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¿La vida no requiere concesiones? — por Ayn Rand

«¿No exige la vida que hagamos concesiones?»

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«En cualquier concesión entre comida y veneno, es sólo la muerte la que puede ganar. En cualquier concesión entre el bien y el mal, es sólo el mal el que puede beneficiarse”.

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Una concesión es un ajuste entre intereses opuestos, al que se llega por mutuo acuerdo. Eso significa que ambas partes en una concesión desean algo específico y tienen algo de valor que ofrecerle a la otra parte. Y eso significa que ambas partes están de acuerdo en algún principio fundamental que sirve de base para su trato.

Sólo en cuanto a aspectos concretos o particulares —mientras se aplica un principio básico aceptado mutuamente— puede uno hacer concesiones. Por ejemplo, uno puede regatear con un comprador sobre el precio que uno desea recibir por su producto, y llegar a un acuerdo en un precio que está entre lo que uno pide y lo que le ofrecen. El principio básico que ambos aceptan, en tal caso, es el principio del comercio, a saber: que el comprador le debe pagar al vendedor por el producto. Pero si uno quisiese cobrar y el supuesto comprador quisiese conseguir el producto gratis, ninguna concesión, ningún acuerdo y ninguna discusión serían posibles, sólo la capitulación total de uno o del otro.

No puede haber concesiones entre un propietario y un ladrón; ofrecerle al ladrón una sola cucharilla no sería una concesión, sino una capitulación total, sería reconocer su derecho a la propiedad del dueño. ¿Qué valor o concesión ofrece el ladrón a cambio? Y una vez que el principio de concesiones unilaterales es aceptado por ambas partes como base de la relación, es sólo cuestión de tiempo hasta que el ladrón se apodere del resto. Como ejemplo de este proceso, observad la actual política exterior de los Estados Unidos de América.

No puede haber concesión alguna entre libertad y controles del gobierno; aceptar «sólo unos cuantos controles» es renunciar al principio de los derechos individuales inalienables y sustituirlo por el principio del poder ilimitado y arbitrario del gobierno, aceptando así una esclavitud cada vez mayor. Como ejemplo de este proceso, observad la actual política doméstica de los Estados Unidos de América.

No puede haber concesiones en principios básicos o en cuestiones fundamentales. ¿Qué «concesión» harías entre la vida y la muerte? ¿O entre la verdad y la falsedad? ¿O entre la razón y la irracionalidad?

Hoy, sin embargo, cuando la gente habla de «concesiones», a lo que se refiere no es a una legítima concesión mutua o a un intercambio comercial, sino precisamente a la traición de los principios de uno, a la capitulación unilateral ante cualquier exigencia infundada e irracional. La raíz de esa doctrina es el subjetivismo ético, que afirma que un deseo o un capricho es un punto de partida moral irreducible, que todo hombre tiene derecho a cualquier deseo que se le ocurra exigir, que todos los deseos tienen igual validez moral, y que la única forma de que los hombres puedan llevarse bien es ceder a cualquier cosa y hacer «concesiones» con todos. No es difícil ver quién se beneficia y quién se perjudica con tal doctrina.

La inmoralidad de esa doctrina —y la razón por la que el término «concesiones» implica, en el uso general de hoy, un acto de traición moral— reside en el hecho de que ella les obliga a los hombres a aceptar el subjetivismo ético como el principio básico que suplanta a todos los principios de relaciones humanas, y a sacrificarlo todo —en forma de concesiones— a los caprichos de otro.

La pregunta «¿La vida no requiere concesiones?» la hacen normalmente aquellos que no consiguen ver la diferencia entre un principio básico y algún tipo de deseo concreto y específico. Aceptar un trabajo inferior al que uno quería no es una «concesión». Aceptar las órdenes de un jefe sobre cómo hacer el trabajo para el que uno fue contratado no es una «concesión». Dejar de tener un pastel después de habérselo comido no es una «concesión».

La integridad no consiste en lealtad a los caprichos subjetivos de uno, sino lealtad a principios racionales. Una «concesión» (en el sentido que tiene esa palabra cuando no es un principio) no es una violación de la comodidad de uno, sino una violación de las convicciones de uno. Una «concesión» no consiste en hacer algo que a uno no le gusta, sino en hacer algo que uno sabe que es malo. Acompañar al marido o a la esposa de uno a un concierto, cuando a uno no le interesa la música, no es una «concesión»; ceder a sus demandas irracionales por el «qué dirán», o por fingir participación religiosa, o por ser generoso con suegros aburridos, eso sí lo es. Trabajar para un patrón que no comparte las ideas de uno no es una «concesión»; fingir compartir sus ideas, eso sí lo es. Aceptar las sugerencias de un editor sobre cambios en el manuscrito e uno, cuando uno ve la validez racional de sus sugerencias, no es una «concesión»; realizar dichos cambios con el fin de agradarle a él, o de agradarle al «público», contra el propio juicio y los propios criterios de uno, eso sí lo es.

La excusa que ofrecen en todos esos casos es que la «concesión» es sólo temporal, y que uno recuperará su integridad algún día en algún futuro indeterminado. Pero uno no puede corregir la irracionalidad de su cónyuge cediendo a ella y animando a que crezca. Uno no puede lograr la victoria de las ideas de uno ayudando a propagar las ideas opuestas. Uno no puede ofrecerles una obra maestra de literatura «cuando uno sea rico y famoso» a los admiradores que ha atraído escribiendo basura. Si a uno le cuesta mantenerse leal a sus propias convicciones desde el principio, el cometer una serie de traiciones —que contribuirán a aumentar el poder del mal que uno no tuvo el valor de combatir— no hará que sea más fácil en el futuro; hará que sea virtualmente imposible.

No puede haber concesiones en principios morales. «En cualquier concesión entre comida y veneno, es sólo la muerte la que puede ganar. En cualquier concesión entre el bien y el mal, es sólo el mal el que puede beneficiarse» (La rebelión de Atlas). La próxima vez que tengas la tentación de preguntar: «¿La vida que exige concesiones?», traduce esa pregunta a su verdadero significado: «¿No exige la vida que entreguemos lo que es verdadero y bueno a cambio de lo que es falso y malo?». La respuesta es que eso es precisamente lo que la vida prohibe: lo que prohibe, si quieres conseguir cualquier cosa que no sea dedicar los torturados años de tu vida a una progresiva autodestrucción.

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Título original: «Doesn´t Life Require Compromise?» (1962) — por Ayn Rand

Publicado en el libro La virtud del egoísmo

<< Traducción: Objetivismo.org >>
[Nota del Traductor: La palabra «compromise» ha sido traducida por «concesión» o «concesiones», puesto que «compromiso» tiene un significado completamente diferente en nuestra lengua (más cercano a «commitment» en inglés).]

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David

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