluso de retenerla. Las ideas, es decir, las abstracciones, no tienen realidad para él; las abstracciones implican el pasado y el futuro además del presente; nada es completamente real para él excepto el presente. Los conceptos, en su mente, se convierten en perceptos, perceptos de personas emitiendo sonidos; y los perceptos acaban cuando el estímulo desaparece. Cuando usa palabras, sus operaciones mentales son más parecidas a las de un loro que a las de un ser humano. En el sentido estricto de la palabra, él no ha aprendido a hablar.

Pero hay una constante en su flujo mental. El subconsciente es un mecanismo integrador; cuando se le deja sin control consciente continúa integrando por su cuenta; y, como una licuadora automática, su subconsciente exprime su montón de basura para producir una única emoción básica: miedo.

Él no está equipado para ganarse la vida en una aldea primitiva, pero se encuentra en medio de la brillante complejidad de una civilización industrial y tecnológica que no consigue empezar a entender. Siente que le exigen algo – sus padres, sus amigos, la gente en general, y, al ser un organismo viviente, su propia e inquieta energía – y que es un algo que él es incapaz de generar.

Él ha sido entrenado a reaccionar, no a actuar; a responder, no a iniciar; a perseguir el placer, no un objetivo. Es un playboy sin dinero, sin gustos y sin la capacidad de disfrutar. Está guiado por sus emociones; es lo único que tiene. Y sus emociones son sólo varios matices de pánico.

No puede pedirles ayuda a sus padres. En la mayoría de los casos, ellos son incapaces de entenderle, o no quieren hacerlo; él desconfía de ellos y es demasiado incoherente para explicar nada. Lo que necesita es una guía racional; lo que ellos le ofrecen es su propia versión de irracionalidad. Si son anticuados, le dicen que él es demasiado autocomplaciente y que es hora de que ponga los pies en el suelo y asuma alguna responsabilidad; como guía moral, le dicen, debe ir a la iglesia. Si son modernos, le dicen que él se toma a sí mismo demasiado en serio, que debería pasárselo mejor; como guía moral, le dicen que nadie jamás tiene toda la razón ni nadie está totalmente equivocado, y le llevan a una fiesta donde hay una colecta de fondos para una causa liberal.

Sus padres son productos del mismo sistema educativo, pero de etapa anterior, de una época en la que el condicionamiento de la escuela era subrepticiamente indirecto, y en la que aún existían influencias racionales en la cultura, lo cual les permitía ignorar las preocupaciones intelectuales y jugar al juego de moda de socavar la razón, contando con que habría alguien en algún lugar que siempre estaría dispuesto a proporcionarles un mundo civilizado.

De todos los grupos implicados, no es el de los comprachicos el más culpable; es el de los padres, sobre todo el de padres educados que pueden permitirse el lujo de enviar a sus hijos a guarderías progresistas. Tales padres harían cualquier cosa por sus hijos, excepto dedicar un momento de su pensamiento o una hora de investigación crítica a a estudiar la naturaleza de las instituciones educativas que deben elegir. Impulsados principalmente por el deseo de desentenderse de sus hijos y quitárselos de encima, seleccionan colegios como seleccionan ropa: de acuerdo a la última moda.

Los comprachicos no esconden sus teorías y sus métodos; los propagan abiertamente en innumerables libros, conferencias, revistas y folletos escolares. Su tema es claro: atacan al intelecto y proclaman su odio a la razón; el resto es sentimentalismo y manipulación. Quien pone a un niño indefenso en sus manos lo hace porque comparte sus motivos. Errores de esa envergadura no se cometen inocentemente.

Hay, sin embargo, un grupo inocente de padres: los trabajadores dedicados y sin educación que quieren darles a sus hijos una mejor oportunidad en la vida y un futuro más brillante que el suyo propio. Esos padres pasan su vida en la pobreza, luchando, economizando, ahorrando y trabajando horas extra para enviar a sus hijos a la escuela (especialmente a la universidad). Ellos le tienen un profundo respeto a las personas educadas, a los profesores, al aprendizaje. No son capaces de concebir la mentalidad de los comprachicos: de imaginar que un educador trata, no de instruir, sino de lisiar a sus hijos. Tales padres son víctimas de uno de los fraudes más malvados registrados en la historia criminal.

(Esta última es una de las razones para cuestionar los motivos – y la supuesta compasión – de todos esos entrometidos desempleados que revolotean por ahí, protegiendo a los consumidores de cajas extra-grandes de cereales para el desayuno. ¿Y qué pasa con los consumidores de educación?)

Si quieres comprender lo que los métodos de los comprachicos han hecho con la mente de un graduado de escuela secundaria, recuerda que el intelecto es a menudo comparado con la facultad de la vista. Intenta imaginar lo que sentirías si tu vista quedase dañada de tal forma que sólo te quedase una visión periférica. Sentirías formas vagas no identificadas flotando a tu alrededor que se desvanecerían cuando intentases enfocarte en ellas, para luego reaparecer en la periferia, girando, dando vueltas y multiplicándose. Ese es el estado mental – y el terror – que generan en sus estudiantes los comprachicos de la educación progresista.

¿Puede tal joven reacondicionar sus procesos mentales? Es posible, pero la automatización de un método conceptual de funcionar – que, en sus años de guardería, habría sido un proceso fácil, placentero y natural – ahora requeriría un esfuerzo terriblemente difícil.

Como ejemplo de las consecuencias de retrasar la programación de la naturaleza, considera lo siguiente. En nuestra infancia, todos nosotros tuvimos que aprender y automatizar la habilidad de integrar en perceptos el material provisto por nuestros diversos órganos sensoriales. Fue un proceso natural e indoloro que – como podemos inferir al observar a los bebés – estuvimos encantados de aprender. Pero la ciencia médica ha registrado casos de niños que nacieron ciegos y que más tarde, en su juventud o adultez, se sometieron a una operación que les restauró la vista. Tales personas no son capaces de ver; es decir, experimentan sensaciones visuales, pero no pueden percibir objetos. Por ejemplo, reconocen un triángulo por el tacto, pero no pueden conectarlo a la visión de un triángulo; la vista no les transmite nada. La habilidad de ver no es innata, es una habilidad que tiene que ser adquirida. Pero el material provisto por el resto de los sentidos de esas personas está tan completamente integrado y automatizado que son incapaces de descomponerlo en un instante y añadir un nuevo elemento, la visión. Esta integración requiere ahora un proceso de rehabilitación tan largo y tan difícil que pocos de ellos deciden emprenderlo. Esos pocos triunfan, tras una lucha heroicamente perseverante. El resto abandona, prefiriendo mantenerse en su mundo familiar de tacto y sonido, y seguir siendo ciegos de por vida.

Una fortaleza moral y una ambición personal (o sea, autoestima) poco común son necesarias para recuperar la propia vista: un profundo amor a la vida, un rechazo apasionado a permanecer discapacitado, una dedicación intensa a la tarea de lograr lo mejor dentro de lo que uno puede alcanzar. La recompensa es proporcionada.

La misma clase de dedicación y una lucha igual de difícil se le exige a un graduado de la escuela secundaria moderna para que pueda recuperar su facultad racional. La recompensa es igual o mayor. En medio de su ansiedad crónica, él todavía es capaz de experimentar algunos momentos de libertad, de captar unos cuantos destellos de lo que sería la vida en un estado gozoso de auto-confianza. Y hay una cosa de la que él está seguro: que hay algo errado con él. Tiene un trampolín – uno que es fino y precario, pero es un trampolín – como incentivo para reconquistar el uso de su mente.

Los comprachicos destrozan ese incentivo en la tercera etapa de su trabajo: en la universidad.

Parte IV

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<<< Traducción: Objetivismo.org >>>

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Fuentes:

The Comprachicos, The New Left: The Anti-Industrial Revolution
publicado originalmente en Intellectual Ammunition Department, The Objectivist Newsletter: Vol. 4 No. 2 February, 1965

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